1. Existe una
relación natural entre conciencia y religión. Si consideramos la “conciencia” como
todos y cada uno de los actos propios de la interioridad, tanto los
cognoscitivos, incluyendo la percepción, la aprehensión del ente y los juicios que
nacen en el entendimiento, como los apetitivos en cuanto manifiestos, podemos establecer un carácter
esencialmente religioso de la conciencia.
2. Esta
afirmación se funda en que la conciencia se establece en la base común de todos
los actos subjetivos: el encuentro entre la persona y el ser. En este sentido
podemos decir que la conciencia es siempre conciencia del ser, y, como afirmaba
Octavio Nicolás Derisi o se manifiesta como conciencia del ser transubjetivo, o
del ser inmanente. En otras palabras, la conciencia del ser, o es conciencia
del “ser poseído” o es conciencia del “ser” exterior. Esto visto de manera
integral puede expresarse así: en un mismo acto del entendimiento aparece tanto
el ser conocido como la conciencia del ser que conoce, es decir del yo; o bien
la conciencia del yo sobre la base de la experiencia del ser.
3. La
conciencia del ser finito, aparece primeramente como conciencia del ente
corpóreo que siendo el objeto propio del entendimiento humano también es el
primer dato de la conciencia. De la experiencia del ente corpóreo que incluye la
concomitancia del sujeto que conoce, se puede conocer el ser espiritual,
primeramente del alma, que sustenta metafísicamente el mismo dinamismo de la
conciencia. De esta experiencia se deriva la experiencia del ser espiritual, el
ser finito que no está necesariamente reducido a la materia, aunque se exprese
y se conozca a través de ella.
4. En la
conciencia del ser finito, material y espiritual, aparece, un dato más: el ser
finito es, sin ser él mismo la causa
de su propio existir, y, por tanto, de la conciencia del ser finito se afirma
necesariamente en su propio dinamismo, la existencia del Ser subsistente y eterno, como causa y principio del ser finito. De
este modo señalamos que la conciencia del ser
finito, incluye en sí mismo, la posibilidad del asenso metafísico a la
conciencia del ser eterno, Dios, como
su fundamento causal y también como razón de la perfección propia de cada ente. En este sentido, Dios mismo
aparecería como el fundamento de todo acto de la conciencia por cuanto que el ser, tanto inmanente, es decir del yo,
como transubjetivo, son por razón del ser
eterno.
5. Ahora bien,
esto no sólo se afirma del entendimiento especulativo, sino también en el orden
práctico. Así como el Ser eterno y
necesario, es la causa del ente finito y contingente, la dinámica apetitiva
que aparece en la conciencia cuando se aprehende al ente no sólo como verdadero
sino en razón de fin, y, por tanto, como bien,
en cuanto perfectivo y consumativo, es esencialmente religiosa. Y esto lo
decimos porque de modo semejante a lo que hemos afirmado previamente, la razón misma
de bien se funda sobre el ser participado, en cuanto a que el
mismo ser participado es en alguna
medida, la de su esencia, perfecto y perfeccionador. Es decir, el ente es bueno por participar de la bondad del Sumo Bien según un modo de ser.
6. Siguiendo
esta argumentación podemos afirmar que Dios no sólo es el primer principio de
la bondad ontológica participando la
bondad a cada ente, sino que en cada ente finito y contingente, al haber
potencia tiene una radical perfectibilidad. Viniendo su perfección actual de
Dios, también encuentra en él su razón absoluta de perfección y consumación no
sólo como principio sino también como fin.
A esto se refiere Santo Tomás cuando afirma que Dios no sólo es el Sumo Bien, sino también el Bonum in comune, el bien para todos los
entes finitos.
7. El hombre,
cuya conciencia del ser posibilita su actuar,
actúadesde el principio
intrínseco de su voluntad indeterminada respecto a los bienes finitos según el conocimiento formal que adquiere de ellos
en razón de fin “voluntas ut ratio”, es decir conforme a la conciencia subjetiva
que tiene del ente en relación a sí mismo. Pero, al mismo tiempo, su voluntad está
determinada respecto al Sumo Bien, Dios,como objeto natural “voluntas ut
naturam” de su apetito. Siguiendo esta afirmación de San Agustín podemos decir
que la estructura misma de la moralidad es también esencialmente religiosa,
independientemente de la claridad de la conciencia respecto al fin último, por
cuanto Dios es el fin último objetivo de
la acción.
8. El carácter
intrínsecamente religioso de la moral, aunque es evidente en sí mismo, no lo es
para el hombre sino a través de un proceso racional según el cual pueda ordenar
su acción respecto a los bienes humanos en razón del fin último, Dios. Este es el principio necesario para el actuar
razonable, que dota de sentido, orden, dirección, y contenido moral al obrar
humano y a la vida humana. El obrar
humano para hacerse plenamente consciente de su propio dinamismo y responder a
él requiere partir de la consideración del fin último para ordenar su acción
hacia él. Por eso Santo Tomás, funda la moral en el tratado de la
bienaventuranza en el que incluye no sólo a Dios como Sumo Bien sino también como Sumo
Bien para el hombre libre, al ser sólo Él el fin que puede darle plenitud ontológica y consumarlo en la
bienaventuranza.
9. Al afirmar
el carácter intrínsecamente religioso del fin último debemos afirmar también el
carácter intrínsecamente religioso de la norma
moral. Más aún es en la experiencia moral donde aparece quizá con mayor
claridad el carácter religioso de la moral. Y esto, precisamente, porque el
hombre se descubre, en la conciencia de su propia acción, obligado a hacer el bien y a evitar el mal, conforme a la recta razón, obligación que no implica necesidad, sino que se impone en su
conciencia en el horizonte de su libertad.
10. Pero la norma moral, no está determinada por el
hombre mismo en su conciencia, sino por el autor de su naturaleza, es decir por
Dios en cuanto a creador, y consumador de su naturaleza es decir, en cuanto fin
último de su existencia. Así como en el orden especulativo la conciencia se
establece en el encuentro con el ser, siendo el ser la medida de la conciencia
en los actos de la interioridad, en el orden moral, la conciencia se establece en
la consideración del acto humano o de la persona que actúa, siendo su relación
con el fin último y la norma moral la medida de su moralidad. En este sentido la norma moral relaciona la interioridad misma de la conciencia no
sólo con el ser transubjetivo ni sólo con el Ser eterno y necesario en cuanto conocida su existencia, sino específicamente con la voluntad
divina para la acción libre, y, por tanto, vincula religiosamente cada acto
humano con Dios autor de la ley.
11. La
conciencia de la acción manifiesta tanto al ser inmanente que es el sujeto
moral en cuanto agente, como la acción misma ya sea antecedentemente o
consecuentemente en relación a la norma moral, y por tanto, a Dios en cuanto a
su autor y fin último. Y, mientras que la conciencia es un hecho
fundamentalmente subjetivo, la
constitución del acto de la conciencia moral implica el carácter objetivo de la
norma como principio extrínseco, es decir, no determinado por el sujeto aunque
aparezca en su interioridad como manifestativo del bien humano y de la voluntad
divina. Este carácter manifestativo de la conciencia moral respecto a la ley
natural, y, por tanto, respecto a la voluntad divina hace de su juicio
normativo e implica el orden de la justicia, es decir, el de la retribución de
la acción.
12. De estas
notas se deriva el carácter específico del juicio moral que aparece en la
conciencia: la conciencia juzga sobre su acto conforme a la razón de bien. Si
el juicio se funda en la razón de bien, aunque sea un acto subjetivo, su
aspecto formal es objetivo. El aspecto formal del juicio moral en la conciencia,
entonces, es la ley natural que establece la razón de bien para el hombre,
conocida por la recta razón. Y esto nos lleva a una conclusión fundamental: si el
acto humano es moral por ser materialmente libre y por ser formalmente normado
por la ley natural, su carácter libre en relación a la norma moral hace que
todo acto libre sea esencialmente religioso, en cuanto significa una respuesta
a la voluntad divina manifestada en la conciencia, ya sea en sentido positivo o
en sentido negativo, pero en ambos casos significando relación determinativa
con Dios.
13. Santo
Tomás de Aquino al hablar sobre la virtud de la religión dice que la esencia de
la religión es el orden a Dios, ya sea por reelección o por religación. Y
señala que el hombre debe ligarse a Dios como a su principio indeficiente y al
mismo tiempo tender sin cesar hacia él en su elección como fin último. Estas
notas, que son esenciales a la religión, se cumplen en todo lo que hemos dicho,
tanto desde el punto de vista de la conciencia psicológica que refiere al orden
especulativo como la que refiere al orden práctico. Son precisamente el
conocimiento y la elección de Dios, los actos supremos de la subjetividad, pero
no sólo como actos aislados y superiores, sino como ordenadores de sentido del
resto de sus actos.
14.
Ahora bien, la religión es la cumbre de la vida moral como enseña Santo Tomás,
porque mientras que las virtudes morales se desarrollan sobre los medios que se
ordenan a Dios como fin, la religión realiza lo que se ordena hacia Dios. Y
esto en un sentido primeramente interior que implica el conocimiento amoroso de
Dios y, junto con él, en un sentido exterior que integre tanto la dimensión
corpórea como social para la manifestación del honor divino en la cultura. De
este modo la religión no sólo se eleva como la cumbre de la vida moral sino
también de la vida social. Luego, integrando la vida especulativa y moral en la
virtud de la religión, descubrimos su carácter humano más integral. El hombre
religioso se esfuerza por conocer a Dios, cumplir su voluntad y rendirle honor.
15. Si no
afirmamos el carácter intrínsecamente religioso de la conciencia, descubriendo
en el dinamismo mismo del ser y del bien al principio del ser y de la bondad, Dios,
la conciencia humana tanto del ser como del bien se hace absoluta, autónoma, y
creativa tanto de sus objetos intelectuales como de su norma moral. La
conciencia “absoluta” de la modernidad, en realidad, aunque parezca afirmación
de la conciencia es su disolución, porque al no fundar la conciencia en la
estabilidad del Ser eterno, y
fundarla en la contingencia del ser inmanente, se queda sin fundamento real y se
disuelve en la nada. La conciencia “absoluta” de la modernidad, es idealista en
el orden especulativo, perdiendo su relación al ser, es relativista en el orden
moral perdiendo su relación al bien y es nihilista en su fundamento perdiendo
su relación con el todo.
16. Un intento
de fundar la conciencia en el ser transubjetivo del “Tu”, del otro, de la “persona”
sin llegar al Ser eterno, como
fundamento del ser personal es gravemente deficiente. La conciencia “personalista”
de la modernidad, tampoco logra fundar la razón del ser contingente ni mucho
menos la razón de bien que queda reducida al respeto del “otro”, renunciando a
la consideración objetiva del bien, del fin último y de la norma moral, haciendo
del “otro” y del “yo” la única fuente de la moralidad. Únicamente afirmando el
sentido religioso del entendimiento, de la voluntad, del fin último, de la
norma moral, de la moralidad en sí misma, de la persona y de la sociedad,
podemos comprender el altísimo valor de la conciencia y su dignidad real.
¿Qué significa que
conocer sea un acto común entre el sujeto que conoce y
el objeto conocido? ¿Qué tipo de relación establece el
querer entre el sujeto que conoce y su objeto conocido? ¿Qué
significa que el sujeto sea afectado por su objeto? Quizá estos sean
los elementos más oscuros de la metafísica
del encuentro, y con mayor razón cuando los referimos al
encuentro personal. Si queremos profundizar en el planteamiento del
problema es necesario que los abordemos con detenimiento.
1. El acto común:
vínculo real
En primer lugar, el acto
común significa un vínculo. Una relación que
tiene tanto en el sujeto como en el objeto su lugar de
encuentro en el propio ser actual que se hace común
desde el conocer. Hemos dicho que es precisamente la
forma intelectual en cuanto realizada en el ente
concreto lo que la inteligencia recibe, y en esta
donación-recepción el vínculo es lo conocido en cuanto conocido.
Ni lo cognoscible por sí ni el cognoscente por sí, que serían
ambos los dos extremos de la relación, sino precisamente la unidad
que se establece entre ellos es el acto común. Pero
también hemos dicho que la forma sustancial no es una idea
pura ni un universal en sí, sino que está realizada en
el ente concreto por lo que su donación sigue la estructura
entitativa esencia-acto de ser. De modo que la relación no se
establece entre el sujeto y la idea del objeto sino entre el sujeto y
el objeto con todas sus notas esenciales y existenciales.
Esta unidad fue
considerada desde la antigüedad como un motivo de asombro que movió
a la consideración gnoseológica-ontológica de afinidad entre el
λόγος humano y el λόγος cosmológico que se fundaría en la
emanación de ambos del λόγος divino. En la edad media se
formuló desde la relación entre la verdad ontológica como
trascendental del ser con la verdad lógica, en donde
el conocimiento sería la unidad del entendimiento con el ente
que sería verdadero porque primero estaría relacionado con la
Verdad Primera que lo conformaría a una esencia específica
desde la que se realizaría en un ser concreto.
Actualmente se prefiere
señalar el mismo hecho desde la armonía entre inteligibilidad de la
naturaleza e inteligencia humana. Esta perspectiva destaca el hecho
de que la ciencia y la filosofía se fundan en la estructura objetiva
de la realidad y no desde la estructura subjetiva del conocer. La
estructura subjetiva del conocer sería adecuada a la
estructura objetiva de la realidad y de su encuentro resultaría el
conocimiento. O bien se ha querido destacar una noción similar desde
la perspectiva fenomenológica en la unidad intencional entre
sujeto y objeto. Esta visión tiene la ventaja de explicitar la
presencia del objeto en el sujeto, la presencia de la cosa
en la conciencia o si se quiere en su espíritu.
También se ha planteado
el problema desde el punto de vista de la estructura semántica del
lenguaje. En esta última visión, cuando el triángulo semántico
está completo en donde la idea es semejanza con la cosa, el término
signo de la idea y finalmente es signo mediato (convencional) de la
cosa, la problemática se centraría en el tipo de relación entre la
mente y la cosa. Tal relación sería interpretada
desde el punto de vista semántico realista como un signo y no
como un símbolo para usar el lenguaje común. Es decir habría
una relación natural entre la idea y la cosa, la idea sería
una semejanza real con la cosa o bien como diría Aristóteles
una passio animae, una afectación de la cosa en el alma. El
alma en esta perspectiva estaría potencialmente dispuesta a ser
afectada por cualquier ente, a hacerse a cualquier ente,
con su apertura al ser en general. Además la afectación o
pasión del alma no sólo estaría dispuesta al ser en general sino
que la misma modificación del alma podría tomar la forma no sólo
perceptiva y abstractiva sino también la lógica-judicativa,
discursiva e intuitiva en sus distintos niveles o grados del saber,
realizándose en cada caso, aunque de diversa manera, una relación
unitiva entre el cognoscente y lo conocido.
El acto común se realiza
en el entre del conocer, en el mismo encuentro entre
lo conocido y el que conoce, y está determinado
formalmente en su profundidad por el tipo de acto de la
inteligencia y en sus contenidos por el objeto mismo. La
profundidad depende del grado del saber, del nivel de
abstracción, o de la altura de la ascensión. Hemos ya
introducido esta cuestión cuando hablamos del paso del singular
al universal, de la οὐσία a su εἰδός, de los
accidentes a la sustancia.
En cualquier caso podemos
destacar que la estructura última del conocer en su momento causal
sería el encuentro con el ser por parte de un sujeto que
es capaz del ser en general, y su forma una cierta unión que
habría que describir y sistematizar. Por ello podemos decir que el
encuentro con el ser fundaría el conocer y por ser
precisamente este encuentro el fundamento de toda experiencia,
todo acontecer subjetivo estaría vinculado al ser con
el que se enfrenta. El ser y la esencia del ente finito son
la fuente inagotable del conocer que primero versa sobre lo
inmediato según la estructura subjetiva sensible e intelectual y
después aciende hacia sus causas y principios últimos.
1.2 Los niveles de
abstracción: vinculación real y profunda
Frente al ser que se
nos da, siempre podemos alcanzar mayor profundidad o bien
mayor altura porque su estructura no está reducida a lo
fenoménico sino que la inteligencia es capaz no sólo desde el
encuentro con la οὐσία llegar a su εἰδός sino de juzgar
de aquella en cuanto que es. El grado de aproximación no
afecta la intencionalidad ni anula la precisión, simplemente
diversifica el discurso y concentra su predicación en un aspecto
intencionado e intencional. Por ello puede introducirse
intelectualmente en la οὐσία no sólo según su modo de ser
específico ni según su modo de ser individual, sino que tomando
en cuenta estas notas presentes en la οὐσία puede llegar a
conocerla según su misma estructura entitativa, en razón de
que es. Este es el inicio de la metafísica, y no la razón
pura con sus juicios a-priori. No se trata, tampoco, de una
consideración lógica per genus et diferentiam en donde el
término metafísico por ser más extenso sería el menos preciso y
el más vago sino que, por el contrario, al estar fundado el discurso
metafísico en el encuentro profundo con el ser y la
esencia del ente, se trata de la consideración del ente en
su aparición primera, en su causalidad más profunda y fundante, y
por ello siempre está referido a la οὐσία que origina la
ascensión. No hay una metafísica pura al mismo modo como piensan
algunos a las matemáticas puras que son tan irreales como algunas
metafísicas idealistas.
Reflexionando sobre el
ser y la esencia conocida del ente corpóreo se puede predicar con
adecuación juicios que se refieran a todo ente.
Este es el paso metafísico
más importante y la ascensión metafísica más fundamental. Es el
paso audaz de Aristóteles: de lo que en términos kantianos podría
justificarse según las condiciones de posibilidad de la experiencia
sensible a lo que en cierto sentido estaría en una mayor altura,
pero no independiente de aquella experiencia. Lo que Kant no
consideró fue precisamente esta dependencia, el paso de la ascensión
metafísica se funda en el conocimiento del ente corpóreo,
que es el objeto propio del entendimiento humano, y su
posibilidad discursiva en la predicación del ente en cuanto ente
se funda en la vía analógica. Pero para Kant es
comprensible la primera omisión porque la Razón Pura que
criticó era precisamente la Metafísica del racionalismo. Por
otro lado la segunda omisión sin duda era también ajena a su
ontología univocista que aprendió entre otros de Wolf
siguiendo a Leibniz porque el juicio analógico desborda las
limitaciones esquemáticas de los juicios analíticos y sintéticos,
o la famosa dualidad entre "verdades de razón" y "verdades
de hecho". La solución por otro lado si era una síntesis entre
el aspecto empírico y el aspecto intelectual del conocimiento como
lo intentó Kant, pero él no lo logró porque decidió renunciar al
ser dado, transubjetivo, y fundar la síntesis en el sujeto
inmanente.
La analogía como
vía metafísica establece su punto de partida en la predicación
sobre el ente corpóreo desde el encuentro común y cotidiano,
que implica su aspecto empírico, predicando juicios válidos
para todas aquellas realidades que conserven la estructura entitativa
del ente corpóreo, en parte igual -en su condición de esencia-acto
de ser- y en parte distinta -en su condición de corpóreo o no
corpóreo, de simple o compuesto -. La analogía, como
aproximación intelectual al sentido del ser, es el paso
justificado de la física a la metafísica, y lo que habría que
demostrar si se quiere anular la metafísica es su invalidez. Sin
embargo, la analogía muestra cada vez más en todas las
escuelas y tradiciones filosóficas su derecho propio y parece cada
vez más difícil clausurarla si se quiere conservar algún nivel de
racionalidad.
La crítica no puede
tomar, en el caso de la metafísica tomista, como hecho absoluto que
el discurso del ente en cuanto ente sea pensable más
no experiencial, porque en realidad está planteada totalmente
en sentido inverso: porque es posible la experiencia directa del ente
corpóreo, es posible la predicación del ente en general,
predicación que se funda en aquella experiencia, pero que se eleva
"ex" desde ella a toda realidad que aunque tenga una
semejanza, tiene también una diferencia no menos importante.
Diferencia que no anula la analogía, sino que la integra desde la
multiplicidad en la unidad de semejanza que no
es otra que el modo por el que se posibilita la existencia.
Además, es verdad, con el
racionalismo, que el conocimiento que el alma tiene de sí misma es
de otro tipo, al menos en su acceso existencial, al conocimiento del
ente corpóreo según lo mencionado. Luego, no sólo el
encuentro con el ente corpóreo es espacio de ascensión, sino
que el conocimiento del "yo" en su indivisibilidad,
simplicidad, espiritualidad y demás notas, nos aparece como un
encuentro que aunque en principio nos da sólo cuenta de su
existencia y no de su esencia nos señala con absoluta facticidad la
realidad de la substancia simple. El ser inmanente, entonces,
es la otra vía de ascensión, pero no por sí sola sino en su
estructura antropológica que está siempre en relación natural al
mundo y en experiencia constante del ser transubjetivo del ente
corpóreo.
Dicho de otra manera, el
encuentro con la οὐσία en cuanto ser transubjetivo,
según el proceso descrito anteriormente
con gran detalle, inicia sensiblemente y se desarrolla con gran
libertad en el ámbito del λόγος posibilitado por la abstracción
sobre la que se funda el conocimiento intelectual. De modo que todo
conocimiento humano parte del encuentro con el ser y la esencia de
un ente corpóreo, y su contenido formal posible es inmenso
según es inmensurable la cantidad de perfecciones de un ente y según
los distintos modos de aproximación posibles que se concretarán en
el ámbito del juicio en los distintos niveles de discurso.
La vía es sumamente
natural. Exige una cierta confianza en la razonabilidad de la
experiencia y en la fiabilidad del acontecer humano en el
encuentro con el ser. Por esta razón podemos afirmar que la metafísica tomista
es sumamente lejana al racionalismo, no parte del conocer en sí,
ni de la idea, sino del mundo, de la experiencia,
del ser que está ahí y que está aquí. Y
es precisamente esta nota lo que hace de ella capaz de enfrentar con
gran amplitud los problemas humanos. Además, como hemos mencionado
al plantear el problema, la realidad del "tu" es una
realidad profunda que desde el punto de vista metafísico exige una
ascensión que en la experiencia común es tan natural como
razonable, pero que en los tiempos presentes se ha problematizado
hasta el punto en el que el "yo" para el "tu" y
viceversa han quedado clausurados en su "otredad". Pero que
sean inagotables del mismo modo que el ser es inagotable, y
que su modo de comunicación tenga una estructura diversa no
significa que el "tu" sea inaccesible, si así fuera el
"nosotros" sería siempre un término utópico.
1.3La
significación del acto común
Hasta aquí tenemos varios
niveles en los que se despliega el entre como relación
sujeto-objeto en el ámbito gnoseológico: el conocer del ente
corpóreo tanto en su descripción individual como en sus notas
esenciales; el conocer del ente en cuanto ente que se nos
presenta tanto en el ser transubjetivo desde el ente corpóreo
como en el ser inmanente desde el "yo". Tales niveles
corresponden al tipo de relación en cuanto a la profundidad
discursiva pero en todos ellos se observa una estructura
relacional común.
Entre los elementos
descriptivos de esta relación podemos mencionar los siguientes: el
acto común, la armonía interior-exterior, la
presencia en el espíritu de lo exterior, la afectación
del alma, la semejanza semántica. Cada uno de estos
elementos es relevante en lo que comunica y en el sentido que aporta
a nuestro análisis. En este caso sólo mencionaremos el principio
que aparece en todos ellos: la unidad.
En el encuentro con el ser
se da una cierta unidad entre el sujeto y el ser
transubjetivo. ¿Qué tipo de unidad? Desde luego no es una
unidad substancial porque ambas realidades conservan su autonomía en
el ser. Tampoco es una unidad material porque el proceso
descrito no es un hecho material aunque requiera de la materia para
realizarse, es decir, en principio, no hay una unidad corpórea
entre el sujeto y el ser transubjetivo aunque se realice
también una relación corpórea con sus notas espacio-temporales.
Luego, entonces, se trata de una unidad espiritual, una unión
anímica entre el sujeto y el ser que se le da en la
experiencia.
Pero tal unión sólo
puede darse en un principio espiritual, o más aún el hecho de
que se de tal unión es un signo de la espiritualidad de
la persona, que trasciende lo inmediato y lo fenoménico en su
interioridad. Por eso Santo Tomás decía que el hombre, en cuanto a
cognoscente, es un ser que no sólo posee su propia forma, sino
que puede poseer todas las demás. Pero desde luego que tal
posesión no es substancial porque dejaría de ser quién es y lo que
es, sino que es una posesión espiritual. Podemos decir que en
el encuentro con el ser en el entre de su realización
se da una unidad espiritual entre el sujeto y el ser
transubjetivo, unidad que es una presencia, unidad que es
armónica o tiende a la armonía entre uno y otro, unidad que es una
semejanza entre uno y otro, unidad que es un acto común,
una unión en el ser de uno y de otro.
Esta unidad se da
en el sujeto por su capacidad espiritual como resultado del
encuentro. Pero como relación en ocasiones no afecta al ser
transubjetivo. Es el sujeto el que se perfecciona en
el encuentro con el ser al recibir el ser de lo conocido en su
subjetividad. Es el entendimiento el que se une a la cosa, unión
intencional, real y gradual. Por otra lado el ser transubjetivo en
ocasiones no es afectado en sí por la relación que pueda
tener un sujeto con él. No cambia su propio ser por el hecho de ser
conocido por un sujeto finito, sin embargo, el sujeto si cambia
su propio ser por el hecho de conocer porque se perfecciona a sí
mismo. Cuando el encuentro es personal, aunque
permanecen algunas notas comunes, otras se transforman y nos arrojan
una nueva comprensión del encuentro con el ser, y de las
posibilidades que este arroja para el encuentro más
profundo.
2. El acto común en el
encuentro personal
¿Qué tipo de unidad
se realiza en el encuentro personal? En primer lugar plantearemos
dos elementos que comprometen el análisis. Por un lado tenemos la
ocultación del "tu" y el acceso limitado que se
tiene a él. Por otro lado tenemos el hecho de que la relación está
llena de tensión hacia ambos lados modificando a ambos sujetos
en el entre de las subjetividades que se encuentran.
En el encuentro
personal tenemos una relación recíproca entre dos
subjetividades que toma la forma psicológica "yo-tu" en
ambos sentidos. Pero la relación sigue la estructura subjetiva del
encuentro con el ser además de requerir la
auto-manifestación. Es decir, el primer nivel del encuentro
es sensitivo-perceptivo, en el que se da la intuición de la
unidad substancial del "tu". Pero es claro que en este
mismo nivel se da ya una relación diferente porque no se está
simplemente frente a un quid-realizado sino que se está ya
frente a un quis (quien) cuya personalidad comienza a manifestarse en
los datos perceptibles de su corporeidad y de la comunicación
no-verbal.
De modo que aunque el "tu"
está en una mayor profundidad que la corporeidad humana y personal
que se me manifiesta en primer nivel, está penetrándola toda y
desde ella se expresa con la máxima plenitud. El conocimiento del
quién está vinculado a todas las notas de la persona en su
mismidad, y es claro que siendo la persona substancia
individual, es precisamente la singularidad en su unicidad
lo decisivo del encuentro.
Por ello mismo, lejos de
ser una reducción del "tu" su vinculación en la
singularidad a una cierta materia, más bien, es el reconocimiento de
la amplitud de la personalidad, que no es una conciencia
sino la realización del ser personal que es cuerpo y
alma, y no solamente conciencia como se ha desprendido del
cartesianismo. De modo que podemos decir "Este cuerpo soy yo"
y en ese juicio decimos mucho más que lo que ha pretendido afirmar
el monismo materialista, decimos más bien que "en este cuerpo
que soy yo se realiza una existencia única, espiritual, profunda,
única y personal" y lo mismo sucede con el "tu". Pero
este paso no es tan sencillo. Desde el punto de vista psicológico,
en el trato asiduo, la persona frente a la persona suele pasar
desapercibida en cuanto persona.
Y es que se trata en
último término de una relación específica que a veces pierde su
especificidad en la conciencia: un νεῦμα σαρκικός
frente a otro νεῦμα σαρκικός. Un espíritu en la carne
frente a otro espíritu en la carne. Hemos ya hablado de esto cuando
señalamos que existe tanto el peligro de espiritualizar al hombre
negando la relevancia de su corporeidad como el peligro de
materializarlo negando la realidad del espíritu. La unidad
espíritu-materia seguirá siendo el gran misterio de la
antropología filosófica, porque por un lado no se comprende muy
bien cómo es posible que sea, es decir, su causalidad
originaria y por otro lado tampoco se comprende con total claridad el
modo de relación. En el encuentro personal hemos de
decir que nos encontramos así, desde la gran profundidad del
"yo" hacia la gran profundidad del "tu" a través
de las mediaciones sensibles, que por otro lado son partes
integrantes del encuentro y del "yo" y del "tu".
La palabra σαρκικός indica precisamente esto, que la
conciencia del hombre es carnal, es sensible y
sensitiva, que su espíritu se realiza en su cuerpo.
Además de las
dificultades señaladas, hemos de decir que es un sentir unánime
desde Platón hasta Nietzche que existe una fragmentación interior
entre movimientos opuestos en la conciencia humana. Podemos
simplificarlo así, de alguna manera la vitalidad sensitiva no pocas
veces aparece en contraposición con la vitalidad intelectual. Esto
llevó a decir a Santo Tomás que la voluntad como apetito
intelectual tiene que negociar con los apetitos de la
sensibilidad y ejercer sobre ellos un dominio político.
Esta fragmentación
interior dificulta el encuentro personal cuando impone los derechos
de la σάρξ sobre los derechos del νεῦμα porque no pocas
veces oculta la profundidad del "yo" y la profundidad del
"tu". Es decir, intenta imponer una relación
exclusivamente sensible haciendo del encuentro un encuentro puramente
σαρκικός y con ello anula a la persona en su realidad
más profunda. Sin embargo una falsa ascesis como la estoica o
algunas prácticas de religiosidad orientales también anulan a la
persona pero por la vía inversa: renunciando a la σάρξ, que es
antropologicamente irrenunciable, tanto a la del "yo" como
a la del "tu". Las relaciones espiritualizantes se olvidan
del aquí y del ahora, se olvidan de que el otro tiene gravísimas
necesidades y que usualmente está sufriendo. En ello atentan contra
la persona no menos que las relaciones materialistas.
Sin duda que la
corporeidad en el encuentro personal es importante, con su
iconicidad, especialmente a través del rostro y de la
comunicación no-verbal. Pero sin la palabra la comunicación
se reduce hasta lo mínimo. Por otro lado también la palabra sin la
corporeidad, sin el rostro, sin los gestos, sin
las obras que la acompañen se puede convertir en flatus
vocis. Por eso la importancia de la integración del encuentro
desde la estructura antropológica espiritual-carnal. La palabra, el
λόγος, sale del interior del espíritu humano, de su
interioridad, pero al salir se materializa desde su
corporeidad haciéndose más elocuente que los simples juicios que
enuncia a través de su realización en la persona, desde la
personalidad propia con su iconicidad y presencia física. De
este modo el λόγος interior se hace λόγος exterior y se
encuentra, se enfrenta con el otro, que desde la misma
estructura, primero escucha en la corporeidad sensible y en su
interioridad la palabra dada y de su escucha surge una
respuesta. El momento de la escucha es tan importante como el
momento de la respuesta. No hay Antwort si antes no hay
escucha. Por otro lado, la escucha no sólo implica la
recepción de una serie de ondas sonoras sino la penetración de la
inteligibilidad de la palabra con todo su contenido semántico
referencial y con el sello de la personalidad de quien la
pronuncia en la interioridad de quien la recibe. Así, la donación
del λόγος es en cierto sentido, donación del ser propio,
donación que se da no sólo en la inteligibilidad del verbo
pronunciado sino desde la totalidad de la persona. La donación del
λόγος es auto-donación, auto-comunicación no sólo en el
sentido informativo sino en un sentido plenamente dativo es
participación del "yo" para el "tu".
El diálogo a veces se
queda como el horizonte último del encuentro, como su ideal.
No siempre ante la donación real y sincera del "yo" en
la palabra como revelación del ser propio, se da la respuesta, o
bien la respuesta personal. Y esto por un lado porque detrás de esta
comunicación está amenazante la posibilidad del engaño. El
"yo" puede ocultarse frente al "tu" y hablar
palabras vanas ante el temor de que el "tu" sea destructivo
a la personalidad propia. Las experiencias del engaño, de la
traición, hacen poco a poco que el corazón noble se
endurezca hasta el punto de poder clausurarse al otro. Este es, en
realidad, el drama de la vida, la tragedia más profunda: el
hombre llamado a la comunión se clausura porque no ha encontrado en
quien confiar. Pero frente a las experiencias de desilusión
personal se alzan dos grandes columnas: las experiencias de amistad
sincera; el anhelo de la comunión en el amor pleno.
Es posible decir que la
estructura de la persona tiende a la comunión y que su clausura sea
un cierto tipo de violencia que tiene como sustrato la experiencia
del engaño y el temor de poder ser engañado. Por otro lado,
el uso del otro, el engaño al otro, no pocas veces
también se funda desde el deseo de que el "yo" prevalezca
sobre el "tu" de que los deseos de uno se impongan sobre el
otro, de que el otro se someta a la tiranía del "yo".
Así, podemos decir que si la posibilidad del engaño puede
generar desconfianza hacia el "tu" especialmente en quien
lo ha sufrido, es más peligrosa la amenaza de la tiranía de "yo"
que puede hacer del encuentro un lugar de abuso yde destrucción. Por eso, la primera tarea del
personalismo es promover la transformación interior de la conciencia
frente a estas amenazas que son gravísimas. La tiranía del "yo"
es capaz de negarle la "personalidad" a otro por
amenazar la comodidad de su vida o los proyectos personales (y mientras
más débil sea el otro mejor, porque menos posibilidades tiene de
defenderse). La tiranía del "yo" es capaz de esclavizar al
otro, de hacer de él un objeto más. Y sin embargo, experimentamos
esa fragmentación interior como amenaza constante que frente al "tu"
parece querer imponer el "yo”. Para poder implementar una
cultura personalista es necesaria una revolución de las conciencias
a través de la cual a ningún hombre se le vuelva a negar su
dignidad, a ningún hombre se le trate como artículo de uso y deshecho.
Pero en una cultura en
donde el dogma neoliberal ha canonizado el egoísmo de los individuos
como fuerza insustituible del progreso, ¿cómo se puede
hablar de salir del ego hacia el tu? Es tiempo de denunciar la
falsedad de los criterios filosóficos que algunas ciencias sociales han asumido
acriticamente y volverlos a plantear al menos como problema en sí mismos y en el ámbito de las ciencia misma. El
egoísmo como fuerza del progreso nos ha traído la
crisis porque detrás de las decisiones económicas se encuentra la
desconfianza, y la indiferencia frente al bien común.
Una economía
orientada hacia el bien común "desde" la persona y no
desde las políticas macro-económicas, será más humana y más
eficiente. Para ello se requiere una educación personalista y
comunitaria. Las decisiones económicas tienen que volver a
integrarse desde el punto de vista teórico, desde la persona
humana, desde su dimensión moral, desde su dimensión
política. No son hechos a-personales, cuantificables y cosificables,
son expresión de la humanidad. La separación entre moral y economía
ha desarrollado una cultura económica voraz y despiadada no menos
que la ruptura entre moral y política y la desastrosa separación
entre ley positiva y ley natural han ocasionado una sociedad injusta y una política destructiva.
Pero detrás de la tiranía
del “yo” se esconde una gran
verdad. El “yo” como persona tiene tal dignidad que merece todo,
él es fin. Pero el
“yo” no vive solo ha recibido el ser. Por eso desde la verdad del “yo” se puede
abrir el espíritu humano a la verdad del “tu” que también lo
merece todo porque al igual que el “yo” es fin y nunca medio.
Salir de la tiranía del “yo” hacia el reconocimiento del “tu”
que hace que el “yo” se valore en relación al “tu” en
relación de vida, requiere “salir de sí” para ver en el “otro”
la misma condición de persona que se asoma en el “yo”. Requiere
pasar de las demandas absolutas del individuo a la máxima: ama
a tu prójimo como a ti mismo. Y
en este paso, cuando es recíproco, se funda una nueva realidad, la
comunidad, el “nosotros” que se establece sobre la base firme del
reconocimiento de la dignidad del “yo” y del “tu” que permite
estrechar los vínculos y vivir juntos. Cuando el encuentro
se convierte en reconocimiento
del valor del “otro”, entonces, surge no sólo la búsqueda del
propio bien sino la búsqueda del bien del otro, y en este movimiento
surge la unidad más profunda, el
amor que engendra la
comunión de las personas. Tal unidad deja
la forma de alienación, de utilización
queve al otro como
objeto útil para mis fines, más aún, que ve al otro como
un bien para mí, y toma una
forma nueva en donde el otro sufre yrequiere de mí para su bien, en
donde el bien del otro se hace el bien mío, y en donde el “yo”
se capacita para la donación.
Volvamos
a la pregunta inicial, ¿qué tipo de unidad se desarrolla en el
encuentro personal? Hemos dicho que se establece un vínculo
espiritual fuertemente encarnado. Pero tal vínculo puede estar
caracterizado por fundar una unidad entre
el “yo” y el “tu” que tendría la forma de la posesión o
bien de la “utilización”. Esta unidad sería falsa y sumamente
débil porque sería una unidad unidireccional aunque subsista en
ambos extremos. Unidireccional porque cada extremo fundaría la
vinculación en su propia subjetividad sin
llegar a tocar la
profundidad de la subjetividad del otro.
Se pasa de la unidad como posesión espiritual a la
unidad como donación espiritual cuando se es capaz de asumir el bien
del tú como bien propio, como
responsabilidad propia, de ahí que la donación adquiera
frecuentemente la forma del sacrificio. Este paso, hace que la
palabra y demás
elementos del encuentro pasen de ser camino de
auto-manifestación a ser
vínculo de auto-comunicación del
“darse” mutuo que funda la comunión más profunda.
3. El encuentro con el ser eterno y la posibilidad de la teología
natural.
Hemos hablado sobre el
encuentro con el ser, y sobre
el encuentro personal. También
hemos hablado de la ascensión metafísica al menos como una
posibilidad. Al hablar sobre la predicación metafísica hemos dejado
claro que la predicación metafísica se dirige siempre al objeto
concreto, dirigiéndose a él en su realización en cuanto ente. La
filosofía busca comprender la realidad desde sus últimas causas o
primeros principios. Cuando desarrollamos el análisis metafísico
con profundidad nos enfrentamos tarde o temprano con la pregunta más
importante de la filosofía ¿por qué el ser y no la nada? Y lo
menos que podemos hacer es plantearnos la pregunta. Huir de ella o
negarle su validez no es de espíritus filosóficos sino de espíritus
pequeños que no se atreven a ver más allá de lo inmediato.
Responder
a este pregunta que "haber llegado a ella significa haber llegado a la
cumbre de la filosofía, a la cumbre de la indagación, y que más
allá de ella nada se puede decir", tampoco nos dejaría comprender
las posibilidades reales de la razón humana en el encuentro
con el ser. La totalidad
de lo real, o como también le
hemos llamado, la realidad total, en
el encuentro cotidiano se nos presenta desde su nivel más próximo
hasta su máxima profundidad ¿Cómo es posible que un ente que no
tenga en sí mismo la necesidad de su propio existir, exista? ¿Más
aún, porque si todos los entes con los que nos encontramos
son contingentes y no tiene
ninguno de ellos en sí mismo la razón de su existir existen las
cosas? Es un hecho que existen, pero lo que no puede explicarse desde
las cosas es la causa de su existencia, porque todo aquello que puede
no existir no es necesario que sea. ¿si toda la realidad tiene esta
estructura, entonces, por qué existe?1
La
pregunta se eleva, entonces, desde el encuentro con el ser
transubjetivo y con el ser
inmanente, desde la constatación
de su facticidad. Es un hecho, “yo” soy y los entes que se
aparecen a mi experiencia también son. El encuentro con el
ser, entonces, no sólo es
encuentro con este ser sino
que es la ocasión de la elevación metafísica que nos lleva al
encuentro con el ser en sí, al
menos como pregunta. El encuentro con el ser necesario no
se funda en la conciencia desde la idea de perfección, aunque esté
vinculado a ella, se funda desde la experiencia del ente concreto. Se
asciende al ser necesario desde
la contingencia del ente finito como
pregunta por su fundamentación. La contingencia del ente
finito es la única vía natural
de ascensión al ser eterno. Deum
esse, secundum quod non est per se notum quoad nos, demonstrabile est
per effectus nobis notos.Y como es una vía,
podemos decir que nos
encontramos con el ser eterno desde
el ente finito en sus
dos apariciones más fundamentales: el ser inmanente, el “yo” en
mi realidad interior, y el ser transubjetivo, en la realidad exterior
con su máxima presencia, el “tu” ante el que la pregunta
metafísica se intensifica. Se intensifica porque frente al “yo”
y al “tu” la pregunta metafísica no sólo busca la raíz de la
existencia sino que se eleva como un suspiro existencial de
permanencia en el ser y en la comunión. Y este es el lugar en donde se encuentran las vías de
Tomás y de Agustín.
De
modo que es posible un encuentro con el ipsum esse
subsistens, desde el ente
finito. Por eso se dice que las predicaciones metafísicas sobre
Dios son sub specie entis. Es
precisamente el ente finito la vía de ascenso hacia el discurso de
la teología natural. Pero este hecho nos dice otra cosa. No sólo
que la vía lógica-discursiva en su predicación sobre Dios tiene la
limitación de partir del ente para referirse al Ser en sí
mismo, que está más allá del
ente finito aunque sea la fuente de su perfección. En este sentido
podemos decir que la predicación sobre Dios tendería hacia la
equivocidad. Pero también nos dice que por el ser algo
presente en el ente, es el
encuentro con el ente un verdadero encuentro con el Ser. Y en este
sentido es que decimos que la predicación sobre Dios es "per
se" analógica. Dado que el ser
se realiza de modos diversos en los distintos entes, y todos ellos
proceden del ipsum esse subsistens en
la absoluta perfección de su propio ser, entonces, en todos ellos
hay algo común, aunque las diferencias sean casi absolutas. Pero no
son absolutas. Por eso es posible una elevación de lo que es menos,
pero es en cierto sentido semejante, a lo que es más. La analogia
entis, en este sentido, no sólo
es un recurso lógico-metafísico sino la constatación de que el
encuentro finito es en sí mismo también un encuentro con el ser
eterno.
Pero sería mucho decir que en el encuentro con el ser eterno en
el ente finito se den con toda transparencia las notas del encuentro
que hemos mencionado, especialmente la nota de unión que en
el caso de la relación intersubjetiva es comunión. El
encuentro con el ser eterno es indirecto. Es una ascensión
desde el ente finito, desde su contingencia a través del misterio de
su ser hacia su causa. Pero su causa, el Ser eterno, queda
como el horizonte último de la realidad. La realidad es, en cuanto
participa y le sucede el ser que en el Ser eterno
constituye su esencia en infinita perfección y con necesidad.
Como tal excede la potencia del entendimiento. La inteligencia puede
hacerse a todas las cosas, ciertamente, pero la posesión absoluta y
simultanea de la perfección eterna del Ser en la absoluta
simplicidad de la divinidad está más allá de sus posibilidades. No tiene una forma que puede conocerse. Él es la fuente de todas las formas que son modos finitos de ser, él simplemente es.
Por eso el acto común, se realiza desde el ente finito, en
toda su concreción, y desde ahí se eleva sub specie entis.
Pero eso no anula la realidad del encuentro especialmente en cuatro
momentos que ahora queremos destacar a modo de conclusión. Cuando el
hombre conoce la realidad tal cual es, recibe de ella la adecuación
de su propio ser con la Ciencia Divina. De modo que en el
perfeccionamiento que significa el conocimiento de la verdad,
el hombre alcanza a tocar a la Verdad Eterna. Cuando el
hombre elige el bien para sí, actúa en justicia conforme a la
verdad de su ser que es querida por la voluntad divina que le
da el ser, y en este acto alcanza a tocar al Bien eterno.
Elegir el bien objetivo establece una relación objetiva con el
Bien. Conocer y amar la verdad, establece una relación
objetiva con la Verdad que la fundamenta. Cuando el hombre
contempla el esplendor del ser, y goza de su armonía,
proporción, integridad y claridad, en el acto por el que se
maravilla de la belleza del ente finito alcanza a tocar la Belleza
de la que es un destello. Finalmente cuando el hombre establece
vínculos profundos de comunión personal, y su espíritu es capaz de
superar la dinámica de la posesión para llegar a la dinámica de la
donación, entonces penetra en la mayor altura del misterio del ser:
el ente finito es donación del ser, libre y amorosade
aquel que es el Ser eterno.
La máxima perfección del ser
en el ente finito la encontramos en la experiencia
personal, en el encuentro con el “yo” y con el “tu” que se
hace “nosotros”. De modo que es también la persona el punto más
alto desde el que se eleva el espíritu humano para conocer el Ser
eterno. Cuando el hombre establece los vínculos profundos de la
communio personarum entonces alcanza a tocar a la Persona
Eterna. Pero, ¿Qué persona puede existir en sí misma, aislada?
¿Qué tipo de comunión podría haber en el Ser eterno, que
fuera la fuente de la communio personarum que en la
experiencia humana representa la cumbre del ser y de la realización
humana? Ante estas preguntas podemos guardar silencio y esperar...
esperar una palabra más alta.
-excursus-
Acompaño este artículo con el Orfeo de Monteverdi, en la excelente interpretación y representación de Jordi Savall. Los motivos son varios. Por un lado Orfeo con su arpa es un icono de la elevación de la música. La belleza de la música es capaz de seducir a los dioses en la mitología griega. Es la belleza, en cuanto esplendor del ser que conmueve a toda la persona, una ocasión siempre desafiante de encuentro indirecto con el Ser eterno. Es un salir del mundo, ya lo veía Schopenhauer.
Por otro lado Orfeo desciende al inframundo para salvar a su amada Euridice que ha muerto al ser mordida por una serpiente. Pero Orfeo no quiso morir por Euridice, descendió vivo al Hades con el poder de su música. Aunque la amaba no fue capaz de la donación total, hecho que en algunas versiones de la obra se le imputa como la causa de la tremenda prueba a la que es sometido y que termina en tragedia.Más allá de la altura de la música y su belleza está la altura y la belleza del sacrificio por amor que Orfeo no pudo realizar.
Un motivo más: Euridice va atrás de Orfeo. Él no debe dudar de su presencia, y cuando lo hace su presencia se disuelve. ¿Cuantas veces los encuentros más importantes parecen disolverse ante la amenaza de la duda? En ocasiones aunque tenemos razones serias para creer que el encuentro está vivo, que no estamos solos se eleva sobre nosotros la tiniebla de la duda.
Tal vez deberíamos de pensarlos al revés. No siempre somos Orfeo que puede dudar de la presencia de Euridice. A veces nos parecemos más a Euridice, siendo rescatados. Puede ser que delante de nosotros vaya alguien que no con los encantos sino a través del sacrificio ha llegado hasta el Hades de nuestra existencia a rescatarnos de las sombras. Y aquella historia no termina en tragedia termina en comunión plena y eterna.
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1Tertia
via est sumpta ex possibili et necessario, quae talis est. Invenimus
enim in rebus quaedam quae sunt possibilia esse et non esse, cum
quaedam inveniantur generari et corrumpi, et per consequens
possibilia esse et non esse. Impossibile est autem omnia quae sunt,
talia esse, quia quod possibile est non esse, quandoque non est. Si
igitur omnia sunt possibilia non esse, aliquando nihil fuit in
rebus. Sed si hoc est verum, etiam nunc nihil esset, quia quod non
est, non incipit esse nisi per aliquid quod est; si igitur nihil
fuit ens, impossibile fuit quod aliquid inciperet esse, et sic modo
nihil esset, quod patet esse falsum. Non ergo omnia entia sunt
possibilia, sed oportet aliquid esse necessarium in rebus. Omne
autem necessarium vel habet causam suae necessitatis aliunde, vel
non habet. Non est autem possibile quod procedatur in infinitum in
necessariis quae habent causam suae necessitatis, sicut nec in
causis efficientibus, ut probatum est. Ergo necesse est ponere
aliquid quod sit per se necessarium, non habens causam necessitatis
aliunde, sed quod est causa necessitatis aliis, quod omnes dicunt
Deum