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miércoles, 30 de marzo de 2016

56. [Oración] Magnificat de la humillación


¡Proclama mi alma la grandeza del Señor Jesús, el Santo de Dios, grandeza excelsa y gloria infinita que se manifestó en su descendimiento de las alturas! 

Condescendiendo no quiso pasar entre nosotros con la fuerza de su magnificencia sino que, al contrario, su paso fue manso y humilde tomando nuestra débil condición y pasando por uno de tantos.

La Sabiduría misma se hizo aprender, educándose a obedecer en su carne sufriente y en su corazón flagelado. 

La fuente de Salud y de toda Plenitud se hizo herir hasta ser traspasado cinco veces y ser tenido por nada.

El Rey del Universo se hizo esclavo, haciéndose el último, el ministro de todos, hasta ofrecer su propia vida en servicio de sus siervos.

El impasible se hizo pasible y padeció inmensamente en su cuerpo, en su alma y en su corazón. La misma fuerza de su impasibilidad ahora se manifiesta en su excelsa pasibilidad y en la gloria de su santa pasión.

El inmortal se hizo mortal y sufrió verdaderamente la muerte:  padeciendo una larga agonía y entregando su Espíritu, quedó su cuerpo sin vida en un descanso de soberano silencio. ¡En verdad se rebajó hasta someterse incluso a la muerte!

El impecable se hizo pecado: siendo inocente recibió todo el daño de las culpas en su carne, en su alma y en su corazón. Siendo inmaculado fue contado entre los malhechores y quiso recibir también sus penas.

¡Bendice alma mía al Señor Jesús, en todo momento y proclame su grandeza por los siglos! A Él, al Hijo de Dios, en todo igual al Padre, desde siempre y por siempre lleno de gloria y majestad, infinito en perfección y en bondad, quien sin dejar de ser él mismo Dios, llegó a ser lo que no era...

Se hizo frágil, tan frágil como una persona gestante en el vientre de mujer. Y con todo era la Fuerza de Dios que sostiene todo cuanto existe.

Se hizo pequeño, tan pequeño como quien requiere todo de otros, requiriéndolo todo de la santa familia en sus años de infancia. Y con todo era el Sustento de la humanidad y el autor de la familia.

Se hizo hambriento, tan hambriento como quien ha pasado cuarenta días sin alimento. Y con todo Él mismo era el único alimento perdurable.

Se hizo sediento, tan sediento como quien ha derramado toda su sangre y extenuado grita su sed.  Y con todo Él mismo era la fuente de la vida.

Se hizo indigente, tan indigente como quien no tiene donde reclinar la cabeza. Y con todo era el dueño de todas las tierras y de todos los cielos.

Se hizo desnudo, tan desnudo como quien es despojado de su intimidad. Avergonzado ante la mirada de muchos le fueron quitados todos los velos quedando revestido únicamente con su oprobio. Y con todo era el autor de toda belleza y de todo ornamento, era el misterio velado por los siglos.

Se hizo un sepultado. Y su cuerpo descansó entre las rocas y el polvo. Y con todo él mismo era quien había modelado el cuerpo del hombre del barro.

¡Bendice alma mía en todo momento al Señor Jesús, porque el Poderoso, el Padre de los siglos, hizo obras grandes por Él y le concedió realizar prodigios y portentos, signos maravillosos con brazo fuerte y mano extendida en la humildad de su abajamiento! 

Sometido en todo al Padre, siendo que él mismo tenía todo el poder, no quiso realizar más que las obras que Él le concedió realizar, rechazando toda tentacion y teniendo por alimento su paternal voluntad. 

¡Bendito sea el Padre que lo ha enviado a realizar la obra grandísima de la humildad heroíca. Verdaderamente ha hecho proezas con su brazo a través de su siervo Jesús, el Hijo unigénito!

Humillándose fue constituido Mesías y Salvador por aquél que ungió su humanidad con el oleo de júbilo del Espíritu Santo.

¡Bendito sea el santo Espíritu suave brisa celestial que eleva y enaltece con su fuerza a los humildes!

¡Bendito sea el Cristo que glorificó al Padre en la obediencia de su servicio, sometiéndose a su amorosa voluntad hasta la agonía de la sangre!

Él, la Palabra del Padre Omnipotente, pronunciada y encarnada en nuestra historia,  santificando su nombre perpetuamente y bendiciendo su bondad, abrió nuestros labios impuros para poder nosotros también bendecir, magnificar y santificar diciendo: 

¡Su nombre es santo! 
¡Santificado sea su nombre por siempre! 
¡Santo, Santo, Santo es el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo por los siglos!

¡Proclame mi alma la grandeza del Señor Jesús y adore mi corazón su divina misericordia,  que ha abierto admirablemente la fuente de la gracia de generación en generación! 

En él se ha dispersado toda soberbia y los poderosos quedan humillados sin remedio. En Él la misericordia del amor divino ha alcanzado todo tiempo y todo espacio con la fuerza de la humildad. 

¡Fue su misericordia, bendita por los siglos, lo que lo llevó a condescender, a descender, a abajarse hasta la nada para levantarnos y llevarnos a la plenitud liberandonos de la esclavitud del pecado! 

¡Fue su misericordia, el amor invencible e inaudito de Dios, lo que lo llevó a humillarse hasta el extremo! 

¡Fue su amor a la humanidad la que lo llevó a hacerse hombre y como hombre a ser el mediador de los bienes de la salvación, siendo a la vez Sacerdote y Víctima que se ofrece a sí misma, entregando su cuerpo, derramando su sangre y consagrando su obediencia!

¡Fue su amor al Padre en la fuerza del Santo Espíritu lo que lo llevó a anonadarse: andando en tal amor, anduvo en tales humildades, que el amor en la verdad hace humilde y  la humildad en verdad enaltece el amor!

¡Por eso el Padre lo exaltó y lo levantó sobre el universo entero, glorificándolo como Hijo muy amado, coronándolo como Rey del Universo y  príncipe de todas las naciones! 

Fueron escuchadas sus fuertes súplicas, llantos y clamores reverentes y le fue otorgada la victoria del amor y la humildad siéndole sometidos para siempre el pecado, el demonio y la muerte.

Y le fue concedido el nombre sobre todo nombre: 
¡Dios salva!

Y mi espíritu se llena de júbilo en Dios mi salvador.


domingo, 5 de mayo de 2013

25. [S.Th.] La cristología de I y II de Juan



En las primera y segunda epístolas de Juan
se presenta un desarrollo cristológico íntegro que bien puede separarse en dos apartados: cristología ontológica (quién es Jesús); cristología soteriológica (qué ha hecho por nosotros). 


Las confesiones de fe

En primer lugar encontramos una variedad de confesiones de fe cristológicas que se contraponen a la mentira de quien niega la confesión de fe. La negación de la fe corresponde en un primer momento en negar que Jesús es el Cristo: ¿Quién es el mentiroso sino el que niega que Jesús es el Cristo? (I Jn 2,22 a). En un segundo momento se niega también el carácter de Hijo de Jesús lo que corresponde negar también a Dios como Padre: Ese es el Anticristo, el que niega al Padre y al Hijo (I Jn 2,22 b).


En este sentido el anticristo “ὁ ἀντίχριστος” será quien niegue que Jesús es el Cristo y el Hijo de Dios, negando así también al Padre. En contraposición aparece la confesión de fe, de quien sigue no el espíritu del anticristo, sino el espíritu de Dios “τὸ πνεῦμα τοῦ θεοῦ”: Podréis conocer en esto el espíritu de Dios: todo espíritu que confiesa a Jesucristo, venido en carne, es de Dios (I Jn 4, 2)

Así queda una oposición clara y distinguida entre los que son de Dios por confesar a Jesús como el Cristo “ὃ ὁμολογεῖ Ἰησοῦν Χριστὸν ἐν σαρκὶ ἐληλυθότα ἐκ τοῦ θεοῦ ἐστιν” y aquellos que son del Anticristo por negar o que Jesús es el Cristo, o que es el Hijo, o que ha venido en la carne “ἐν σαρκὶ ἐληλυθότα”. Esto mismo lo encontraremos más adelante cuando se haga un énfasis especial no sólo en la carne sino en también la sangre “ἐν τῷ αἵματι “ del Hijo de Dios: Este es el que vino por el agua y por la sangre: Jesucristo; no solamente en el agua, sino en el agua y en la sangre. (I Jn 5, 6)

De modo que ha aparecido un elemento más: no sólo encontramos una fe en Jesús como el Cristo y el Hijo de Dios, es decir, en su divinidad y mesianismo, sino también un reconocimiento explícito de su humanidad “
ἐν σαρκὶ ἐληλυθότα” y de su auténtica muerte y derramamiento de sangre. Así será del anticristo tanto aquel que niegue la divinidad de Jesús o su mesianismo, como aquel que niegue la verdad de su humanidad, de su carne y de su sacrificio propiciatorio.

Esta referencia explícita a la carne hace pensar en la presencia temprana del docetismo en las comunidades cristianas las cuales al afirmar eminentemente la divinidad de Jesús, podían verse tentadas a olvidar que Jesús, aún siendo el Hijo de Dios, había venido en la carne “Ἰησοῦν Χριστὸν ἐρχόμενον ἐν σαρκί” y derramó realmente su sangre: Muchos seductores han salido al mundo, que no confiesan que Jesucristo ha venido en carne. Ese es el Seductor y el Anticristo (II Jn 7).

Pero en clara oposición a esta pertenencia anticristiana, será de Dios y Dios permanecerá en él “ὁ θεὸς ἐν αὐτῷ μένει" todo aquel que confiese “ὃς ἐὰν ὁμολογήσῃ” que Jesús es el Hijo de Dios “ ὁ υἱὸς τοῦ θεοῦ” (I Jn 4, 15), el Cristo, quien ha venido en carne y sangre. Aquel que cree “ ὁ πιστεύων” en Jesús como Hijo de Dios, no sólo será de Cristo, sino que tendrá una existencia nueva en Dios, habrá nacido de él “ἐκ τοῦ θεοῦ γεγέννηται” para una vida nueva: Todo el que cree que Jesús es el Cristo ha nacido de Dios (I Jn 5, 1).

Creyendo en él, el cristiano puede vencer al mundo, permanecer en la fe y resistir a las persecuciones (
I Jn 5, 5). Sólo en la fe cristológica el cristiano será vencedor del mundo: “ ὁ νικῶν τὸν κόσμον”. ¿Qué significa vencer al mundo? Significa vencer con Cristo al pecado y a la muerte, ser salvados por él.

Carácter salvífico de la muerte de Jesús
En las primeras dos epístolas de Juan la fe en Cristo es eficaz, tiene una fuerza salvadora, que concede una victoria sobre el mundo y hace al cristiano nacer de Dios, para una vida nueva en el Espíritu, en comunidad “κοινωνίαν ἔχομεν μετ’ ἀλλήλων”. Esta nueva vida, significa en primer lugar vivir en la luz, “ἐν τῷ φωτί “ y ser purificado del pecado, es decir, poder vivir reconciliados con Dios y según su bondad y su justicia: Pero si caminamos en la luz, como él mismo está en la luz, estamos en comunión unos con otros, y la sangre de su Hijo Jesús nos purifica de todo pecado (I Jn 1, 7).

Veamos que el autor, no presenta el ministerio de Jesús, únicamente como una iluminación de carácter espiritual, sino como un ministerio reconciliador en la carne y en la sangre, (I Jn 5, 6. 8) pues ha sido la sangre el instrumento eficaz de la purificación que se realiza con el signo del agua: τὸ αἷμα Ἰησοῦ τοῦ υἱοῦ αὐτοῦ καθαρίζει ἡμᾶς ἀπὸ πάσης ἁμαρτίας. Esto mismo lo presenta utilizando el lenguaje sacrificial propio del templo, pero ahora, dotado de un alcance universal, católico, que alcanza a todo el mundo “ καὶ περὶ ὅλου τοῦ κόσμου”: El es víctima de propiciación por nuestros pecados, no sólo por los nuestros, sino también por los del mundo entero (I Jn 2, 2).

El perdón de los pecados es un acontecimiento nuevo y único que significa una gran noticia, un auténtico evangelio, por cuanto significa la reconciliación con Dios (I Jn 2, 22), pero también por cuanto significa el fin del dominio del diablo sobre los hombres: Quien comete el pecado es del Diablo, pues el Diablo peca desde el principio. El Hijo de Dios se manifestó para deshacer las obras del Diablo (I Jn 3, 8). Así, el Cristo realiza un ministerio auténtico de liberación y de destrucción del mal, del malo, y de las obras del mal: εἰς τοῦτο ἐφανερώθη ὁ υἱὸς τοῦ θεοῦ, ἵνα λύσῃ τὰ ἔργα τοῦ διαβόλου.

Pero, la única forma de vencer al mal, a las fuerzas del mal, y, por lo consiguiente al diablo, es amando. El amor es la victoria de Cristo sobre el diablo y sobre el mal. Por amor Dios nos ha reconciliado y purificado: En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados (I Jn 4,10).

Una vez que hemos sido amados hasta el extremo por él, siendo reconciliados por su sangre, entonces, el mismo amor que nos renueva se hace también la victoria de los cristianos sobre el mundo:
En esto hemos conocido lo que es amor: en que él dio su vida por nosotros. También nosotros debemos dar la vida por los hermanos (I Jn 3, 16).

El cristiano vence al mundo, amando hasta el extremo como su maestro, dando la vida por los hermanos; así alcanza participación en la salud, se hace luz del mundo, y ofrece también un ministerio martirial para con los demás:
Y este es su mandamiento: que creamos en el nombre de su Hijo, Jesucristo, y que nos amemos unos a otros tal como nos lo mandó (I Jn 3, 23).

Ambas perspectivas cristológicas, la ontológica y la soteriológica están intrínsecamente unidas, creer en el Hijo de Dios significa aceptar la redención, la purificación de los pecados y ser renovados por el amor para la victoria del amor:
Os he escrito estas cosas a los que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que os deis cuenta de que tenéis vida eterna (I Jn 5, 13).


Epilogo

Sobre el icono de la cruz eslava: La misteriosa fuerza del amor manifestada en el sacrificio redentor de la cruz, nace en nosotros con la confesión de Fe. La confesión de fe que presenta al Hijo de Dios crucificado y glorificado, derramando su sangre por amor, dilata el corazón para el amor extremo. 

Si el mismo Señor de la Gloria ha tenido que subir por el peldaño inclinado de la disciplina y de la obediencia que exige el amor para entrar en la gloria y vencer, con cuanta mayor razón, los cristianos en la escuela del amor que es la cruz, debemos subir por el peldaño inclinado de la obediencia y de la disciplina ofreciendo un sacrificio no sólo luminoso en el espíritu sino también sacramental en la carne y en la sangre de nuestras propias circunstancias. 

De él aprendemos a amar, lo que es el amor, y de él recibimos la gracia para amar como él nos ha amado: el don del Espíritu Santo. Él nos enseña a ofrecer el sacrificio amoroso de nuestras vidas, comunicantes al suyo por el que se consagra el nuestro, para vencer también las tinieblas de nuestro tiempo que nos sofocan y nos oprimen.


Con él como Hijos verdaderos, nos dirigimos confiadamente, orando los unos por los otros, y por nosotros mismos, en el consuelo de las oraciones de la Madre de Dios, diciendo: + Pater Noster...

domingo, 16 de diciembre de 2012

19. [S.Th.] Iconografía: El icono de la Natividad

 

Los iconos
San Juan Damasceno escribió que lo que es la palabra para el oído lo es el icono para la vista. Es verdad que Cristo es revelación del Padre como Palabra Eterna, que expresa en sí mismo todo el misterio divino, pero también es verdad que Cristo es imagen visible de Dios invisible (Col 2, 15). De modo que el Hijo Eterno del Padre ha venido a ser para nosotros revelación divina en plenitud, no sólo Palabra Eterna sino también Palabra Encarnada, λόγος ἔνσαρκος, e Imagen del Padre,  εἰκὼν τοῦ θεοῦ τοῦ ἀοράτου. Así, en Jesucristo no sólo hemos escuchado a Dios, sino que en su misma carne y humanidad le hemos visto. Hemos visto el rostro de Dios, en el Hijo hecho carne. Y hemos visto, también, su ministerio salvífico, del mismo modo que hemos escuchado su enseñanza redentora.

La Iglesia conserva en su memoria no sólo las palabras de Cristo, sino también cada uno de los hechos salvíficos que ha tenido la dicha de presenciar. De todo lo que ha visto y oído de Dios en la plenitud de los tiempos da un testimonio veraz. La Tradición de la Iglesia se ha sentido responsable de conservar la memoria del rostro y de la manifestación de Dios en sus palabras y en todos sus acontecimientos en el sentido más profundo de la fe y de la revelación que comunican. Por ello los iconos en cuanto a imagen tienen una profunda relación con la sagrada escritura y con la sagrada tradición, al mismo tiempo que no representan los acontecimientos “tal cual sucedieronen un sentido histórico, e incluso lógico temporal, sino que muestran los acontecimientos en el sentido más profundo de la fe. Por eso es que podemos decir que el icono es Teología en Imagen.

El iconógrafo escribe el icono, no lo pinta, porque está consciente de que consagra en imagen la Palabra viva de Dios, del mismo modo que el Verbo al encarnarse se hizo visible. Además reconoce que así como el Hijo se encarnó por obra del Espíritu Santo, del mismo modo, él escribe el Rostro de Cristo por obra del Espíritu Santo, siendo el mismo Espíritu Santo el iconógrafo divino. Así cuando el fiel se acerca al icono se acerca a un espacio sagrado de revelación, de encuentro con Dios, de contemplación orante y de culto Divino, en la veneración del mismo icono - δουλίᾳ - que eleva el espíritu a la adoración de la Trinidad, λατρεία.



La contemplación del misterio en el icono
El icono, es un espacio de encuentro con Dios, con su Palabra visible y con los acontecimientos históricos de la salvación. De modo que es, también, una ocasión privilegiada no sólo para promover la actitud orante de los fieles sino también para explicar las verdades de la fe con el auxilio de la estructura simbólica de la imagen.

Es un medio altamente privilegiado para la catequesis y la meditación ya que sigue la estructura cognoscitiva humana, que va de la imagen sensible al conocimiento intelectual, apoyada por la palabra explicativa que vincula lo que se ve, el icono, con lo que no se ve tan claramente, la Palabra de Dios Escrita, y la Tradición.



Los iconos de la Natividad
 En medio de la tradición iconográfica cristiana, sobre todo en oriente, tienen una particular relevancia los iconos de la Natividad, no sólo por representar un momento específico de la vida de Cristo, su nacimiento, sino porque intentan comunicar el sentido profundo de la fe en la encarnación del Hijo de Dios.

Desde el punto de vista de la Palabra de Dios que acompaña al icono, para los iconos de la encarnación se cuenta con los relatos del nacimiento presentes en los evangelios sinópticos, el prólogo del evangelio de Juan y junto con él todos los testimonios de la pre-existencia de el Verbo que en el NT dan solidez a la fe de la encarnación y de modo particular los evangelios de la infancia, en los textos de Lucas y de Mateo. Sin olvidar con ello todo el material profético y vetero-testamentario que ilumina el acontecimiento de la Natividad y que de modo particular aparece en la liturgia romana del adviento.

Los evangelios de la infancia son sumamente importantes en los iconos de la natividad puesto que, en ellos, al no seguir una lógica cronológica, se intenta presentar el acontecimiento del nacimiento del Hijo de Dios y de su manifestación epifánica progresiva y creciente hasta llegar al gran momento teofánico que en Oriente se ha identificado con el Bautismo. Así, es común encontrar en los iconos de la natividad toda una serie de acontecimientos que van desde los momentos previos al nacimiento hasta la huida a Egipto (que no aparece en el de Rublev pero en otros iconos si), cerrando con ello el ciclo de la infancia de Jesús en la tensión hacia la espera de la epifanía del Bautismo y con ello del inicio de su ministerio en la vida pública.

 
El icono de la Natividad de Rublev
El icono que presentamos para su contemplación es un icono que tradicionalmente ha sido atribuido a Rublev. No es muy significativo para nuestro estudio el problema crítico de autenticidad sino el icono mismo y lo que contiene dado que representa un icono tradicional de la Natividad, y la mayoría de los iconos de la Natividad contienen los mismos o semejantes elementos a los que podemos encontrar en este.

El encuentro con el icono debe de hacerse en actitud orante. No se está frente al icono como el crítico de arte, sino como el hombre de fe que busca el encuentro con Dios, la iluminación de su fe y el ensanchamiento de su corazón. Así que después de invocar a Dios lo primero que se debe hacer es contemplar el icono en si mismo, poner atención en todos sus elementos, sus planos, sus dimensiones, sus colores, etc. Dejar que el icono empiece a hablar al corazón. Después hay que poner atención en cada una de sus partes y preguntarse cuál es el sentido de la fe que comunica cada una de ellas. Leer un icono, contemplarlo y orar frente a él no es un acto individualista, es un acto eclesial, del mismo modo que lo es escuchar la Palabra. No es posible interpretar el icono al margen de la tradición que le dio origen y de la tradición interpretativa que le acompaña y que muchas veces se transmite oralmente entre los fieles. Así que todas las interrogantes que surgen al contemplar el icono deben encontrar su respuesta en la misma fe interpretativa que le ha dado origen creativo según los sagrados cánones de la iconografía. Una vez contemplados los detalles se puede suscitar la interrogación y continuar a las explicaciones que provienen de la Tradición y de la Palabra sabiendo que los iconos por ser realidades sagradas llenas de la vida del Espíritu trascienden cualquier explicación y son siempre fuente de nuevas contemplaciones e iluminaciones. Así pues, procedemos a la explicación de algunos de sus detalles.

 
El monte

Mientras que en la economía de la revelación de la Antigua Alianza el monte y especialmente su cumbre era el lugar privilegiado en donde Dios manifestaría su bondad, su fuerza, su poder, incluso de un modo temible, como en el caso del Sinaí con Moisés, ahora en la nueva Economía aparece el mismo monte como el lugar de la manifestación de Dios. Rublev hace explícito este detalle de exégesis canónica al poner en la cumbre del monte la fuente de la luz divina que baja hasta el lugar en donde está Jesucristo. Y aquí está la principal novedad. Dios ya no está en la cumbre. Dios ha descendido y una estrella baja del cielo para indicar que el lugar de Dios ya no es el cielo sino la tierra. Dios ha puesto su morada entre nosotros.  

Pero no es el único detalle respecto al monte. Veamos que hay dos montes que se distinguen claramente pero se unen en la base. Este detalle tampoco es fortuito es la forma en la que el iconógrafo representa la unión sagrada entre lo divino y lo humano en la base de la persona de Cristo. El iconógrafo distingue las dos naturalezas de Cristo al mismo tiempo que las une en la persona del pequeño que aparece al centro del icono. De este modo la montaña misma es Cristo, el lugar, el espacio sagrado en donde el hombre se acerca a Dios y en donde Dios se acerca al hombre. Cristo es el monte, la roca, que tiene dos cumbres, una humana y otra divina y que se encuentran unidas ambas en la misma realidad de su persona. Se distinguen sin confundirse pero no se separarán jamás.




Los ángeles
Dado que Dios mismo ha descendido del cielo en la persona del Hijo, los ángeles han descendido también. Encontramos dos planos diferentes en los que se desenvuelve la presencia de los ángeles. El primer plano es alrededor del niño. Ahí están adorando a Dios. La gloria de Dios ya no se encuentra sólo en las alturas de su trascendencia divina, sino que ha descendido a la tierra en la humildad de un niño trayendo la paz a a los hombres. Ahí los ángeles continúan su adoración a Dios, pero ahora dirigen su mirada al mundo creado en donde Dios se ha hecho hombre, ha entrado en el tiempo y al espacio. 

El segundo grupo de los ángeles no se encuentra alrededor de Dios adorándolo sino que se encuentra alrededor de Dios cumpliendo la misión de anunciar a los hombres el gran acontecimiento. Así encontramos por un lado algunos ángeles dando la noticia a los pastores según el texto de la escritura, y por otro lado dando la noticia y guiando a los sabios de oriente.


La cueva
Todo el dinamismo de la imagen gira en torno de la centralidad de cristo en la cueva. Por un lado este hecho hace alusión al evangelio de Lucas en donde dice que no tenían sitio ni albergue (Lc 2, 7) pero, por otro lado, tiene también un significado más profundo. La cueva es oscura. Es totalmente negra y tal oscuridad significa la oscuridad del mundo. Este color y este juego simbólico aparece también en el icono de Pentecostés. Dios desciende hasta nosotros de lo alto del cielo y desciende como luz en medio de las tinieblas en las que se encuentra el mundo.


El niño
Todo el icono gira en torno al niño Jesús. El autor del icono ha logrado establecer las relaciones de todos los elementos con el niño de modo que aunque algunos de ellos sean mayores en tamaño o incluso en gloria visible como los ángeles o la Virgen María, no se confunda el que contempla el icono y aparezca todo elemento subordinado a Jesucristo. Lo primero que salta a la vista es que el niño no aparece envuelto en pañales sino envuelto en sudarios y mortajas. Su envoltura es una envoltura funeraria. Con esto el iconógrafo quiere mostrar que el mismo acontecimiento de la encarnación significa en si mismo que Dios ha hecho suyo todo lo humano. Que Dios ha nacido en humanidad significa que Dios ha de morir en la persona del Verbo encarnado. Pero no sólo como dato antropológico sino como acontecimiento salvífico. Es precisamente el Verbo de Dios hecho carne el que a través de su muerte se hará la luz de las naciones y atraerá a todos hacia si. En algunos iconos se observa al niño en el pesebre, lugar en donde comen los animales, dato que proviene de Lc, 2,16 pero en este icono y en algunos otros la figura dista mucho de la representación del pesebre sino que evoca a la tumba, al santo sepulcro que verá no sólo el cuerpo sin vida del Hijo de Dios sino la misma resurrección. De este modo el iconógrafo vincula la Natividad con la muerte y la resurrección de Cristo y de este modo deja manifiesto que el Verbo eterno del Padre se ha encarnado para morir y resucitar y de este modo ser luz y salvación para todos los hombres. El icono también tiene un sentido eucarístico. En la divina liturgia de San Juan Crisóstomo el rito inicia en un lugar especialmente designado para la preparación del sacrificio, y este lugar se halla usualmente bajo el icono de la Natividad. De este modo la liturgia reconoce que la Natividad es el origen del culto cristiano, la preparación del sacrificio, pero también reconoce que cada liturgia es de modo auténtico la misma Natividad, en donde el Hijo de Dios desciende para ofrecerse como sacrificio y darse como alimento para la vida del mundo. Es significativo no sólo el nombre de la ciudad de Belén que significa “casa de pan” y el hecho de que descanse en un “comedero” sino que de modo más profundo es su sacrificio lo que lo hace alimento como lo quiso expresar Nuestro Señor en las palabras de institución: Tomad y comed todos de Él, porque ESTO ES MI CUERPO, que será entregado por vosotros + Tomar y beber todos de Él porque ESTE ES EL CÁLIZ DE MI SANGRE, sangre de la alianza nueva y eterna que será derramada por vosotros y por muchos para el perdón de los pecados +.



Las parteras
En algunos de los iconos de la Natividad aparece en el costado derecho inferior un par de mujeres que lavan unos paños. En otros iconos de la Natividad aparece en este mismo espacio la huida a Egipto. ¿Por qué se han puesto a las parteras en el icono? Era costumbre que algunas mujeres ayudaran a la mujer al dar a luz y después limpiaran al niño además de encargarse del cordón umbilical. ¿Por qué hacer explícito este detalle, qué no aparece en los textos y que parece una mera suposición? La intención es nuevamente teológica. El autor del icono quiere dejar manifiesto que Jesucristo siendo Dios es verdadero hombre y no es hombre en apariencia, por eso la importancia de que aparezcan las parturientas limpiándolo y encargándose de la unión carnal que tenía con María en el cordón umbilical.

 

La Theotokos
En este icono tienen un lugar eminente la Virgen Madre de Dios aunque secundario respecto a Nuestro Divino Salvador. Los distintos iconos varían en las posturas de María según las actitudes que deseen mostrar en él. En algunos aparece María de rodillas frente al niño. En otros sentada en contemplación del niño con mucha cercanía y de este modo estableciendo lo que sería un primer icono del tipo eleusa es decir de la ternura. Pero en todos ellos aparece un dato común. María no está incomoda en la cueva sino que aparece recostada o sentada sobre un manto de color rojo. El rojo en la iconografía significa la divinidad. Por ello la Theotokos siempre aparece revestida de rojo, divinizada por la gracia. De este modo el iconógrafo aunque deja claro que ha nacido un verdadero niño que también es Dios, este nacimiento no ha sido un nacimiento ordinario. Ella tiene como Theotokos un auxilio especial en el parto, un auxilio que le da una disposición de comodidad. Esto sin embargo contrasta, en este icono, con el hecho de que María aparece acostada, como fatigada y de espaldas al niño. Mucho se ha escrito sobre este dato del icono de Rublev, algunos dicen que está de espaldas porque el misterio del Hijo de Dios hecho hombre es tan deslumbrante que ella prefiere no mirarlo directamente, algunos evocan simplemente a su cansancio. Así que en estos detalles aparece la paradoja del parto y de la Natividad de Jesús: María aparece Virgen y coronada de tres estrellas que significan su virginidad perpetua, al mismo tiempo el icono evoca un parto real, con un auxilio divino misterioso que preserva la virginidad en el alumbramiento pero que al mismo tiempo parece dejarla exhausta como una Madre que ha descansado después de una larga espera y de un largo viaje.

 

La noche de José y la luz del astro
En el costado inferior izquierdo usualmente aparece San José. Normalmente aparece envuelto en oscuridad, meditativo y en actitud de oración. Aparece en muchos casos con un ermitaño que le habla al oído. En estos signos se representa la duda de José. San José frente a la noticia de la espera de María se queda perplejo tal como es narrado en Mt 1,19-25. Las dudas que experimenta San José frente al acontecimiento inaudito de la anunciación y de la concepción virginal de María, son dudas que San José lleva en la soledad de su corazón, de ahí que la interpretación más común del ermitaño evocan el espíritu orante de San José y a la noche de su corazón. Pero aquí nuevamente el iconógrafo va más allá y muestra en José, varón justo, la realidad de todo el pueblo de Israel frente a Jesús. Todo el pueblo está en noche, en dudas que ha de ir resolviendo en la oración y en la escucha atenta de la Palabra. Mientras aparece José representando al pueblo de Israel en su noche, aparecen también los magos de oriente que en la noche son guiados por la luz del misterioso astro que los acerca a Cristo. Así, toda la humanidad aparece representada alrededor de Cristo, los paganos en los magos de oriente, Israel en San José, y los pobres de espíritu en los pastores. Aquí aparecen el cielo y la tierra unidos alrededor del Verbo Encarnado que se prepara para salvar a la humanidad y que es por primera vez visible en la humildad y en la sencillez de un niño pequeño que busca los brazos de María.