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sábado, 14 de febrero de 2015

48. [Homilía] Soy un leproso errante

Cristo cura al leproso, Rupnik, Santuario de San Pío de Pietrelcina, San Giovanni Rotondo

Queridos amigos: este domingo la Palabra de Dios nos lleva de la mano para conducirnos a contemplar a Jesús y agradecer la obra que ha realizado en favor de la humanidad, en favor tuyo y en favor mío. Él mismo nos quiere explicar lo que quiere hacer con notros en esta Eucaristía y cada día de nuestra vida.

En primer lugar, hemos escuchado en el libro del Levítico (Lev 12, 1-2.44-46), una serie de instrucciones que Dios dirige a Moisés en relación a los leprosos: cuando en alguna persona se vean los signos de la lepra, los síntomas, ella será declarada impura por los sacerdotes; se le impondrá una forma de vestir, propia de los penitentes, y se le excluirá de la comunidad, condenándole a vivir en soledad, aislado de los demás.

En nuestros días este modo de proceder nos puede parecer extraño e incluso inhumano. Pero tratemos de entender lo que nos dice. Por un lado, si consideramos que se trata de una enfermedad sumamente contagiosa, el sentido de la ley era preservar de la enfermedad a la comunidad, evitar el contagio, contener su poder destructivo. Pero, por otro lado, esta enfermedad, como el resto de las experiencias en el pueblo de Dios, se interpretaba desde una vivencia profunda de Fe en el Dios de la alianza, que actuaba en favor de su pueblo y que lo cuidaba.

De este modo, la enfermedad, señalaba algo más: la impureza. Hoy podemos decir que la lepra, señalaba la impureza quizá no de este hombre en particular, sino del hombre, de la humanidad, la herida de su pecado. Y no sólo señalaba la fuerza destructiva del pecado en una persona, sino también en una comunidad, y por ello, se mandaba la exclusión, la expulsión de la ciudad. Señalaba el aislamiento que el pecado genera, la clausura a la comunión y la penitencia necesaria. En este sentido, podemos decir que el leproso es un profeta, porque nos anuncia la lepra que todos llevamos en el corazón.

Jesús conocía muy bien la ley, porque él era su autor, y conoce al hombre como se conoce a sí mismo, con profundidad y extensión. Él sabe perfectamente la altura de la vocación del hombre y  el fundamento firme de su dignidad, pero, también sabe la capacidad destructiva que el pecado tiene para corromper, lesionar, lastimar al hombre, frustrar su vocación y someterlo a una vida indigna hasta lo impensable.

Hoy, mis hermanos, contemplemos al Hijo de Dios que se hizo hombre para poder ser alcanzado por todos nosotros quienes llevamos lepra y peores cosas en el alma (Mt 1, 40-45). Él se deja encontrar por nosotros, para eso ha venido, para sanar, purificar, recrear nuestros corazones. El primer paso Él lo ha dado, descendiendo a nosotros, ahora es necesario que impulsados por la fe en su poder para liberarnos, nosotros demos el siguiente paso: el arrepentimiento. El leproso soy yo, eres tú, somos todos, es mi pueblo, es tu pueblo.

Aprendamos de nuestro hermano en la lepra: él nos muestra con sus gestos la actitud del corazón que necesitamos. El leproso es nuestro maestro, nos da ejemplo: nos enseña a elevar la mirada, a dejar de mirar nuestra enfermedad, dejar de contemplar nuestras carencias, nuestras derrotas, nuestras miserias, necesitamos mirarlo a Él, gritarle a Él, acercarnos a Él, al Cristo, al Señor, y postrarnos en su presencia, adorarlo, reconocer su poder, confesar su autoridad, su amor, su misericordia, suplicarle de rodillas que sane nuestro corazón, nuestra alma, que nos haga capaces de amar y de servir con libertad, con totalidad. El corazón, mis hermanos, en el corazón está la lepra, esa dureza que nos excluye, que no aísla, nos esclaviza y no nos deja amar a Dios nuestro Padre como verdaderos Hijos, ni nos deja amar a nuestros hermanos como Jesús nos amó, hasta el extremo, hasta la entrega definitiva. 

Jesús, mis amigos, es la compasión, la misericordia de Dios que nos alcanza, que quiere con amor profundo a cada hombre y a todos los hombres y que sana a cuantos se acerquen a Él para restablecerlos y llevarlos a vivir con pleno derecho a la casa de su Padre.  Hoy, mis hermanos, Jesús se acerca a nosotros en esta liturgia. Abramos el corazón y digamos con humildad: Yo soy el leproso. Mi pueblo tiene lepra. Adorémoslo, y supliquémosle. No tengamos miedo en confesar nuestra lepra. Es precisamente porque soy leproso que puedo ser profeta: profeta del perdón, de la misericordia, del poder de Dios. Es siendo leproso que puedo ser dichoso y decir a Jesús: tú perdonaste mi culpa y mi pecado (Sal 31), me has sepultado el delito  y me llenas el corazón de gozo, ahora puedo seguir tu ejemplo, y buscar no mi propio bien sino el de la mayoría, para que se salven, (1 Cor 10, 31-11,1) porque tu me has salvado.

+ En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

VI DOMINGO TIEMPO ORDINARIO, CICLO B, 15 DE FEBRERO DE 2015