CATEGORÍAS: En esta sección encontrarás las publicaciones clasificadas según su género.

miércoles, 11 de septiembre de 2013

33. [Ph.] [S. Th.] Verdad y Diálogo




La pretensión de verdad
La pretensión de verdad, más allá de su estatuto gnoseológico-antropológico, está presente en todos los juicios que el hombre hace tanto para describir la realidad y comprenderse a sí mismo como para organizar su vida práctica. No es posible pensar en el diálogo, o más aún, en la comunicación racional sin la pretensión de verdad. Renunciar a la pretensión de verdad, no es un acto propio de la razón sino más bien, la renuncia a la racionalidad propia del hombre que subyace en su misma naturaleza. De modo que el escepticismo, en sus distintas versiones resulta ser una opción no sólo poco razonable sino inhumana, es decir, falta de humanidad.

Así, la pretensión de verdad radica en la misma estructura de la persona humana. Es esta pretensión de verdad el hecho último que motivó el origen de la filosofía y que funda las posibilidades del diálogo. Cuando la pretensión de verdad fue puesta en duda de modo particular en la modernidad, se originó un modo de discurrir que abandonó el ser, la realidad y la verdad. De este modo se degradó tanto la Filosofía en su pretensión originaria como la noción misma de diálogo en su mismo sentido.

La crítica del conocimiento ha contribuido, no obstante, a ampliar la comprensión que tenemos sobre la verdad, sobre la capacidad humana de conocer, sus límites, sus dificultades y sus alcances. Así, hoy estamos totalmente convencidos que la búsqueda de la verdad es una actividad humana sumamente ardua y que exige, por lo tanto, la virtud de la fortaleza, en su dimensión de magnanimidad, que nos mueve a aspirar a los bienes arduos y a no desfallecer. Esta actitud se equilibra en la virtud de la templanza, en su realización de la humildad, que nos mueve a aspirar sólo aquello que corresponde a nuestra naturaleza y a prevenirnos de esperar algo desproporcionado a ella. Así, la humildad del espíritu templado sabe que su búsqueda de verdad no puede pretender alcanzar un conocimiento omni-comprehensivo, univocista, e infalible, conocimiento que sólo le corresponde a la ciencia divina, pero sabe también que puede alcanzar la verdad, según su propia condición humana y esto no es poca cosa.

La búsqueda de la verdad es una exigencia de la vida misma de la persona, y como tal es una aventura eminentemente personal que brota de su dignidad. Y esto no sólo corresponde a la necesidad de certeza en los asuntos más triviales y remotos, que también exige un conocimiento adecuado, sino que, sobre todo, corresponde a la necesidad de certeza en los asuntos más relevantes, en los principios que han de orientar su vida, en la pregunta sobre el λόγος de su existencia, sobre su origen y sobre su fin. Y es precisamente por el hecho de ser una aventura personal la razón por la que la misma búsqueda es también una necesidad de la comunidad.

La persona, siendo relacional y social por naturaleza está ordenada a realizarse en la comunidad y su realización no puede tener otro principio que la verdad sobre sí mismo y sobre la vida. Más aún su propia realización no es ajena a la realización de su prójimo sino que ambas están unidas bajo la razón formal de la verdad sobre el hombre, sobre su origen y su destino y no puede sino ser solidario en la búsqueda y en el camino. La búsqueda de la verdad por su estructura misma no es un asunto privado.

La Verdad en sí misma
El hombre no sólo actúa con pretensión de verdad, sino que para comprender mejor lo que esta pretensión vital significa, reflexiona seriamente sobre la verdad en sí misma, sobre su esencia, su estructura, sus causas, próximas y últimas. Esta reflexión es imprescindible para poder hacer justicia a las exigencias de la vida misma y de la naturaleza de la persona. Así el hombre no sólo busca conocer la verdad sino entender qué es la verdad. La pregunta ¿Quid est veritas? resuena desde el patíbulo romano en Jerusalén, como signo de la pregunta intemporal que el hombre constantemente se plantea y desde la que resuelve su propia vida, hasta nuestros días y seguirá resonando hasta la consumación de la historia y del cosmos en la Verdad Definitiva.

La Verdad Primera
La respuesta a la pregunta por la verdad tiene que incluir en su contenido la causalidad primera de la verdad. De la constatación de la verdad gnoseológica y de las verdades parciales que aparecen en nuestra experiencia se eleva la pregunta sobre la causa última de la verdad, sobre la fuente de la verdad, y sobre su relación con las verdades “secundum quid” a las que accedemos desde la necesaria mediación de la verdad ontológica. Dicho de otro modo, la verdad que aparece en la experiencia como un dato de nuestros juicios, es el resultado del encuentro entre la inteligencia, el λόγος ἀνθρώπου, con el ser, en el que reside un estatuto de inteligibilidad que hace posible el juicio verdadero, el λόγος κόσμου.

Este encuentro no es suficiente para entender la causalidad veritativa pues es necesario explicar la razón tanto de la inteligibilidad del ser como de la inteligencia, así como de su relación constitutiva. Precisamente porque existe una relación armónica en el orden gnoseológico entre el hombre y el cosmos, entre la inteligencia y el ser, es posible desde el encuentro del hombre con el ente finito realizar un movimiento ascendente -ἀνάβασις- que permita, a partir de su constitución causada y contingente, predicar adecuadamente, aunque con limitación, del Ser Eterno, sustento del ente finito como causa primera y última. La ascensión analógica, entonces, no es sólo un camino válido de predicación sobre el misterio divino, sino que, más fundamentalmente, es la única posibilidad de explicar la causalidad última de la verdad.

Así, para explicar la constitución última de la verdad ascendemos desde las verdades parciales hasta la causa incausada, el Ser Necesario como Verdad Primera y fundamento último de las verdades contingentes. De este hecho proviene la sorprendente constatación del angélico: "La verdad está en el intelecto de Dios [λόγος θεοῦ] en sentido propio y verdadero; en el intelecto humano [λόγος ἀνθρώπου], sin embargo, está en sentido propio y derivado" (De verit. q. 1, a. 4 c).  

De modo que Dios no sólo es la fuente de la Verdad en cuanto a que en la ciencia divina está el origen de la verdad ontológica y gnoseológica sino que, dado que su Ser coincide con su Esencia, en la que toda su Vida y perfecciones se identifica con su esencia, y, dado que su Vida misma es el dinamismo eterno en el que se conoce a sí mismo y se ama, Dios es "ipsa summa et prima veritas" (S. Th. I,q. 16, a. 5 c), él es la Verdad.  

Desde luego que en el ascenso metafísico-analógico, la Prima Veritas, queda siempre bajo el velo del misterio, dado que aunque se afirma positivamente la Verdad, en la causa incausada, se divide inmediatamente del modo de ser “verdad” en el ente finito (fase negativa), y se afirma de modo eminente. Por eso Tomás dice que Dios es la summa Veritasy con “summa” ha querido decir que él es la Verdad eminente, más allá de toda experiencia posible del ente finito, pues aunque haya una cierta semejanza es mayor la des-semejanza, así que la actitud final de quien ha llegado a contemplar la “Prima Veritas” es el silencio de adoración.

La Verdad Ontológica
Habiendo llegado por la vía de la ἀνάβασις a la Prima Veritas, entendemos que las cosas son lo que son, en cuanto a que han sido objeto de la donación gratuita del ser por parte de Dios que las ha creado según un modo de ser específico [λόγος ὄντος] que Dios conoce en sí mismo, [λόγος θεοῦ], en cuanto a que conoce su Omnipotencia. 

Dicho de otro modo, los entes son según una “esencia” determinada, y tal esencia es conocida por Dios en su ciencia divina a la que le añade su intención libre de crear, es decir, a la que le otorga el ser. Luego, la inteligibilidad misma de los entes [λόγος ὄντος] tiene su causa en el conocimiento que Dios tiene de sí mismo [λόγος θεοῦ] y de ellos en sí mismo, en cuanto a que decide crearlos y dotarlos de una estabilidad ontológica. Así, la verdad ontológica no es otra cosa que la adecuación del ente con la idea ejemplar, con el Verbo Divino, quien como Razón Creadora la origina y la produce haciéndose, en términos históricos, el primer artista.

La Verdad Gnoseológica
La verdad sucede en el encuentro del entendimiento con la realidad. Pero no siempre sucede. La relación entre el entendimiento con el ser no siempre es transparente, sino que, a veces, es problemática y no logra darse con naturalidad. En ocasiones el entendimiento no es capaz de juzgar adecuadamente la realidad que se le presenta y juzga erróneamente. Pero en ocasiones sucede la verdad. Y sucede, específicamente en el entendimiento cuando juzga adecuadamente sobre la realidad, conforme al λόγος ὄντος o bien cuando es medida por el ser adecuadamente.

El juicio es el entendimiento que compone y divide. En este proceso el juicio puede separar lo que está unido y unir lo que está separado, afirmando algo inadecuado sobre la estructura del ser. De ahí que el criterio veritativo es siempre la misma realidad y esto se puede expresar con la definición clásica: " veritas est adaequatio intellectus et rei". Esta relación armónica entre la inteligibilidad del ser como verdad ontológica y la inteligencia de la persona humana hace posible al hombre conocer adecuadamente la realidad, y como convicción cierta, está a la base tanto de la búsqueda personal y comunitaria de la verdad como del diálogo que hace posible también poner en común la verdad alcanzada y recibir de otros su propia relación con la verdad.

La Verdad revelada
La "Prima Veritas" es también el primer principio del diálogo, primero en cuanto a creador. En el acto creador, como expresa San Justino de Roma, el Padre Eterno quien se conoce a sí mismo en su Verbo, ha pronunciado externamente su Palabra creando por Amor, constituyendo así el universo en el ser. Así desde el seno trinitario, el λόγος ἐνδιάθετος se ha pronunciado, fuera de sí como λόγος προφορικός, como palabra constitutiva del cosmos. De este modo, mientras el Padre Eterno ha creado todas las cosas en su Hijo por Amor, ha creado al hombre a imagen de su Hijo, dándole parte en este mismo λόγος, dejando en él la semilla del Verbo, λόγος σπερματικός, como principio trinitario del λόγος ἀνθρώπου.

Queriendo Dios llevar esa semilla a plenitud se ha hecho carne, λόγος ἔνσαρκος, se ha hecho hombre, llegando a ser en cuanto hombre “Palabra Definitiva” -escatológica- que recapitula todas las cosas, reconciliándolas consigo por la sangre de la cruz -soteriológica-. Así, la perspectiva teológica de la Historia nos mueve a entender toda la realidad como un diálogo entre Dios y la criatura. De modo que cuando el hombre conoce el cosmos no hace sino escuchar a Dios, cuando le sucede la verdad no hace sino recibir de Dios la palabra constitutiva de la verdad en sus distintos niveles, hasta llegar a la plenitud: la escucha de la revelación y la aceptación de la plenitud de la Verdad en Jesucristo.

Así, nos situamos frente al principio ineludible de la escucha. En el diálogo, lo primero es siempre la escucha. Pero, la escucha tiene, según lo que hemos dicho un orden constitutivo que tiene siempre a la verdad como criterio central, y a la “Prima Veritas” como principio y fin. De modo que, de la misma manera que el conocimiento del cosmos entendido como escucha de la verdad ontológica, tiene a la misma estructura formal del λόγος κόσμου como criterio veritativo en cuanto a su adecuación, el diálogo intersubjetivo tiene al mismo λόγος ἀνθρώπου en su relación con el λόγος κόσμου y finalmente con la “Prima Veritas” el criterio veritativo último.

Siguiendo estos razonamientos, entendemos que el error y teológicamente el mismo pecado puede entenderse como falta de escucha a la Verdad, o bien como escucha a una verdad parcial desvinculada de la Prima Veritas que dota de unidad y sentido a todas las verdades parciales. Por ello en el diálogo, aunque lo primero es la escucha ésta ha de ser una escucha de la realidad total, de la Verdad total, de las verdades parciales en armonía con la Prima Veritas. Sólo así las verdades parciales adquieren su sentido auténtico de verdad y se muestran como auténticas verdades en su sentido pleno. 

Pero mientras que la consideración metafísica de la Prima Veritas, es un dato al que la razón accede por la vía ascendente -ἀνάβασις- y desde ella puede ordenar jerárquicamente su comprensión veritativa global, la consideración de la realidad total desde la revelación no es accesible a la razón por sí misma, sino que le ha sido otorgada a la humanidad como un don gratuito de la bondad de Dios. Asi, la revelación inaugura un orden nuevo, el orden de la gracia, que alcanza los esfuerzos de la ardua vía ascendente -ἀνάβασις- en el encuentro con Dios quien se ha puesto en vía descendente -συνκατάβασις- para encontrarse con el hombre y mostrarle el misterio escondido de la Verdad Plena, que en el discurso analógico era apenas señalado. Así, quien ha recibido el don de la revelación con fe, sabe que ha recibido una mirada nueva de todas las cosas, que ha de proponer a los demás hombres en el diálogo, para hacerlos partícipes de la misma verdad que lo ha alcanzado a él.

En todos estos sentidos, ya sea por la vía ascendente o aceptando la revelación como don de condescendencia, según la consideración global que hemos propuesto, la verdad siempre precede al hombre. No es que el hombre genere la verdad, no es que el hombre la posea en sentido estricto. La Verdad, por el contrario, si que ha generado al hombre y lo precede causalmente, tanto en el orden del ser como en el orden estricto del conocimiento. Por eso si existe una relación auténtica entre la verdad y la persona humana en ella la Verdad es primero, y, por tanto, la persona humana, le pertenece. No es el hombre dueño de la verdad, sino que, al contrario, la Verdad precede a la persona humana, la ordena hacia sí. El hombre delante de ella se encuentra poseído, interpelado y llamado a la transformación.

El Diálogo

La sede del diálogo: el encuentro personal
El dialogo se da en el encuentro personal. El encuentro personal es la sede del diálogo en donde se encuentran las personas que se comunican por su palabra. El primer diálogo se da en el encuentro de la persona consigo misma, en donde por su pensamiento la inteligencia se expresa inmanentemente a través de un Verbo interior. Este diálogo está a la base del diálogo intersubjetivo, en donde la palabra exterior, el λόγος pronunciado  y trascendente expresa la racionalidad propia y comunica la relación que se tiene con el ser.

Así el diálogo intersubjetivo es el encuentro entre dos o más λόγοι mediante el cual se dirigen los sujetos que se encuentran, a través de la misma comunicación, hacia la verdad. Cada uno, en este sentido, es la causa principal de la verdad que reside en su propia inteligencia fruto del encuentro con el ser en su propio pensar desde el verbo interior, al mismo tiempo que se vuelve cooperación real (causa instrumental) para procurar que en el otro suceda la verdad, a través del verbo exterior. Así, mientras que el encuentro dialógico se establece en el ámbito de la comunión del λόγος con toda su riqueza afectiva y volitiva, su vínculo de unión u objeto común es la verdad, la verdad misma sobre el ser.

La condición básica para el diálogo intersubetivo es el λόγος ἐνδιάθετος, no sólo como racionalidad en sí, ni tampoco únicamente como posibilidad de conocer la verdad en el encuentro con el ser según el λόγος ὄντος, sino específicamente en su dinamismo vital que lo hace, desde el diálogo interior, salir de sí como λόγος προφορικός desplegando la capacidad comunicativa inherente a la razón, en su posibilidad y destino de hacerse palabra pronunciada, discurso exterior. Y esto implica necesariamente una condición a la que ya hemos aludido en el aspecto global de la consideración sobre la verdad y que ahora vale la pena abordar en su aspecto dinámico del diálogo intersubjetivo: la escucha.

Es en el encuentro fecundo entre palabra pronunciada y palabra escuchada en donde sucede la verdad, en la comunión fruto del encuentro es en donde se adquieren las luces más relevantes para la vida. Y esto, no sólo porque el λόγος ἐνδιάθετος camina lenta y arduamente hacia la comprensión del ser, sino también, porque de hecho nunca lo hace sólo, siempre lo hace en un universo cultural y significativo desde el que recibe de la misma tradición de la comunidad un λόγος, un discurso sobre la vida, sobre el mundo, sobre el sentido de las cosas, etc.

Ciertamente la verdad sucede propiamente desde el encuentro con el ser en el λόγος ἐνδιάθετος, en el momento que hemos llamado diálogo interior, pero aún en este caso, dado que el encuentro con el ser media la asimilación de la verdad, no debemos olvidar que el encuentro personal es el encuentro más perfecto con el ser al que podemos aspirar, [“Persona significat id quod est perfectissimum in tota natura”] desde el que podemos ser movidos al conocimiento verdadero, en el que debemos comprender la totalidad de la experiencia humana y en el que finalmente podemos verificar las verdades conocidas en el diálogo sobre el dato de la realidad. El diálogo se constituye, así, en las condiciones adecuadas, como un valioso crisol de los juicios sobre el mundo para su consolidación veritativa. Siguiendo este discurso se puede comprender el diálogo como un lugar propio en el ámbito gnoseológico, en donde, por influjo de la luz que el λόγος προφορικός del prójimo aporta al λόγος ἐνδιάθετος y viceversa, se amplia la mirada sobre la realidad y se peregrina comunitariamente hacia la verdad.

En síntesis, la finalidad del diálogo es la búsqueda común de la verdad. Ahora veamos algunas consecuencias más. Esta verdad se busca por sí misma, dado que el hombre es un ser teórico. Pero también se busca en cuanto a que desde ella se ha de dirigir la vida presente, es decir, en cuanto a que es un ser práctico que actúa y que decide. De este modo, la verdad que se busca, se comparte, se propone y profundiza en el diálogo no ha de perfeccionar únicamente a la inteligencia sino que ha de perfeccionar a la persona, a toda la persona, ha de transformarse en cultura, o, mejor dicho, ha de ser el principio de la obra humana en sentido general que constituye la cultura. Así, la verdad es un proyecto a realizarse desde la libertad humana y también desde la acción de la comunidad, proyecto que tiene su raíz última en el λόγος θεοῦ, en la Razón Creadora, que ha hecho al hombre y lo ha constituido participe de su propio λόγος al disponerlo para la verdad en su inteligencia y ordenarlo al bien a realizarse por su libertad.

Así la obra de la cultura se ha de entender como la realización del λόγος divino en el orden humano, obra que tiene en Cristo, λόγος ἔνσαρκος su máxima realización, dado que en él no sólo ha entrado el destello de la luz eterna que significa toda razón humana, sino que en él ha entrado la luz divina, substancialmente, la Verdad Plena, la Prima Veritas en la historia humana. No es casual que encontremos este lenguaje en la teología de la realeza de Cristo de Benedicto XVI: El mundo es «verdadero» en la medida en que refleja a Dios, el sentido de la creación, la Razón eterna de la cual ha surgido. Y se hace tanto más verdadero cuanto más se acerca a Dios. El hombre se hace verdadero, se convierte en sí mismo, si llega a ser conforme a Dios. Entonces alcanza su verdadera naturaleza. Dios es la realidad que da el ser y el sentido.


El desafío dialógico
Una vez establecidos los principios filosófico-teológicos que nos urgen al diálogo, es necesario también considerar algunos aspectos de su constitución concreta en el orden práctico. En primer lugar podemos hablar de la existencia de obstáculos subjetivos para el diálogo. Estos pueden ser: indisposición para la escucha; disminución de la capacidad de comunicación; prejuicios irracionales de orden moral o afectivo; influencia de la ideología; pertenencia a sociedades cerradas; la herida del pecado. En primer lugar se han de considerar como impedimentos que pueden estar obstaculizando nuestra propia búsqueda de la verdad, en segundo lugar, se han de considerar como obstáculos que pueden estar afectando a nuestros interlocutores. Así, la disposición para el diálogo ha de iniciar en el examen crítico de nuestra propia conciencia y ha de tener en cuenta, también, que muchas veces el diálogo se ve imposibilitado no por los contenidos racionales del mismo diálogo sino por la libertad humana.

Dinamismo del diálogo: gradualidad
No basta con considerar las dificultades que en el orden subjetivo se imponen al diálogo, es necesario tener en cuenta que el diálogo es, del mismo modo que la búsqueda de la verdad una actividad eminentemente ardua. Siendo su objeto último la promoción de la verdad plena en las conciencias y de su necesaria realización práctica en todos los aspectos de la vida humana en el orden de la cultura es una tarea cuyo objeto tiene una extensión sobre-abundante. 

Esta extensión ha de tenerse presente al emprender el diálogo, como tratándose del fin último de todo encuentro dialógico, como el horizonte de su realización. Sin embargo, ha de tenerse presente, también, que el encuentro con la verdad en las condiciones presentes está medido por el tiempo y se realiza en él de modo que subjetivamente se efectúa con gradualidad en el camino de la vida. Considerar la gradualidad es sumamente importante, especialmente, cuando se intenta ofrecer la verdad contemplada. Es necesario saber que subjetivamente tanto las indisposiciones personales como la limitación misma de la capacidad humana en su misma constitución actual hace necesario que la comunicación de la verdad se de en grados o niveles, de acuerdo a las condiciones y disposiciones de nuestro interlocutor o interlocutores, del mismo modo que la misma gradualidad aparece como nota esencial de nuestro propio dialogo interior que busca la verdad.

Esta gradualidad, como condición intrínseca de la aventura de la verdad se puede expresar, integrando la vía ascendente con la vía descendente del siguiente modo: La visión cristiana del hombre tiene un contenido teológico que ha sido conocido por el hombre a través de la divina revelación y del asentimiento de la fe. Este nivel sobrenatural de la Verdad exige un compromiso bautismal en el anuncio, que invita a los cristianos a proponer a todos los hombres el mensaje divino de la salvación. Sin embargo, dado que la fe implica un acto de la voluntad aunque deba ser procurado por los cristianos no puede forzar la libertad de asentimiento de los sujetos que reciben el anuncio. De modo que el mensaje evangélico ha de ser propuesto en la dinámica interacción de los agentes de la cultura y a todos los hombres con toda su fuerza. Pero, este no es el único nivel en el que los cristianos se pueden comprometer con la edificación de la cultura. Dado que la verdad revelada y la verdad natural tienen una unidad, es posible proponer en el ámbito público las verdades humanas que la razón por sí misma puede descubrir y que se imponen por la fuerza misma de los argumentos, por la validez de las demostraciones y por la evidencia que proporcionan. 

Dinamismo del diálogo: condescendentia
En este sentido es necesario invocar un principio más tanto en el orden teórico como para la iluminación práctica, siguiendo, como lo hemos hecho, el máximo modelo dialógico que tenemos: la revelación. Hemos presentado a la revelación misma como un diálogo y hemos hecho ya alguna anotación sobre ella como palabra descendente que alcanza la palabra ascendente. Los Padres de la Iglesia, sabiamente se preguntaron sobre las posibilidades de este encuentro dialógico en los siguientes términos: ¿Cómo es posible que Dios infinitamente trascendente, Sabiduría Eterna, pueda comunicarse con el hombre quien es una criatura sumamente limitada que conoce con tanta parcialidad? 

La respuesta ya prevista no deja de ser sorprendente. Dios fue condescendiente con el hombre. El término griego que hemos utilizado anteriormente "συνκατάβασις" hace alusión, al igual que el latino, al descendimiento. Dios descendió desde su sabiduría infinita, para hablar lenguaje humano. Y pronunció palabra divina en lenguaje humano. Así, el Espíritu Santo habló por los profetas en términos que nosotros pudiéramos comprender.

Llegada la plenitud de los tiempos la condescendencia divina llevó al Padre a enviar a su Hijo, el λόγος eterno, la Palabra eterna que habría de comunicarnos la Verdad Plena. Y el λόγος se hizo carne por obra del Espíritu Santo, comunicándonos el misterio profundo de Dios, redimiendo nuestra naturaleza herida por el pecado y haciéndonos participes de la vida divina.

Esta συνκατάβασις llevó al Hijo eterno del Padre a tomar la condición de hombre, más aún, de último y de servidor de todos, rebajándose hasta someterse incluso a la muerte y una muerte de cruz. Y este hecho no deja de realizarse. Quien quiera buscar la verdad, quien quiera comprometerse en la διακονία de la verdad, ha de descender desde la Verdad que recibe de lo alto como don hasta la realidad concreta de sus hermanos, haciéndola cada vez más accesible, gradualmente y con firmeza, sabiendo que su mismo servicio hacia la verdad, por amor al hombre y para la cultura auténtica estará siempre marcada con el signo del crucificado.  

Y aquí aparece un elemento más que ha de sellar las reflexiones precedentes: Tanto la búsqueda de la verdad ascendente, como su descenso gratuito están precedidos del amor que busca llevar al hombre a su plenitud. En el primer caso como amor ascendente -ἔρος- y en el segundo caso como amor descendente y desinteresado ἀγαπῇ. El binomio amor y verdad, aparece en el corazón del diálogo como inseparable. Así, la dinámica descendente - συνκατάβασις- del ἀγαπῇ muestra “el diálogo” en su sentido más pleno y perfecto, de modo que el diálogo intersubjetivo en el encuentro personal aparece teniendo su más auténtico λόγος en el amor honesto y desinteresado, y sólo desde él puede proyectar tanto su auténtica fuerza como su principio legítimo. 

El diálogo precedido por el egoísmo, los deseos de dominación o de instrumentalización, traiciona los principios mismos del diálogo que se fundan integralmente desde el amor honesto en la verdad: "Caritas in Veritate". Pero, también, en la dinámica descendente - συνκατάβασις- del ἀγαπῇ aparece como elemento constitutivo la esencial entrega personal, implicada necesariamente en el diálogo auténtico y motivada por el amor puro que aparece marcado con el signo elocuente del sufrimiento y del sacrificio.

Estamos llamados a ver en el signo del crucificado, quien siendo la Prima Veritas es también la Verdad Escatológica, la palabra definitiva sobre la verdad y sobre el diálogo, la palabra definitiva sobre lo que significa estar al servicio de la verdad ejerciendo aquella función profética en el anuncio de las verdades, en la denuncia de los errores y en el consuelo que la misma verdad ofrece a la humanidad. Así, el diálogo que promueve la verdad por amor, asumido desde la vocación cristiana, se constituye como un martirio [μαρτυρία].  

El diálogo en el sentido pleno al que hemos intentado comprender se da finalmente en el encuentro personal, como un acto específico de entregar al otro, a los otros y a la cultura misma y por amor desinteresado un testimonio auténtico de la verdad, verdad que se ha recibido de la Palabra de Otro, en el seno de un diálogo precedente, en la apertura y en la escucha a los demás desde la verdad contemplada. ¿Y qué significa dar testimonio de la verdad? Le cedo la palabra al Eminentísimo Doctor de nuestro tiempo:

Dar testimonio de la verdad» significa dar valor a Dios y su voluntad frente a los intereses del mundo y sus poderes. Dios es la medida del ser. En este sentido, la verdad es el verdadero «Rey» que da a todas las cosas su luz y su grandeza. Podemos decir también que dar testimonio de la verdad significa hacer legible la creación y accesible su verdad a partir de Dios, de la Razón creadora, para que dicha verdad pueda ser la medida y el criterio de orientación en el mundo del hombre; y que se haga presente también a los grandes y poderosos el poder de la verdad, el derecho común, el derecho de la verdad.



«Redención», en el pleno sentido de la palabra, sólo puede consistir en que la verdad sea reconocible. Y llega a ser reconocible si Dios es reconocible. Él se da a conocer en Jesucristo. En Cristo, ha entrado en el mundo y, con ello, ha plantado el criterio de la verdad en medio de la historia. Externamente, la verdad resulta impotente en el mundo, del mismo modo que Cristo está sin poder según los criterios del mundo: no tiene legiones. Es crucificado. Pero precisamente así, en la falta total de poder, Él es poderoso, y sólo así la verdad se convierte siempre de nuevo en poder. En el diálogo entre Jesús y Pilato se trata de la realeza de Jesús y, por tanto, del reinado, del «reino» de Dios. Precisamente en este coloquio se ve claramente que no hay ruptura alguna entre el mensaje de Jesús en Galilea —el Reino de Dios— y sus discursos en Jerusalén. El centro del mensaje hasta la cruz —hasta la inscripción en la cruz— es el Reino de Dios, la nueva realeza que Jesús representa. La raíz de esto, sin embargo, es la verdad. La realeza anunciada por Jesús en las parábolas y, finalmente, de manera completamente abierta ante el juez terreno, es precisamente el reinado de la verdad. Lo que importa es el establecimiento de este reinado como verdadera liberación del hombre. (Benedicto XVI)