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miércoles, 30 de marzo de 2016

56. [Oración] Magnificat de la humillación


¡Proclama mi alma la grandeza del Señor Jesús, el Santo de Dios, grandeza excelsa y gloria infinita que se manifestó en su descendimiento de las alturas! 

Condescendiendo no quiso pasar entre nosotros con la fuerza de su magnificencia sino que, al contrario, su paso fue manso y humilde tomando nuestra débil condición y pasando por uno de tantos.

La Sabiduría misma se hizo aprender, educándose a obedecer en su carne sufriente y en su corazón flagelado. 

La fuente de Salud y de toda Plenitud se hizo herir hasta ser traspasado cinco veces y ser tenido por nada.

El Rey del Universo se hizo esclavo, haciéndose el último, el ministro de todos, hasta ofrecer su propia vida en servicio de sus siervos.

El impasible se hizo pasible y padeció inmensamente en su cuerpo, en su alma y en su corazón. La misma fuerza de su impasibilidad ahora se manifiesta en su excelsa pasibilidad y en la gloria de su santa pasión.

El inmortal se hizo mortal y sufrió verdaderamente la muerte:  padeciendo una larga agonía y entregando su Espíritu, quedó su cuerpo sin vida en un descanso de soberano silencio. ¡En verdad se rebajó hasta someterse incluso a la muerte!

El impecable se hizo pecado: siendo inocente recibió todo el daño de las culpas en su carne, en su alma y en su corazón. Siendo inmaculado fue contado entre los malhechores y quiso recibir también sus penas.

¡Bendice alma mía al Señor Jesús, en todo momento y proclame su grandeza por los siglos! A Él, al Hijo de Dios, en todo igual al Padre, desde siempre y por siempre lleno de gloria y majestad, infinito en perfección y en bondad, quien sin dejar de ser él mismo Dios, llegó a ser lo que no era...

Se hizo frágil, tan frágil como una persona gestante en el vientre de mujer. Y con todo era la Fuerza de Dios que sostiene todo cuanto existe.

Se hizo pequeño, tan pequeño como quien requiere todo de otros, requiriéndolo todo de la santa familia en sus años de infancia. Y con todo era el Sustento de la humanidad y el autor de la familia.

Se hizo hambriento, tan hambriento como quien ha pasado cuarenta días sin alimento. Y con todo Él mismo era el único alimento perdurable.

Se hizo sediento, tan sediento como quien ha derramado toda su sangre y extenuado grita su sed.  Y con todo Él mismo era la fuente de la vida.

Se hizo indigente, tan indigente como quien no tiene donde reclinar la cabeza. Y con todo era el dueño de todas las tierras y de todos los cielos.

Se hizo desnudo, tan desnudo como quien es despojado de su intimidad. Avergonzado ante la mirada de muchos le fueron quitados todos los velos quedando revestido únicamente con su oprobio. Y con todo era el autor de toda belleza y de todo ornamento, era el misterio velado por los siglos.

Se hizo un sepultado. Y su cuerpo descansó entre las rocas y el polvo. Y con todo él mismo era quien había modelado el cuerpo del hombre del barro.

¡Bendice alma mía en todo momento al Señor Jesús, porque el Poderoso, el Padre de los siglos, hizo obras grandes por Él y le concedió realizar prodigios y portentos, signos maravillosos con brazo fuerte y mano extendida en la humildad de su abajamiento! 

Sometido en todo al Padre, siendo que él mismo tenía todo el poder, no quiso realizar más que las obras que Él le concedió realizar, rechazando toda tentacion y teniendo por alimento su paternal voluntad. 

¡Bendito sea el Padre que lo ha enviado a realizar la obra grandísima de la humildad heroíca. Verdaderamente ha hecho proezas con su brazo a través de su siervo Jesús, el Hijo unigénito!

Humillándose fue constituido Mesías y Salvador por aquél que ungió su humanidad con el oleo de júbilo del Espíritu Santo.

¡Bendito sea el santo Espíritu suave brisa celestial que eleva y enaltece con su fuerza a los humildes!

¡Bendito sea el Cristo que glorificó al Padre en la obediencia de su servicio, sometiéndose a su amorosa voluntad hasta la agonía de la sangre!

Él, la Palabra del Padre Omnipotente, pronunciada y encarnada en nuestra historia,  santificando su nombre perpetuamente y bendiciendo su bondad, abrió nuestros labios impuros para poder nosotros también bendecir, magnificar y santificar diciendo: 

¡Su nombre es santo! 
¡Santificado sea su nombre por siempre! 
¡Santo, Santo, Santo es el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo por los siglos!

¡Proclame mi alma la grandeza del Señor Jesús y adore mi corazón su divina misericordia,  que ha abierto admirablemente la fuente de la gracia de generación en generación! 

En él se ha dispersado toda soberbia y los poderosos quedan humillados sin remedio. En Él la misericordia del amor divino ha alcanzado todo tiempo y todo espacio con la fuerza de la humildad. 

¡Fue su misericordia, bendita por los siglos, lo que lo llevó a condescender, a descender, a abajarse hasta la nada para levantarnos y llevarnos a la plenitud liberandonos de la esclavitud del pecado! 

¡Fue su misericordia, el amor invencible e inaudito de Dios, lo que lo llevó a humillarse hasta el extremo! 

¡Fue su amor a la humanidad la que lo llevó a hacerse hombre y como hombre a ser el mediador de los bienes de la salvación, siendo a la vez Sacerdote y Víctima que se ofrece a sí misma, entregando su cuerpo, derramando su sangre y consagrando su obediencia!

¡Fue su amor al Padre en la fuerza del Santo Espíritu lo que lo llevó a anonadarse: andando en tal amor, anduvo en tales humildades, que el amor en la verdad hace humilde y  la humildad en verdad enaltece el amor!

¡Por eso el Padre lo exaltó y lo levantó sobre el universo entero, glorificándolo como Hijo muy amado, coronándolo como Rey del Universo y  príncipe de todas las naciones! 

Fueron escuchadas sus fuertes súplicas, llantos y clamores reverentes y le fue otorgada la victoria del amor y la humildad siéndole sometidos para siempre el pecado, el demonio y la muerte.

Y le fue concedido el nombre sobre todo nombre: 
¡Dios salva!

Y mi espíritu se llena de júbilo en Dios mi salvador.


jueves, 8 de marzo de 2012

6. [Ph.] Las tentaciones del filósofo: ὕβρις - (III)



ὕβρις (húbris) es una palabra griega que puede ser traducida al español por orgullo, o bien por soberbia. También podríamos referir su significado con los referentes petulancia o arrogancia. La mayor parte de las veces se vincula a un aspecto de la vida moral que hace difícil la convivencia haciendo que alguno auto-comprendiéndose en superioridad frente al otro, se clausure a la comunicación y finalmente a la comunión.  

En este sentido estaría siendo una grave dificultad para la sociabilidad, sin mencionar el perjuicio personal que implica, pero ¿de qué modo estaría afectando intrínsecamente la tarea del filósofo? Para ello recurrimos a algunos elementos teóricos que nos permitan entender a qué podríamos estarnos dirigiendo cuando señalamos que la ὕβρις es un peligro para la tarea filosófica. 

Aproximación Negativa
Primero en su sentido negativo, en relación a sus contrarios: la humildad y la magnanimidad. Ambos aparecen en la dinámica antropológica como virtudes que contrastan con la ὕβρις. Atendamos al siguiente texto de Tomás:

(1) Como ya expusimos antes (1-2 q.23 a.2), al hablar de las pasiones, el bien arduo tiene algo que atrae el apetito, a saber, la misma razón de bien, y tiene algo que retrae, que es la misma dificultad de conseguirlo. Del primero se deriva el movimiento de esperanza y del segundo el de desesperación. Por otro lado, ya dijimos (1-2 q.61 a.2) que los movimientos del apetito que se comportan como impulsos exigen una virtud que los modere y los frene, mientras que aquellos que indican un retraimiento necesitan una virtud moral que los reafirme y empuje. Por eso es necesaria una doble virtud sobre el apetito del bien arduo. Una de ellas ha de atemperar y refrenar el ánimo, para que no aspire desmedidamente a las cosas excelsas, lo cual pertenece a la humildad, y la otra ha de fortalecer el ánimo contra la desesperación y empujarlo a desear las cosas grandes conforme a la recta razón, y es lo que hace la magnanimidad. II-II q. 161 a.1

La verdad atrae y retrae: esperanza y desesperanza
Invocando este texto, quisiéramos mencionar que la tarea del filósofo, que es la búsqueda de la verdad, siendo un bien arduo en sentido eminente, es una tarea que afecta a la persona de una doble manera: por un lado lo atrae, y por otro lado  lo retrae según sus dificultades. La atracción de la verdad genera subjetivamente una esperanza de llegar a poseerla. La retracción de la verdad en cuanto a sus dificultades genera en el sujeto el movimiento de desesperanza, en la conciencia de su imposibilidad, que de no moderarse culmina en la actitud escéptica. (véase escepticismo)

La doble virtud: magnanimidad y humildad
Para ordenar el impulso según la razón, es necesario generar dos hábitos que a modo de potencias perfectivas puedan darle justa medida en relación al bien del hombre en su sentido absoluto, simpliciter. Por un lado la atracción que ejerce el bien, y en este caso la verdad en cuanto bien, es tan fuerte que puede crear una relación desproporcionada entre las capacidades reales junto con sus posibilidades eficaces y las aspiraciones. La humildad por tanto, modera el movimiento de atracción en la conciencia de las posibilidades reales de acceder al bien atrayente y por lo tanto sustenta las aspiraciones justas. En la tarea del filósofo la humildad tempera su apetito de verdad, dándole a sus aspiraciones una justa medida según su naturaleza. En este sentido lo obliga a reconocer sus limitaciones o más bien a conocer en conciencia de sus limitaciones. La humildad, por lo tanto, es crítica, en sentido fuerte, con el añadido de no ser sólo crítica global y geométrica, sino de ser subjetiva por sí y en sí. Pero la crítica es juicio, es realismo, no es anulación, es moderación. Es también conciencia de la legitimidad de sus aspiraciones temperadas por el ser propio y su conciencia adecuada  y de las posibilidades reales de acceder a ellas. De modo que la humildad no puede realizarse en un espíritu pusilánime. La humildad pide como correlato la magnanimidad. La humildad es de almas grandes y magnánimas, que fortalecidas  contra la desesperación son empujadas hacia cosas grandes, deacuerdo a su natura, medida por la recta razón. 

Aproximación positiva
Segundo, en sentido positivo podemos recurrir a la definiciones de Tomás y de Isidoro de Sevilla, junto con su breve explicación para terminar el ciclo comprensivo y contrastarlo con otras actitudes:

(2) La soberbia recibe este nombre del hecho de que alguien, por su voluntad, aspira a algo que está sobre sus posibilidades. Por eso dice San Isidoro en sus Etymolog.: Se la llama soberbia porque quiere aparentar más de lo que es, y a quien desea sobrepasar lo que es, soberbio. Y es propio de la recta razón el que la voluntad de cada cual busque lo que le es proporcionado. Por eso es claro que la soberbia lleva consigo algo que se opone a la recta razón ... II-II q. 162 a.1

Acto de la voluntad e idolátrico
Según esta definición se trataría de un acto humano, voluntario y desmedido en relación a la recta razón, por el que alguien aspiraría a algún bien por encima de sus posibilidades. Pero como tal aspiración sería irreal conduciría a la apariencia en la proyección de un εἴδωλον que representaría a un falso ego. De ningún modo se trata de un concepto abstracto o de una realidad eidetica desvinculada de la experiencia que fundaría su propia estabilidad esencial, sino que es, ante todo, referencia al concretum y profundización sobre su modo de ser en cuanto aparece con esta cualidad.

La actitud socrática
La actitud socrática que se expresa en la frase "yo sólo se que no se nada"  más allá de ser una sentencia lógica sugiere una actitud filosófica que bien podría enunciarse así: tengo conciencia de que mis ignorancias son infinitas. Y en un espíritu magnánimo y realista podría resonar así: tengo conciencia de que mis ignorancias son infinitas, mis aspiraciones son altísimas, mis posibilidades limitadas, mi búsqueda sensata y mis hallazgos por pobres que sean son auténticos.

La actitud nietzchiana 
Bien es sabido que la actitud socrática fue por Nietzche despreciada. Él postuló que la medida del hombre no podía ser otra que su voluntad. Una voluntad de poder  que le permitiera fundarse más allá de cualquier determinación metafísica a la que tuviera que someterse su inteligencia. Esta voluntad sería la única realidad fundante que podría ensalzar la vida con sus exigencias

El hombre socrático estaría siempre sometido, a otro, que ejercería sobre él un poder tiránico. El absoluto, con sus ídolos, el bien y la verdad, lo sujetarían y lo esclavizarían siempre, a menos que tuviera la audacia de acabar con ellos y de optar por el error, la falsedad, la apariencia: toda vida se basa en la apariencia, en el arte, en e engaño, en la óptica, en la necesidad de lo perspectivístico y del error. (Nietzche, El Nacimiento de la tragedia, pag. 6)

Y así, Nietzche fue antisocrático porque fue irracionalista, y fue irracionalista por que fue voluntarista, o bien instintivista y en esto fue muy hábil. Porque ciertamente no hay forma de preservar el λόγος sin referirlo a la verdad, y la verdad en cuanto encontrada, dada, o bien aparecida es siempre un hecho determinante e inalterable por la voluntad. De modo que aceptando lo que niega, se sigue lo que afirma. Pero esta actitud radica en que Nietzche desea algo superior a sus posibilidades, y la única forma de cumplirlo es sacrificando el λόγος.  

Nietzche desea una voluntad absoluta, autónoma, de amo, y el amo no es medido por nada. Salvó la vida y sacrificó el λόγος y no reparó (o quizá si y fue esta su elección) en que la vida sin λόγος no era la del Señor absoluto, el Übermensch, sino la del siervo, ya no de los ídolos absolutos, el bien y la verdad, sino de la vida instintiva. Renunciando a lo apolineo se entregó a lo dionisiaco, porque así lo quiso y para sepultar al λόγος quiso sepultar a Dios: Hemos eliminado el mundo verdadero: ¿qué mundo ha quedado? ¿el aparente...? ¡no!, al eliminar el mundo verdadero hemos eliminado también el aparente... comienza Zaratustra. (Nietzche, El ocaso de los ídolos, pag. 16)

El ser la referencia del λόγος: el ἀγαθός la referencia del νόμος
La humildad permite asumir el hecho de que el ser es dado, y de que su conocimiento cuando es verificado se somete al ser,  no lo construye. No es autoreferencial, porque acepta que aunque el referente está en su conciencia lo referido es transubjetivo, está en la realidad. No es tampoco autónoma, porque reconoce que su regla esta en lo que le conviene conforme al λόγος y lo que le conviene conforme al λόγος es el ἀγαθός, lo bueno, que se hace νόμος -ley, norma- de su acción. Tampoco es autofundante pues ni construye su propia existencia ni su conciencia, aunque se descubre en ella y en ella el mundo. No impone sus condiciones arbitrarias sino que modera su voluntad, sus apetitos, conforme a la razón que descubre la estabilidad del ser a través del λόγος. Es magnánima porque es crítica. Es magnánima porque no se limita a la apariencia sino que se atreve a buscar la esencia y ni siquiera se detiene en el discurso sino que busca llegar al νοῦς, contemplación, intuición.

Lo que Prometeo  no sabía es que no necesitaba robar el fuego. Dios le había dado el fuego cuando lo creó. Y llegado el momento preciso, haciéndose el siervo de todos, le mostró que nunca fue siervo sino que era hijo, coheredero.
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1. [...bonum arduum habet aliquid unde attrahit appetitum, scilicet ipsam rationem boni, et habet aliquid retrahens, scilicet ipsam difficultatem adipiscendi, secundum quorum primum insurgit motus spei, et secundum aliud motus desperationis. Dictum est autem supra quod circa motus appetitivos qui se habent per modum impulsionis, oportet esse virtutem moralem moderantem et refrenantem, circa illos autem qui se habent per modum retractionis, oportet esse virtutem moralem firmantem et impellentem. Et ideo circa appetitum boni ardui necessaria est duplex virtus. Una quidem quae temperet et refrenet animum, ne immoderate tendat in excelsa, et hoc pertinet ad virtutem humilitatis. Alia vero quae firmat animum contra desperationem, et impellit ipsum ad prosecutionem magnorum secundum rationem rectam, et haec est magnanimitas.] IIª-IIae, q. 161 a. 1 co. 

2. [...superbia nominatur ex hoc quod aliquis per voluntatem tendit supra id quod est, unde dicit Isidorus, in libro Etymol., superbus dictus est quia super vult videri quam est, qui enim vult supergredi quod est, superbus est. Habet autem hoc ratio recta, ut voluntas uniuscuiusque feratur in id quod est proportionatum sibi. Et ideo manifestum est quod superbia importat aliquid quod adversatur rationi rectae. Hoc autem facit rationem peccati, quia secundum Dionysium, IV cap. de Div. Nom., malum animae est praeter rationem esse. Unde manifestum est quod superbia est peccatum.] IIª-IIae, q. 162 a. 1 co.