La vida cristiana consiste en la acogida del don sobrenatural de la gracia que, en Cristo, Dios nuestro Padre nos ha dado para hacernos sus Hijos por obra del Espíritu Santo. Los fundamentos de la vida cristiana se reciben en los sacramentos de iniciación, a través de los cuales la persona participa de la vida divina e inicia su vida en Cristo como Hijo de Dios con la fuerza del Espíritu. Así, en la aceptación del don gratuito de la salvación el hombre renace para una vida nueva y peregrina como Hijo alimentado por la Eucaristía en la escucha de la Palabra a la casa de su Padre, hasta el tiempo en el que el Señor decida llamarlo a su presencia.
Durante su peregrinación está llamado a vivir como Hijo de Dios y a realizar su vocación particular al servicio del Reino, esforzándose constantemente por amar a Dios sobre todas las cosas y siguiendo el ejemplo admirable de su Divino Redentor: amar a los hermanos hasta el extremo. Su vocación particular se realiza en el tiempo y es un auténtico camino, progresivo e irreversible, hacia el encuentro definitivo con Dios. Si camina siguiendo a Cristo y estando de continuo como él anduvo (imitación)puede presentarse ante su Padre como un hombre prudente que ha edificado su casa sobre Roca, realizando la voluntad de su Padre con obediencia filial y amor profundo.
2.El camino de la vida cristiana
De modo que el camino de la vida cristiana es un camino que se dirige al encuentro con el Padre y que tiene una forma concreta: Jesucristo. Jesucristo es el camino hacia el Padre, ya porque en su persona se une nuestra humanidad con su divinidad, ya porque en sus enseñanzas, en palabras y obras, nos indica cómo vivir para alcanzar la salvación, ya porque a través de su ministerio, de sus oraciones y sacrificios y, de modo particular, de su sacrificio redentor en el Calvario ha hecho posible para nosotros la salvación. Así, Jesús es el camino que nos lleva al Padre, siempre y en todo momento, pero de modo particular Él es el camino que nos lleva al Padre cuando entregando su cuerpo y su sangre por amor a la humanidad, ha destruido nuestra carne de pecado para darnos su Espíritu, hacernos sus hermanos y presentarnos ante el Padre como criaturas nuevas partícipes de su vida divina.
3.Las dificultades en el caminar
La vida cristiana, que se funda en el misterio de la gracia, implica diversas dificultades de parte del hombre. De parte de Dios, quien otorga la gracia y cuya misericordia es infinita, la santidad es ofrecida a todos los que por su Bautismo se han configurado con Cristo. Pero, de parte del hombre, existen gravísimas dificultades que obstaculizan, retrasan o desvían nuestro camino hacia Dios. Este camino hacia Dios, consiste en el cumplimiento de su voluntad en el amor, en cada momento y en cada circunstancia, con el auxilio de la gracia, para ir de bien en mejor hasta llegar a Dios.
Estas dificultades, aunque no son invencibles, implican una verdadera lucha y debemos de comprenderlas bien para no desviar el camino. Salvo el caso de la Bienaventurada Virgen María, quien cooperando perfectamente con la gracia venció todas las dificultades, la cooperación que el hombre da a la gracia es imperfecta.
Las primeras dificultades las podemos encontrar en el orden del conocimiento. Si el caminar en torno a Jesús implica el cumplimiento de su voluntad en el amor, entonces, la primera dificultad consiste en comprender su voluntad en cada momento y en cada circunstancia. De modo que en el principio de cada momento y circunstancia lo primero que debemos hacer es buscar entender cuál es la voluntad de Dios. En segundo lugar la dificultad viene de su voluntad. La libertad, desde la que el hombre acoge el don de la gracia, está herida por el pecado y no lo acoge plenamente, incluso teniendo claridad de la voluntad de Dios, a veces lo acoge poco, a veces, mínimamente, a veces l0 desprecia o rechaza, a veces lo obstaculiza. Es decir, no basta con conocer la voluntad de Dios, hay que amarla, y amarla, muchas veces es lo más difícil, sobre todo cuando el Señor propone el camino de la cruz, de la renuncia y del sacrificio, que es el camino de Cristo.
4.El discernimiento en el camino espiritual
Para superar la primera dificultad es necesario el discernimiento. Discernir significa distinguir, separar o dividir las cosas separándolas, cribándolas, como cuando se separa la buena cosecha de la mala. Por lo tanto, discernir es un acto de la inteligencia por el cual se hace un juicio particular que separa y distingue en el interior de la persona y en relación a sus circunstancias y vivencias particulares los elementos que aparecen a su subjetividad para poder encontrar la voluntad de Dios. Por lo tanto, para encontrar la voluntad de Dios hay que aprender a discernir primero los espíritus que son los movimientos interiores que aparecen en nuestra vida y que son como el punto de partida de nuestras elecciones y actos. Allí, es necesario aprender a distinguir aquellos movimientos que proceden de la propia voluntad, aquellos que proceden de Dios y aquellos que proceden del mal espíritu.
Estos espíritus corresponden a las intenciones, movimientos, afectos y deseos que brotan del corazón del hombre. Para discernir se necesita aprender a discernir. La primera regla del discernimiento consiste en juzgar los espíritus conforme a la recta razón y conforme a la divina revelación, es decir, juzgándolos conforme a la verdad, de este modo podremos hacer la primera criba que consiste en separar lo que es objetivamente pecado y que brota en el corazón como un impulso a realizarse y lo que no lo es.
El discernimiento se hace más difícil cuando lo que se ha de juzgar en el interior no es sólo el pecado, sino que se busca encontrar entre varios movimientos e intenciones buenas del corazón, aquello que Dios quiere. Así, el discernimiento se ha de extender a la propia vida en general, para encontrar la voluntad de Dios en relación a la vocación particular y poder hacer una elección de vida, además de abarcar cada momento en concreto, para poder encontrar tanto las dificultades que nos impiden hacer la voluntad de Dios amándolo sobre todas las cosas como los pasos concretos que el Espíritu Santo propone al hombre en su camino de santificación.
5.La purificación del corazón
Conocer la voluntad de Dios en el discernimiento es sólo el primer principio. Junto con este hay que purificar el corazón para que aprenda a amar la voluntad de Dios y pueda renunciando a sí, amar a Dios sobre todas las cosas. La vida espiritual no es sólo un camino de discernimiento sino que es un camino de discernimiento y purificación que progresivamente permite a la persona crecer en su unión con la voluntad de Dios mientras peregrina en el seguimiento de Cristo, y con la fuerza del Espírituhacia la casa del Padre.
Como peregrinos, es necesario dejarse iluminar en el camino por los misterios de la vida de Cristo, por su Palabra y Enseñanza, contemplando su obra creadora y redentora para alcanzar el Amor, que purifica el corazón y sostiene en medio del desierto.
En este camino, el fiel cristiano no se encuentra solo sino se encuentra unido a una Iglesia peregrina que lo sostiene con su oración y realiza su santificación a través de los signos eficaces de la gracia, lo instruye con su enseñanza y lo conduce hacia fuentes tranquilas, es decir, hacia el Amor del Padre manifestado en Cristo Jesús, que lo purifica, lo ilumina y lo transforma hasta alcanzar la plenitud de la madurez de Cristo.
El prólogo del evangelio de San Juan afirma que Jesucristo es el Verbo Eterno del Padre. En esta expresión tan llena de significado se esconde el misterio del Hijo en relación al Padre y al Espíritu, y en relación a la humanidad.
Por un lado el Verbo es engendrado por el Padre en la unidad de su substancia, no siendo generado como una persona fuera de él sino siendo el Hijo su Verbo en la unidad consubstancial de la naturaleza divina. Siguiendo a San Agustín quien ve en el alma humana la imagen trinitaria podemos decir que El Padre se conoce a sí mismo en el λόγος eterno que es el Hijo y de su conocimiento espira el Amor eterno que es el Espíritu Santo: trinidad consubstancial e indivisible en términos orientales o, bien, unidad de naturaleza divina en absoluta simplicidad que subsiste en tres personas, en términos occidentales.
Por otro lado podemos decir que el Hijo es la Palabra por la que Dios se da a conocer. Él es la manifestación de Dios. En Él el Padre nos ha dicho todo lo que quería decirnos, él es la plenitud de la revelación, es el diálogo eterno de Dios consigo mismo y con nosotros. A Dios lo hemos escuchado. Creó todas las cosas por su Palabra. Nos habló por medio de los profetas. Pero en los últimos tiempos nos habló por medio de su Hijo. Se ha escuchado la voz de Dios y su palabra ha sido preservada con gran reverencia por la Iglesia. De modo que la Iglesia se congrega alrededor de la Palabra para escuchar a Dios y responderle con la obediencia filial.
La Palabra para nosotros no es un concepto puro. La Palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros. El Verbo es persona, es la persona del Hijo y al hacerse hombre todo él fue y es revelación para nosotros. Todo lo que hizo y dijo es revelación. Sus enseñanzas, sus obras, su oración, su pasión, muerte y resurrección son palabra de Dios, palabra eficaz, creadora, redentora, santificadora y elevante, dirigida a todos los hombres.
En la encarnación se unió la naturaleza divina del Hijo a la naturaleza humana, la nuestra, de modo que la humanidad asumida unida a su divinidad fuera nuestro camino al Padre eterno. Así, se constituyó por obra del Espíritu Santo, como único mediador entre el Padre y los hombres, mediador de la revelación y mediador de la santificación que continúa realizando el Espíritu.
Por el Espíritu Santo se ofreció a si mismo como víctima agradable a Dios. Así, cuando la Iglesia se congrega, no sólo ofrece al Padre la obediencia de su vida sino que de modo principal ofrece la vida obediente del Hijo, el sacrificio del λόγος que nos obtiene la redención. Este sacrificio es expiatorio porque tiene un mérito infinito. Este sacrificio es perfecto porque se ha hecho una vez para siempre. De modo que la revelación en la Palabra y el Sacrificio redentor del Verbo en su unidad inseparable, es la fuente, el centro y la cumbre de la vida cristiana.
El Espíritu Santo sigue convocando a la comunidad de los Hijos de Dios a ofrecer por medio de aquellos que ha santificado en el sacramento del orden el sacrificio vivo y santo de la Víctima divina. La dimensión cultual de la encarnación está desde las epístolas del Apóstol hasta el libro del Apocalipsis informando la comprensión que la Iglesia tiene de la Liturgia y de su propia vida. La liturgia es oración pública y perfecta por la que Dios es glorificado y el pueblo santificado. Es perfecta porque es opus Christi, porque es obra de Dios, Cristo es el sacerdote y la víctima.
La oración litúrgica tanto en el Santo Sacrificio como en el oficio divino es λογική λατρεία, adoración razonable, o, mejor aún, adoración en el λόγος de Dios, desde el λόγος de Dios, con el λόγος de Dios, por el λόγος de Dios. El λόγος encarnado se hace culto de adoración en la Vida de la Iglesia. Por obra del Espíritu Santo oran en conjunto el cuerpo y la Cabeza, unidos indisolublemente, llevando la gracia a todos los hombres en todos los tiempos y adorando perfectamente al Padre eterno.
La liturgia es parte de la Tradición apostólica, y, por tanto, parte integrante de la revelación. Está fundada, primeramente, en la vida y obra de Jesucristo, Nuestro Señor, y,en la comprensión apostólica del sacrificio del λόγος a la luz del Espíritu Santo. La contemplación del misterio de Cristo promovida por el Espíritu Santo en la diversidad de sus miembros durante los tiempos apostólicos es la fuente de los distintos ritos y de los distintos cánones que nos entregan en contemplación católica el mismo misterio de inagotable riqueza. Han sido nuestros santos Padres los que han canonizado sus estructuras fundamentales como lo hicieron también con los textos sagrados y la Iglesia custodia a la Liturgia con el mismo cuidado que custodia la Palabra escrita.
La realidad de la encarnacióny la vida litúrgica
CEC - 476 Como el Verbo se hizo carne
asumiendo una verdadera humanidad, el cuerpo de Cristo era limitado (cf.
Concilio de Letrán, año 649: DS, 504). Por eso se puede "pintar" la faz
humana de Jesús (Ga 3,2).
Desde la antigüedad hasta nuestros días se ha tenido la tentación de desvincular el λόγος de la carne. Pareciera impropio de Dios estar atado a la carne, a la materia, a lo sensible. Propio de Dios sería subsistir en la simplicidad de la idea, en el espíritu, no en la materia. De modo que por salvar la trascendencia de Dios muchas veces se oscurece la realidad de la encarnación.
Es verdad que en la tradición deuteronómica existía una prohibición explicita a hacerse imagen alguna de Dios y todavía estamos sujetos a aquella prohibición. No podemos reducir la vida de Dios a nuestras imágenes, Dios es siempre más, su perfección es infinita e irreducible. Sin embargo, la encarnación es real. No es la palabra humana la que asciende al misterio divino y lo trata de medir con su medida. Es la Palabra divina la que desciende al alcance del hombre y le da una nueva medida, la divina, haciéndolo capaz de contemplarla, verla, asimilarla,hablarla, escribirla, pintarla.
En la encarnación, Jesucristo no sólo es la Palabra eterna del Padre sino también la imagen visible de Dios invisible. El Hijo al hacerse carne se hizo visible, hizo a Dios visible para nosotros. Este hecho es sumamente importante para entender la persona de Jesús, pero también para entender la adoración que la Iglesia realiza en la liturgia, realidades que están indisolublemente unidas.
El sacrificio del λόγος es el sacrificio del Verbo encarnado. Se le vio y se le ve. Se le escuchó y se le escucha. Su aroma permanece entre nosotros cautivándonos. Y de modo más misterioso aún su dulzura y vigor se nos da en alimento. Los sentidos tienen una primacía irrenunciable en la Divina Liturgia porque lo tuvieron en el tiempo glorioso del ministerio terreno de Jesús y podemos pensar que lo tendrán en la gloria aunque sin sus limitaciones. Sin embargo los sentidos tienen que disciplinarse para abrirse a la vida de la fe. Perfeccionados por la disciplina y abiertos a la fe por el Don pueden escuchar la Palabra, ver al Hijo y en él ver al Padre, probar su dulce sabor, tocar su cuerpo, embriagarse con su sangre y quedar enamorados de su aroma.
Del mismo modo que las palabras humanas son oscuras para alcanzar el misterio divino, las imágenes humanas son oscuras para mostrar el misterio divino. Así como Santo Tomás enseña que la esencia de Dios es incognoscible sin la revelación, así, también, una imagen humana sobre Dios no sólo sería inadecuada sino gravemente equívoca, con el riesgo de caer en la idolatría.
Mientras que la predicación sobre Dios, según el λόγος humano, puede predicar algo verdadero de Dios por analogía, pero siempre pasando de la afirmación a la negación y terminando en la eminencia mística, las imágenes humanas sobre Dios son todavía más oscuras porque intentan expresar en hechos materiales una realidad espiritual que subsiste en absoluta simplicidad. De Dios se puede predicar positivamente en palabra humana su bondad, entre muchas otras infinitas perfecciones, teniendo que negarla inmediatamente y afirmar su eminencia superabundante: Dios es bueno, pero no como las criaturas sino que él mismo es la Bondad en absoluta perfección. Además cada predicación no puede dividir la naturaleza Divina, en él está unido todo lo que el intelecto separa y predica separadamente en absoluta simplicidad. Y lo mismo sucedería con las imágenes que mostrarían analógicamente alguna perfección de Dios pero siempre siendo mayor la desemejanza, la diferencia y siempre siendo sumamente parciales. Sin la revelación la racionalidad icónica sería sumamente equívoca.
Dios ha hablado. Dios se ha encarnado. El Hijo se ha hecho imagen visible de Dios invisible. De modo que no son ya las palabras humanas las que con gran oscuridad intentan ascender al misterio divino, es la palabra Divina la que con gran luz eleva al hombre al misterio divino. No son las imágenes humanas tomadas de realidades materiales las que intentan equívocamente expresar el misterio divino absolutamente simple y espiritual es el Verbo eterno del Padre el que encarnándose se ha manifestado como imagen sensible por la que accedemos al misterio divino. En él hemos visto a Dios. Por eso conservamos la memoria no sólo de sus palabras sino también de su rostro y de sus obras que también las hemos visto.
Y he aquí un gran misterio, el rostro, que es imagen visible, es un rostro humano. Lo exterior es la forma de hombre, mientras que en su interior se esconde la vida divina. Esta realidad se mostró paulatinamente, en los signos, milagros, palabras, oraciones y portentos de Jesús, pero sobre todo en la cruz y en su resurrección. Por eso recordamos también su rostro crucificado como revelación del amor de Dios. Por eso recordamos su rostro resucitado con gran temor filial, porque en él vemos con toda claridad el rostro de un hombre glorioso que es Imagen Visible del Dios invisible y el Verbo eterno hecho carne. En la cruz se ocultaba la divinidad - in cruce latebat et humanitas- cantaba Tomás, en las apariciones del resucitado no se ocultaba ya más la divinidad. Era tan fuerte esta imagen que algunos erróneamente pensaron que su humanidad era aparente. Ante esta tentación, ayer con Ignacio de Antioquía y hoy con toda la Iglesia volvemos a la imagen del crucificado. ¡Que hermoso complemento la iconografía de oriente tiene como icono mayor siempre al Cristo glorioso y la iconografía de occidente tiene como centro del altar y del culto al Cristo crucificado!
La epístola a los Colosenses
La comunidad apostólica vio a Jesús y en él vio a Dios. Reflexionando sobre este hecho e inspirados por el Espíritu Santo reconocieron en Cristo la imagen del Padre. El Apóstol lo expresa en el cántico de Colosenses (12-20) que como era reconocido por la tradición y ratificado por la exégesis actual es un himno litúrgico primitivo. De modo que es un texto vinculante como Palabra escrita y como testimonio de la Vida misma de la Iglesia, de su oración, de su liturgia.
Para contemplar a la persona de Jesús como imagen del Padre y comprender la relevancia de esta verdad en el culto cristiano ortodoxo y en la vida de la Iglesia, analizaremos el versículo 15 de la epístola. Lo haremos siguiendo algunos comentarios de la exégesis patrística. Elegimos aquellos que a nuestro parecer sean más relevantes sobre el texto y para el desarrollo de la teología del icono con la intención de completar el esquema introductorio.
Col 15
Texto griego: ὅς ἐστιν εἰκὼν τοῦ θεοῦ τοῦ ἀοράτου,
Análisis gramatical: APR VIPA3S SNFS AGM SGM AGM SGMS
Nova Vulgata: qui est imago Dei invisibilis,
Liturgia de las Horas: Él es imagen de Dios invisible,
Biblia de Jerusalén: El es imagen de Dios invisible
Traducción literal: quien es imagen de Dios el invisible
A Dios nadie lo ha visto jamás
El texto del cántico sigue una tradición hebrea antigua: a Dios nadie lo ha visto jamás. En el pasado se han visto manifestaciones de su gloria y de su poder, se han visto a sus ángeles, pero a Dios nadie lo ha visto jamás. Ni siquiera Moisés que ha visto sólo sus espaldas. Pero el Padre ha querido ser visto en el Hijo. Él es quien hace posible que el hombre vea a Dios. Él -ὅς- (quien) es la imágen – εἰκὼν - el icono de Dios. Dios había prohibido en Dt hacerse imagen alguna de Dios, ya lo hemos dicho, en razón del peligro inminente de cambiar a Dios trascendente por una representación efímera. Ahora San Pablo retoma aquella tradición desde el misterio de Cristo. En la plenitud de los tiempos, ante esta prohibición, Dios manifiesta su voluntad de no ocultarse a los ojos de los hombres, sino de ser visto como él quiere ser visto: de modo que la imagen sea digna de su ser. Él manifiesta querer ser visto en el Hijo encarnado, ser percibido en el Hijo encarnado, manifiesta querer comunicarse en su realidad más profunda en Cristo.
Esta perspectiva llevó a algunos de los Padres a decir que en las teofanías del AT había sido el Verbo el que se manifestó y no el Padre. Por ejemplo, Novaciano señala: El mismo Moisés refiere en otro pasaje que Dios se apareció a Abrahán. Pero el mismo Moisés oye de Dios que ningún hombre puede ver a Dios y seguir viviendo. Si Dios no puede ser visto ¿cómo fue visto Dios? Y si fue visto, ¿cómo no puede vérsele?... De donde hay que entender que no fue visto el Padre, el cual nunca ha sido visto, sino que lo fue el Hijo que solía descender y ser visto, porque en cuanto que es la imagen del Dios invisible descendió para que la mediocridad y la fragilidad de la condición humana se acostumbrara ya desde entonces a ver algún día a Dios Padre en la imagen de Dios, es decir, en el Hijo de Dios.1 (La Trinidad)
Imagen consustancial
Una preocupación importante de los Padres, al leer este texto, fue el explicar la relación entre la imagen y aquello de lo que procede la imagen, de modo que pueda comprenderse tanto la distinción de personas como la unidad de naturaleza. Teodoreto de Ciro dice: Es por tanto, imagen consustancial. Las imágenes inanimadas, en efecto, no tienen la sustancia de aquello de lo que son imágenes, pero la imagen que es viva e idéntica, tiene la misma naturaleza que su arquetipo.2 (Interpretación a la Carta a los Colosenses)
Por otro lado San Agustín menciona: Puede haber alguna imagen en la que se dé también la igualdad y la semejanza, de no mediar la diferencia del tiempo; porque, de una parte, la semejanza del hijo está sacada del padre, para que se la pueda llamar con razón su imagen... En cambio, en Dios, porque falta la condición de tiempo – por cierto que no puede suponerse correctamente que Dios engendró en el tiempo al Hijo por quien ha creado los tiempos-, es lógico que sea no solamente su imagen, porque es de Él, y la semejanza porque es la imagen, sino también la igualdad, tanta que ni siquiera se da el más mínimo intervalo de tiempo.3 (Sobre 83 diversas cuestiones)
En este caso San Agustín aceptaría una relación analógica entre la filiación natural y la filiación divina, en cuanto a que en ambas hay igualdad de naturaleza, sin embargo, en la filiación divina por un lado no habría tiempo y, por otro lado, por ser la sustancia divina única y eterna, tampoco habría separación, no sólo habría igualdad de naturaleza, sino consustancialidad, una misma sustancia. De este modo la imagen, el Hijo, sería una sola sustancia con el Padre.
Imagen perfecta
Jesucristo es la plenitud de la revelación. Los textos del NT dejan ver con claridad como en él ha llegado a plenitud la obra de la redención y de la revelación. Él es ἔσχατον de la manifestación de Dios. De muchos modos ha hablado Dios a través de los profetas, ahora habla por medio de su Hijo, o bien, de muchos modos, se ha dejado ver Dios a los hombres ahora se deja ver con plenitud por medio del Hijo. Quién me ve a mí ve al Padre, dice el λόγιον de Jesús, de modo que Jesucristo es la imagen perfecta del Padre: Él se nos da para contemplar todo lo que el Padre es, todo lo que quiere comunicar por su bondad. No es una imagen que deje oculta la realidad de su origen, es una imagen transparente, perfecta.
San Gregorio Nacianceno comenta: Se le llama imagen porque es consubstancial y porque, en cuanto tal,procede del Padre, sin que el Padre proceda de Él. La naturaleza de una imagen consiste, en efecto, en ser una imitación del arquetipo del que se dice imagen. Con todo, aquí hay algo más; pues, en este caso, tenemos la imagen inmóvil de un ser que se mueve; pero en el caso del Hijo tenemos la imagen de un ser vivo, una imagen que tiene más semejanza con su modelo que la que tenía Set con Adán y la que tiene cualquier ser engendrado con su progenitor; tal es, en efecto, la naturaleza de los seres simples, que no puede ser semejante en un sentido y no serlo en otro, sino que debe ser perfecta representación de un ser perfecto.4 (Discurso teológico)
Por otro lado, San Hilario de Poitiers insiste en que lo que se ha visto en Cristo es lo que se ha visto del poder de Dios en otro tiempo: sus obras maravillosas. El Señor había dicho: Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis; enseñaba con estas palabras que se veía al Padre en Él porque hacía sus obras, para que el conocimiento del poder de su naturaleza mostrara la naturaleza del poder conocido. Por lo cual, el Apóstol, al explicar que significa que Cristo es la imagen de Dios, dice: El que es imagen de Dios invisible. Por lo tanto es imagen de Dios por el poder de estas obras.5 (Sobre la Trinidad)
San Ambrosio sigue una linea parecida pero no sólo menciona los milagros o las obras de Jesús como manifestación de su ser imagen del Padre sino que se orienta a la gran obra patrimonial de Dios para Israel: la Toráh. Él considera que la economía del AT al estar orientada por la ley tendría que estar en Jesús de modo que él pudiera ser imagen de aquella ley en cuanto a que el Padre la había concedido. Así viendo la ley veríamos a Cristo y viendo a Cristo comprenderíamos la ley: Pero como en la dracma hay una imagen inmutable, que conserva cada día le mismo aspecto, viendo la dracma observas la imagen, es decir, viendo la Ley, observa en la ley a Cristo, imagen de Dios; porque Él mismo, que es la imagen invisible e incorruptible del Dios, resplandece para ti como en el espejo de la Ley, Confiésalo en la Ley, para que lo reconozcas en el evangelio.6 (Carta a Justo)
En estos comentarios representativos encontramos una comprensión muy clara de Jesucristo como imagen perfecta y consubstancialdel Padre. Jesucristo siendo imagen de Dios realiza en plenitud susobras, obras que ya se habían visto en la economía antigua, de modo especial las maravillas, los milagros, los portentos, la ley, la alianza, la justicia y la misericordia. Al hacerlo muestra aquella misma gloria pero ahora sin medida y de modo definitivo. Dios se hizo visible y lo vimos en el Hijo. Pero es claro que nuestros iconos no son el Verbo encarnado, imagen visible de Dios, luego, entonces ¿qué relación tienen con él?
El segundo Concilio de Nicea
La tradición iconográfica se consolidó paulatinamente en las distintas Iglesias de la antigüedad. Sin embargo sufrió una grave crisis que devino incluso en un conflicto bélico: la iconoclastía. No profundizaremos en la historia del conflicto ni tampoco en la historia del Concilio, sino que nos atendremos a algunos de los textos para poder comprender qué era lo que la Iglesia reconoció en los iconos que los hacía legítimos.
Las imágenes llevan al recuerdo, a la contemplación
De hecho, cuanto más frecuentemente son contempladas estas imágenes, tanto más son llevados aquellos que las contemplan al recuerdo y al deseo de los modelos originales y a tributarles, besándolas, respeto y veneración. (II Concilio de Nicea)
Las imágenes llevan al recuerdo o más bien, el recuerdo, la memoria de la Iglesia, que ha canonizado la Palabra escrita, es la que posibilita la imagen. De ahí que sea tan importante que el iconógrafo surja desde el corazón de la Iglesia, esté lleno de la memoria de la Iglesia, siga los cánones de la Palabra y de la Imagen, y no desarrolle su actividad como una tarea individual o ajena a la Iglesia.
Además, la Iglesia es consciente de que es el Espíritu Santo el que hace presente la memoria de Jesús y por ello es el Espíritu Santo el iconógrafo divino. Así, del mismo modo que el autor inspirado es autor real y auténtico, junto con el Espíritu Santo, así también el iconógrafo ha de pedir la inspiración para que el Espíritu Santo haga presente la memoria de Jesús en la imagen que escribe. Por ello el iconógrafo debe orar, pedir inspiración, ayunar y poner sus talentos al servicio del Espíritu Santo.
El icono es palabra e imagen. Está fundado en la palabra de Dios escrita y representa a la Palabra de Dios encarnada. Todo icono debe de tener palabra e imagen como Cristo que es Palabra de Dios e imagen visible de Dios invisible. Por ello los iconos hablan, se leen, se contemplan no sólo con los ojos que reproducen imágenes en la conciencia sino con los ojos del espíritu que reconocen la Palabra en la imagen.
Las imágenes son veneradas y en ellas Dios es honrado
No se trata, ciertamente, de una verdadera adoración [latreia], reservada por nuestra fe solamente a la naturaleza divina, sino de un culto similar a aquel que se tributa a la imagen de la cruz preciosa y vivificante, a los santos evangelios y a los demás objetos sagrados, honrándolos con el ofrecimiento de incienso o de luces según la piadosa costumbre de los antiguos. En realidad, el honor tributado a la imagen pertenece a quien en ella está representado y quien venera a la imagen, venera la realidad de quien en ella está reproducido. (II Concilio de Nicea)
A través del icono, o mejor dicho, en el icono la Iglesia es llevada al recuerdo de su maestro, de su vida, de sus obras, de su enseñanza y
en él le tributa su debido respeto, veneración y amor. La Iglesia no sólo se reúne a escuchar sino también a ver lo que subsiste en su memoria. Vemos, todos juntos, la memoria del crucificado, la memoria del resucitado. Pero no sólo hacemos anámnesis como un mirar atrás sino que frente a los iconos elevamos el corazón hasta el misterio divino que adoramos. Los cristianos adoramos a Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo. ¡La Trinidad nos ha salvado! exclama una antífona. Dios ha actuado en la historia y se ha encarnado en el Hijo con actos y cuerpo visible. Recordando sus obras lo adoramos. Los iconos nos muestran aquellas obras. Recordando su rostro lo adoramos. Los iconos nos muestran su rostro. Contemplando su rostro lo adoramos. No a la imagen sino desde la imagen, a partir de ella, el espíritu se eleva al que es la Imagen, y en él, a través de él, a la Trinidad.
CEC 477 Él ha hecho suyos los rasgos de su
propio cuerpo humano hasta el punto de que, pintados en una imagen
sagrada, pueden ser venerados porque el creyente que venera su imagen,
"venera a la persona representada en ella" (Concilio de Nicea II: DS,
601).
Las imágenes pueden representar los relatos evangélicos
Si alguno no admite que los relatos evangélicos sean representados en imágenes, sea anatema. (II Concilio de Nicea)
Es importante que la palabra se nos de también en imagen, porque así queda mejor grabada en el corazón del hombre. Este es el modo natural por el que el hombre conoce, primero, a través de los sentidos, despuésa través del intelecto. O, mejor aún, en unidad de percepción e intelección. De este modo, los iconos son también evangelio, y teología. Hasta llegar al momento en donde las palabras y las imágenes estén tan grabadas en el corazón que lo único que quede es la simple presencia amorosa de Dios.
En la antigüedad la mayoría de los cristianos no sabían leer y escribir. Escuchaban la palabra en la asamblea y veían los iconos. Así entendemos la frase de San Juan Damasceno: Lo que es la Biblia para las personas
instruidas, lo es el icono para los analfabetos, y lo que es la palabra
para el oído, lo es el icono para la vista. Y frente a ella, habría que decir que no es en razón de la incapacidad de leer sino en razón de que la Palabra sustenta la imagen por lo que incluso quien no puede leer ha de beneficiarse del icono. No es un sustituto es un complemento. No es para unos cuantos es para todos: lo que es la palabra para el oído, lo es el icono para la vista.
Palabra de Dios λόγος τοῦ θεοῦ e Imagen de Dios εἰκὼν τοῦ θεοῦ
De la integración en el misterio de Cristo de palabras y obras, de ser y de obrar, de persona y acción, de rostro y personalidad de soteriología y ontología surge un amplio camino para la contemplación. No dejemos pasar las imágenes si no queremos caer en la perdición del racionalismo. ¿Qué es más grande, la cruz o la idea de la cruz? Para Hegel la idea. Para Pablo la cruz, y la idea de la cruzes una locura. La cruz es más grande porque la cruz redime y es encuentro personal. La idea puede no ser personal. Hay que contemplar la cruz desde lo que vemos, que es tan terrible, hasta lo que comprendemos que es tan hermoso. Ni la idea sin imagen, ni la imagen sin idea. La imagen es lo primero junto con la palabra, después vendrá el intelectus fidei y los sentidos plenos que se fundan en ella. Y este es un principio exegético que enseñó Tomás: el sentido espiritual se funda en el sentido literal.
Tampoco nos podemos limitar a la narración pictórica de los hechos, que ha sido el grave error de la teología kerigmática y existencial. Hay que llegar, a partir de la narración, al ser, al sentido, al misterio, al dogma. De ahí, también, la belleza y grandeza de la iconografía oriental: No sólo es narración, es comprensión teológica, ontológica, es manifestación dogmática. El icono es teología en imagen.
Sacrificio visible del λόγος
El icono es sumamente importante en la liturgia católica. Hacemos presente el misterio de Cristo, no sólo con palabras dichas sino también con palabras escritas, pintadas y esculpidas, y de modo especial con la renovación del Sacrificio visible del λόγος que perpetúa el misterio del Verbo encarnado y de la salvación. Sin embargo nuestros ojos requieren un cierto heroísmo frente a las especies consagradas. Así como Pedro, frente a Jesucristo, requirió de una gracia del Padre para ver en aquel hombre al Hijo de Dios, de modo más extraordinario aún, requerimos de una gracia del Padre para ver en el pan y el vino el cuerpo, la sangre, el alma y la divinidad de Nuestro Salvador. Requerimos escuchar y ver. Visus, gustus, tactus in te fallitur, sed solus auditur, tuto creditur. Escuchar la Palabra del Señor y ver como ofreció su sacrificio en la cena y en la cruz, escuchar la Palabra del sacerdote, y ver como obedeciendo el mandato del Señor, hace presente el mismo misterio. Los ojos que escuchan alcanzan las mayores profundidades de la fe.
La belleza inefable
En Cristo la belleza absoluta se hace presente entre nosotros. La belleza espiritualde su humanidad es incomparable en altura pues en él no sólo se realiza la armonía, sino que él es la causa última de la armonía de todas las cosas. Él es el principio de belleza, la belleza que desciende de los cielos a la tierra. En él está el esplendor de la divinidad, y el esplendor de la santidad brota desde su humanidad.
Su belleza se dona con abundancia en dos momentos que forman una unidad: El Gólgota y el Sepulcro donde resucitó. En un momento está desfigurado, en otro está glorificado. El primero parece hacer violencia a la belleza estética pero gran justicia a la belleza espiritual. El segundo corona el primero restableciendo el orden de la belleza. En el primero parece romperse el canon. En el segundo restablecerse. Y es verdad, la belleza del crucificado ha roto el canon de la belleza, ha introducido un nuevo canon que ha sido ratificado en el esplendor del resucitado: La Belleza es el esplendor de la Verdad última y definitiva del ser Divino y de su Bondad inefable: Dios es amor.
Los iconos se leen, se contemplan y se veneran. Se leen porque son palabra e imagen, como Cristo quien es Palabra eterna del Padre e imagen visible de Dios invisible. Se contemplan porque manifiestan sensiblemente las profundidades espirituales del misterio divino. Se veneran porque son un espacio sagrado de manifestación del misterio divino. En ellos, como a través de la Palabra, somos alcanzados por el Dios del amor. En ellos disponemos el espíritu para el culto de adoración al Dios altísimo que se ha manifestado en la fragilidad.
El icono de la Virgen de Vladimir es uno de los más hermosos que se hayan escrito. La tradición oriental lo remite hasta la época apostólica. Podríamos escribir muchos discursos para explicar su contenido teológico. Pero es mejor contemplarlo. Llamo la atención sobre dos detalles.
1. El color del manto de la Virgen. Su manto es negro. En la tradición occidental nos recuerda el luto y la muerte. Y sin embargo su significado es más profundo. Es la ausencia de luz, la oscuridad, la ignorancia y el pecado. Y la virgen está revestida de negro. A diferencia de otros iconos en donde se reviste de rojo como signo de la divinidad que la rodea a través de la gracia, en este icono se viste de negro. Gran misterio es este: la inmaculada madre de Dios y siempre virgen, toda santa, Παναγία, lleva sobre sí misma un manto áspero, duro e ignominioso. Ella experimenta el pecado en sus hijos, la obstinación de los que ama con cariño maternal, experimenta el abandono del mundo a su creador, experimenta la tragedia del hombre que se hace enemigo del hombre, experimenta toda la crueldad del mal ... ella será testigo del momento en el que El Verbo vino al mundo y los suyos no lo recibieron. Este misterio se esconde en su rostro: dulzura y amargura; alegría y tristeza; fortaleza y suavidad.
2. La ternura: Muchos han llamado a este icono la Virgen de la ternura. Hay que contemplar la actitud corporal de madre e Hijo, por un momento parece que la madre sostiene al hijo y por otro momento que el hijo sostiene a la madre. Al final se funden en un abrazo que hace que la negrura del manto del mundo sea "tocada" por la blancura del Verbo encarnado que en su humanidad realiza una nueva humanidad. Sus rostros se tocan, se hacen uno. En ese abrazo el mal adquiere un nuevo sentido, es el espacio del abrazo, el lugar de la misericordia, el lugar del encuentro salvífico. Por eso en este icono resplandece el misterio de la cruz. Más aún es precisamente ese abrazo de la cruz el que lo hace tan solemne, tan lleno de seriedad y de esperanza.
*Este misterio se repite en la Iglesia. La Iglesia es la primera en experimentar toda esa oscuridad. Pero también experimenta aquel abrazo que la sostiene, que la santifica, que la dignifica y que la pone en medio del mundo como signo de contradicción, de salvación.
*Ante el misterio de iniquidad podríamos quedarnos "viendo" la noche del mundo y desesperar. O bien podemos asumir la noche del mundo en nuestra carne y abrazar al Verbo que abraza nuestra humanidad reconciliándola con el Padre eterno. El icono de pentecostes volverá sobre el negro: a esa oscuridad es enviada la Iglesia, con el auxilio del espíritu, en el abrazo que nos une al Hijo y en él al Padre.
¿Qué significa que
conocer sea un acto común entre el sujeto que conoce y
el objeto conocido? ¿Qué tipo de relación establece el
querer entre el sujeto que conoce y su objeto conocido? ¿Qué
significa que el sujeto sea afectado por su objeto? Quizá estos sean
los elementos más oscuros de la metafísica
del encuentro, y con mayor razón cuando los referimos al
encuentro personal. Si queremos profundizar en el planteamiento del
problema es necesario que los abordemos con detenimiento.
1. El acto común:
vínculo real
En primer lugar, el acto
común significa un vínculo. Una relación que
tiene tanto en el sujeto como en el objeto su lugar de
encuentro en el propio ser actual que se hace común
desde el conocer. Hemos dicho que es precisamente la
forma intelectual en cuanto realizada en el ente
concreto lo que la inteligencia recibe, y en esta
donación-recepción el vínculo es lo conocido en cuanto conocido.
Ni lo cognoscible por sí ni el cognoscente por sí, que serían
ambos los dos extremos de la relación, sino precisamente la unidad
que se establece entre ellos es el acto común. Pero
también hemos dicho que la forma sustancial no es una idea
pura ni un universal en sí, sino que está realizada en
el ente concreto por lo que su donación sigue la estructura
entitativa esencia-acto de ser. De modo que la relación no se
establece entre el sujeto y la idea del objeto sino entre el sujeto y
el objeto con todas sus notas esenciales y existenciales.
Esta unidad fue
considerada desde la antigüedad como un motivo de asombro que movió
a la consideración gnoseológica-ontológica de afinidad entre el
λόγος humano y el λόγος cosmológico que se fundaría en la
emanación de ambos del λόγος divino. En la edad media se
formuló desde la relación entre la verdad ontológica como
trascendental del ser con la verdad lógica, en donde
el conocimiento sería la unidad del entendimiento con el ente
que sería verdadero porque primero estaría relacionado con la
Verdad Primera que lo conformaría a una esencia específica
desde la que se realizaría en un ser concreto.
Actualmente se prefiere
señalar el mismo hecho desde la armonía entre inteligibilidad de la
naturaleza e inteligencia humana. Esta perspectiva destaca el hecho
de que la ciencia y la filosofía se fundan en la estructura objetiva
de la realidad y no desde la estructura subjetiva del conocer. La
estructura subjetiva del conocer sería adecuada a la
estructura objetiva de la realidad y de su encuentro resultaría el
conocimiento. O bien se ha querido destacar una noción similar desde
la perspectiva fenomenológica en la unidad intencional entre
sujeto y objeto. Esta visión tiene la ventaja de explicitar la
presencia del objeto en el sujeto, la presencia de la cosa
en la conciencia o si se quiere en su espíritu.
También se ha planteado
el problema desde el punto de vista de la estructura semántica del
lenguaje. En esta última visión, cuando el triángulo semántico
está completo en donde la idea es semejanza con la cosa, el término
signo de la idea y finalmente es signo mediato (convencional) de la
cosa, la problemática se centraría en el tipo de relación entre la
mente y la cosa. Tal relación sería interpretada
desde el punto de vista semántico realista como un signo y no
como un símbolo para usar el lenguaje común. Es decir habría
una relación natural entre la idea y la cosa, la idea sería
una semejanza real con la cosa o bien como diría Aristóteles
una passio animae, una afectación de la cosa en el alma. El
alma en esta perspectiva estaría potencialmente dispuesta a ser
afectada por cualquier ente, a hacerse a cualquier ente,
con su apertura al ser en general. Además la afectación o
pasión del alma no sólo estaría dispuesta al ser en general sino
que la misma modificación del alma podría tomar la forma no sólo
perceptiva y abstractiva sino también la lógica-judicativa,
discursiva e intuitiva en sus distintos niveles o grados del saber,
realizándose en cada caso, aunque de diversa manera, una relación
unitiva entre el cognoscente y lo conocido.
El acto común se realiza
en el entre del conocer, en el mismo encuentro entre
lo conocido y el que conoce, y está determinado
formalmente en su profundidad por el tipo de acto de la
inteligencia y en sus contenidos por el objeto mismo. La
profundidad depende del grado del saber, del nivel de
abstracción, o de la altura de la ascensión. Hemos ya
introducido esta cuestión cuando hablamos del paso del singular
al universal, de la οὐσία a su εἰδός, de los
accidentes a la sustancia.
En cualquier caso podemos
destacar que la estructura última del conocer en su momento causal
sería el encuentro con el ser por parte de un sujeto que
es capaz del ser en general, y su forma una cierta unión que
habría que describir y sistematizar. Por ello podemos decir que el
encuentro con el ser fundaría el conocer y por ser
precisamente este encuentro el fundamento de toda experiencia,
todo acontecer subjetivo estaría vinculado al ser con
el que se enfrenta. El ser y la esencia del ente finito son
la fuente inagotable del conocer que primero versa sobre lo
inmediato según la estructura subjetiva sensible e intelectual y
después aciende hacia sus causas y principios últimos.
1.2 Los niveles de
abstracción: vinculación real y profunda
Frente al ser que se
nos da, siempre podemos alcanzar mayor profundidad o bien
mayor altura porque su estructura no está reducida a lo
fenoménico sino que la inteligencia es capaz no sólo desde el
encuentro con la οὐσία llegar a su εἰδός sino de juzgar
de aquella en cuanto que es. El grado de aproximación no
afecta la intencionalidad ni anula la precisión, simplemente
diversifica el discurso y concentra su predicación en un aspecto
intencionado e intencional. Por ello puede introducirse
intelectualmente en la οὐσία no sólo según su modo de ser
específico ni según su modo de ser individual, sino que tomando
en cuenta estas notas presentes en la οὐσία puede llegar a
conocerla según su misma estructura entitativa, en razón de
que es. Este es el inicio de la metafísica, y no la razón
pura con sus juicios a-priori. No se trata, tampoco, de una
consideración lógica per genus et diferentiam en donde el
término metafísico por ser más extenso sería el menos preciso y
el más vago sino que, por el contrario, al estar fundado el discurso
metafísico en el encuentro profundo con el ser y la
esencia del ente, se trata de la consideración del ente en
su aparición primera, en su causalidad más profunda y fundante, y
por ello siempre está referido a la οὐσία que origina la
ascensión. No hay una metafísica pura al mismo modo como piensan
algunos a las matemáticas puras que son tan irreales como algunas
metafísicas idealistas.
Reflexionando sobre el
ser y la esencia conocida del ente corpóreo se puede predicar con
adecuación juicios que se refieran a todo ente.
Este es el paso metafísico
más importante y la ascensión metafísica más fundamental. Es el
paso audaz de Aristóteles: de lo que en términos kantianos podría
justificarse según las condiciones de posibilidad de la experiencia
sensible a lo que en cierto sentido estaría en una mayor altura,
pero no independiente de aquella experiencia. Lo que Kant no
consideró fue precisamente esta dependencia, el paso de la ascensión
metafísica se funda en el conocimiento del ente corpóreo,
que es el objeto propio del entendimiento humano, y su
posibilidad discursiva en la predicación del ente en cuanto ente
se funda en la vía analógica. Pero para Kant es
comprensible la primera omisión porque la Razón Pura que
criticó era precisamente la Metafísica del racionalismo. Por
otro lado la segunda omisión sin duda era también ajena a su
ontología univocista que aprendió entre otros de Wolf
siguiendo a Leibniz porque el juicio analógico desborda las
limitaciones esquemáticas de los juicios analíticos y sintéticos,
o la famosa dualidad entre "verdades de razón" y "verdades
de hecho". La solución por otro lado si era una síntesis entre
el aspecto empírico y el aspecto intelectual del conocimiento como
lo intentó Kant, pero él no lo logró porque decidió renunciar al
ser dado, transubjetivo, y fundar la síntesis en el sujeto
inmanente.
La analogía como
vía metafísica establece su punto de partida en la predicación
sobre el ente corpóreo desde el encuentro común y cotidiano,
que implica su aspecto empírico, predicando juicios válidos
para todas aquellas realidades que conserven la estructura entitativa
del ente corpóreo, en parte igual -en su condición de esencia-acto
de ser- y en parte distinta -en su condición de corpóreo o no
corpóreo, de simple o compuesto -. La analogía, como
aproximación intelectual al sentido del ser, es el paso
justificado de la física a la metafísica, y lo que habría que
demostrar si se quiere anular la metafísica es su invalidez. Sin
embargo, la analogía muestra cada vez más en todas las
escuelas y tradiciones filosóficas su derecho propio y parece cada
vez más difícil clausurarla si se quiere conservar algún nivel de
racionalidad.
La crítica no puede
tomar, en el caso de la metafísica tomista, como hecho absoluto que
el discurso del ente en cuanto ente sea pensable más
no experiencial, porque en realidad está planteada totalmente
en sentido inverso: porque es posible la experiencia directa del ente
corpóreo, es posible la predicación del ente en general,
predicación que se funda en aquella experiencia, pero que se eleva
"ex" desde ella a toda realidad que aunque tenga una
semejanza, tiene también una diferencia no menos importante.
Diferencia que no anula la analogía, sino que la integra desde la
multiplicidad en la unidad de semejanza que no
es otra que el modo por el que se posibilita la existencia.
Además, es verdad, con el
racionalismo, que el conocimiento que el alma tiene de sí misma es
de otro tipo, al menos en su acceso existencial, al conocimiento del
ente corpóreo según lo mencionado. Luego, no sólo el
encuentro con el ente corpóreo es espacio de ascensión, sino
que el conocimiento del "yo" en su indivisibilidad,
simplicidad, espiritualidad y demás notas, nos aparece como un
encuentro que aunque en principio nos da sólo cuenta de su
existencia y no de su esencia nos señala con absoluta facticidad la
realidad de la substancia simple. El ser inmanente, entonces,
es la otra vía de ascensión, pero no por sí sola sino en su
estructura antropológica que está siempre en relación natural al
mundo y en experiencia constante del ser transubjetivo del ente
corpóreo.
Dicho de otra manera, el
encuentro con la οὐσία en cuanto ser transubjetivo,
según el proceso descrito anteriormente
con gran detalle, inicia sensiblemente y se desarrolla con gran
libertad en el ámbito del λόγος posibilitado por la abstracción
sobre la que se funda el conocimiento intelectual. De modo que todo
conocimiento humano parte del encuentro con el ser y la esencia de
un ente corpóreo, y su contenido formal posible es inmenso
según es inmensurable la cantidad de perfecciones de un ente y según
los distintos modos de aproximación posibles que se concretarán en
el ámbito del juicio en los distintos niveles de discurso.
La vía es sumamente
natural. Exige una cierta confianza en la razonabilidad de la
experiencia y en la fiabilidad del acontecer humano en el
encuentro con el ser. Por esta razón podemos afirmar que la metafísica tomista
es sumamente lejana al racionalismo, no parte del conocer en sí,
ni de la idea, sino del mundo, de la experiencia,
del ser que está ahí y que está aquí. Y
es precisamente esta nota lo que hace de ella capaz de enfrentar con
gran amplitud los problemas humanos. Además, como hemos mencionado
al plantear el problema, la realidad del "tu" es una
realidad profunda que desde el punto de vista metafísico exige una
ascensión que en la experiencia común es tan natural como
razonable, pero que en los tiempos presentes se ha problematizado
hasta el punto en el que el "yo" para el "tu" y
viceversa han quedado clausurados en su "otredad". Pero que
sean inagotables del mismo modo que el ser es inagotable, y
que su modo de comunicación tenga una estructura diversa no
significa que el "tu" sea inaccesible, si así fuera el
"nosotros" sería siempre un término utópico.
1.3La
significación del acto común
Hasta aquí tenemos varios
niveles en los que se despliega el entre como relación
sujeto-objeto en el ámbito gnoseológico: el conocer del ente
corpóreo tanto en su descripción individual como en sus notas
esenciales; el conocer del ente en cuanto ente que se nos
presenta tanto en el ser transubjetivo desde el ente corpóreo
como en el ser inmanente desde el "yo". Tales niveles
corresponden al tipo de relación en cuanto a la profundidad
discursiva pero en todos ellos se observa una estructura
relacional común.
Entre los elementos
descriptivos de esta relación podemos mencionar los siguientes: el
acto común, la armonía interior-exterior, la
presencia en el espíritu de lo exterior, la afectación
del alma, la semejanza semántica. Cada uno de estos
elementos es relevante en lo que comunica y en el sentido que aporta
a nuestro análisis. En este caso sólo mencionaremos el principio
que aparece en todos ellos: la unidad.
En el encuentro con el ser
se da una cierta unidad entre el sujeto y el ser
transubjetivo. ¿Qué tipo de unidad? Desde luego no es una
unidad substancial porque ambas realidades conservan su autonomía en
el ser. Tampoco es una unidad material porque el proceso
descrito no es un hecho material aunque requiera de la materia para
realizarse, es decir, en principio, no hay una unidad corpórea
entre el sujeto y el ser transubjetivo aunque se realice
también una relación corpórea con sus notas espacio-temporales.
Luego, entonces, se trata de una unidad espiritual, una unión
anímica entre el sujeto y el ser que se le da en la
experiencia.
Pero tal unión sólo
puede darse en un principio espiritual, o más aún el hecho de
que se de tal unión es un signo de la espiritualidad de
la persona, que trasciende lo inmediato y lo fenoménico en su
interioridad. Por eso Santo Tomás decía que el hombre, en cuanto a
cognoscente, es un ser que no sólo posee su propia forma, sino
que puede poseer todas las demás. Pero desde luego que tal
posesión no es substancial porque dejaría de ser quién es y lo que
es, sino que es una posesión espiritual. Podemos decir que en
el encuentro con el ser en el entre de su realización
se da una unidad espiritual entre el sujeto y el ser
transubjetivo, unidad que es una presencia, unidad que es
armónica o tiende a la armonía entre uno y otro, unidad que es una
semejanza entre uno y otro, unidad que es un acto común,
una unión en el ser de uno y de otro.
Esta unidad se da
en el sujeto por su capacidad espiritual como resultado del
encuentro. Pero como relación en ocasiones no afecta al ser
transubjetivo. Es el sujeto el que se perfecciona en
el encuentro con el ser al recibir el ser de lo conocido en su
subjetividad. Es el entendimiento el que se une a la cosa, unión
intencional, real y gradual. Por otra lado el ser transubjetivo en
ocasiones no es afectado en sí por la relación que pueda
tener un sujeto con él. No cambia su propio ser por el hecho de ser
conocido por un sujeto finito, sin embargo, el sujeto si cambia
su propio ser por el hecho de conocer porque se perfecciona a sí
mismo. Cuando el encuentro es personal, aunque
permanecen algunas notas comunes, otras se transforman y nos arrojan
una nueva comprensión del encuentro con el ser, y de las
posibilidades que este arroja para el encuentro más
profundo.
2. El acto común en el
encuentro personal
¿Qué tipo de unidad
se realiza en el encuentro personal? En primer lugar plantearemos
dos elementos que comprometen el análisis. Por un lado tenemos la
ocultación del "tu" y el acceso limitado que se
tiene a él. Por otro lado tenemos el hecho de que la relación está
llena de tensión hacia ambos lados modificando a ambos sujetos
en el entre de las subjetividades que se encuentran.
En el encuentro
personal tenemos una relación recíproca entre dos
subjetividades que toma la forma psicológica "yo-tu" en
ambos sentidos. Pero la relación sigue la estructura subjetiva del
encuentro con el ser además de requerir la
auto-manifestación. Es decir, el primer nivel del encuentro
es sensitivo-perceptivo, en el que se da la intuición de la
unidad substancial del "tu". Pero es claro que en este
mismo nivel se da ya una relación diferente porque no se está
simplemente frente a un quid-realizado sino que se está ya
frente a un quis (quien) cuya personalidad comienza a manifestarse en
los datos perceptibles de su corporeidad y de la comunicación
no-verbal.
De modo que aunque el "tu"
está en una mayor profundidad que la corporeidad humana y personal
que se me manifiesta en primer nivel, está penetrándola toda y
desde ella se expresa con la máxima plenitud. El conocimiento del
quién está vinculado a todas las notas de la persona en su
mismidad, y es claro que siendo la persona substancia
individual, es precisamente la singularidad en su unicidad
lo decisivo del encuentro.
Por ello mismo, lejos de
ser una reducción del "tu" su vinculación en la
singularidad a una cierta materia, más bien, es el reconocimiento de
la amplitud de la personalidad, que no es una conciencia
sino la realización del ser personal que es cuerpo y
alma, y no solamente conciencia como se ha desprendido del
cartesianismo. De modo que podemos decir "Este cuerpo soy yo"
y en ese juicio decimos mucho más que lo que ha pretendido afirmar
el monismo materialista, decimos más bien que "en este cuerpo
que soy yo se realiza una existencia única, espiritual, profunda,
única y personal" y lo mismo sucede con el "tu". Pero
este paso no es tan sencillo. Desde el punto de vista psicológico,
en el trato asiduo, la persona frente a la persona suele pasar
desapercibida en cuanto persona.
Y es que se trata en
último término de una relación específica que a veces pierde su
especificidad en la conciencia: un νεῦμα σαρκικός
frente a otro νεῦμα σαρκικός. Un espíritu en la carne
frente a otro espíritu en la carne. Hemos ya hablado de esto cuando
señalamos que existe tanto el peligro de espiritualizar al hombre
negando la relevancia de su corporeidad como el peligro de
materializarlo negando la realidad del espíritu. La unidad
espíritu-materia seguirá siendo el gran misterio de la
antropología filosófica, porque por un lado no se comprende muy
bien cómo es posible que sea, es decir, su causalidad
originaria y por otro lado tampoco se comprende con total claridad el
modo de relación. En el encuentro personal hemos de
decir que nos encontramos así, desde la gran profundidad del
"yo" hacia la gran profundidad del "tu" a través
de las mediaciones sensibles, que por otro lado son partes
integrantes del encuentro y del "yo" y del "tu".
La palabra σαρκικός indica precisamente esto, que la
conciencia del hombre es carnal, es sensible y
sensitiva, que su espíritu se realiza en su cuerpo.
Además de las
dificultades señaladas, hemos de decir que es un sentir unánime
desde Platón hasta Nietzche que existe una fragmentación interior
entre movimientos opuestos en la conciencia humana. Podemos
simplificarlo así, de alguna manera la vitalidad sensitiva no pocas
veces aparece en contraposición con la vitalidad intelectual. Esto
llevó a decir a Santo Tomás que la voluntad como apetito
intelectual tiene que negociar con los apetitos de la
sensibilidad y ejercer sobre ellos un dominio político.
Esta fragmentación
interior dificulta el encuentro personal cuando impone los derechos
de la σάρξ sobre los derechos del νεῦμα porque no pocas
veces oculta la profundidad del "yo" y la profundidad del
"tu". Es decir, intenta imponer una relación
exclusivamente sensible haciendo del encuentro un encuentro puramente
σαρκικός y con ello anula a la persona en su realidad
más profunda. Sin embargo una falsa ascesis como la estoica o
algunas prácticas de religiosidad orientales también anulan a la
persona pero por la vía inversa: renunciando a la σάρξ, que es
antropologicamente irrenunciable, tanto a la del "yo" como
a la del "tu". Las relaciones espiritualizantes se olvidan
del aquí y del ahora, se olvidan de que el otro tiene gravísimas
necesidades y que usualmente está sufriendo. En ello atentan contra
la persona no menos que las relaciones materialistas.
Sin duda que la
corporeidad en el encuentro personal es importante, con su
iconicidad, especialmente a través del rostro y de la
comunicación no-verbal. Pero sin la palabra la comunicación
se reduce hasta lo mínimo. Por otro lado también la palabra sin la
corporeidad, sin el rostro, sin los gestos, sin
las obras que la acompañen se puede convertir en flatus
vocis. Por eso la importancia de la integración del encuentro
desde la estructura antropológica espiritual-carnal. La palabra, el
λόγος, sale del interior del espíritu humano, de su
interioridad, pero al salir se materializa desde su
corporeidad haciéndose más elocuente que los simples juicios que
enuncia a través de su realización en la persona, desde la
personalidad propia con su iconicidad y presencia física. De
este modo el λόγος interior se hace λόγος exterior y se
encuentra, se enfrenta con el otro, que desde la misma
estructura, primero escucha en la corporeidad sensible y en su
interioridad la palabra dada y de su escucha surge una
respuesta. El momento de la escucha es tan importante como el
momento de la respuesta. No hay Antwort si antes no hay
escucha. Por otro lado, la escucha no sólo implica la
recepción de una serie de ondas sonoras sino la penetración de la
inteligibilidad de la palabra con todo su contenido semántico
referencial y con el sello de la personalidad de quien la
pronuncia en la interioridad de quien la recibe. Así, la donación
del λόγος es en cierto sentido, donación del ser propio,
donación que se da no sólo en la inteligibilidad del verbo
pronunciado sino desde la totalidad de la persona. La donación del
λόγος es auto-donación, auto-comunicación no sólo en el
sentido informativo sino en un sentido plenamente dativo es
participación del "yo" para el "tu".
El diálogo a veces se
queda como el horizonte último del encuentro, como su ideal.
No siempre ante la donación real y sincera del "yo" en
la palabra como revelación del ser propio, se da la respuesta, o
bien la respuesta personal. Y esto por un lado porque detrás de esta
comunicación está amenazante la posibilidad del engaño. El
"yo" puede ocultarse frente al "tu" y hablar
palabras vanas ante el temor de que el "tu" sea destructivo
a la personalidad propia. Las experiencias del engaño, de la
traición, hacen poco a poco que el corazón noble se
endurezca hasta el punto de poder clausurarse al otro. Este es, en
realidad, el drama de la vida, la tragedia más profunda: el
hombre llamado a la comunión se clausura porque no ha encontrado en
quien confiar. Pero frente a las experiencias de desilusión
personal se alzan dos grandes columnas: las experiencias de amistad
sincera; el anhelo de la comunión en el amor pleno.
Es posible decir que la
estructura de la persona tiende a la comunión y que su clausura sea
un cierto tipo de violencia que tiene como sustrato la experiencia
del engaño y el temor de poder ser engañado. Por otro lado,
el uso del otro, el engaño al otro, no pocas veces
también se funda desde el deseo de que el "yo" prevalezca
sobre el "tu" de que los deseos de uno se impongan sobre el
otro, de que el otro se someta a la tiranía del "yo".
Así, podemos decir que si la posibilidad del engaño puede
generar desconfianza hacia el "tu" especialmente en quien
lo ha sufrido, es más peligrosa la amenaza de la tiranía de "yo"
que puede hacer del encuentro un lugar de abuso yde destrucción. Por eso, la primera tarea del
personalismo es promover la transformación interior de la conciencia
frente a estas amenazas que son gravísimas. La tiranía del "yo"
es capaz de negarle la "personalidad" a otro por
amenazar la comodidad de su vida o los proyectos personales (y mientras
más débil sea el otro mejor, porque menos posibilidades tiene de
defenderse). La tiranía del "yo" es capaz de esclavizar al
otro, de hacer de él un objeto más. Y sin embargo, experimentamos
esa fragmentación interior como amenaza constante que frente al "tu"
parece querer imponer el "yo”. Para poder implementar una
cultura personalista es necesaria una revolución de las conciencias
a través de la cual a ningún hombre se le vuelva a negar su
dignidad, a ningún hombre se le trate como artículo de uso y deshecho.
Pero en una cultura en
donde el dogma neoliberal ha canonizado el egoísmo de los individuos
como fuerza insustituible del progreso, ¿cómo se puede
hablar de salir del ego hacia el tu? Es tiempo de denunciar la
falsedad de los criterios filosóficos que algunas ciencias sociales han asumido
acriticamente y volverlos a plantear al menos como problema en sí mismos y en el ámbito de las ciencia misma. El
egoísmo como fuerza del progreso nos ha traído la
crisis porque detrás de las decisiones económicas se encuentra la
desconfianza, y la indiferencia frente al bien común.
Una economía
orientada hacia el bien común "desde" la persona y no
desde las políticas macro-económicas, será más humana y más
eficiente. Para ello se requiere una educación personalista y
comunitaria. Las decisiones económicas tienen que volver a
integrarse desde el punto de vista teórico, desde la persona
humana, desde su dimensión moral, desde su dimensión
política. No son hechos a-personales, cuantificables y cosificables,
son expresión de la humanidad. La separación entre moral y economía
ha desarrollado una cultura económica voraz y despiadada no menos
que la ruptura entre moral y política y la desastrosa separación
entre ley positiva y ley natural han ocasionado una sociedad injusta y una política destructiva.
Pero detrás de la tiranía
del “yo” se esconde una gran
verdad. El “yo” como persona tiene tal dignidad que merece todo,
él es fin. Pero el
“yo” no vive solo ha recibido el ser. Por eso desde la verdad del “yo” se puede
abrir el espíritu humano a la verdad del “tu” que también lo
merece todo porque al igual que el “yo” es fin y nunca medio.
Salir de la tiranía del “yo” hacia el reconocimiento del “tu”
que hace que el “yo” se valore en relación al “tu” en
relación de vida, requiere “salir de sí” para ver en el “otro”
la misma condición de persona que se asoma en el “yo”. Requiere
pasar de las demandas absolutas del individuo a la máxima: ama
a tu prójimo como a ti mismo. Y
en este paso, cuando es recíproco, se funda una nueva realidad, la
comunidad, el “nosotros” que se establece sobre la base firme del
reconocimiento de la dignidad del “yo” y del “tu” que permite
estrechar los vínculos y vivir juntos. Cuando el encuentro
se convierte en reconocimiento
del valor del “otro”, entonces, surge no sólo la búsqueda del
propio bien sino la búsqueda del bien del otro, y en este movimiento
surge la unidad más profunda, el
amor que engendra la
comunión de las personas. Tal unidad deja
la forma de alienación, de utilización
queve al otro como
objeto útil para mis fines, más aún, que ve al otro como
un bien para mí, y toma una
forma nueva en donde el otro sufre yrequiere de mí para su bien, en
donde el bien del otro se hace el bien mío, y en donde el “yo”
se capacita para la donación.
Volvamos
a la pregunta inicial, ¿qué tipo de unidad se desarrolla en el
encuentro personal? Hemos dicho que se establece un vínculo
espiritual fuertemente encarnado. Pero tal vínculo puede estar
caracterizado por fundar una unidad entre
el “yo” y el “tu” que tendría la forma de la posesión o
bien de la “utilización”. Esta unidad sería falsa y sumamente
débil porque sería una unidad unidireccional aunque subsista en
ambos extremos. Unidireccional porque cada extremo fundaría la
vinculación en su propia subjetividad sin
llegar a tocar la
profundidad de la subjetividad del otro.
Se pasa de la unidad como posesión espiritual a la
unidad como donación espiritual cuando se es capaz de asumir el bien
del tú como bien propio, como
responsabilidad propia, de ahí que la donación adquiera
frecuentemente la forma del sacrificio. Este paso, hace que la
palabra y demás
elementos del encuentro pasen de ser camino de
auto-manifestación a ser
vínculo de auto-comunicación del
“darse” mutuo que funda la comunión más profunda.
3. El encuentro con el ser eterno y la posibilidad de la teología
natural.
Hemos hablado sobre el
encuentro con el ser, y sobre
el encuentro personal. También
hemos hablado de la ascensión metafísica al menos como una
posibilidad. Al hablar sobre la predicación metafísica hemos dejado
claro que la predicación metafísica se dirige siempre al objeto
concreto, dirigiéndose a él en su realización en cuanto ente. La
filosofía busca comprender la realidad desde sus últimas causas o
primeros principios. Cuando desarrollamos el análisis metafísico
con profundidad nos enfrentamos tarde o temprano con la pregunta más
importante de la filosofía ¿por qué el ser y no la nada? Y lo
menos que podemos hacer es plantearnos la pregunta. Huir de ella o
negarle su validez no es de espíritus filosóficos sino de espíritus
pequeños que no se atreven a ver más allá de lo inmediato.
Responder
a este pregunta que "haber llegado a ella significa haber llegado a la
cumbre de la filosofía, a la cumbre de la indagación, y que más
allá de ella nada se puede decir", tampoco nos dejaría comprender
las posibilidades reales de la razón humana en el encuentro
con el ser. La totalidad
de lo real, o como también le
hemos llamado, la realidad total, en
el encuentro cotidiano se nos presenta desde su nivel más próximo
hasta su máxima profundidad ¿Cómo es posible que un ente que no
tenga en sí mismo la necesidad de su propio existir, exista? ¿Más
aún, porque si todos los entes con los que nos encontramos
son contingentes y no tiene
ninguno de ellos en sí mismo la razón de su existir existen las
cosas? Es un hecho que existen, pero lo que no puede explicarse desde
las cosas es la causa de su existencia, porque todo aquello que puede
no existir no es necesario que sea. ¿si toda la realidad tiene esta
estructura, entonces, por qué existe?1
La
pregunta se eleva, entonces, desde el encuentro con el ser
transubjetivo y con el ser
inmanente, desde la constatación
de su facticidad. Es un hecho, “yo” soy y los entes que se
aparecen a mi experiencia también son. El encuentro con el
ser, entonces, no sólo es
encuentro con este ser sino
que es la ocasión de la elevación metafísica que nos lleva al
encuentro con el ser en sí, al
menos como pregunta. El encuentro con el ser necesario no
se funda en la conciencia desde la idea de perfección, aunque esté
vinculado a ella, se funda desde la experiencia del ente concreto. Se
asciende al ser necesario desde
la contingencia del ente finito como
pregunta por su fundamentación. La contingencia del ente
finito es la única vía natural
de ascensión al ser eterno. Deum
esse, secundum quod non est per se notum quoad nos, demonstrabile est
per effectus nobis notos.Y como es una vía,
podemos decir que nos
encontramos con el ser eterno desde
el ente finito en sus
dos apariciones más fundamentales: el ser inmanente, el “yo” en
mi realidad interior, y el ser transubjetivo, en la realidad exterior
con su máxima presencia, el “tu” ante el que la pregunta
metafísica se intensifica. Se intensifica porque frente al “yo”
y al “tu” la pregunta metafísica no sólo busca la raíz de la
existencia sino que se eleva como un suspiro existencial de
permanencia en el ser y en la comunión. Y este es el lugar en donde se encuentran las vías de
Tomás y de Agustín.
De
modo que es posible un encuentro con el ipsum esse
subsistens, desde el ente
finito. Por eso se dice que las predicaciones metafísicas sobre
Dios son sub specie entis. Es
precisamente el ente finito la vía de ascenso hacia el discurso de
la teología natural. Pero este hecho nos dice otra cosa. No sólo
que la vía lógica-discursiva en su predicación sobre Dios tiene la
limitación de partir del ente para referirse al Ser en sí
mismo, que está más allá del
ente finito aunque sea la fuente de su perfección. En este sentido
podemos decir que la predicación sobre Dios tendería hacia la
equivocidad. Pero también nos dice que por el ser algo
presente en el ente, es el
encuentro con el ente un verdadero encuentro con el Ser. Y en este
sentido es que decimos que la predicación sobre Dios es "per
se" analógica. Dado que el ser
se realiza de modos diversos en los distintos entes, y todos ellos
proceden del ipsum esse subsistens en
la absoluta perfección de su propio ser, entonces, en todos ellos
hay algo común, aunque las diferencias sean casi absolutas. Pero no
son absolutas. Por eso es posible una elevación de lo que es menos,
pero es en cierto sentido semejante, a lo que es más. La analogia
entis, en este sentido, no sólo
es un recurso lógico-metafísico sino la constatación de que el
encuentro finito es en sí mismo también un encuentro con el ser
eterno.
Pero sería mucho decir que en el encuentro con el ser eterno en
el ente finito se den con toda transparencia las notas del encuentro
que hemos mencionado, especialmente la nota de unión que en
el caso de la relación intersubjetiva es comunión. El
encuentro con el ser eterno es indirecto. Es una ascensión
desde el ente finito, desde su contingencia a través del misterio de
su ser hacia su causa. Pero su causa, el Ser eterno, queda
como el horizonte último de la realidad. La realidad es, en cuanto
participa y le sucede el ser que en el Ser eterno
constituye su esencia en infinita perfección y con necesidad.
Como tal excede la potencia del entendimiento. La inteligencia puede
hacerse a todas las cosas, ciertamente, pero la posesión absoluta y
simultanea de la perfección eterna del Ser en la absoluta
simplicidad de la divinidad está más allá de sus posibilidades. No tiene una forma que puede conocerse. Él es la fuente de todas las formas que son modos finitos de ser, él simplemente es.
Por eso el acto común, se realiza desde el ente finito, en
toda su concreción, y desde ahí se eleva sub specie entis.
Pero eso no anula la realidad del encuentro especialmente en cuatro
momentos que ahora queremos destacar a modo de conclusión. Cuando el
hombre conoce la realidad tal cual es, recibe de ella la adecuación
de su propio ser con la Ciencia Divina. De modo que en el
perfeccionamiento que significa el conocimiento de la verdad,
el hombre alcanza a tocar a la Verdad Eterna. Cuando el
hombre elige el bien para sí, actúa en justicia conforme a la
verdad de su ser que es querida por la voluntad divina que le
da el ser, y en este acto alcanza a tocar al Bien eterno.
Elegir el bien objetivo establece una relación objetiva con el
Bien. Conocer y amar la verdad, establece una relación
objetiva con la Verdad que la fundamenta. Cuando el hombre
contempla el esplendor del ser, y goza de su armonía,
proporción, integridad y claridad, en el acto por el que se
maravilla de la belleza del ente finito alcanza a tocar la Belleza
de la que es un destello. Finalmente cuando el hombre establece
vínculos profundos de comunión personal, y su espíritu es capaz de
superar la dinámica de la posesión para llegar a la dinámica de la
donación, entonces penetra en la mayor altura del misterio del ser:
el ente finito es donación del ser, libre y amorosade
aquel que es el Ser eterno.
La máxima perfección del ser
en el ente finito la encontramos en la experiencia
personal, en el encuentro con el “yo” y con el “tu” que se
hace “nosotros”. De modo que es también la persona el punto más
alto desde el que se eleva el espíritu humano para conocer el Ser
eterno. Cuando el hombre establece los vínculos profundos de la
communio personarum entonces alcanza a tocar a la Persona
Eterna. Pero, ¿Qué persona puede existir en sí misma, aislada?
¿Qué tipo de comunión podría haber en el Ser eterno, que
fuera la fuente de la communio personarum que en la
experiencia humana representa la cumbre del ser y de la realización
humana? Ante estas preguntas podemos guardar silencio y esperar...
esperar una palabra más alta.
-excursus-
Acompaño este artículo con el Orfeo de Monteverdi, en la excelente interpretación y representación de Jordi Savall. Los motivos son varios. Por un lado Orfeo con su arpa es un icono de la elevación de la música. La belleza de la música es capaz de seducir a los dioses en la mitología griega. Es la belleza, en cuanto esplendor del ser que conmueve a toda la persona, una ocasión siempre desafiante de encuentro indirecto con el Ser eterno. Es un salir del mundo, ya lo veía Schopenhauer.
Por otro lado Orfeo desciende al inframundo para salvar a su amada Euridice que ha muerto al ser mordida por una serpiente. Pero Orfeo no quiso morir por Euridice, descendió vivo al Hades con el poder de su música. Aunque la amaba no fue capaz de la donación total, hecho que en algunas versiones de la obra se le imputa como la causa de la tremenda prueba a la que es sometido y que termina en tragedia.Más allá de la altura de la música y su belleza está la altura y la belleza del sacrificio por amor que Orfeo no pudo realizar.
Un motivo más: Euridice va atrás de Orfeo. Él no debe dudar de su presencia, y cuando lo hace su presencia se disuelve. ¿Cuantas veces los encuentros más importantes parecen disolverse ante la amenaza de la duda? En ocasiones aunque tenemos razones serias para creer que el encuentro está vivo, que no estamos solos se eleva sobre nosotros la tiniebla de la duda.
Tal vez deberíamos de pensarlos al revés. No siempre somos Orfeo que puede dudar de la presencia de Euridice. A veces nos parecemos más a Euridice, siendo rescatados. Puede ser que delante de nosotros vaya alguien que no con los encantos sino a través del sacrificio ha llegado hasta el Hades de nuestra existencia a rescatarnos de las sombras. Y aquella historia no termina en tragedia termina en comunión plena y eterna.
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1Tertia
via est sumpta ex possibili et necessario, quae talis est. Invenimus
enim in rebus quaedam quae sunt possibilia esse et non esse, cum
quaedam inveniantur generari et corrumpi, et per consequens
possibilia esse et non esse. Impossibile est autem omnia quae sunt,
talia esse, quia quod possibile est non esse, quandoque non est. Si
igitur omnia sunt possibilia non esse, aliquando nihil fuit in
rebus. Sed si hoc est verum, etiam nunc nihil esset, quia quod non
est, non incipit esse nisi per aliquid quod est; si igitur nihil
fuit ens, impossibile fuit quod aliquid inciperet esse, et sic modo
nihil esset, quod patet esse falsum. Non ergo omnia entia sunt
possibilia, sed oportet aliquid esse necessarium in rebus. Omne
autem necessarium vel habet causam suae necessitatis aliunde, vel
non habet. Non est autem possibile quod procedatur in infinitum in
necessariis quae habent causam suae necessitatis, sicut nec in
causis efficientibus, ut probatum est. Ergo necesse est ponere
aliquid quod sit per se necessarium, non habens causam necessitatis
aliunde, sed quod est causa necessitatis aliis, quod omnes dicunt
Deum