CATEGORÍAS: En esta sección encontrarás las publicaciones clasificadas según su género.

viernes, 3 de abril de 2015

50. [Homilía] Viernes Santo: El Rey que da la Vida


Por amor a la humanidad el Padre eterno envió a su hijo al mundo, para que haciéndose hombre y en todo semejante a nosotros pudiera ser el mediador perfecto entre Dios y los hombres.

Por amor a la humanidad, El Hijo eterno del Padre, se humilló, se anonadó y tomó nuestra naturaleza, una naturaleza frágil, débil, de barro, que padece, que sufre, que muere, sometiéndose a todos nuestros sufrimientos y dolencias, incluso a la muerte y a la muerte más ignominiosa en su tiempo: una muerte de cruz.

Por amor a la humanidad, El Espíritu Santo, el amor eterno de Dios, confeccionó el cuerpo humano de Jesús de el vientre purísimo de María, de su propia carne, y lo consagró para que se ofreciera a sí mismo como víctima de propiciación por nuestros pecados para que no sólo fuera mediador y sacerdote sino que él mismo fuera la ofrenda de salvación.

Así, por el gran amor con que Dios nos amó, el Hijo de Dios, vino a ser para nosotros causa de salvación: Jesús,  Dios que salva,  el Cristo, el ungido para anunciar y realizar la salvación a través de su ministerio, de su servicio, de su oración y del sacrificio de su vida.

Él glorifica al Padre cuando muere en la cruz, porque muestra a toda la humanidad el inmenso amor del Padre quien entrega a su Hijo único a la muerte para rescatar a la humanidad de la muerte. Él restablece el honor y la gloria del Padre ofreciéndole una adoración perfecta en su humanidad llena de gracia y santidad a través de su gran piedad, y, al hacerlo, lo hace también de parte de todos nosotros, representando como cabeza a todos los hombres que convoca a su reino y que desea sean ellos también adoradores del Padre en Espíritu y en verdad. 

El Padre glorifica a su Hijo crucificado, porque precisamente en la cruz, lo establece como Rey pacífico, amantísimo, victorioso, conquistador en el amor de un reino eterno y lo constituye Soberano de todos los siglos: pues aunque siendo Rey desde siempre por ser Dios en todo igual al Padre, ha sido a través de su sangre que hemos podido incorporarnos a su reino, el mismo reino que el Padre le entrega en herencia en el Calvario y que él le ofrece al Padre como pueblo de su propiedad.

Él, Jesús, Nuestro Rey y Señor, también, nos muestra la gravedad del pecado, causa de la muerte, asumiendo con humildad todas las consecuencias, efectos, penas y daños que el pecado ocasiona a la humanidad. Si por la soberbia de Adán se desató la muerte, por la humildad del Cristo seremos desatados de la muerte. Si por la desobediencia de Adán y por nuestros pecados nos hicimos culpables y reos de castigo, por la obediencia inmaculada del Cordero inocente,  seremos hechos justos, inocentes como él, y liberados del castigo podremos gozar de la vida que nos da la cruz. Si al pie del árbol del Edén vimos nuestra condenación, al pie del árbol de la cruz hemos contemplado nuestra redención.

Hoy que contemplamos al Hijo de Dios crucificado consideremos el daño del pecado, su gravedad, su seriedad. Celebremos solemnemente, entre el dolor de  la contrición sincera, con el corazón arrepentido de nuestros pecados y el alma llena de luto, el amor insondable de Dios, que se compadeció con todos nosotros y que hizo suyas nuestras miserias para poder remediarlas. Gravísimo es el pecado que el Hijo de Dios tuvo que morir para sanarnos y liberarnos. Pero más grande es el amor que quiso someterse a este daño voluntariamente por compasión y misericordia.

El remedio de nuestras miserias lo vemos bajo el velo del misterio: para abrirse la fuente de la misericordia era necesario que el Hijo compadecido de toda la humanidad y lleno de amor por todos nosotros padeciera mucho y fuera abierto su corazón como fuente inagotable de misericordia para el mundo. Así, no sólo contemplamos el daño terrible del pecado sino que celebramos que hoy mismo, se ha abierto para todos la fuente de la gracia: el corazón de Jesús, lleno de amor para la humanidad.

La celebración de la muerte del Señor, es acción solemne de gratitud, pues hoy ha sido abierto para toda la humanidad el tesoro de la gracia, hoy la salvación alcanza a la humanidad pecadora por Jesús. Hoy damos gracias a Dios puesto que si por nosotros sólo nos ha venido el pecado y la desgracia, hemos perdido el cielo y merecido el castigo, por la dolorosa pasión de Jesús nos ha sido concedida la salud y toda gracia, la salvación, aún el mérito y la gloria, que se alimentan de su única fuente: el corazón de Jesús, lleno de amor para la humanidad. 

Hoy, mis hermanos, adoremos a nuestro Rey, quien ha hecho un reino de sacerdotes para nuestro Padre y una nación santa, quien nos ha hecho sus hermanos y nos hace hijos de un mismo Padre, a través de su muerte. Hoy contemplamos al Rey que da la vida por su reino, y lo adoramos. Hoy queremos postrar nuestro corazón ante Él y decirle: Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mi, pecador, ábreme las puertas de tu reino, abre las puertas de tu corazón a todo el mundo, sigue derramando para con toda la humanidad tu amor y tu misericordia. Aceptamos tu sacrificio, veneramos tu santa cruz, somos tu reino, queremos vivir bajo la cruz, siguiendo el ejemplo de tu amor infinito.

domingo, 22 de febrero de 2015

49. [Homilía] El Cristo penitente

Rupnik, Icono en Mosaico, Santuario San Padre Pío de Pietrelcina, San Giovanni Rotondo

Queridos hermanos: adoremos a Cristo, que por nosotros fue tentado y por nosotros murió. Dios nuestro Padre, quien es siempre fiel a su Palabra, ha cumplido hoy sus votos. Él ha hecho una alianza perpetua (Gn 9, 8-15) que está siempre presente a sus ojos. El pecado no tendrá la victoria sobre la humanidad, sino que él mismo proveerá el remedio y el auxilio para rescatarla de la destrucción del mal. Pero, ¿qué remedio nos ha dado? ¿qué misterio encierra el agua, qué misterio encierra el arco iris, qué significa la promesa de una nueva indulgencia frente a la injusticia y al pecado?

Hoy contemplamos, en el Evangelio de Marcos (Mc 1, 12-15), a Jesús, el Cristo orante y penitente. Él mismo ha sido enviado por el Padre, con la fuerza del Espíritu Santo, lleno de amor a la humanidad, para salvar a los hombres pecadores, injustos como somos, y llevarnos a Dios (1 Pe, 3, 18-22). Ha iniciado un camino que nos alcanza la reconciliación con el Padre, el don de llegar a ser hijos suyos, templos de su Espíritu y coherederos de su reino. Este es el motivo por el cual el Hijo de Dios, se hizo hombre como nosotros, para que nosotros pudiéramos vencer el mal y el pecado por medio de su gracia. Así, Dios no destruiría más a la humanidad sino que destruiría al mal y al pecado que hay en ella, a través de su muerte: a través de un nuevo signo, de una nueva agua, y de una luz perfecta que cubre los cielos.

La cuaresma nos prepara para la semana de la Pasión, en la que Jesús muere por nosotros y resucita, venciendo a las tinieblas y purificándonos por un agua nueva, un agua viva como él: el agua que brota de su costado abierto y que se vuelve la fuente del bautismo. Si en otro tiempo Dios abrió el cielo para dejar caer lluvias torrenciales, ahora, el cielo mismo, Jesús, ha abierto su costado como fuente inagotable de misericordia para el mundo entero. Él alzado sobre el monte y con los brazos abiertos en la cruz traza el signo indeleble de la alianza, un signo de luz en medio de la tempestad. En verdad que el agua del diluvio era figura del agua que brotaría del costado abierto de Jesús, un agua que no conlleva la muerte de los injustos sino la muerte del justo para la salvación de los injustos, un agua que es figura del bautismo (1 Pe 3, 20), que nos salva y nos une a Jesús muerto y resucitado.

Hoy, Él movido por el Espíritu, lleno de amor a su Padre y a su plan de salvación se dirige al desierto en donde hace penitencia por nosotros. El Cristo Penitente se enfrenta al demonio y lo vence. Y esta batalla, que Cristo libra a través de su oración y penitencia durante 40 días y 40 noches es el preludio de su pasión que será su victoria definitiva contra el demonio, contra el mundo, contra la carne. Y la Iglesia que es el cuerpo de Cristo y somos todos nosotros, para conmemorar la Pascua y el don de la vida nueva en Dios, se prepara uniéndose más insistentemente al Cristo orante y penitente.

Así como él, antes de su ministerio público, antes de ofrecer su sacrificio redentor, se preparó por la penitencia, el ayuno y la oración para luchar contra el pecado, nosotros también nos unimos a su corazón penitente para vencer al pecado en nuestras vidas, en nuestros corazones, en nuestras familias, en nuestras comunidades, en nuestra ciudad, en nuestra Patria y en todo el mundo. Oremos y ayunemos unidos al Cristo penitente que nos precede en la lucha contra el demonio y confiemos en su victoria y no en nuestras fuerzas. Confiemos en que nuestro ayuno y oración, si los hacemos unidos a la vid, a Cristo, con actitud humilde y corazón contrito, con la fuerza de su gracia, nos alcanzará la victoria de la fe.

Jesús, el Cristo penitente, que por nosotros fue tentado y por nosotros murió, nos conduce con paciencia y dulzura a renovar con libertad y gozo el don de nuestro Bautismo en la santa noche de la pascua. A esto nos invita hoy Jesús. Él nos dice ¡Arrepiéntanse y crean en el Evangelio! (Mc 1,15) Creamos en Él, en su amor eterno, en su ternura eterna (Sal 24), en su sacrificio redentor y en su resurrección victoriosa. Arrepintámonos de nuestros pecados y enderecemos nuestros caminos con un examen de conciencia sereno y ponderado ante Dios y con el deseo de vivir como hijos suyos. Ofrezcamos con gran gratitud el santo sacrificio de Jesús, y renovemos la alianza con el Padre, contemplando el corazón abierto de Jesús del que brotó el agua de nuestra salvación, y la sangre que se ofrece en este altar, sangre de la nueva y eterna alianza.

+ En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

I DOMINGO CUARESMA, CICLO B, 22 DE FEBRERO DE 2015

sábado, 14 de febrero de 2015

48. [Homilía] Soy un leproso errante

Cristo cura al leproso, Rupnik, Santuario de San Pío de Pietrelcina, San Giovanni Rotondo

Queridos amigos: este domingo la Palabra de Dios nos lleva de la mano para conducirnos a contemplar a Jesús y agradecer la obra que ha realizado en favor de la humanidad, en favor tuyo y en favor mío. Él mismo nos quiere explicar lo que quiere hacer con notros en esta Eucaristía y cada día de nuestra vida.

En primer lugar, hemos escuchado en el libro del Levítico (Lev 12, 1-2.44-46), una serie de instrucciones que Dios dirige a Moisés en relación a los leprosos: cuando en alguna persona se vean los signos de la lepra, los síntomas, ella será declarada impura por los sacerdotes; se le impondrá una forma de vestir, propia de los penitentes, y se le excluirá de la comunidad, condenándole a vivir en soledad, aislado de los demás.

En nuestros días este modo de proceder nos puede parecer extraño e incluso inhumano. Pero tratemos de entender lo que nos dice. Por un lado, si consideramos que se trata de una enfermedad sumamente contagiosa, el sentido de la ley era preservar de la enfermedad a la comunidad, evitar el contagio, contener su poder destructivo. Pero, por otro lado, esta enfermedad, como el resto de las experiencias en el pueblo de Dios, se interpretaba desde una vivencia profunda de Fe en el Dios de la alianza, que actuaba en favor de su pueblo y que lo cuidaba.

De este modo, la enfermedad, señalaba algo más: la impureza. Hoy podemos decir que la lepra, señalaba la impureza quizá no de este hombre en particular, sino del hombre, de la humanidad, la herida de su pecado. Y no sólo señalaba la fuerza destructiva del pecado en una persona, sino también en una comunidad, y por ello, se mandaba la exclusión, la expulsión de la ciudad. Señalaba el aislamiento que el pecado genera, la clausura a la comunión y la penitencia necesaria. En este sentido, podemos decir que el leproso es un profeta, porque nos anuncia la lepra que todos llevamos en el corazón.

Jesús conocía muy bien la ley, porque él era su autor, y conoce al hombre como se conoce a sí mismo, con profundidad y extensión. Él sabe perfectamente la altura de la vocación del hombre y  el fundamento firme de su dignidad, pero, también sabe la capacidad destructiva que el pecado tiene para corromper, lesionar, lastimar al hombre, frustrar su vocación y someterlo a una vida indigna hasta lo impensable.

Hoy, mis hermanos, contemplemos al Hijo de Dios que se hizo hombre para poder ser alcanzado por todos nosotros quienes llevamos lepra y peores cosas en el alma (Mt 1, 40-45). Él se deja encontrar por nosotros, para eso ha venido, para sanar, purificar, recrear nuestros corazones. El primer paso Él lo ha dado, descendiendo a nosotros, ahora es necesario que impulsados por la fe en su poder para liberarnos, nosotros demos el siguiente paso: el arrepentimiento. El leproso soy yo, eres tú, somos todos, es mi pueblo, es tu pueblo.

Aprendamos de nuestro hermano en la lepra: él nos muestra con sus gestos la actitud del corazón que necesitamos. El leproso es nuestro maestro, nos da ejemplo: nos enseña a elevar la mirada, a dejar de mirar nuestra enfermedad, dejar de contemplar nuestras carencias, nuestras derrotas, nuestras miserias, necesitamos mirarlo a Él, gritarle a Él, acercarnos a Él, al Cristo, al Señor, y postrarnos en su presencia, adorarlo, reconocer su poder, confesar su autoridad, su amor, su misericordia, suplicarle de rodillas que sane nuestro corazón, nuestra alma, que nos haga capaces de amar y de servir con libertad, con totalidad. El corazón, mis hermanos, en el corazón está la lepra, esa dureza que nos excluye, que no aísla, nos esclaviza y no nos deja amar a Dios nuestro Padre como verdaderos Hijos, ni nos deja amar a nuestros hermanos como Jesús nos amó, hasta el extremo, hasta la entrega definitiva. 

Jesús, mis amigos, es la compasión, la misericordia de Dios que nos alcanza, que quiere con amor profundo a cada hombre y a todos los hombres y que sana a cuantos se acerquen a Él para restablecerlos y llevarlos a vivir con pleno derecho a la casa de su Padre.  Hoy, mis hermanos, Jesús se acerca a nosotros en esta liturgia. Abramos el corazón y digamos con humildad: Yo soy el leproso. Mi pueblo tiene lepra. Adorémoslo, y supliquémosle. No tengamos miedo en confesar nuestra lepra. Es precisamente porque soy leproso que puedo ser profeta: profeta del perdón, de la misericordia, del poder de Dios. Es siendo leproso que puedo ser dichoso y decir a Jesús: tú perdonaste mi culpa y mi pecado (Sal 31), me has sepultado el delito  y me llenas el corazón de gozo, ahora puedo seguir tu ejemplo, y buscar no mi propio bien sino el de la mayoría, para que se salven, (1 Cor 10, 31-11,1) porque tu me has salvado.

+ En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

VI DOMINGO TIEMPO ORDINARIO, CICLO B, 15 DE FEBRERO DE 2015

jueves, 12 de febrero de 2015

47. [Homilía] Servicio Militar

Daniel Mitsui, La batalla

Queridos hermanos: el Evangelio que hemos proclamado (Mt 1, 29-39) nos trae a la memoria la actividad de Jesús, actividad que realizó durante su ministerio en el tiempo de su vida mortal y que sigue realizando en la vida de la Iglesia de modo misterioso.

Pongamos atención y veamos los detalles: Jesús sale de la sinagoga y visita la casa de Simón y Andrés. Fíjense bien que Jesús visita la casa de sus amigos. Entra en ella y observa, escucha, está atento de las necesidades, y su presencia se deja sentir enseguida. Rápidamente le notifican que la suegra de Pedro se encuentra con fiebre. Observemos un dato: Jesús sabía bien de la situación de la mujer, pues no hay cosa oculta a sus ojos, pero permitió que le fueran a contar, a suplicar, a interceder.

Esto mis queridos amigos, se cumple en nuestras vidas, cuando el Señor se presenta y toca la puerta de nuestro corazón diciendo: «he aquí que estoy a la puerta y llamo, si alguno escucha mi voz y me abre la puerta entraré a cenar con él» (Ap 3,12). Él nos ha elegido y nos ama con amor profundo, un amor eterno y muy cercano, un amor de la más santa y perfecta amistad. Él como con Simón quiere visitar nuestra casa, la casa del amigo. Y aquí, quiero decirles que por casa podemos entender varias cosas.

En primer lugar quiere visitar nuestra alma, habitar en ella, observar, escuchar, atender nuestras necesidades y dejar sentir su presencia.  Él conoce bien las circunstancias de nuestra alma pero también quiere que nosotros recurramos a Él con humildad a manifestarle nuestras carencias, nuestras miserias, presentarle nuestras luchas y nuestra enfermedad. Y también quiere que intercedamos por otros, que supliquemos con fe.

La suegra de Pedro luchaba contra la fiebre, ella se encontraba postrada, en un esfuerzo continuo por sanar, agobiada. Y en ella estamos representados todos. Nosotros también luchamos contra la fiebre, a veces postrados en un esfuerzo continuo por sanar. Luchamos contra nuestros pecados, contra nuestros defectos, contra todo aquello que no permite que nuestro corazón sea libre para amar a Dios y al prójimo. Y también somos testigos de las luchas de nuestros prójimos, a veces realmente devastadoras.

Pero el Señor sabe muy bien que la vida del hombre en la tierra es como un servicio militar (Job 7, 1) y que en la batalla ardua en la que nos encontramos solamente su gracia puede sanarnos,  levantarnos y darnos victoria.  ¿Quién puede ir al servicio militar, al frente, estando enfermo? Nadie puede, y, sin embargo, Él no nos abandona a la derrota sino que carga nuestros dolores (Mt 8, 17) y pelea nuestras batallas. Se acerca y nos toma de la mano, nos toca, nos levanta, nos restablece y hace libres nuestros corazones para el amor, para la oración, para el servicio. Nos hace participar de su victoria, la victoria del amor.

La suegra de Pedro se levantó y se puso a servirles, pues el Señor la había sanado y la había liberado de sí misma para darse a los demás. Esto mismo, mis hermanos, experimentó San Pablo, cuando el Señor lo sanó y lo liberó para servir como ministro del Evangelio. Su corazón tan libre y tan grande, lleno de amor lo impulsó a hacerse esclavo de todos para ganarlos a todos para Cristo (1 Co 9, 16-19) en la lucha por el Evangelio. En él se significa la experiencia del discípulo que ha visto al Señor en su corazón y se ha dejado sanar por él con humildad, y habiendo sido adquirido en el amor no puede hacer otra cosa que servir a Jesús y a su reino, como en una dulce obligación.

Pero, la casa, además de representar el alma, también representa todo lo nuestro, todas las realidades humanas en las que Jesús quiere reinar y que se encuentran sometidas también a distintas luchas y enfermedades. La casa representa tu familia y mi familia, mi comunidad, nuestra Parroquia, nuestra Arquidiócesis, nuestra Ciudad, nuestra Patria. Aquí también Jesús quiere entrar para sanar, reparar, reconstruir, y darnos libertad. Aquí Jesús quiere hacer presente su reino, en tu corazón, en tu casa, en nuestra parroquia, en nuestra Arquidiócesis, en nuestra ciudad, en nuestra patria y en todo el mundo. Aquí también, nosotros nos encontramos en servicio militar, en ardua lucha, para suplicar por toda realidad postrada y enferma al único que puede salvarnos y para ponernos, con su ayuda, al servicio del prójimo necesitado.


Hagamos oración, mis amigos, por cada uno de nosotros para que el Señor entre a nuestro corazón y nos libere de las cadenas que no nos dejan servir, principalmente de la fiebre del egoísmo. Oremos fervorosamente para que el Señor entre en nuestra familia y nos ayude a sanar todas aquellas enfermedades que pudiera haber: enemistades, resentimientos, divisiones, envidias, etc; para que en nuestra familia se manifieste siempre el amor y la paz de Dios. Hagamos oración por nuestra ciudad y por nuestra patria que se encuentra también postrada en una gran fiebre de violencia contra la vida, de injusticia y de inmoralidad para que el Señor Jesús nos salve a todos con la fuerza de su Espíritu y nos lleve al Padre misericordioso, que nos quiere heredar su reino y darnos la victoria de la fe. Ofrezcamos todos juntos el sacrificio de Jesús, que vence todo mal y sana todo.

+ En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

V DOMINGO TIEMPO ORDINARIO, CICLO B, 8 DE FEBRERO DE 2015

domingo, 1 de febrero de 2015

46. [Homilía] Un profeta como yo



Queridos hermanos: hoy, reunidos frente al altar sagrado para ofrecer a Dios nuestro Padre el sacrificio de Jesús, que conmemora su pasión y su gloriosa resurrección, hemos escuchado un fragmento importante de uno de los discursos que Moisés dirigió al pueblo y que se encuentran en el libro del Deuteronomio. 

El libro del Deuteronomio recoge los grandes discursos de Moisés, que forman parte de la ley y que se volvieron el criterio de discernimiento que Israel tenía para conocer la voluntad de Dios. Este texto, es parte de un discurso de despedida, y, por tanto, cobra una gran importancia, pues se trata de las últimas palabras de Moisés, de la segunda ley,  la última ley, las últimas recomendaciones. 

Allí Moisés le promete a su pueblo, que en su ausencia, Dios no los abandonará: «El Señor Dios hará surgir en medio de ustedes, entre sus hermanos, un profeta como yo. A él lo escucharán.» (Dt 18,15). Hoy contemplamos un hecho maravilloso: el Dios de las promesas firmes hizo una promesa solemne a Moisés, de la que da testimonio el texto sagrado: «Yo haré surgir en medio de sus hermanos un profeta como tú. Pondré mis palabras en su boca y él dirá lo que le mande yo.» (Dt 18, 18)

Dios se comprometió con Moisés, y con su pueblo. Pero, ¿qué prometió? ciertamente prometió enviarles otro profeta, pero no sólo otro profeta, porque dice la escritura en el mismo libro que  «no surgió en Israel otro profeta como Moisés» (Dt, 34, 4), es decir, a pesar de la promesa,  no hubo nadie como él, aunque ciertamente Dios suscitó otros profetas importantes y notables. De modo que prometió enviarles algo más grande que un profeta, un profeta semejante a Moisés un mediador tan importante como él. Pero, ¿quién es Moisés? ¿Qué significa un nuevo Moisés? ¿Por qué él es grande? ¿De qué altura estamos hablando? ¿En qué consiste esta semejanza? Pensemos en Moisés.

1. Moisés fue el mediador de la ley y de la alianza. Así, Dios prometía a Moisés enviar un nuevo mediador de la ley, uno que tendría su autoridad como mediador de la ley perfecta, fundada ya no en el temor sino en el amor, quien sería también mediador de una alianza perfecta, consignada no con la sangre de animales sino mediante un acontecimiento nuevo, velado todavía a la mirada de Moisés pero presente ya en la mirada providente de Dios. Pero, toda la vida de Israel se fundaba en la ley y la alianza, ¿cómo es que se habla de un nuevo Moisés? la promesa, entonces, refiere a una renovación total en la vida de Israel. Vendría uno, que puede poner nuevos cimientos a la vida del pueblo, no destruyendo los anteriores, sino llevándolos a plenitud (Mt 5, 17). 

2. Pero Moisés es todavía más, fue el liberador de su pueblo. Moisés liberó con la fuerza de Dios, con brazo extendido y mano poderosa a Israel de la dominación de Egipto. Así, con esta promesa Dios anuncia también un nuevo Éxodo, una nueva Pascua, que acontecería en el misterioso designio de Dios. El Éxodo es la «salida», y la «Pascua«» es el «paso», de modo que la promesa de Dios indica suscitar en medio de Israel un profeta que haga «pasar» al pueblo de una situación de esclavitud a una situación de «libertad», de una situación de encarcelamiento a su «salida», para poder ofrecer a Dios un culto adecuado (Ex 3, 18; 5,4; 8, 17) y vivir de acuerdo a su voluntad

3. Pero, ni siquiera, esto agota la importancia de Moisés. Benedicto XVI,  meditando sobre este texto nos dice que lo más importante de Moisés era su amistad con Dios: había tratado con el Señor «cara a cara»; había hablado con el Señor como el amigo con el amigo (cf. Ex 33, 11). Moisés es el amigo de Dios, quien habla con Él francamente y por eso puede ser mediador, liberador y redentor porque permanece siempre en Él. De modo que la promesa que Dios le hizo a Moisés fue suscitar un mediador que permaneciera siempre en su presencia, que tratara con Él cara a cara y que hablara con él como lo hace el amigo con el amigo, de tal modo que lleno de sus palabras y con su fuerza podría ser mediador perfecto para liberar, interceder, redimir y revelar.

* Hoy en el Evangelio de Marcos hemos visto el cumplimiento de esta promesa. Jesús, en medio de sus hermanos, en la sinagoga y cumpliendo la ley, enseña. Y enseña con autoridad, su autoridad le viene precisamente de su amistad con Dios, de que habla con él cara a cara, como habla el amigo con el amigo, el hijo con su Padre. Es una autoridad privilegiada, nunca se había visto tal autoridad, el caso semejante en la historia es Moisés, pero aún Moisés recibía su autoridad de otro quien era siempre trascendente, en cambio Jesús, aunque recibe su autoridad de otro que lo ha enviado, el Padre, la tiene como algo propio, que deriva de su ser Hijo. La autoridad de Jesús, entonces, es semejante a la de Moisés en cuanto a que se funda en la amistad de Dios, pero es infinitamente tanto más perfecta, cuanto su amistad con Dios es totalmente plena, profunda y eterna, porque es un amor y una presencia que existe desde siempre y por siempre: Él está en el Padre como Hijo, en la unidad del Espíritu Santo, que es el Amor Eterno. 

Hoy, Dios da cumplimiento a su promesa con sobreabundancia porque  si en otro tiempo ni siquiera Moisés, el amigo de Dios, pudo contemplar el rostro de Dios por más que lo pidió y vio sólo su espalda, ahora el Hijo, quien está siempre en la presencia del Padre, no sólo ha visto su rostro, sino que quienes lo ven a Él, ven el rostro del Padre.  Así, Dios mismo, fiel a sus promesas, nos presenta a su Hijo, quien no sólo hablará palabras divinas, sino que Él mismo es su presencia en medio de nosotros. Él mismo es la Palabra hecha carne para nuestra salvación, Palabra que abre nuestras mentes al conocimiento de Dios y nuestros corazones a la nueva ley, que ya no está escrita en piedra, sino en nuestras almas con la gracia del Espíritu Santo que nos comunica el amor de Dios, plenitud de todo mandamiento y de toda vida.

Si Moisés nos dio a conocer las espaldas de Dios y nos reveló la ley, Jesús nos muestra el rostro del Padre y nos da la nueva ley, la ley del amor perfecto, hasta el sacrificio de sí mismo. Si Moisés hablaba con Dios como su amigo, Jesús, desde siempre y por siempre vive en eterno diálogo con Él como su Hijo unigénito. Si Moisés consignó la alianza del pueblo con Dios a través de la sangre de animales, Jesús consignó la nueva y eterna alianza con la humanidad a través de su propia sangre santísima. Si Moisés le dio órdenes al faraón para que dejara salir a Israel de Egipto, Jesús hoy da órdenes a los demonios, y éstos se le someten. Si Moisés liberó a Israel de la opresión y lo hizo pasar por el mar rojo, Jesús nos libera del pecado, sometiendo al demonio, y destruyendo su dominio en las aguas de la salvación que brotan de su costado abierto. Si Moisés fue mediador del Maná, pan del cielo, hoy Jesús se hace  pan partido para nosotros.

Hoy damos gracias a Dios, Nuestro Padre, por que ha enviado a su Hijo, y le ofrecemos en adoración al mismo Hijo que nos ha entregado para nuestra salvación, pidiéndole que también nosotros, por el ministerio de Jesús, podamos vivir constantemente y sin distracciones (Co 7, 35) en presencia suya, hablar con él cara a cara, como habla un amigo con su amigo, como habla un Hijo con su Padre. Acerquémonos a Jesús quien es nuestro mediador con el Padre, y en él descubramos la alianza que nos  hace hijos y que nos llena de Esperanza.


IV DOMINGO TIEMPO ORDINARIO, CICLO B, 1 DE FEBRERO DE 2015

domingo, 25 de enero de 2015

45. [Homilía] El tiempo se ha cumplido


Hace muchos años fue enviado un hombre a la ciudad de Nínive, perteneciente al territorio actual de Iráq, a llevar un mensaje de parte de Dios. El mensaje que Jonás llevaba no era una buena noticia: dentro de 40 días la ciudad sería destruida. Los habitantes del lugar entendieron que la causa de la destrucción de la ciudad era su propio pecado. Llenos de temor ante el hombre de Dios y la noticia que portaba, se reconocieron culpables delante de la justicia divina e hicieron obras de penitencia como signos del arrepentimiento interior y de sus deseos de enmendarse. Dios mismo, dice el texto sagrado, contempló estos obras penitenciales y viendo que en ellos se había suscitado la fe y que se convertían de su mala vida, decidió liberarlos del castigo y preservar a la ciudad de la destrucción. 

Queridos hermanos, delante de Dios nos hemos hecho culpables de una gran cantidad de pecados personales que han destruido nuestro corazón, nuestra capacidad de amar al prójimo y de vivir en comunidad. Nuestros pecados han dañado a otros, y han lesionado a nuestra misma comunidad humana en la que vivimos. Hoy la Palabra nos ilumina para contemplar nuestra sociedad y nuestros pueblos destruidos por el pecado, y también ver con temor nuestros corazones. Allí podemos ver que delante de la justicia divina somos culpables. Nuestros pecados han destruido incluso los dones que Dios nos ha dado, su amor, su amistad, su ternura, su cariño, los hemos despreciado y hasta a Él mismo lo hemos rechazado. Y nadie puede decir que es inocente, delante de Dios todos somos culpables, como enseña el Apóstol Pablo (Rm 3, 23). 

Y culpables como los habitantes de Nínive, podríamos esperar un castigo eterno por nuestra impiedad, e incluso un castigo temporal, que en justicia nos correspondería. Sin embargo, a nosotros también se nos ha enviado un mensajero de parte de Dios, prefigurado en Jonás, para darnos un anuncio. Pero, a diferencia del anuncio de Jonás que establecía la justicia, hoy hemos escuchado un anuncio distinto: Jesús, el Hijo eterno de Dios, nos ha comunicado una Palabra de parte de su Padre, que no sólo establece la justicia sino que establece también la gracia y la misericordia. Su anuncio, es una buena noticia, Él no habla de destrucción, sino de edificación, habla de plenitud: Se ha cumplido el tiempo, el Reino de Dios está cerca. Y sin embargo no deja de denunciar que hay una grave condición de pecado pues dice: «¡Arrepiéntanse!»

Es decir, por un lado Jesús denuncia el pecado de su pueblo, y a cada persona a la que encuentra, sabiendo que se ha hecho culpable le propone un camino de reconciliación: «¡Arrepiéntete!».  Seamos atentos en que Él mismo realiza su Palabra entre nosotros: Hoy nos invita a través de esta liturgia santa, a los actos de la penitencia como signos del arrepentimiento interior y de nuestros deseos de enmendarnos y a convertirnos de corazón. Pero no lo hace suscitando temor por el anuncio de la destrucción como lo hizo Jonás, sino que lo hace suscitando, esperanza, amor y agradecimiento por el anuncio del Evangelio, del Reino de Dios que ha llegado y que transformará todas las cosas.

Los habitantes de Nínive hablan de un tiempo que vendrá después del señalamiento del pecado, de un tiempo penitencial, que durará 40 días. Jesús también habla de un tiempo, sin embargo, no señala un tiempo que vendrá sino que dice: el tiempo se ha cumplido. Y es que Jesús ha cumplido el tiempo, ha llegado la «hora» esperada por toda la creación y anunciada por los profetas, la hora del ministerio público del Cristo, de su obra de salvación.

Esto se verifica en un detalle más que nuevamente relaciona a Jesús con Jonás: inmediatamente antes de este texto, Jesús ha pasado 40 días en el desierto, en ayuno y oración, luchando contra el demonio y haciendo penitencia por toda la humanidad. De este modo Jesús nos anuncia que en la lucha contra el pecado, en la penitencia y en la conversión, Él nos precede, nos antecede y nos abre el camino de la gracia que hace posible el arrepentimiento, el cambio de vida y la victoria de la fe. Jonás anunció el castigo y el pueblo caminó por la penitencia. Jesús caminó por la vía de la Penitencia, y anunció el Evangelio. Y de este modo se transitó de la ley a la gracia, de la justicia a la misericordia, y quien andaría en conversión siguiendo a Jesús se vería impulsado por el don del Cristo Penitente que engendra esperanza y ya no más por el temor de la ley.

No debemos nunca olvidar este misterio: Jesús nos invita a la conversión, nos pide arrepentirnos, y lo hace anunciando el Evangelio de su misericordia y dando a conocer que el Reino de Dios, la comunión de vida, de paz, de gracia y de amor entre Dios y los hombres, ha llegado en su persona, en la persona del Rey Clementísimo que al mismo tiempo que nos pide penitencia nos abre los tesoros de la gracia y del perdón. Estos dos aspectos del misterio son inseparables en el Evangelio de Jesús: el anuncio del reino y la invitación a la conversión. Así, al mismo tiempo que nos invita a transformar nuestra vida, nos invita a creer en que Él nos ha traído el perdón, la absolución de la culpa, la remisión del castigo, la sanación de nuestros corazones heridos y la edificación del reino, por eso también nos dice: «¡Creed en el Evangelio!»

Y aquí se realiza el encuentro salvífico entre Dios y los hombres: Dios envía a su Hijo, para darnos la gracia de poder llegar a ser sus Hijos por el Don del Espíritu Santo, salvación que nos abre las puertas del Reino cuando movidos por el amor de Dios creemos en Jesús, en su Evangelio y buscamos vivir en conversión.

Queridos hermanos, confiemos en Jesús, en que su gracia es más grande que nuestro pecado. Confiemos en que él tiene poder para sanar nuestras almas y hacernos vivir en su Reino. Confiemos en que Él nos ha mostrado el rostro misericordioso de Dios nuestro Padre quien ve nuestros corazones contritos y deseosos de seguirlo y los bendice con gracias abundantes, apartando todo castigo y toda deuda, y viendo en cada uno de nosotros el rostro de un hijo amadísimo que está siendo edificado por Jesús, Nuestro Salvador. 

Confiemos en su misericordia que no tiene límites y escuchando su Palabra, llenos de esperanza en el Evangelio de la gracia, cambiemos nuestro corazón, nuestra mentalidad, como nos pide Jesús, cuando nos dice arrepiéntete: («μετανοεῖτε καὶ πιστεύετε ἐν τῷ εὐαγγελίῳ»). Tengamos presente que nuestra vida es corta (1 Co 7, 29), que estamos en camino hacia la eternidad, y que solamente Jesús nos puede llevar al Reino Eterno.

Esto mismo queridos hermanos está significado y realizado en el Apóstol Pablo, de quien se recuerda su conversión un 25 de Enero. A Él también el Señor Jesús fue enviado señalándole su pecado cuando le dijo: «Saulo, Saulo por qué me persigues» (Hch 9, 4), lo invitó a la conversión, le ofreció la gracia en el Bautismo y lo impulsó hacia él, mostrándole el camino para una vida nueva, para el apostolado, instruyéndolo y diciéndole de qué modo lo seguiría por el camino de la cruz.

Él después de transitar este camino de conversión nos invita a no aficionarnos a las cosas de este mundo efímero (1 Co 7, 31), pues todo es pasajero, señalándolos el auténtico tesoro: el Reino de Dios que nos ha dado Cristo Jesús, delante del que todas las demás cosas consideró inútiles (Flp 3,8).

Queridos hermanos, siguiendo el ejemplo de San Pablo y de los santos apóstoles, cambiemos nuestra mente y purifiquemos nuestro corazón, poniendo todo nuestro amor en Dios que nos ha mostrado su rostro en Cristo Jesús y nos ha enviado su Espíritu para configurar nuestra mente con el Santo Evangelio. Hoy Jesús nos invita a seguirlo, como lo hizo con sus primeros discípulos, después de decirnos: «¡Arrepiéntete, cambia de vida, purifica su corazón, cambia de mentalidad, cree en el Evangelio!» nos dice con un amor profundo y lleno de esperanza: «¡Sígueme!»


III DOMINGO TIEMPO ORDINARIO, CICLO B, 25 DE ENERO 2015

domingo, 18 de enero de 2015

44. [Homilía] El Cordero de Dios



Queridos hermanos: en este domingo, el Evangelio de San Juan, nos presenta uno de los momentos fundacionales de nuestra amada Iglesia: el llamado de los primeros discípulos. El evangelista ha recorrido previamente un itinerario profundo y sobrenatural, que nos ha mostrado a Jesús como la Palabra eterna del Padre que se ha encarnado para habitar entre nosotros y ser luz en nuestro camino. Él nos ha hablado del Bautista, quien fue enviado por el Espíritu Santo a preparar el camino del Señor, predicar la conversión y anunciar la inminente llegada del Mesías. 

El testimonio de San Juan Bautista que hoy hemos escuchado es muy importante: Él mismo, en su ministerio y predicación había fundado una comunidad significativa de personas que reconocían la gran necesidad que tenía Israel y la humanidad de redención, del perdón de los pecados y que esperaban junto con Él al Mesías. Él mismo había dicho: «Yo no soy el Mesías» (Jn 1, 20), pero al mismo tiempo prometió mostrarles al Cristo (Jn 1, 33), al elegido de Dios. Así, después del Bautismo del Señor, en el que se reveló el misterio de Dios en Jesús, como Hijo amado del Padre y ungido por el Espíritu Santo, Juan dio un testimonio definitivo a sus discípulos: «Este es el Cordero de Dios» (Jn 1, 36). 

Con estas palabras Juan entrega a sus discípulos al auténtico Maestro, y entrega la comunidad que preparó en el desierto a su Señor. Además, les señala claramente el misterio de su unción singular: Jesús, viene del Padre como ungido por el Espíritu Santo, para ser Cordero de Dios, y quitar el pecado del mundo (Jn 1, 29). Él es el Mesías esperado, el Cristo que para reinar sobre todas las cosas se hace Cordero, sacrificio inmaculado y santo, venido de Dios, para reconciliar a los hombres con el Padre limpiando el pecado con su propia sangre. Juan señala, entonces, al Rey que entregaría su vida como expiación para congregar el reino de la humanidad redimida y entregarla a su Padre, para que fuera tomada como familia suya e hijos suyos.

Ante los ojos de Juan el Mesías es un condenado a muerte, pero a una muerte fecunda, que cumpliría las figuras del cordero pascual (Ex 12, 1-8), del sacrificio del gran día de la expiación (Lv 16) y la del siervo sufriente (Is 53). Jesús, a los ojos del Bautista, llevaba ya una cruz sobre los hombros, y era ya una víctima señalada, que como templo santísimo y sin pecado sería destruido para recrear a la humanidad herida por el pecado y ser culto perfecto de adoración a nuestro Padre celestial y fundar así el reino esperado. 

El Bautista, entregó sus discípulos a Jesús sabiendo que la vocación del Mesías era un altar sacrificial, y, al hacerlo, Jesús inicia su comunidad, inicia la gran convocación, la gran congregación de las naciones y de los pueblos en torno a sí mismo y al sacrificio que ofrecería: nuestra amada Iglesia. El amigo del novio, escolta a la novia y la entrega al novio para desposarla, y cumpliendo su llamado cede todo derecho, honor y gloria al Esposo y se retira con humildad.

Ante este testimonio los discípulos de Juan siguieron a Jesús por el camino y le veían las espaldas intrigados, como Moisés que vio las espaldas de Dios pero que anhelaba ver su rostro. Entonces, sucedió algo nuevo: Dios mismo, Jesús, el Hijo de Dios los miró, les mostró su rostro y les habló. «¿Qué buscan?» dice Jesús, ellos responden «¿Dónde vives?». Es significativo que si «el Hijo del hombre no tenía lugar donde posar la cabeza» (Mt 8, 20), sin embargo, les diga: «vengan y lo verán». Y es que Jesús no quería mostrarles ni un lugar ni una habitación, quería mostrarles su verdadera casa, quería mostrarles al Padre y darle su Don, pues esta fue siempre su más sólida morada: el amor del Padre. 

Con estas palabras misteriosas, Jesús inaugura una nueva casa, que ya no son muros ni techos, sino que se funda en Él mismo, la piedra viva y que consiste en habitar en el Amor del Padre, haciéndose Él mismo nuestro camino hacia Él y llamándonos a ser parte de esta morada. Por eso también le dice a Pedro: «Tu te llamarás Cefas, que quiere decir piedra» para señalar una morada definitiva, en dónde él habitaría para siempre: la Iglesia congregada en torno al Cordero, su Esposo, animada por el Espíritu Santo y dirigida siempre al Padre con amor filial.

Queridos hermanos: hagamos oración al Señor Jesús, para que nos muestre su rostro, como lo hizo a sus primeros llamados, nos dirija su Palabra, y nos mantenga siempre en su casa que es el Amor del Padre que reina en la Iglesia por su sacrificio redentor. Que sepamos reconocer siempre la invitación que nos hace en el secreto de nuestro corazón como lo hizo en otro tiempo con Samuel y responder generosamente como lo hizo el apóstol San Andrés, anunciando a todos que hemos encontrado el tesoro escondido, por el cual vale la pena dejarlo todo: Jesús, el Cordero de Dios que quita el Pecado del mundo quien nos llama a entrar en su morada y quedarnos con Él, a vivir en Él.


II DOMINGO TIEMPO ORDINARIO, CICLO B, 18 DE ENERO 2015

domingo, 4 de enero de 2015

43. [Homilía] Solemnidad de la Epifanía, 4 Enero 2015



Queridos hermanos en Cristo Jesús: en este tiempo de Navidad, la Iglesia se alegra al contemplar la manifestación del misterio de Dios a los hombres. La oscuridad que cubría la mente y el corazón de la humanidad herida por el pecado vio el amanecer, el resplandor de la luz imperecedera.

En efecto, el hombre pecador había sometido su existencia a una vida en tinieblas, una vida sin Dios y sin esperanza que significaba no sólo la pérdida de la bienaventuranza eterna, sino también la frustración de la vida temporal, de su bondad y de la belleza que le es propia en el plan de Dios.

Pero Dios no abandonó a los hombres a la oscuridad del pecado sino que hizo brillar su Palabra como una luz, inspirando por obra del Espíritu Santo a los profetas un mensaje de salvación. Y llegada la plenitud de los tiempos, habló Dios una Palabra definitiva, una Palabra Eterna que puso su morada entre nosotros, como luz inextinguible y completa, dándonos a conocer el misterio divino y el misterio humano: Dios es nuestro Padre, un Padre rico en Misericordia y su Hijo Único, Jesucristo, se ha hecho hombre como nosotros, para hacernos en Él Hijos del Padre  y derramar sobre nuestra carne el Don del Espíritu Santo, el Amor Divino.

Así, hemos visto una gran luz que no se apagará nunca: Jesús. Jesucristo es la manifestación de Dios, su Palabra, su revelación: Él nos ha revelado al Padre y nos ha dado el Espíritu. Él es la “epifanía” de Dios y la “epifanía” del hombre, porque sólo en Él hemos llegado a conocer el misterio del hombre y de su altísima vocación. En Él que es la verdad conocemos a Dios y andamos el camino para llegar a la Vida, y mientras caminamos al encuentro definitivo con el Padre, nos enseña a vivir en paz, justicia, misericordia, amor y bienaventuranza.

Su luz, nos muestra a Dios, nos conduce a Él y nos enseña a vivir. Pero, pongamos atención que esta luz no sólo está afuera de nosotros como algo ajeno a nuestro ser y vocación. ¡En Él hemos sido “iluminados”! Queridos hermanos todos hemos sido “hechos luz” el día de nuestro Bautismo, hemos recibido la “luz de Cristo” para ser también nosotros “luz del mundo” y manifestar al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.

Hoy contemplamos a la humanidad inmersa en grandes tinieblas y sufrimos las consecuencias del abandono de Dios. También en nuestro país experimentamos épocas de confusión, de violencia, de injusticia y de muerte. Encontramos también en nuestros días personas que quieren apagar y sofocar la luz del Señor Jesús, que ha confiado humildemente a su Iglesia, que somos todos nosotros.

Sigamos el ejemplo de los reyes de oriente, venerados como santos. Ellos supieron buscar a Dios, estar atentos a las manifestaciones de su presencia y ponerse a la escucha de los profetas, es decir de la Palabra, para descubrir los planes de Dios. Ellos se acercaron presurosos, haciendo uso de ciencia y sabiduría, al misterio que se manifestaba y sin titubeos se presentaron diciendo: ¡Hemos venido a adorarlo!


Así, ellos nos dan también testimonio con su ejemplo: en medio de las tinieblas de nuestra historia, tenemos que elevar la mirada y ver la estrella que ya no es un astro, es el amor de Dios que ilumina nuestro camino. Esa estrella era signo de Jesús, nuestra luz, que se hace siempre presente en nuestras vidas. Debemos llenarnos con ellos de una inmensa alegría, entrar en la casa de Dios, que es cada corazón humano, nuestro interior, para contemplar a Jesús con María y caer de rodillas en profunda adoración. Solamente desde la adoración de Jesucristo, podremos quedar también nosotros radiantes y renovar el mundo con su luz. Que la Virgen María que nos presenta a Jesús para adorarlo y sus oraciones, nos alcancen renovar la luz bautismal y luchar contra las tinieblas del pecado, en nuestras vidas y en nuestra sociedad. 

viernes, 21 de noviembre de 2014

42. [S. Th.] [Conferencia] Los preceptos de la ley positiva de la Iglesia Católica

(Conferencia impartida en el Congreso Nacional de la «Sociedad Mexicana de Filosofía» el 18 de Octubre de 2014, llamado «Ley natural»
La constitución dogmática Lumen Gentium, al hablar sobre la naturaleza y la misión de la Iglesia en el misterio divino enseña que el Padre Eterno, Creador del universo, quiso elevar a los hombres a la vida divina y dispensarles la salvación en Cristo Redentor por obra del Espíritu Santo: Y estableció convocar a quienes creen en Cristo en la santa Iglesia (LG, 2).

De modo que la Iglesia es una comunidad de fieles, elegidos de antemano por Dios y convocados por él, para, profesando la fe en Cristo y con el auxilio de la gracia, poder participar de la vida divina y recibir la dispensación salvífica a la vez que ofrecerla a todos los hombres de todos los tiempos.

Esta comunión, ha sido instituida por Cristo como comunión jerárquica y corporativa. Es decir, para el cumplimiento de su misión y el desarrollo de su vida funciona como un organismo vivo, un cuerpo organizado con una cabeza estable que visiblemente lo ordena y lo vivifica: el cuerpo místico de Cristo.

La organización de la vida eclesial por tanto tiene la finalidad de vivificar y regular el cumplimiento de su misión, a saber, participar a los hombres de la vida divina y dispensar la salvación. Esta comunión es jerárquica porque fue instituida por Cristo sobre el Colegio de los Apóstoles presidido por el Apóstol Pedro y sus sucesores, quienes gobiernan en el nombre de Cristo y por su voluntad a la comunidad.

De modo que toda la normativa eclesiástica y todos los preceptos que en ella subsisten tienen esta finalidad histórico salvífica. Esta estructura subsiste sobre otra estructura más básica y general según la armonía teológica entre razón y fe, gracia y naturaleza: la estructura normativa en el orden natural.

Así, podemos decir que la estructura de la «norma» en el orden natural no es ajena a la estructura de la norma eclesiástica sino su misma base sobre la que desarrolla su propia especificidad. La misma noción de norma, desde esta perspectiva, implica necesariamente un fin, unas fuentes y una aplicación, hechos que encontramos también en la normativa eclesiástica.

Así, la norma moral tiene como fin conducir a los hombres hacia su fin último, se funda en la ley natural, fuente remota, conocida por la recta razón, fuente próxima, y se aplica en el discernimiento prudencial de cada caso.

Del mismo modo, el fin de la norma jurídica es la justicia y su fuente principal es la ley positiva que deriva de la recta razón como fuente próxima y de la ley natural como fuente remota y es promulgada por la autoridad para salvaguardad el orden de la justicia y del bien común.

Y siguiendo esta estructura, también la normativa eclesiástica tiene un fin que la específica: participar a los hombres la vida divina y dispensar la salvación, y tiene unas fuentes. Sus fuentes son: la ley natural que deriva del orden de la creación, la ley divina positiva que deriva del orden de la revelación y la ley eclesiástica positiva.

De este modo, la normativa eclesiástica, reconoce tener un único autor fundamental: Dios mismo, en cuanto creador ha dispuesto el orden natural, que el hombre puede conocer mediante el recto uso de su razón; Dios mismo, en cuanto revelador ha dado a conocer una ley, primero imperfecta en el AT y después perfecta en Jesucristo su Hijo, Nuestro Señor, y ha dado el Espíritu Santo para poner la ley y nueva del amor en los corazones de los fieles mediante la gracia; Dios mismo, que ha fundado a su Iglesia y la provee de los auxilios necesarios para el cumplimiento de su misión.

Así podemos llegar a la definición del derecho canónico: es la estructura que regula los pormenores de la vida corporativa de la Iglesia, y lo hace mediante normas. Esta normativa se basa como ya hemos señalado en tres instancias, en la ley natural, en la ley divina positiva, y en los preceptos positivos de la legislación eclesiástica, y, en conjunto integran un corpus que regula la vida de la Iglesia como cuerpo de Cristo y comunión jerárquica.

Esta normativa se encuentra promulgada y compendiada en el CIC para la Iglesia latina y en el CCEO para las Iglesias orientales y en otras leyes eclesiásticas tanto universales como las del derecho litúrgico, como particulares, como las normativas propias de las conferencias episcopales o de las diócesis particulares.

Ahora bien, la normativa eclesiástica ha experimentado un notable desarrollo hasta llegar al estatuto actual. Este desarrollo no ha sido un desarrollo arbitrario sino que se trata de un desarrollo orgánico. Dado que los preceptos de la ley natural y los preceptos de la ley divina positiva son inmutables, el desarrollo de la normativa de la Iglesia ha consistido en la profundización de la comprensión de sus fuentes, en su aplicación concreta a la problemática de cada tiempo y en las adecuaciones pastorales propias a las contingencias de cada lugar y época de acuerdo a la norma de la prudencia.

Se reconocen cuatro etapas de desarrollo: el IUS ANTIQUUM, que va de los tiempos apostólicos hasta los tiempos de Graciano 1160; el IUS NOVUM que va desde el decreto de Graciano hasta el Concilio de Trento; el IUS NOVISSIMUM que va desde el Concilio de Trento hasta el Código de Derecho Canónico de 1917, y el Derecho Canónico actual, que emana del CVII y ha sido promulgado en 1984 en el CIC.

De este modo podemos observar que, de hecho, ha habido un desarrollo orgánico del derecho y que si lo estudiamos a profundidad, en este mismo desarrollo podemos descubrir tanto la fidelidad de la Iglesia a la inmutabilidad de los preceptos divinos y de la ley natural como la posibilidad de adecuar mediante los preceptos positivos de la legislación eclesiástica, la normativa de la Iglesia para poder  en cada momento de los siglos, cumplir más adecuadamente su misión.

Por lo tanto, junto con la inmutabilidad de los preceptos divinos positivos y de los preceptos que emanan de la ley natural podemos afirmar la mutabilidad de algunos de los preceptos de la ley eclesiástica de la Iglesia Católica, a saber, aquellos que no emanen directamente de los preceptos inmutables. De este modo es tarea de la ciencia canónica y demás ciencias teológicas determinar cuáles aspectos de los cánones se fundan en preceptos divino positivos, en ley natural o bien son sólo regulaciones pormenores que pueden adecuarse o modificarse.

Veamos unos ejemplos: en relación al sacramento del matrimonio existen algunos cánones que regulan aspectos del matrimonio que se fundan en la ley natural y que son por ese mismo hecho inmutables. Algunos más aunque fundados sólidamente en la ley natural están ratificados por la ley divina positiva, como la indisolubilidad, lo que perfecciona de modo más explícito y solemne su inmutabilidad.

Pero, existen  también algunos otros que siendo preceptos positivos de la ley eclesiástica, han podido ser modificados y adecuados. Tal es el caso, por ejemplo, de los preceptos relacionados al matrimonio mixto, que durante mucho tiempo estuvo prohibido como tal, hasta que el papa Paulo VI aunque lo desaconsejó lo permitió, precisamente por no oponerse ni a la ley natural ni al derecho divino positivo.

Por otro lado, un ejemplo de un precepto divino positivo que es inmutable y definitivo lo encontramos en la legislación que regula el sacramento del orden, cuando señala que la única materia válida para el sacramento es el varón bautizado. Esta norma no puede ser cambiada por nada ni por nadie, ni siquiera por la suprema autoridad eclesiástica, que no puede cambiar ni ésta norma ni cualquier otra que tenga el carácter de inmutabilidad por razón de pertenecer al orden natural o a la revelación positiva.

Otro ejemplo, ahora de un precepto positivo de la ley eclesiástica que tiene carácter de mutabilidad, lo encontramos en la ley sobre el ayuno eucarístico. Esta ley tiene una razón de ser y una finalidad que consiste en ofrecer una veneración particular al Sacramento de la Eucaristía a través de la abstención de cualquier alimento antes de la comunión sacramental. Sin embargo el lapso de tiempo que regula esta finalidad no se funda ni en ley natural y en ley divina positiva sino en una disposición pastoral que el legislador puede modificar según lo considere conveniente. Por esta razón el lapso pudo pasar de ser de un ayuno de 8 horas a un ayuno de 1 hora de 1917 a 1984.

En este mismo sacramento se observan otros elementos inmutables por ejemplo, la materia y la forma del santo sacrificio, o bien la norma que señala que nadie que tenga conciencia de estar en pecado mortal debe acceder a la sagrada comunión, según lo enseña el mismo Apóstol Pablo (1 Co 11, 29). Estas normas son por sí mismas, inmutables.

Ahora bien, para terminar, quisiera decir que con estos términos «preceptos de la ley positiva de la Iglesia Católica» a veces algunas personas se refieren a los así llamados “mandamientos de la Iglesia Católica”. Es verdad que los mandamientos de la Iglesia Católica son preceptos positivos, pero están integrados en el corpus más amplio de la normatividad canónica y sobre ellos se podría hacer un análisis como el que hemos presentado para reconocer cuáles aspectos se fundan en derecho divino positivo y cuales pueden modificarse. Por mi parte, termino mi conferencia señalando la importancia de tener claridad en esta triple fuente del Derecho Canónico, para saber qué cosas se pueden modificar al no ser funcionales pastoralmente, y que cosas no se pueden modificar sin traicionar a la verdad,  a Dios mismo único autor de la ley eterna, garante de la ley natural, y duce maestro de la nueva ley.

miércoles, 19 de noviembre de 2014

41. [S. Th.] [Reflexión] La gran Batalla

Artículo en InfoCatólica 
17 de noviembre de 2014



La gran batalla

A través de toda la historia humana existe una dura batalla contra el poder de las tinieblas, que iniciada en los orígenes del mundo, durará, como dice el Señor, hasta el día final. (Gaudium et Spes, 37)
Prólogo

En la ciudad de México del 25 de septiembre al 2 de noviembre de 2014, unidos al movimiento internacional 40 Days for life, más de 1300 voluntarios se reunieron a orar incesantemente y sin interrupción durante 40 días consecutivos frente a un Abortuorio privado. Unieron a su oración el ayuno realizando una vigilia pacífica e integrando una auténtica comunidad orante para pedir a Dios su misericordia, el fin del aborto y la conversión de México. Pero, ¿Por qué una campaña de oración? ¿Por qué orar frente a un abortuorio?

Albúm de fotografías: 40diasxlavida Otoño 2014
Para responder a esta pregunta, primeramente podemos considerar el significado humano, moral y social del aborto: El aborto es un crimen abominable. Constituye una gravísima injusticia: la eliminación directa de un ser humano inocente a través de diversos mecanismos que violentan la vida hasta causarle la muerte. La injusticia es aún mayor si se considera que son los propios padres los que solicitan la ejecución de la persona y que la sentencia es realizada por personal médico que debería de estar al servicio de la salud y de la vida.
Además podemos señalar sus proporciones e implicaciones culturales: en la Ciudad de México, como en muchos otros países y regiones del mundo, el Estado ha decidido arbitrariamente excluir del derecho fundamental a la vida a un grupo importante de personas humanas: a todas las personas que se encuentran en la primera fase de su desarrollo biológico, desde su primer instante de existencia en la concepción hasta un periodo de tiempo determinado más bien por las posibilidades técnicas de los procedimientos homicidas que por cualquier otro motivo de racionalidad.
En la capital de México el aborto es legal hasta la doceava semana de gestación. Desde el año 2007 se han realizado alrededor de 126,000 abortos gratuitos en hospitales públicos y más de 65,000 abortos sólo en la internacional abortista Marie Stopes que tiene 6 abortuorios instalados en la ciudad, además de los realizados y no contabilizados en los (al menos) 34 abortuorios privados más.
De modo que se trata de un crimen legal, promovido y realizado por el estado, de proporciones masivas y pérdidas irreparables. Es un auténtico «holocausto silencioso» y una práctica genocida que experimenta un crecimiento anual sin precedentes. Este crimen destruye la vida de cientos de miles de personas, destruye la conciencia, el corazón, el alma de cientos de miles de madres, de cientos de miles de padres, destruye cientos de miles de familias, y lesiona gravemente a la sociedad. 
¿Pero, por qué combatir este crimen a través de la oración? Finalmente, y de un modo más decisivo podemos considerar el significado teológico del aborto en la historia humana. En efecto, el «holocausto silencioso» no sólo tiene un significado humano profundamente trágico y devastador, sino que tiene un significado espiritual más radical, que se descubre a la luz de la Fe, de la Palabra de Dios y de las enseñanzas morales y doctrinales de la Iglesia. Las siguientes reflexiones pretenden profundizar en el sentido teológico de la lucha contra el aborto para poder iluminar cada acción concreta y descubrir su valor auténtico.

La Contemplación de la Historia

El 12 de Mayo de 2012, Benedicto XVI reunido con los Señores Cardenales dijo:
Vemos cómo el mal quiere dominar en el mundo y que es necesario entrar en lucha contra el mal. Vemos cómo lo hace de tantos modos, cruentos, con distintas formas de violencia, pero también enmascarado como el bien, destruyendo así las bases morales de la Sociedad. (BENEDICTO XVI, Discurso a los Cardenales, 12 de Mayo de 2012)
Con estas palabras el Papa emérito afirmó un hecho notable: en la historia, en nuestra historia, en el «hoy » de nuestro horizonte temporal somos testigos de las pretensiones del mal de ejercer su dominio en el mundo, en la sociedad, en las personas.

Este hecho es percibido y juzgado por el papa como un hecho que confronta a cada persona y como un hecho que confronta a toda la comunidad eclesial. Esta constatación fue una ocasión para Benedicto XVI de recordar el carácter «militante» de la Iglesia. La Iglesia es «ecclesia militans», porque está llamada a luchar contra el mal. No puede observar pasivamente la lucha que el mal ejerce en la historia para establecer su dominio, sino que está llamada a enfrentarlo, y cada cristiano está llamado a tomar parte en esta lucha.

Esta mirada contemplativa, al considerar la historia, renueva la conciencia que los fieles cristianos siempre han tenido de participar en la gran lucha contra el mal que realizó, Jesucristo, el Redentor del hombre, no sólo en cuanto a que cada uno de ellos, con el auxilio de la gracia, debe luchar contra el pecado, contra la tentación y contra el mal que particularmente lo asecha, sino también por cuanto se sabe solidario de sus hermanos en sus luchas particulares.

Más aún, la meditación del carácter «militante» de la Iglesia reafirma la conciencia de la lucha comunitaria y personal en la que existe una cierta corresponsabilidad en el sentido de que la respuesta libre de cada persona a la gracia afecta también a los demás e impacta notablemente la historia en el contexto de esta lucha.

De este modo, la dimensión comunitaria del combate espiritual, adquiere un sentido más amplio en relación al sentido de la historia humana: la historia misma aparece bajo el signo de la tensión y del combate que ejerce Cristo, unido a su cuerpo, la Iglesia, contra el pecado y contra el mal. Esta lucha es un combate decisivo y trascendente para todas las personas y para cada persona. El mal asecha a toda la humanidad, a cada persona y a la comunidad humana en su conjunto. El combate, aunque tiene como escenario la historia, el tiempo y el espacio humano en el que fuimos llamados a existir, trasciende los signos visibles del «hoy» y del «ahora», puesto que en él está en conflicto la salvación misma de las almas, y el destino de toda la creación, particularmente de la sociedad humana en su conjunto y de su relación con el cosmos.

Esta lucha, trascendente en el tiempo, se manifiesta ante los ojos del Papa Benedicto XVI particularmente en dos hechos notables: la violencia contra la vida y el relativismo moral. Estos «signos de los tiempos», que representan el esfuerzo del mal por dominar el mundo se elevan ante nuestros ojos con una fuerza alarmante pues se presentan en el tercer milenio con un dramatismo particular: los atentados contra la vida humana no disminuyen y el relativismo moral impera sobre las conciencias y sobre las sociedades humanas con una potencia terrible.  En relación a esto el gran papa S. Juan Pablo II denunció con fuerza la gravedad de ambos hechos y su mutua relación:
Con las nuevas perspectivas abiertas por el progreso científico y tecnológico surgen nuevas formas de agresión contra la dignidad del ser humano, a la vez que se va delineando y consolidando una nueva situación cultural, que confiere a los atentados contra la vida un aspecto inédito y —podría decirse— aún más inicuo ocasionando ulteriores y graves preocupaciones: amplios sectores de la opinión pública justifican algunos atentados contra la vida en nombre de los derechos de la libertad individual, y sobre este presupuesto pretenden no sólo la impunidad, sino incluso la autorización por parte del Estado, con el fin de practicarlos con absoluta libertad y además con la intervención gratuita de las estructuras sanitarias. (JUAN PABLO II, Evangelium Vitae, 4.)
Estos dos hechos, la violencia contra la vida y el relativismo moral, están relacionados y no son ajenos el uno al otro. El relativismo moral, oscurece la conciencia hasta llegar al «eclipse del valor de la vida», al eclipse respecto al bien y al mal que no sólo oscurece el juicio personal sino que oscurece también la aceptación o el rechazo social a los crímenes contra la vida disimulando su gravedad, permitiéndolos y en ocasiones hasta promoviéndolos incluso a través del estado.
La dimensión social del «eclipse de la conciencia» y sus necesarias consecuencias comunitarias, políticas, sociales y hasta jurídicas consolidan una estructura, que favorece notablemente el dominio del mal en el mundo hasta el punto de generar una auténtica cultura de muerte:
… estamos frente a una realidad más amplia, que se puede considerar como una verdadera y auténtica estructura de pecado, caracterizada por la difusión de una cultura contraria a la solidaridad, que en muchos casos se configura como verdadera « cultura de muerte ».  (JUAN PABLO II, Evangelium Vitae, 4.)
De este modo, podemos decir que la batalla, la gran lucha de la que habla la Constitución Pastoral, Gaudium et Spes, se da en la cultura. Es un hecho que afecta a las bases mismas de la civilización y a su futuro histórico como también enseñó en numerosas ocasiones el Beato Paulo VI. Es en la cultura, en donde la Iglesia debe enfrentar el dominio del mal. Es necesario, pues, realizar un cambio cultural, que oponga al poder de las tinieblas la luz de Cristo. La luz del Redentor ilumina las más densas tinieblas incluso en medio del «eclipse de la conciencia» que oscurece comunidades enteras. La Iglesia y los discípulos de Jesús, unidos a Cristo estamos llamados a enfrentar el mal oponiendo la luz de Cristo a las tinieblas del relativismo:
« Vivid como hijos de la luz... Examinad qué es lo que agrada al Señor, y no participéis en las obras infructuosas de las tinieblas » (Ef 5, 8.10-11). En el contexto social actual, marcado por una lucha dramática entre la « cultura de la vida » y la « cultura de la muerte », debe madurar un fuerte sentido crítico, capaz de discernir los verdaderos valores y las auténticas exigencias. (JUAN PABLO II, Evangelium Vitae, 95.)
En la «raíz» del «eclipse de la conciencia» se encuentra el «eclipse del sentido de Dios». Esta relación entre muerte, inconciencia y rechazo de Dios tiene una fuerte base teológica. Aparece en el relato de la caída en el Génesis (Gn 3, 1-24). El rechazo de Dios, la exclusión de Dios, implica, por un lado, un rechazo a la norma moral, un intento de autonomía absoluta respecto al bien y al mal en cuanto determinados por Dios, y, por otro lado, un rechazo al hombre mismo a su vida y a su dignidad. El hombre rechaza a Dios para hacerse dios y determinar por sí mismo el bien y el mal, pero al hacerlo se extravía a sí mismo. En el grave contexto del «secularismo» imperante en gran cantidad de países en el tercer milenio no podemos olvidar la relación que existe entre ambos eclipses, entre ambas tinieblas, y la violencia contra la vida.
En la búsqueda de las raíces más profundas de la lucha entre la « cultura de la vida » y la « cultura de la muerte » … es necesario llegar al centro del drama vivido por el hombre contemporáneo: el eclipse del sentido de Dios y del hombre, característico del contexto social y cultural dominado por el secularismo, que con sus tentáculos penetrantes no deja de poner a prueba, a veces, a las mismas comunidades cristianas. Quien se deja contagiar por esta atmósfera, entra fácilmente en el torbellino de un terrible círculo vicioso: perdiendo el sentido de Dios, se tiende a perder también el sentido del hombre, de su dignidad y de su vida. (JUAN PABLO II, Evangelium Vitae, 21.)
En el mismo relato de la caída, aparece la tensión de la lucha entre una fuerza que se opone a Dios y el plan divino para la creación. La «Serpiente» representa claramente la oposición a Dios, el «mal» que quiere ejercer su dominio ocasionando la muerte a través de la desobediencia y del relativismo moral. En efecto, para promover la muerte, la «Serpiente» introduce primero sospecha respecto a la norma moral para después prometer una nueva luz sobre el «bien y el mal» que haría a los hombres como dioses, liberándolos de los preceptos divinos, elevándolos por encima de ellos y sometiéndolos a su arbitrio, es decir, haciéndolos relativos.

La «Serpiente Antigua», sin embargo, representa algo más: a Satanás, y a los demás espíritus malignos que libremente han caído en desgracia y vagan por el mundo para la perdición de las almas. De modo que la lucha, a la que está llamada la Iglesia es una lucha contra el mal, contra el pecado, contra el error que oscurece la conciencia y contra el demonio mismo.

Es una lucha contra un ejército de creaturas espirituales que han caído en corrupción y que se oponen al plan de Dios actuando directamente en la historia humana engañando a la humanidad. Así lo enseña sin titubeos San Pablo a los Efesios: Porque nuestra lucha no es contra la carne y la sangre, sino contra los Principados, contra las Potestades, contra los Dominadores de este mundo tenebroso, contra los Espíritus del Mal que están en las alturas. (Ef, 6,12)

La Iglesia militante, entonces, enfrenta al demonio, quien desde el principio promueve la desconfianza y la rebelión respecto a la voluntad divina promoviendo la muerte y la destrucción de la vida humana. Esta secuencia dramática está también en el libro de los Orígenes: al pecado de Adán, le siguió el fratricidio de sus hijos.
En la raíz de cada violencia contra el prójimo se cede a la lógica del maligno, es decir, de aquél que « era homicida desde el principio… Así, esta muerte del hermano al comienzo de la historia es el triste testimonio de cómo el mal avanza con rapidez impresionante: a la rebelión del hombre contra Dios en el paraíso terrenal se añade la lucha mortal del hombre contra el hombre. (JUAN PABLO II, Evangelium Vitae, 8)
En el Evangelio de la Vida, San Juan Pablo II, señala con toda claridad la relación que hay entre estos elementos que hemos señalado: la violencia del hombre contra el hombre y la destrucción de la base moral de la Sociedad. Ambos atentados contra Dios, son realizados por el hombre engañado por Satanás. Así, él, quien es el padre de la mentira, se goza en el engaño que introduce sospecha y relativismo moral, se goza en la muerte de las personas que ocasiona y se goza en su perdición:


Sólo Satanás puede gozar con ella [la muerte]: por su envidia la muerte entró en el mundo (cf. Sb 2, 24). Satanás, que es « homicida desde el principio », y también « mentiroso y padre de la mentira » (Jn 8, 44), engañando al hombre, lo conduce a los confines del pecado y de la muerte, presentados como logros o frutos de vida. (JUAN PABLO II, Evangelium Vitae, 53)

Ahora bien, esta batalla contra el mal, contra Satanás (Jn 12, 31), contra el error (Jn 18, 37) y contra el pecado (Jn 1, 29) en la que la Iglesia está históricamente inserta y que aparece a nuestros ojos, es precedida y preludiada por el combate decisivo que ha llevado a cabo Jesucristo (Jn 16, 11). En efecto, por el pecado, la humanidad fue derrotada (Rm 3, 23)  y puesta bajo el dominio de la muerte (Rm 5,14) y del enemigo (2 Co 4,4), como enseña numerosas veces el Apóstol. Pero Dios no la abandonó ni al pecado ni a la muerte sino que inmediatamente a la caída prometió la redención (Gn 3,15), preparó la venida del Salvador (Lc 3, 23-38; Mt 1, 1-17) y dispuso en su providencia la Encarnación del Hijo para vencer a las tinieblas del pecado (Jn 1, 1-18), sanar a la humanidad herida y participar a los hombres de su victoria y de su vida misma (Jn 10, 10).

Así, llegado el momento oportuno, Jesús, el Hijo de Dios, enfrentó al demonio, a través de su oración y de su ayuno (Mt 4, 1-9; Mc 1, 12-13; Lc 4, 1-13), a través de su obediencia inmaculada al Padre Eterno (Rm 5, 19), y de modo eminente a través de su sacrificio y muerte en Cruz (Jn 12,32). Predicó y enseñó durante tres años oponiendo al error, a la mentira y al engaño la luz de su sabiduría. Expulsó a los demonios, curó a los enfermos, levantó a los muertos, y perdonó los pecados señalando la irrupción de un nuevo dominio sobre el demonio, sobre el pecado y sobre sus consecuencias: el reino de los cielos.

En efecto, anunció la llegada del reino, un reino de vida, de gracia, de paz, de comunión profunda con Dios en el que el demonio no tendría poder definitivo. Enfrentó al pecado, llevándolo sobre sí mismo como siervo sufriente (Is 53), y sometiéndose a la muerte. Y su combate victorioso, en la cruz, es paradójicamente el momento de mayor oscuridad (Lc 23, 44) y de mayor luz (Jn 8, 28) en la historia: en el Calvario se puede percibir toda la fuerza de las tinieblas, todo el poder del mal, todo el peso del pecado, el acontecimiento de mayor dominio del enemigo, hasta la muerte del Hijo; en el Calvario se puede percibir toda la fuerza de la luz, todo el poder del bien, de la fuerza liberadora de la verdad, de la obediencia inmaculada, del amor, del establecimiento del dominio definitivo de Dios sobre la humanidad, hasta el sacrificio del Hijo, que alcanza el perdón, la vida eterna y la redención.
Es precisamente en la Cruz, en donde se vence al pecado y a la muerte. Allí venció Jesús y allí vencerá la Iglesia en su misión histórica con la fuerza de la gracia que brota del Calvario. Allí, “lucharon vida y muerte en singular batalla y muerto el que es la vida triunfante se levanta”. Allí, encontramos la luz más nítida, más excelsa y más esplendorosa que disipa todas las tinieblas y nos da la gracia para permanecer firmes en medio de la lucha que enfrentamos en este tercer milenio:
Hoy nosotros nos encontramos también en medio de una lucha dramática entre la « cultura de la muerte » y la « cultura de la vida ». Sin embargo, esta oscuridad no eclipsa el resplandor de la Cruz; al contrario, resalta aún más nítida y luminosa y se manifiesta como centro, sentido y fin de toda la historia y de cada vida humana. (JUAN PABLO II, Evangelium Vitae, 50)
En el Misterio Pascual, Jesús ha salido victorioso, ha destruido a la muerte, ha vencido al pecado (1Co 12, 55-57) y ha establecido su reino (Col 2, 14). Su lucha y su victoria da a la Iglesia la fuerza espiritual para enfrentar el mal y vencerlo (Lc 22, 33). Así, la victoria que ya reviste la cabeza llegará a todos los miembros, que todavía sufren a causa de esta lucha como dolores de parto (Ga 4, 10) mientras atraviesan su peregrinación terrena hacia la casa del Padre. Esta fuerza espiritual, la gracia divina, se nos da a través de la vida sacramental, de la oración y de la adhesión a Cristo (Jn 15, 5).

Sólo a través de la gracia el hombre pecador puede, con el auxilio divino, enfrentar las fauces del León (1 Pe 5, 8), el fuego del dragón (Ap 12, 3)  y tener esperanza de victoria, no en sí mismo que por sí mismo él ya había sido derrotado, sino en el Cristo victorioso que vive en Él (Ga 2, 20) y que combate en Él por gracia. Sin Él nada podemos hacer, pero con Él, con su gracia y en su nombre, estamos llamados a resistir (St 4,7) y a luchar contra el dragón que quiere devorar a la humanidad.
Pongamos atención a esta última figura. En el libro del Apocalipsis (Ap 12, 3-17) aparece la figura del Dragón, que se opone al Salvador e intenta destruirlo en medio de la gran batalla que hemos descrito. Aparece también la mujer, que representa, a la Iglesia que resiste con los auxilios divinos la violencia del enemigo mientras atraviesa el desierto de la prueba de los siglos.

Hagamos una última consideración, basándonos en este texto: la mujer representa, también, para los Santos Padres a María, la Madre de Dios, quien toma parte fundamental en la lucha, no sólo en el tiempo de su vida modesta sino también en los tiempos de su glorificación en los que la Iglesia goza con el consuelo de su intercesión y protección. En esta escena vemos representada toda la historia de la humanidad desde el punto de vista teológico y María también nos ayuda a comprender su dimensión más profunda:
María ayuda así a la Iglesia a tomar conciencia de que la vida está siempre en el centro de una gran lucha entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas. El Dragón quiere devorar al niño recién nacido (cf. Ap 12, 4), figura de Cristo, al que María engendra en la « plenitud de los tiempos » (Gal 4, 4) y que la Iglesia debe presentar continuamente a los hombres de las diversas épocas de la historia. Pero en cierto modo es también figura de cada hombre, de cada niño, especialmente de cada criatura débil y amenazada. (JUAN PABLO II, Evangelium Vitae, 104)  

De la contemplación a la acción
Con el auxilio de María, a la luz del Evangelio, y orientados por el Magisterio de la Iglesia, podemos profundizar en la misión de la Iglesia en el tercer milenio a la que con tanta fuerza nos llama el papa Francisco en el «hoy» y en el «ahora» que es nuestra responsabilidad y nuestro deber.

Estamos llamados a combatir por la salvación de las almas  y por la gloria de Dios, quien es agraviado en cada vida humana destruida y en cada vocación trascendente frustrada. La lucha se debe de dar en todos los niveles de la cultura, según lo enseña S. Juan Pablo II en El Evangelio de la Vida y precisamente en la vida pública de donde el secularismo ha excluido a Dios con consecuencias gravísimas: en el ámbito familiar, educativo, profesional, social, jurídico y político.

No debemos tener miedo de salir a las calles, a ir a las periferias existenciales (FRANCISCO, Evangelii Gaudium,20), allí donde, precisamente, se percibe más la ausencia de Dios y el dominio del mal, a anunciar el Evangelio y liberar a los oprimidos por el mal. Particularmente a los que en la cultura de muerte son más vulnerables: los niños no nacidos, los débiles, los enfermos, los ancianos y los excluidos. Debemos atrevernos a ir a las periferias culturales, a través de acciones concretas y con la fuerza que viene de Dios. Salir con la conciencia clara de que toda acción debe brotar de nuestra unión con Cristo porque sólo su fuerza puede oponerse a la muerte y al pecado como también nos ha insistido Francisco.

Toda acción en favor de la cultura de la vida y en el combate contra el dominio del mal, debe estar animada con la fuerza que nos viene de la vida sacramental y de la Palabra de Dios, debe surgir de la oración personal y comunitaria, del ayuno, del sacrificio, de la penitencia, que nos une más profundamente a Dios en la vida teologal y debe tener en cuenta el sentido trascendente de la lucha.

La oración no sólo es una de las armas fundamentales que tenemos para combatir el mal y el pecado sino que es la fuente de donde todas los demás actos y obras adquieren su eficacia y su inspiración correcta. La oración es eficaz. El poder de la oración puede disipar las tinieblas, expulsar a los demonios preservar a las almas del pecado y salvar vidas de su destrucción. La oración no sólo nos vivifica en el combate, sino que ella misma es combate como nos enseñó Nuestro Señor. En el tercer milenio, marcado, como señaló Benedicto XVI,  por la lucha contra el mal, urge revitalizar el carácter militante de la Iglesia a través de la oración y a través de las palabras y de las obras que broten de ella y que se dirijan a hacer oposición a la cultura de muerte que nos asecha:
Es urgente una gran oración por la vida, que abarque al mundo entero. Que desde cada comunidad cristiana, desde cada grupo o asociación, desde cada familia y desde el corazón de cada creyente, con iniciativas extraordinarias y con la oración habitual, se eleve una súplica apasionada a Dios, Creador y amante de la vida. Jesús mismo nos ha mostrado con su ejemplo que la oración y el ayuno son las armas principales y más eficaces contra las fuerzas del mal (cf. Mt 4, 1-11) y ha enseñado a sus discípulos que algunos demonios sólo se expulsan de este modo (cf. Mc 9, 29). Por tanto, tengamos la humildad y la valentía de orar y ayunar para conseguir que la fuerza que viene de lo alto haga caer los muros del engaño y de la mentira, que esconden a los ojos de tantos hermanos y hermanas nuestros la naturaleza perversa de comportamientos y de leyes hostiles a la vida, y abra sus corazones a propósitos e intenciones inspirados en la civilización de la vida y del amor. (JUAN PABLO II, Evangelium Vitae, 100)

Epílogo
Con estas reflexiones quiero hacer un homenaje público a todos los voluntarios de 40 días por la Vida, en todo el mundo, y particularmente en México. La comunidad orante en México, en las calles, en las periferias existenciales, allí donde mueren miles de inocentes, fue un «signo vivo» del combate real entre la vida y la muerte, entre la luz del Evangelio y las tinieblas que eclipsan la conciencia de casi toda una Ciudad aletargada. Durante 40 días oraron incesantemente enfrente de un abortuorio, dando un combate espiritual intenso, profundo, evangélico y fecundo.
Fue un combate comunitario, fue un combate real: la batalla es real, la vida es real. Se rescataron vidas, se preservaron almas del pecado del aborto y se movilizaron miles de conciencias. Muchos se acercaron a los sacramentos y muchos más se formaron espiritual y doctrinalmente en el mismo lugar de la muerte.
Se encendió una luz que ardió con elocuencia y con belleza. La fuerza de la oración movilizó muchos corazones al arrepentimiento, a la conversión, a la purificación y a la entrega generosa. El resplandor de la cruz se hizo presente en favor de las víctimas inocentes del aborto que en este lugar y en todo el mundo eran ejecutadas, en favor de sus madres y de sus familias, y en favor de toda la comunidad  orante. Al menos durante este tiempo, y en este lugar, estos pequeños no murieron solos, murieron acompañados y encomendados por las oraciones vivas de sus hermanos que a unos cuantos metros los amaban, los lloraban y los entregaban a Dios con el corazón lleno de compasión. 

Que Dios mismo que ha escuchado esta gran oración por la vida siga inspirando a todos los voluntarios que ya formaron parte de esta gran vigilia y a muchos más a orar por la vida, a combatir el mal por la vía pacífica de la oración y de la compasión, y a realizar acciones concretas eficaces, diversas y creativas para transformar la cultura y para derogar las leyes inicuas que promueven el crimen del aborto.

Que esta oración sea el preludio de un movimiento espiritual más grande que resuene en todo el país y logre una transformación real, para gloria de Dios, salvación de las almas y defensa de la vida humana.


Síntesis de Prensa