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sábado, 29 de agosto de 2020

El deseo «divino» de la unión (Homilía Sacerdotal) XXII Domingo del tiempo ordinario

El deseo  «divino» de la unión

P. Andrés Esteban López Ruiz

XXII Domingo del tiempo ordinario

El profeta Jeremías revela el misterio de su vida: Dios lo ha seducido. Dios le ha salido al encuentro como un enamorado y como un seductor no ha descansado hasta que ha obtenido lo que buscaba: que Jeremías correspondiera a su amor. «¡Me sedujiste Señor y me dejé seducir!» (Jer 20,7)

De esta manera abre su intimidad a su pueblo y pareciera querer gritar a los cuatro vientos que no ha tenido más remedio que amar a Dios, puesto que se ha dejado amar por él. El amor de Dios fue más fuerte que la oposición de su duro corazón. Se ha dejado seducir. Este secreto amoroso de Jeremías nos recuerda aquellas palabras del apóstol San Juan «En esto consiste el amor, no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos ha amado primero y nos entregó a su hijo como propiciación por nuestros pecados» (1 Jn, 4, 10). 

Nosotros, mis hermanos, tenemos que reconocer siempre el amor primero de Dios. Como enseña el papa Francisco Dios nos «primerea» y sale a buscar nuestro amor. Así se lo dijo a Santa Margarita cuando mostrando su corazón le hacía sus confidencias más hondas como reclamándole: ¡Nadie me ama! ¡No he encontrado un sólo corazón en el cual descansar! «¡Al menos tu ámame!».

Este es nuestro divino amante, el esposo siempre sediento que busca desposarse con la humanidad y que le ha entregado todo su cuerpo, toda su sangre, toda su riqueza, todo su amor y toda su vida y no ha encontrado, por la mayor parte de los hombres más que rechazo. Hoy hemos exclamado juntos: «Señor, mi alma tiene sed de ti, como tierra reseca agostada sin agua» (Salmo 62). Gran misterio es este: la sed que tenemos de Dios, él mismo la ha puesto en nuestros corazones como un deseo, un germen de inmortalidad, porque él mismo desea unirse a nosotros y compartirnos su amor. Y para que no dudemos él mismo nos ha dicho «Tengo sed» (Jn 18, 28). 

Hoy podemos consolarnos en esto: Él es el primero que quiere unirse a nosotros. Y no sólo a unos cuantos, aunque son pocos los que se «dejan seducir». Quiere unirse a todos los hombres, a todas las almas que ha creado con tanto amor y que ha redimido con mayor amor aún. Y tenemos que creerlo: existe un deseo divino inmenso e insaciable en el corazón de Jesús de unirse a nosotros. Él tiene sed de ti. 

Tal vez, en algún momento hemos querido corresponder a su amor y, después, nos desanimamos al pensar que hay demasiados obstáculos para la unión. Pensamos así: «Hay mucho que purificar, mucho que quitar, y Jesús sólo se une a las almas muy perfectas, muy elevadas y muy escogidas, yo no soy esa alma», Pues no mis hermanos, que equivocados estamos si pensamos así, esa es una «humildad exagerada» usando la expresión del siervo de Dios Don Luis María Martínez, una humildad que no hace justicia, no porque el alma se abaje, sino porque no permite a Dios abajarse. Tenemos que permanecer siempre humillados, pero saber que a un amante tan apasionado no lo detienen ni nuestras fallas ni nuestros pecados, ni nuestras imperfecciones.  

Si, Dios es el primero que quiere unirse a nosotros y, particularmente, a ustedes mis hermanos diáconos y seminaristas a los que ha llamado para participarles su corazón sacerdotal. Pues ha ustedes les quiere decir: «ya no los llamo siervos, los llamo amigos» (Jn 15, 15), pues les he dado a conocer todos los secretos de mi corazón, les he compartido mi corazón, mi obra y mi misión. Jesús quiere llevarnos a la más alta unidad con él, una unidad únicamente comparable con la unidad substancial de la Trinidad (Jn 17, 21), una unidad que transforme, que divinice, que santifique, de modo que tengamos un sólo corazón, una sola alma, un sólo espíritu con él. Un sólo amor, el amor a su Padre y a las almas, un sólo cuerpo, su cuerpo crucificado en nuestras manos y en nuestra carne, una sola sangre, su sangre derramada en nuestros labios y en nuestra vida consumida por el apostolado. 

¿No es esto lo que nos dice San Pablo?: «Os exhorto por la misericordia de Dios a ofrecerse ustedes mismos como una víctima viva, santa y agradable a Dios». (Rom 12, 1) Jesús nos quiere sacerdotes y nos quiere víctimas pues nos quiere unificados con él. Por eso mis hermanos nos regala la cruz y nos dice: «el que quiera seguirme que tome su cruz y me siga, que se niegue a sí mismo» (Mt 16, 24) para que no haya divisiones entre él y nosotros, que donde él esté estemos también nosotros (Jn 14, 1-3) para que todo lo suyo sea nuestro y todo lo nuestro sea suyo, para tener todo en común con nosotros. En la cruz Jesús nos seduce. ¡Mis hermanos dejémonos seducir, dejémonos conquistar, dejémonos amor por el crucificado y abracemos la cruz, marquemos nuestras almas con ella como con un hierro ardiente hasta que brote de nuestros huesos «un fuego abrasador que no podamos contener», el fuego de la unión divina que obra el Espíritu Santo y que nos mueve a hacer la voluntad del Padre (Hb 10, 5) 

La cruz nos purifica pues nos libera de nuestros pecados y a través de ella podemos resistir toda tentación y vencernos a nosotros mismos. Pero la cruz nunca se acaba. San Pablo, hoy nos insiste en que andemos por la vía iluminativa, transformando la mente y el corazón según los criterios de Cristo sin ajustarnos a los criterios del mundo (Rm 12, 2). Para ello necesitamos también la cruz, pues sólo la cruz tiene la fuerza para desarraigarnos de los criterios del mundo e iniciar en nosotros el juicio divino, la luz más alta, la que comunica el Espiritu Santo a través de sus dones y de sus virtudes infusas. Así se eleva para nosotros una sabiduría escondida: la ciencia de la cruz. En ella nos conformamos a la mente y al corazón de Cristo que prepara la unión.

Pero en la cumbre de la unión aparece la cruz nuevamente. Podemos decir, más alta, más gloriosa, más inmensa y más dolorosa. Cristo comparte con sus amigos su tesoro más precioso: el amor inmenso a las almas, junto con el dolor insaciable del rechazo... y de las almas perdidas. Mis hermanos este es el reino al que servimos, que será nuestro cuando seamos totalmente suyos. ¡Oremos! 


lunes, 6 de abril de 2020

Rosario de Esperanza




Campaña #RosarioDeEsperanza.
#AdoptaUnMédico 1 rosario por un médico
#AdoptaUnEnfermero 1 rosario por un enfermero
#AdoptaUnAgonizante 1 rosario por un agonizante
#Covid19

¡Están muriendo solos! Los enfermos más graves están intubados y sedados. Los sacerdotes no podemos acercarnos.

Los directores de los hospitales nos han dicho: ¡
Nos toca a nosotros dar la vida por ellos! Están sedados e inconscientes, no van a poder confesarse. Sin embargo, sus oraciones son nuestra protección, nuestra seguridad y nuestra paz, los médicos, enfermeros, enfermeras, todo el personal sanitario, de intendencia, de limpieza necesitamos de sus oraciones tanto como los agonizantes. ¡No nos dejen solos!

Ante esta situación no podemos permanecer indiferentes. Cada moribundo es un alma que está al fin de la carrera en medio de la lucha y que necesita nuestra oración.

Cada médico, enfermero, enfermera, cada trabajador que no se ha bajado del barco, es un hermano que sufre un desgaste terrible y es asediado por el temor a morir en el servicio a los enfermos.

¿Los vamos a dejar solos? ¿Vamos a abandonar a nuestros moribundos?  No. ¿Vamos a negarle al médico, a la enfermera, al personal del hospital, la defensa y la fuerza de la oración que nos pide? No.

Cuando la Virgen María le anunció a santa Jacinta Marto que moriría sola, en un hospital, lejos de su familia, de la gripe española que le causó neumonía, ella lloró amargamente.

Pero Lucía de Fátima la consoló diciendo: sola no morirás, la Señora del cielo vendrá por ti. En ella ponemos nuestra esperanza. En nuestra Señora del Rosario. En un #RosarioDeEsperanza

Así, te invitamos. O mejor, te suplicamos.
#Adopta a un moribundo.
#Adopta a un médico

Es muy fácil.
Haz un compromiso firme.
Rezar el rosario todos los días.
Con una intención concreta:

Por un agonizante que morirá "solo" para que la Señora del Cielo lo acompañe y su alma se salve. Ella puede entrar donde nosotros no. Oremos con mucha fe. Ella estará en cada Unidad de Terapia Intensiva del mundo, respondiendo a nuestra pobre súplica.  
 
Oremos con mucha fe. Por un médico que está arriesgando su vida para que el Señor lo proteja, lo fortalezca, le de su paz en medio de la tormenta.

Estamos todos en el mismo barco, como nos ha dicho el papa Francisco.

#Adopta un Agonizante
#Adopta un Médico

Cada día elige tu batalla.

Un rosario, un médico.
Un rosario un agonizante.

Si puedes reza dos.
Acompañarás un médico y un agonizante en su batalla.

¡El amor vence siempre!


Ofrecimiento del Rosario de Esperanza 

"Oh Jesús, por tu amor, por la conversión de los pecadores, por la salvación de las almas, te ofrezco este santo rosario, y, hoy particularmente, lo ofrezco por aquella persona que está agonizando para que en compañía de la Virgen María seas tu quien reciba su alma en el momento de su muerte. Te ofrezco este santo rosario por los médicos, enfermeros, enfermeras, sacerdotes, religiosas y por todo el personal que trabaja en los hospitales cuidando a los enfermos. Recibe Jesús este Rosario de Esperanza y sálvanos."

miércoles, 18 de marzo de 2020

Suplica para pedir a Dios su misericordia en tiempos de la Pandemia del #Coronavirus


Ofrecimiento del #RosarioDeEsperanza

"Oh Jesús, por tu amor, por la conversión de los pecadores, por la salvación de las almas, te ofrezco este santo rosario, y, hoy particularmente, lo ofrezco por aquella persona que está agonizando para que en compañía de la Virgen María seas tu quien reciba su alma en el momento de su muerte. Te ofrezco este santo rosario por los médicos, enfermeros, enfermeras, sacerdotes, religiosas y por todo el personal que trabaja en los hospitales cuidando a los enfermos. Recibe Jesús este Rosario de Esperanza y sálvanos."


Súplica para pedir a Dios su misericordia 
en tiempos de Pandemia 
*De rodillas o Postrados

 Estas suplicas pueden hacerse en cualquier momento del día, en el hogar cristiano, en el templo, o bien, delante del santísimo sacramento antes de dar la bendición eucarística. Pueden utilizarse como oraciones conclusivas del rosario de esperanza. 


Hermanos, imploremos humildemente la misericordia de Dios Todopoderoso, para que, movido por la intercesión de todos los santos, escuche benigno la voz de su Iglesia que suplica por el fin de la pandemia, por los enfermos, los agonizantes y todo el personal sanitario.

Señor, ten piedad. / Señor, ten piedad.
Cristo, ten piedad. / Cristo, ten piedad.
Señor, ten piedad. / Señor, ten piedad.

Santa María, Madre de Dios, / Ruega por nosotros.
Santos Miguel, Gabriel y Rafael / Rueguen por nosotros
Todos los santos ángeles de Dios, / Rueguen por nosotros.
San Juan Bautista, / Ruega por nosotros.
San José, / Ruega por nosotros.
San Elías, / Ruega por nosotros.
Todos los santos patriarcas y profetas/ Rueguen por nosotros.
Santos apóstoles Pedro y Pablo, / Rueguen por nosotros.
San Andrés, / Ruega por nosotros.
Santos Juan y Santiago, / Rueguen por nosotros.
Todos los santos apóstoles y evangelistas/ Rueguen por nosotros.
Santa María Magdalena, / Ruega por nosotros.
Todos los santos discípulos del Señor / Rueguen por nosotros.
San Esteban, / Ruega por nosotros.
San Ignacio de Antioquía,/ Ruega por nosotros.
San Lorenzo, / Ruega por nosotros. 
Santas Perpetua y Felicidad, / Rueguen por nosotros. 
Santa Inés, / Ruega por nosotros.
Todos los santos mártires/ Rueguen por nosotros.
San Gregorio, / Ruega por nosotros.
San Agustín, / Ruega por nosotros.
San Atanasio, / Ruega por nosotros.
San Basilio, / Ruega por nosotros.
San Martín, / Ruega por nosotros.
San Benito, / Ruega por nosotros.
Santos Francisco y Domingo, / Rueguen por nosotros.
Santos Ignacio de Loyola y Francisco Javier, / Rueguen por nosotros.
San Juan María Vianney, / Ruega por nosotros.
Santa Catalina de Siena, / Ruega por nosotros.
Santa Teresa de Ávila, / Ruega por nosotros.
Todos los Santos y Santas de Dios, / Rueguen por nosotros.

Muéstrate propicio, / Líbranos, Señor.
De todo mal, / Líbranos, Señor.
De todo pecado, / Líbranos, Señor.
De las asechanzas del diablo, / Líbranos, Señor.
Del orgullo y la presunción de poder prescindir de ti/ Líbranos, Señor.
De los engaños del miedo y la angustia / Líbranos, Señor.
De la incredulidad y la desesperación / Líbranos, Señor.
De la dureza del corazón y de la incapacidad de amar, / Líbranos, Señor.
De todos los males que afligen a la humanidad / Líbranos, Señor. 
Del hambre, la carencia y el egoísmo / Líbranos, Señor. 
De las enfermedades, de las epidemias y del miedo al hermano / Líbranos, Señor. 
De la locura devastadora, los intereses despiadados y la violencia / Líbranos, Señor. 
De la muerte eterna, / Líbranos, Señor. 
Por tu nacimiento, / Líbranos, Señor.
Por tu santo ayuno, / Líbranos, Señor.
Por tu pasión y tu cruz, / Líbranos, Señor.
Por tu muerte y sepultura, / Líbranos, Señor.
Por tu santa Resurrección, / Líbranos, Señor.
Por tu admirable Ascensión / Líbranos, Señor.
Por el envío del Espíritu Santo, / Líbranos, Señor.

Cristo, Hijo de Dios vivo / Ten piedad de nosotros
Tú que descendiste del Cielo para nuestra salvación / Ten piedad de nosotros
 que eres nuestro Médico Celestial, / Ten piedad de nosotros
Tú que te inclinas ante nuestra miseria,/ Ten piedad de nosotros 
Cordero inmolado, tú que te ofreces para rescatarnos del mal / Ten piedad de nosotros
Buen Pastor, tú que das la vida por el rebaño que amas / Ten piedad de nosotros
Pan vivo y medicina de inmortalidad, tú que nos da la vida eterna / Ten piedad de nos.

Nosotros, que somos pecadores, / Te rogamos, óyenos.
Para que nos perdones, / Te rogamos, óyenos.
Para que seas indulgente, / Te rogamos, óyenos.
Para que nos fortalezcas y asistas en tu santo servicio, / Te rogamos, óyenos.
Para que nos des tu Espíritu / Te rogamos, óyenos
Para que abras nuestros corazones a la santa esperanza / Te rogamos, óyenos
Para que hagas que tu santa Iglesia te sirva con segura libertad, / Te rogamos, óyenos.
Para que concedas paz y concordia a todos los pueblos de la tierra, / Te rogamos,
Para que termine esta pandemia / Te rogamos, óyenos
Para que concedas gracia de salvación a los agonizantes / Te rogamos, óyenos
Para que concedas el eterno descanso a los fieles difuntos / Te rogamos, óyenos
Para que concedas fe y fortaleza a todo el personal sanitario / Te rogamos, óyenos
Para que concedas prudencia a nuestros gobernantes / Te rogamos, óyenos
Para que concedas sabiduría a nuestros obispos / Te rogamos, óyenos
Para que nos escuches, / Te rogamos, óyenos.
Cristo, óyenos / Cristo, óyenos.
Cristo, escúchanos. / Cristo, escúchanos.

Salmo 91

Tú que habitas al Amparo del Altísimo,
que vives a la sombra del Omnipotente,
di al Señor: "Refugio mío, alcázar mío,
Dios mío, confío en Ti".

El te librará de la red del cazador,
de la peste funesta.
Te cubrirá con sus plumas,
bajo sus alas te refugiarás:
Su brazo es escudo y armadura.

No temerás el espanto nocturno,
ni la flecha que vuela de día,
ni la peste que se desliza en las tinieblas,
ni la epidemia que devasta a mediodía.

Caerán a tu izquierda mil,
diez mil a tu derecha;
a ti no te alcanzará.

Tan sólo abre tus ojos,
verás la paga de los malvados,
porque hiciste del Señor tu refugio,
tomaste al Altísimo por defensa.

No se acercará la desgracia,
ni la plaga llegará hasta tu tienda,
porque a sus ángeles ha dado órdenes
para que te guarden en tus caminos;

te llevará en sus palmas,
para que tu pie no tropiece en la piedra;
caminarás sobre áspides y víboras,
pisotearás leones y dragones.

"Se puso junto a mí: lo libraré;
lo protegeré porque conoce mi nombre,
me invocará y lo escucharé.

Con él estaré en la tribulación,
lo defenderé, lo glorificaré,
lo saciaré de largos días
y le haré ver mi salvación".

Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo,
como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Padre Nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo, danos hoy nuestro pan de cada día, perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden, no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal. Amén.

Oración Colecta de la Misa en tiempos de pandemia

Dios todopoderoso y eterno,   refugio en toda clase de peligro,   a quien nos dirigimos en nuestra angustia; te pedimos con fe que mires compasivamente nuestra aflicción, concede descanso eterno a los que han muerto, consuela a los que lloran,   sana a los enfermos, da paz a los moribundos, fuerza a los trabajadores sanitarios,   sabiduría a nuestros gobernantes y valentía para llegar a todos con amor glorificando juntos tu santo nombre. Por nuestro Señor Jesucristo.

Oración del Papa Francisco 

Oh María, tu resplandeces siempre en nuestro camino como signo de salvación y de esperanza, confiamos en ti, Salud de los enfermos, que junto a la cruz te asociaste al dolor de Jesús, manteniendo firme tu fe. Tú, salvación del pueblo cristiano sabes lo que necesitamos  y estamos seguros de que proveerás para que, como en Caná de Galilea pueda volver la alegría y la fiesta después de este momento de prueba. Ayúdanos, Madre del Divino Amor, a a conformarnos a la voluntad del Padre y hacer lo que nos diga Jesús que ha tomado sobre sí nuestros sufrimientos y se ha cargado con nuestros dolores para llevarnos, a través de la cruz a la alegría de la resurrección. Amén.

Bajo tu amparo nos acogemos, santa Madre de Dios; no deseches las oraciones que te dirigimos en nuestras necesidades, antes bien líbranos de todo peligro, ¡oh Virgen gloriosa y bendita! ¡Amén!


El Papa Francisco imparte una bendición 'Urbi et Orbi ...

domingo, 5 de agosto de 2018

62. [S.Th] La inviolabilidad de la vida humana

La pena de muerte es inadmisible: Francisco

Introducción

En este artículo, escrito en el contexto de las discusiones recientes respecto a la Doctrina de la Iglesia sobre la pena de muerte, expondré en qué consiste el principio de la inviolabilidad de la vida humana, de dónde se deriva, cuáles son sus implicaciones, sus alcances y sus limitaciones como principio Ético. Para ello, partimos del ser específico de la persona humana en su carácter espiritual, trascendente y social, llegando a distinguir y formular un principio absoluto y un principio relativo de inviolabilidad de la vida humana que pudieran iluminar la cuestión.

La persona humana y la vida biológica

En primer lugar, hay que afirmar que la vida biológica es un bien fundamental de la persona humana. Sin embargo, la persona humana no se reduce a su vida biológica sino que estando constituida por un principio espiritual trasciende la vida humana biológica en su existencia temporal. De modo que el bien integral de la persona humana incluye su vida biológica pero tiene un ámbito propiamente espiritual y un horizonte de vida personal más allá de las condiciones de la vida biológica.

Por este motivo, no se puede decir que la vida humana biológica sea un bien absoluto sino subordinado y hasta relativo al bien espiritual de la persona, a su vocación trascendente y a su vida sobrenatural (Juan Pablo II, Evangelium Vitae, 2). Ahora bien, el hecho de que no sea un bien absoluto por su carácter relativo como realidad penúltima no implica que no posea un carácter sagrado y un bien fundamental, inviolable, para la persona humana.

Subordinación de la vida humana biológica la vida espiritual


La vida humana biológica está subordinada, entonces, a la vida espiritual y al desarrollo de su vida sobrenatural. De modo que para delimitar el principio de la inviolabilidad de la vida humana tenemos ya un principio superior: el bien espiritual del alma. Dicho en términos negativos la vida del alma es más valiosa que la vida del cuerpo y, por lo tanto, el principio de inviolabilidad de la vida no es un principio absoluto si con ello entendiéramos una opción que pusiera por encima la vida temporal a la vida eterna. Por este motivo le es lícito al hombre perder su vida para salvar su alma.

Subordinación de la vida humana al bien común

La vida humana de la persona está siempre en relación con la comunidad. Es la comunidad la que garantiza la transmisión de la vida a través del matrimonio en la familia. De ella se recibe y en ella se desarrolla. Así, la persona humana, no sólo recibe la vida sino que está llamada a desarrollarse en su horizonte vital junto con otros, procurando su bien moral, el bien del prójimo y el bien común. Por esta relación fundamental de la persona con el prójimo se constata el valor no sólo de la vida del individuo, sino de toda vida humana y de la misma comunidad en relación al bien común. De modo que, no obstante, el carácter sagrado de la vida humana, esta misma vida se sitúa en relación con la vida del prójimo y con los demás. Esta relación constituye una segunda delimitación, más delicada que la primera, del principio de inviolabilidad de la vida, pero que debe tomarse en cuenta en el momento de desarrollar una Ética de la vida. Por esta razón le es lícito al hombre sacrificar su vida por la comunidad o por su prójimo, especialmente tomando en cuenta su bien espiritual, pero incluso para salvar la vida humana del prójimo.

La vida humana: derechos y obligaciones morales conforme a la ley natural

La vida humana biológica, como bien fundamental de la persona, implica, conforme a la ley natural, una serie de derechos y de obligaciones morales. En primer lugar toda persona está obligada a conservar, preservar y desarrollar su propia vida. Por este motivo a nadie le es lícito atentar contra su vida. En este nivel, primario, se sitúa la inmoralidad del suicidio y de la eutanasia. Además, cada persona, adquiere la obligación moral grave de cuidar su propia vida procurando los medios adecuados para garantizar su salud y conservar su vida. De esta obligación grave, extendida al ámbito comunitario, conforme a la ley natural, se deriva igualmente como derecho la propiedad privada (León XIII, Rerum novarum). Por eso todos los actos que deliberadamente atenten gravemente contra la propia vida son igualmente condenables.

En  segundo lugar, toda persona está obligada a respetar, custodiar y defender la vida del prójimo. Reviste un deber moral mayor, la custodia de aquellas personas a las que el mismo orden natural pone bajo el cuidado de una persona. Todo padre debe procurar, sostener, custodiar, y salvaguardar la vida de sus hijos. Todo cónyuge de su consorte. Todo hijo de sus padres y hermanos. Esta obligación se extiende proporcionalmente a los prójimos más inmediatos y no anula una cierta responsabilidad respecto a la vida de cada uno de los miembros de la comunidad.  Por este motivo son gravemente inmorales el homicidio, el aborto, el abandonar a los enfermos y a los ancianos hasta la muerte y cualquier otro acto que atente contra la vida del prójimo.

La legítima defensa como medio de preservar la vida

Ahora bien, el cuidado de la propia vida y de la vida del prójimo, en ocasiones, implica el ejercer la violencia contra un injusto agresor que pretende arrebatar la propia vida. En este caso la Iglesia siempre ha enseñado la lícitud del ejercicio de la violencia, de modo proporcional, para impedir que un injusto agresor destruya la propia vida o la vida del prójimo. Y no solamente enseña la licitud sino incluso en ocasiones la obligación grave, cuando se trata de defender y custodiar la vida que por derecho natural está bajo el cuidado personal. Tal es el caso de la legítima defensa que ejerce un padre de familia respecto a su familia. Esta medida, que en ocasiones puede llevar a provocar la muerte del agresor moralmente está justificada precisamente tanto por el deber de custodiar la vida como por la subordinación de la vida humana al bien común.

El Estado garante del derecho a la vida

La comunidad política conformada por el vínculo moral entre las personas que procurando el bien común constituyen una vida social regulada por un marco jurídico estable y por una autoridad legítimamente constituida tiene el deber de custodiar, defender, promover toda vida humana. Es el estado el que ha de ejercer las medidas más convenientes para preservar y garantizar la paz y la seguridad como principio constitutivo y principal condición del bien común. Además debe garantizar un marco jurídico que sostenga el derecho a la vida de todas las personas. Por este motivo, es gravemente condenable y destructivo del bien común las leyes permisivas del aborto o de la eutanasia. 

Siguiendo estos mismos principios, la Iglesia siempre ha enseñado el recurso legítimo de la guerra justa como un ejercicio de la legítima defensa de la comunidad política contra la agresión injusta a la vida de las personas que la integran así como de la salvaguarda de sus demás derechos. Del mismo modo ha enseñado la licitud moral de la pena de muerte como un medio para impedir que un delincuente juzgado y sentenciado pueda ejercer acciones homicidas. Este recurso no niega el carácter sagrado de la vida sino que aplica la subordinación de la vida al bien común. 

Principio de inviolabilidad de la vida humana: absoluto y relativo

Tomando en cuenta lo dicho, podemos delimitar el principio de la inviolabilidad de la vida humana. Primeramente subordinándolo al bien espiritual del alma. Seguidamente derivando las implicaciones de su subordinación al bien común. Así, se puede formular en dos niveles. El primer nivel sería el que se derivaría directamente de la ley moral natural y del derecho a la vida de cada persona y conforme a él se derivarían una serie de normas morales absolutas, taxativas y categóricas que no admitirían ninguna excepción.

Podemos llamarle «El principio absoluto de la inviolabilidad de la vida» . Para formularlo, tenemos que observar que no atente ni contra la subordinación de la vida humana al bien común ni contra la subordinación de la vida humana al bien espiritual de la persona.

Una primera formulación positiva puede ser la siguiente: la vida humana inocente es absolutamente inviolable y no debe ser eliminada por ningún motivo.  El magisterio de la Iglesia lo ha definido solemnemente del siguiente modo: «la eliminación directa y voluntaria de un ser humano inocente es siempre gravemente inmoral» (Juan Pablo II, Evangelium Vitae, 57). Esta normal moral es absoluta puesto que se impone como garantía del derecho a la vida y del bien común.

Ahora bien, la formulación absoluta no anula otras formulaciones relativas que en armonía con el carácter sagrado de la vida humana sin lesionar el bien común puedan servir como principios prácticos tanto para la vida personal como para la vida social. Se trata de máximizar en el orden práctico la constatación del carácter sagrado de toda vida humana incluso de la del delincuente, del culpable y del dañino.

Tomando en cuenta lo dicho podemos formular un principio Ético, que sin negar la subordinación del bien humano de la vida al bien común pueda servir de guía en lo que respecta a la vida humana de los delincuentes e incluso iluminar las acciones que se deriven propiamente de la legitima defensa y de la guerra justa. Podemos llamarle «El principio relativo de la inviolabilidad de la vida». Le llamamos relativo no porque la vida humana del delincuente no tenga un valor equiparable al de la vida humana inocente, sino porque la inviolabilidad de su vida está en relación al bien común. Podemos formularlo del siguiente modo: «la eliminación directa y voluntaria de un ser humano culpable, debe evitarse con la máxima diligencia, considerando el carácter sagrado de su vida, sin que esto resulte en un agravio al bien común». 

Tomando en cuenta lo dicho, podemos asegurar que si la comunidad política tuviera otros medios para impedir un daño grave al bien común relativos a un convicto homicida (o semejantes) que excluyeran la pena de muerte, debería preferir siempre los medios incruentos. Esta conclusión práctica ni niega el derecho del estado a preservar la vida de sus miembros, ni la paz ni la seguridad, ni afirma tampoco la ilicitud moral absoluta de la pena de muerte sino que se sigue como consecuencia de la constatación tanto del carácter sagrado de toda vida humana como de la posibilidad de garantizar el bien común por otros medios.

Ahora bien, dado que el valor específico de la persona humana conforme a su propia excelencia, también llamado «dignidad», tiene una relación con el carácter sagrado de la vida, podemos decir que la aplicación del principio relativo de la inviolabilidad de la vida humana es más conforme a la dignidad de la persona. ¿En qué se basa el principio relativo que hemos enunciado? En la enseñanza evangélica del carácter sagrado de la vida humana.


La inadmisibilidad de la pena de muerte

La reciente declaración de «inadmisibilidad» de la pena de muerte debe fundarse en este principio relativo de la inviolabilidad de la persona humana y no como una renuncia a los principios de la Ética de la vida que hemos señalado. Se trata de un compromiso de la Iglesia a ejercer un principio secundario que es válido y conveniente. El hecho de que se utilice el término inadmisible únicamente señala que dadas las circunstancias actuales es posible garantizar el bien común sin la pena de muerte, por lo tanto esta debe evitarse y la Iglesia se compromete a abolirla en todo el mundo. Así mismo, podemos decir que la legítima defensa debe realizarse no sólo con proporcionalidad, sino en la medida de lo posible evitando la muerte del agresor. Y en este mismo sentido podemos entender las expresiones de San Juan Pablo II respecto a la guerra «¡No más guerra!», no como una negación del derecho a la guerra justa sino como una opción superior que busque, en la medida de lo posible, evitar el derramamiento de sangre.

Conclusión: el principio de congruencia

La aplicación del principio relativo de la inviolabilidad de la vida a la pena de muerte establece una mayor congruencia en la misión profética de la Iglesia que si bien no niega la subordinación de la vida humana al bien común, debe manifestarse con más fuerza respecto al carácter sagrado e «inviolable» de toda vida humana para iluminar la cultura de muerte en la que vivimos. Esta congruencia es un bien para la Iglesia y debe constituir un patrimonio para la promoción del Evangelio de la Vida y la construcción de una cultura de vida también en el orden político.  

viernes, 3 de agosto de 2018

61. [S.Th] La pena de muerte y la doctrina de la Iglesia


El papa Francisco quiere abolir la pena de muerte en todo el mundo.

Introducción


El cambio en la redacción del n. 2267 del Catecismo de la Iglesia Católica, referido a la doctrina de la Iglesia respecto a la pena de muerte ha suscitado diferentes reacciones y una nueva controversia en el orden de la teología moral. Muchas de las reacciones han excedido la literalidad del texto de la nueva redacción y sostenido interpretaciones dispares, algunas de ellas afectando verdaderamente una doctrina solida y bien ponderada que la tradición de la Iglesia ha sostenido y, otras, acusando al texto de herético.  Respecto a esta controversia presento un comentario breve para definir mi postura e iluminar a quienes pudieran estar experimentando confusión.

1. La nueva redacción del n. 2267 no afirma que la pena de muerte sea un acto intrínsecamente malo. El texto no hace un juicio moral categórico sobre la pena de muerte en sí. No se trata de una definición en el orden moral que cualificara una materia específica como intrínsecamente inmoral.  En este sentido, no hay una ruptura respecto a la enseñanza tradicional de la Iglesia. 

2.  La nueva redacción del n. 2267 afirma que la pena de muerte es inadmisible. La nueva redacción afirma que «la pena de muerte es inadmisible, porque atenta contra la inviolabilidad y la dignidad de la persona». La cualificación específica es «inadmisible». Ahora bien, una cosa puede ser inadmisible, es decir, que no deba de ser admitida por diferentes motivos, por razón de su inmoralidad, por razón de su incongruencia o por no poder reunir las condiciones formales en las que fuera admisible. La nueva redacción señala que la pena de muerte en nuestros días es inadmisible por no reunir las condiciones formales «extremas» que la hicieron admisible en otros momentos históricos y por su menor congruencia con el principio de la dignidad de la persona. 

3. La aplicación de la pena de muerte no reúne las condiciones formales de admisibilidad. El texto menciona los cambios en los sistemas penales y penitenciarios de las sociedades contemporáneas según los cuales la pena de muerte no puede considerarse como «el único camino posible para defender eficazmente al agresor injusto de vidas humanas» (Redacción Anterior). Es decir, la nueva redacción es congruente con la redacción previa, que imponía inmediatamente una condición formal para su justa aplicación señalando que «los medios incruentos se corresponden mejor a las condiciones concretas del bien común y son más conformes con la dignidad de la persona». Así pues, la nueva redacción, únicamente, añade la constatación de que en las circunstancias actuales esta condición no se cumple y, por lo tanto, es inadmisible. 

3. La aplicación de la pena de muerte no expresa adecuadamente la congruencia del principio de la dignidad de la persona y de la inviolabilidad de la vida. La redacción anterior ya señalaba una mayor conformidad con la dignidad de la persona los medios penales que excluyeran la pena de muerte. Este argumento es verdaderamente válido, porque aunque la pena de muerte no fuera un acto intrínsecamente inmoral por razón de la subordinación del bien de la persona al bien común, es verdad que hay mayor conveniencia en rechazar su aplicación con la consideración de la dignidad del delincuente y de la inviolabilidad de su vida. 

Hacer esta afirmación no contradice de ninguna manera los principios que dan legitimidad a la legítima defensa y a la guerra justa puesto que en estos casos se trata del ejercicio legítimo de la violencia, (aunque reuniendo ciertas condiciones, proporcionalidad, certeza, etc) para impedir una agresión injusta. Dado que ya se mencionó previamente que el delincuente conforme al sistema penal puede quedar verdaderamente impedido a realizar agresiones posteriores, no son hechos que puedan ser equiparables en este orden. 

Ahora bien, en el orden estrictamente penal se trataría de una pena vindicativa proporcional a la gravedad del delito cometido. Sin embargo, en este caso el principio de la inviolabilidad de la vida hace que aunque en una mirada superficial pudiera parecer que el homicida merece morir por razón de la proporcionalidad de su delito en el orden de la justicia, la Iglesia siempre ha afirmado que el valor específico de una vida humana es inconmensurable, y, por lo tanto, es válido afirmar que la inviolabilidad de la vida como principio se imponga como superior. Dicho de otra manera una vida no puede ser vindicada con otra vida, ambas son insustituibles aunque en un caso se trate de una vida inocente y en otro de una vida culpable. 

Conclusión
Para la recepción más adecuada de la nueva redacción del n. 2267 del CEC es necesario ponderar adecuadamente el texto a la luz de la enseñanza amplia de la Iglesia en relación al valor de la vida humana y comprender las modificaciones específicas sin extrapolarlas ni hacer interpretaciones excesivas que sostengan la ruptura en ningún sentido. Por lo tanto, no es admisible el juicio que califica de herético la nueva redacción. Personalmente me parece una adecuación positiva, conforme a lo dicho previamente. 

P. Andrés Esteban López Ruiz

jueves, 7 de diciembre de 2017

60. Testimonio, atentado frustrado contra el Cardenal Norberto Rivera Carrera.

TESTIMONIO DE UN MILAGRO
ATENTADO FRUSTRADO CONTRA EL SEÑOR CARDENAL DON NORBERTO RIVERA CARRERA
*Comparto mi testimonio sobre el atentado frustrado contra el Cardenal el 12 de noviembre de 2006 en la Catedral Primada de México. Este testimonio fue escrito inmediatamente después de ocurridos los hechos y entregado al Señor Cardenal. El Cardenal por humildad y prudencia no quiso que se diera a conocer. En este día en el que su renuncia fue aceptada doy a conocer los hechos como un homenaje a un hombre de Dios, Pastor de su Iglesia y amado por su pueblo. Expreso mi gratitud filial sincera a mi Padre y Pastor dando testimonio del día en que la morenita del Tepeyac salvó su vida. ¡Gracias Señor, especialmente por no haber permanecido mudo ante las violaciones a los derechos humanos y divinos de la Iglesia, nuestra Madre!



12 de Noviembre de 2006
Al iniciar la homilía, un señor de aspecto sospechoso y un poco nervioso se acercó al lugar donde yo me encontraba. Yo vestía sotana y me encontraba al lado derecho del altar (viendo hacia él) pegado a una de las columnas, aproximadamente a unos cinco metros adelante del órgano. Eran alrededor de las 12:20 p.m. El Señor de nombre N., de N. años, aproximadamente 1.80 m de altura, con un collar de piedras que rodeaba su cuello, delgado, desarreglado, me dirigió la palabra y me dijo: «¿Tienes forma de alcanzar al cardenal?», a lo que yo respondí (sorprendido y con desconfianza) que era algo imposible para mí, que yo no tenía acceso a él.
Le pregunté qué cosa necesitaba, qué se le ofrecía. Inmediatamente se quitó una esclava que llevaba en su mano izquierda y me la dio diciéndome: «quiero que le des esto al Cardenal». Yo me negué preguntándole qué era y pidiéndole una explicación. Él me contesto que era una esclava suya que la había llevado consigo durante mucho tiempo, y que quería que le fuera entregada al Cardenal y que le hiciera saber lo siguiente: «Yo no he venido a misa, he venido a atacar al padre, lo iba a lastimar, iba a atentar contra él».
Yo inmediatamente me asusté y el Señor continuó: Estaba frente a él, lo tenía enfrente de mí, estaba a punto de hacerlo, pero algo me detuvo, no pude hacerlo. Me formé en la valla como uno más para poder herirlo en la procesión. Sin embargo, cuando se acercó a mí el Padre, me tomó de las manos, fuertemente, era muy fuerte, y me vio fijamente a los ojos y me dijo: ¡Que Dios te bendiga! Me quedé frío, paralizado, no pude hacer nada, no pude atacarlo. Yo había llegado lleno de miedo y de coraje, lleno de odio, con un odio muy intenso hacia él. Todos me habían dicho que era un hombre malo, y lo odiaba, le iba a hacer un daño grave. Cuando tocó mis manos, sentí como si un demonio hubiera salido de mí. Ya no lo odiaba, estaba lleno de paz. Y sus ojos, recuerdo sus ojos, me vio a los ojos, y era como la imagen de Dios. Me di cuenta de que estaban equivocados, de que me habían engañado, me habían manipulado, todo por hacerle caso a esos N., y a lo que dicen en la televisión, él no era un hombre malo, no me había hecho ningún mal, al contrario, era un hombre bueno. Ahora yo creo que es un hombre santo, que me transformó con sólo tocarme”.
La conversación se prolongó durante toda la homilía y quizá por unos momentos más. Comentó que ya no les iba a creer nada (a aquellas personas que lo manipularon y lo enviaron, sin comentar nada más sobre ellos) y que en lugar de ir con ellos y escuchar las noticias falsas de los medios iba a venir a escuchar al Obispo, porque ahora se daba cuenta que él tenía algo especial y se sentía llamado a eso. Fue en ese momento en donde me reveló su identidad: «Me llamo N. tengo N. años, he hecho muchas cosas malas en mi vida, hazle llegar al padre la esclava, y dile que hoy me he arrepentido de todo. Dásela, y dile que hoy ha ocurrido un milagro, fue un milagro, yo lo iba a atacar, sabía cómo hacerlo, y no lo ataqué, no pude».
El hombre empezó a llorar, habló de que en algunas ocasiones había pensado suicidarse y de que no sólo venía decidido a atacarlo, sino que después de hacerlo se iba a suicidar.
Me preguntó cómo mantener esa paz que ahora tenía, que nunca la había sentido, y que no la quería perder Yo no sabía qué hacer, estaba un poco confundido, sorprendido, admirado, asustado. La conversación duró varios minutos, casi toda la misa. En resumen, le dije lo siguiente: «Hoy es un gran día, Dios ha manifestado su misericordia, no sólo cuidando la vida de nuestro Cardenal, sino cuidándolo también a usted de cometer un pecado tan grave». Le señalé que Dios le hacía una invitación a la conversión muy extraordinaria y que nunca era tarde para regresar a Dios, que él lo estaba esperando con las manos abiertas y que la prueba era lo que había sucedido. Que en las manos del Cardenal estaban el abrazo misericordioso de Dios que lo llamaba. Luego le dije: «El único que puede darte la paz es Jesucristo, él quiere que vivas en paz. Búscalo, no te alejes de él, ábrele tu corazón, pídele su ayuda, permanece en él, el te dará la paz y perdonará tus pecados». El hombre se veía un poco nervioso tras haber hecho esta confesión y comentó que inmediatamente se iba a ir de la ciudad, que se iba a ir a N., que nunca iba a regresar, que nunca lo iba a volver a ver. Me dijo que había mucha gente a su alrededor de él que le habían hecho daño y que lo habían hecho muy violento y que ellos eran peligrosos también.
Luego me dijo, «después de que no lo ataqué, no supe que hacer, me iba a retirar de la catedral, pero luego lo vi a usted y algo me impulsó a hacer esta confesión, porque cuando lo vi sentí nuevamente la misma paz de cuando lo vi a Él. Supe que tenía que ir contigo, para que le contara al Cardenal, no me podía ir sin que alguien supiera lo que pasó. Yo no le puedo contar a nadie más. Ahora tengo que irme, tengo que desaparecer. Pero créeme que ha sido un milagro, porque yo venía decidido y yo sabía lo que hacía y cómo hacerlo» Me pidió que rezara por él, se quitó su collar de piedras, me lo dio, me pidió que lo guardara, y me dijo: «Para que te acuerdes siempre, has sido testigo de un milagro. Dios no permitió que yo dañara al Obispo». Yo le dije que se encomendara a la Santísima Virgen María, rezamos juntos un «Ave María», me abrazó y se fue rápidamente.  
Esto sucedió el domingo 12 de Noviembre de 2006, en la catedral metropolitana de la Arquidiócesis de México, durante la eucaristía dominical, presidida por el Emmo. Sr. Cardenal Don Norberto Rivera Carrera. Doy testimonio de lo ocurrido, según puedo recordar y haciendo un esfuerzo por ser fiel a cada detalle de los hechos.



viernes, 10 de noviembre de 2017

59. [S.Th] «Amoris Laetitia» y el restablecimiento de la paz en la Iglesia.

«Amoris Laetitia» y el restablecimiento de la paz en la Iglesia. 

1. A partir de la publicación de la Exhortación Apostólica, «Amoris Laetitia» del Papa Francisco se ha generado una gran controversia sobre su interpretación y aplicación. Esta controversia, sin precedentes, ha marcado la recepción del «Documento Pontificio» generando distintas posturas frente al documento. 

2. Por un lado existe una tendencia a rechazar el documento en su conjunto. Esta postura es evidentemente inaceptable, pues «Amoris Laetitia» es un verdadero «Documento Pontificio» que debe ser recibido por todos con una actitud religiosa filial y de escucha. 

3. Por otro lado existe una tendencia a interpretar el documento como una verdadera ruptura con la Tradición de la Iglesia. Esta tendencia se ha dado en un doble sentido. En primer lugar entre quienes acusan al Papa de sostener una enseñanza herética y, en segundo lugar, entre quienes, a partir del documento sostienen que la Iglesia ha cambiado su enseñanza y su praxis, habiendo superado y casi aniquilado el Magisterio previo, particularmente «Familiaris Consortio» del Papa San Juan Pablo II. Ambas tendencias son inaceptables.

4. Acusar al Papa de sostener una enseñanza herética es inadmisible. Ninguna persona tiene autoridad para juzgar en materia doctrinal al Santo Padre. Muy diferente es el respetuoso recurso de la «Dubia» que es legítimo y válido precisamente para resolver una controversia. Aún en el caso de que algunos textos de «Amoris Laetitia», parecieran admitir interpretaciones contrarias al sentir y al pensar de la Iglesia, como han querido ser presentados por algunos, es regla general no admitir estas actitudes sino interpretar siempre en sentido favorable sus palabras, evitando rechazarlas, condenarlas o contradecirlas. De modo que la oposición directa, total o parcial, a la Exhortación ni sigue el Espíritu de «religioso asentimiento» que se le debe a los «Documentos Pontificios» ni guarda el orden de la caridad que exige preferir siempre el buen juicio sobre el juicio temerario. 

5. Sostener que a partir del Documento la Iglesia ha cambiado su enseñanza y su praxis, habiendo superado, y derogado el Magisterio anterior es igualmente inaceptable. Es particularmente significativo que quienes promueven esta interpretación y aplicación son los mismos teólogos y pastores que abiertamente sostenían y sostienen un disenso respecto al Magisterio previo. En este sentido no se puede pensar que esta tendencia implique un verdadero «religioso asentimiento» del Magisterio del Papa ni mucho menos una «obediencia filial» sino únicamente una toma de postura conveniente para rechazar la Enseñanza previa y la Tradición de la Iglesia. El «religioso asentimiento» exige integridad y fidelidad al conjunto de enseñanzas del Magisterio de la Iglesia no sólo a una parte. 

6. La única interpretación posible, de «Amoris Laetitia» es, como lo afirmamos desde el inicio de la controversia, la interpretación teológica, católica y ortodoxa del texto, es decir, como ha dicho recientemente Müller «en continuidad con la Palabra de Dios en la Biblia, el Magisterio anterior, con la Tradición de los grandes Concilios de Florencia, Trento y el Vaticano II». «Amoris Laetitia» debe ser interpretada desde la Tradición multisecular de la Iglesia que incluye tanto su enseñanza dogmática, su Magisterio ordinario no definitorio, como su praxis litúrgica, pastoral y disciplinar, todo ello elementos insustituibles. Únicamente la interpretación de continuidad hace justicia a la fidelidad del teólogo y del creyente a la Iglesia de Cristo, a su enseñanza, y al Papa Francisco.

7. Dicho esto, es importante precisar que la controversia respecto a la interpretación de «Amoris Laetitia» es una controversia propiamente teológica. No es una controversia ni ideológica ni política. No se puede reducir la cuestión a la toma de postura política e ideológica para la obtención de simpatías humanas. Una controversia teológica se resuelve conforme a los mismos principios de la teología: en la escucha atenta de la divina revelación, custodiada, enseñada y transmitida por la Iglesia.

8. Lamentablemente, en relación a este álgido diálogo, muchos teólogos hemos observado la carencia de una argumentación teológica profunda y seria. Abundan argumentaciones superficiales de todo tipo, sobre todo de tipo político, descalificando teólogos, cardenales, pastores y comunidades sin razones reales. Se ha generado una lógica simplista entre quienes aseguran ser los interpretes autorizados del Papa, normalmente desde la hermenéutica de la ruptura, para descalificar, ridiculizar y acusar a quienes interpretan en sentido de continuidad el texto, impulsando persecuciones incluso discplinares sin fundamentos auténticos. Abundan los argumentos emotivos, superficiales, e incluso una cierta fundamentación filosófica que es insuficiente para resolver una controversia propiamente teológica. Sobran los adjetivos y los desprecios y faltan las fuentes de la revelación. Estas actitudes no contribuyen ni a la paz ni a la unidad de la Iglesia. Denuncio con firmeza esta actitud en medio de la controversia de «Amoris Laetitia» como una actitud anti-cristiana y destructiva de la paz y de la unidad de la Iglesia.

*Respecto a la interpretación teológica conforme a la Tradición de la Iglesia, vuelvo a compartir el artículo que escribí pocos días después de la publicación de la Exhortación y que coincide en gran medida con las preocupaciones, la orientación y el sentido de lo escrito recientemente por el Cardenal Müller.