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lunes, 10 de noviembre de 2014

40. [Ph.] [Educación] La búsqueda de la verdad en la cultura posmoderna: entre la necedad y la sabiduría


San Gregorio (Moral. l. 2, c. 26): el don de sabiduría se da contra la necedad.

Agradezco a las autoridades del ISES, por la amable invitación que me han hecho para motivar algunas reflexiones que puedan acompañar el actuar de la comunidad académica durante el año que ahora comienza.

Quiero iniciar mi reflexión señalando algunas características de los tiempos que tenemos que afrontar en relación al ser y al quehacer de una Institución de Educación Superior que desea comprometerse con los fines propios de la educación católica y de las Universidades.

En primer lugar, debemos señalar el consenso cada vez más generalizado en diversos ámbitos al señalar el fenómeno de la crisis educativa. Con el término “emergencia educativa” se ha querido señalar la urgencia y la gravedad de la crisis, por las necesarias repercusiones culturales que ha provocado y provocará. Es, sin embargo, significativo que nuestra época, alguna vez definida como “época del conocimiento” presente una emergencia de esta magnitud. Más aún, parece paradójico el hecho constatable del aumento generalizado tanto de las mismas fuentes del conocimiento, como de su accesibilidad, como de los métodos y de las técnicas que lo facilitan, pueda convivir con la emergencia educativa señalada.

Esta primera constatación no debe pasar desapercibida. Lo primero que nos indica es que la emergencia educativa no es una crisis de los medios de la educación sino una crisis de los fines de la educación. Lo segundo que nos indica es que se trata de una crisis relacionada con la capacidad que como sociedad tenemos para pensar precisamente los fines. Podemos decir que un punto de partida de la reflexión sería señalar el hecho de que la educación se ha quedado sin fines propios y se ha subordinado a otras pretensiones que no son propiamente educativas. Dicho de otro modo, una nota esencial de la educación en nuestro tiempo es la de su ser instrumental.

Pero esta nota, que parece ser accidental a la emergencia educativa es en realidad su causa más profunda. La educación es una abstracción de una realidad que pertenece al ámbito del obrar humano, de su acción. Pero el obrar humano se especifica en cada caso, precisamente por su objeto, por su dirección, por su fin. De modo que perdiendo la educación sus fines propios no pierde algo accidental. No se trata de una pérdida accesoria o circunstancial, como los constantes cambios a los modelos educativos de los que hemos sido testigos en los últimos años, que a gran velocidad intentan cambiar todo el proceso de enseñanza y antes de lograrlo son sustituidos por otros. Aquí nos referimos a una pérdida mucho más trascendente, a la pérdida del λόγος de la educación, de su especificidad, de su sentido y de su esencia. No es posible educar ni hablar de educación si no se tiene una idea precisa del fin de la educación, y difícilmente se tendrá una idea precisa del fin de la educación, sino se tiene una idea precisa del fin del hombre, de su naturaleza y de su esencia.

En relación al carácter instrumental de la educación que se ha constituido en el modelo educativo dominante de la cultura actual, debemos señalar que es el efecto de un fenómeno más amplio. La educación es instrumental precisamente porque la razón de nuestro tiempo es instrumental. La razón moderna clausuró la capacidad discursiva que pretendía alcanzar los fines mismos de la vida del hombre y de la sociedad como comunidad humana como interrogantes dotados de viabilidad intelectual. Esta razón que estrechó la capacidad del hombre de juzgar el mundo y a sí mismo a lo próximo e inmediato, excluyó “a priori”, al excluir el discurso metafísico y moral objetivo, los fines mismos de la educación.

La crisis, entonces, inicia de algún modo en una disminución de la capacidad del hombre para juzgar al mundo y a sí mismo. Podemos decir con mucha simplicidad que la razón cambió de objeto, pasó de tener por objeto el “ser” a tener por objeto el “hacer”, la “técnica”, el “método”  para dominar al mundo, a la naturaleza y al hombre mismo. La razón como “dominación” se impuso también en el ámbito educativo. La prioridad educativa se volvió aumentar la capacidad de dominar el mundo y de transformarlo.

Siguiendo esta argumentación podemos decir que la emergencia educativa es sólo los efectos perniciosos de una crisis más profunda: la crisis antropológica. No es la “cuestión educativa” la que habría que resolver primero, sino la “cuestión del hombre”. Sin embargo, al llegar a este punto nos podemos dar cuenta de otro dato paradójico. La misma razón moderna que estrechó la altura de la inteligencia al ámbito de lo dominable según las formas metodológicas del control experimental intentó desarrollar una cultura y un pensamiento antropocéntrico. De modo que nos encontramos con una cultura que al mismo tiempo que intentó ser antropocéntrica renunció al reconocimiento de una verdad plena sobre el hombre que llegara a reflexionar sobre su naturaleza, sobre sus fines  propios y por lo tanto sobre su vocación trascendente.

Es significativo que entre las prioridades que Benedicto XVI señalaba a los profesores universitarios en el 2007 él mismo señalara como urgente realizar un estudio profundo sobre la crisis de la modernidad. Una crisis, que él mismo diría, se expresa en la promoción de un humanismo antropocéntrico sin fundamento ontológico:

Durante los últimos siglos, la cultura europea ha estado condicionada fuertemente por la noción de modernidad. Sin embargo, la crisis actual tiene menos que ver con la insistencia de la modernidad en la centralidad del hombre y de sus preocupaciones, que con los problemas planteados por un "humanismo" que pretende construir un regnum hominis separado de su necesario fundamento ontológico.[1]
Este regnum hominis, separado de su necesario fundamento ontológico, no se deshizo absolutamente de cualquier tipo de razonamiento moral, sin embargo, al dejar tales razonamientos sin sus fundamentos metafísicos adecuados, estos condujeron a un discurso ético débil e incapaz de fundar sólidamente un proyecto educativo humanista e integral consistente. De este modo, más allá del carácter instrumental de la educación que hemos constatado como hecho típico del fenómeno de la emergencia educativa podemos señalar una causa más profunda en el orden teórico, que ha consistido en el abandono del ser, más concretamente, en la renuncia teórica al desarrollo de una metafísica de la persona que pueda fundar la acción educativa.

Dicho de otro modo, la “emergencia educativa”, es en realidad una crisis de la razón moderna, en cuanto tiene de principio educativo, que consiste en la renuncia a la reflexión profunda sobre el ser mismo del hombre, sobre su constitución esencial y por tanto sobre su dinamismo existencial. Este abandono del ser conduce necesariamente a la primacía de la praxis y a la desconfianza a cualquier teoría que pretenda establecer un fundamento educativo “fuerte” dejando el ámbito de las finalidades de la educación en el más plural y variado relativismo de los fines. Curiosamente, mientras los fines de la educación quedaron bajo el imperio del relativismo, los “medios” de la educación, incluyendo los métodos y las novedades pedagógicas con su prioridad indiscutible pasaron a imponerse en sentido fuerte siempre y cuando pudieran aportar algo a los fines no propiamente educativos y válidamente aceptados por la cultura: el progreso material y el dominio técnico.

Al abandono de la metafísica, de la antropología propiamente filosófica y de los fundamentos metafísicos del obrar moral que conlleva se la ha sumado un hecho no menos relevante, en el ámbito de lo que al comienzo de la conferencia hemos señalado el “ser y el hacer” de una Institución de Educación Superior que desea comprometerse con los fines propios de la educación católica: el fenómeno del secularismo. Pero, aquí no estamos hablando de un cierto secularismo que ha afectado a las instituciones laicas o que paulatinamente ha ido cambiando las instituciones propias de la cultura de los modelos teocéntricos, a los modelos liberales.  Estamos hablando del secularismo que afectó y afecta a las instituciones propiamente confesionales, cristianas y católicas que han preferido comprometerse con las dinámicas propias de la educación pragmática y han, en el mejor de los casos, subordinado, en el peor de los casos, renunciado, a la constitución propiamente católica de su misma actividad educativa.

Al abandono de la metafísica le tenemos que añadir la grave crisis religiosa que han experimentado muchas instituciones y agentes educativos: el abandono de la fe en sí misma y por cuanto tiene de principio educativo. Así, tenemos dos causas profundas de la emergencia educativa: el abandono de la fe y el abandono de la metafísica. De modo que, junto con una reflexión más profunda sobre las motivaciones de estos abandonos es necesario volver a pensar que la educación sólo podrá tener un sentido auténticamente educativo cuando se funde en la verdad sobre el hombre, incluyendo, desde luego, y sin menoscabo a su vida temporal sino en favor de ella, su vocación trascendente.

Recuperar el λόγος de la educación, es, más bien, desarrollar la actividad educativa desde el λόγος del hombre, un λόγος recuperado, capaz de alcanzar el ser, de predicar con verdad, de juzgar al mundo y al hombre adecuadamente y de plantearse las preguntas auténticamente relevantes sobre el sentido de las cosas humanas. Si aceptamos la altura de la definición de educación como “promoción del estado de virtud” en todas las dimensiones de la vida personal, hemos de decir que la virtud, ya sea en su sentido genérico como en sus caracteres específicos, se funda sobre este sentido, el λόγος profundo que es capaz de reconocer la verdad sobre el hombre, sobre su obrar y sobre su dignidad. En este sentido, la primera emergencia es la promoción misma de la verdad sin la cual el estado de virtud se vuelve ilusorio e impreciso. Sin embargo, esta promoción no sólo requiere de una apertura de la razón sino también de un ensanchamiento del corazón, del amor que sigue al λόγος y que es capaz de fundar un nuevo estado de cosas conforme a Él. La promoción de la investigación, enseñanza y difusión de la verdad con un compromiso serio que incluya tanto la conciencia de los límites del conocimiento como su estatuto real, exige un movimiento de apertura de la mente y del corazón a la realidad que después sea capaz de promover el estado de virtud en las personas y el desarrollo de la cultura en las sociedades humanas.

Sobre la base de estas reflexiones he recordado una consideración que hace Santo Tomás respecto a “la sabiduría”, que en relación a la línea argumentativa que aquí hemos seguido podría parecer accidental pero que en realidad es sumamente relevante por su precisión y conveniencia a la circunstancia descrita. Santo Tomás, hablando sobre la caridad, y después sobre la sabiduría como don del Espíritu Santo opone a la sabiduría dos estados: la necedad y la fatuidad. Hablaremos, por ahora, sólo de la necedad, “stultitia”. La necedad, señala  Tomás siguiendo a San Isidoro, es un tipo de herida del corazón y un entorpecimiento de los sentidos que impide a la persona conmoverse por el estupor, quedando inhabilitado su sentido para juzgar al mundo.[2] La sabiduría por el contrario como enseña él mismo es un tipo de sutileza y perspicacia del corazón y de los sentidos que elevados por el estupor son habilitados para discernir las cosas y sus causas.

De este modo, antes de que la inteligencia pueda elevarse hacia su objeto propio en la verdad, o la voluntad deleitarse en el bien propio y conveniente o en la contemplación de la belleza según la dinámica del "ordo virtutem”, del “ordo amoris” que sigue al λόγος humano es necesario sanar las "heridas" del corazón que pueden impedir a las facultades alcanzar sus objetos propios y hacerse connaturales a ellos a través de la promoción adquisición de la virtud que fundada en la naturaleza lo individua de modo único y personalísimo.

En este sentido podemos decir que la emergencia educativa manifiesta una herida en los sentidos para juzgar al mundo, una razón inhabilitada para discernir las cosas y sus causas. Junto con esta herida que incapacita para el pensamiento metafísico aparece la herida del corazón que impide al espíritu humano elevarse con gran sutileza para alcanzar a encontrarse sin prejuicios ni estrecheces con la realidad. Esta sutileza impulsada por la pasión que provoca el asombro y dotada de una razón habilitada para el pensamiento profundo propia de los sabios ha sido suplantada por una voluntad estrecha que abandonando el ser y los interrogantes más profundos no sólo ha clausurado su propia razón sino que ha querido fundar una cultura y una actividad educativa sin λόγος.

Santo Tomás, en este sentido, enseña que corresponde al sabio dirigir y juzgar haciendo su juicio en referencia a la causa más alta de todo lo inferior. Continúa diciendo que en la vida humana el sabio es llamado prudente porque orienta el obrar humano a su debido fin. De modo que el sabio dirige y juzga conforme a las causas últimas y dirige el obrar conforme al fin último.  En relación a ello, la educación misma y los fines de la educación a los que hemos aludido y por los cuales se específica la actividad educativa en cuanto educativa en su sentido auténticamente humana, no pueden ser determinados sino por una sabiduría que integre tanto el λόγος auténtico como el amor que este espira y que sea capaz de librarse de la necedad imperante de nuestro tiempo que se ha constituido en causa más profunda de la emergencia educativa y de la crisis de la razón moderna.

Tomando estas ideas podemos decir que el prejuicio anti-metafísico impide el oficio del sabio y difunde una herida en el corazón de las personas que entorpece e inhabilita para juzgar la realidad de modo unitario y global. De modo que la rehabilitación de la sabiduría que exige nuestra época requiere la rehabilitación de la metafísica y la superación de aquella necedad que ha clausurado las facultades a sus objetos y ha hecho incapaces a los discursos para juzgar el mundo.

Dado que la enseñanza "docere" y el estudio son oficios del "sabio" que consisten en "contemplar" y en "entregar lo contemplado", el primer oficio de quien estudia y de quien enseña debe de ser promover cada día más en su personalidad el "paso" de la necedad a la sabiduría y promover el mismo "paso" en las personas a las que eventualmente pretende entregar lo contemplado. Esta lucha contra la necedad, ciertamente encuentra su primer lugar en el propio corazón y en la propia razón.

Sin embargo la necedad, así descrita, es una enfermedad que requiere de un don para ser vencida. Santo Tomás refiere al don del Espíritu Santo que es la sabiduría. Siguiendo su misma estructura podemos decir que en otro nivel, no en el estrictamente interior sino en el exterior y comunitario, el don de la sabiduría que se da contra la necedad, es el don mismo de la Palabra, del λόγος que se dirige al corazón para sanarlo y a la razón para habilitarla. De este modo se cumple su misma sentencia que dice: toda verdad que ha sido dicha ha sido dicha por el Espíritu Santo, en cuanto a que el Espíritu Santo actúa interna y externamente oponiendo el λόγος a la necedad y suscitando el amor profundo que de él se deriva. En este sentido, podemos decir que el λόγος donado por el Espíritu Santo, que habilita la razón y sana el corazón capacita para el encuentro con el ser, con la realidad, en donde el mismo ser aparece también bajo la estructura misma del don. Es, entonces, la verdad misma tanto el don que puede vencer la necedad como su objetivo, verdad que no aparece como posesión sin más, sino como relación viva y llena de sentido.

En este sentido nos enfrentamos al gran desafío de la emergencia educativa. Los profesores universitarios, ante todo han de ser testigos del λόγος que suscita el amor. Han de ser promotores del encuentro auténtico con el ser y con la realidad, un encuentro que requiere del don de la Palabra, entregado por quien educa a quien es educado como remedio contra la necedad e incentivo no sólo para su entendimiento sino sobre todo para su corazón. El profesor que se hace testigo del λόγος se vuelve promotor de la verdad y promotor del estado de virtud que de ella se deriva por cuanto esta se desarrolla en la vida conforme al λόγος, con la certeza metafísica de que el alumno no sólo es capaz de la verdad y del bien conforme a ella, sino que en realidad la necesita, la anhela y aspira a ella aunque su corazón y su sentido de juicio pudiera estar oscurecido. Pero este servicio de sabiduría no puede ser sólo un servicio intelectual por cuanto el mismo λόγος que desentraña la verdad auténtica sobre el hombre y sobre su dignidad es la forma de la transformación en que consiste la promoción del estado de virtud que se vuelve atractivo no cuando aparece en forma de discurso sino cuando se presenta con toda su riqueza vital en el testimonio del maestro. Algo semejante señalaba el Papa Benedicto XVI a los profesores universitarios cuando les decía: Los profesores universitarios, en particular, están llamados a encarnar la virtud de la caridad intelectual, redescubriendo su vocación primordial a formar a las generaciones futuras, no sólo con la enseñanza, sino también con el testimonio profético de su vida.[3] 

En este sentido, el desafío de la formación permanente de los enseñantes que exige renovar el rigor y la profundización intelectual como principio de credibilidad, según lo señala el documento “Educar hoy y mañana una pasión que se renueva” de la CEC[4] no es suficiente sin la conformación y transformación de los mismos enseñantes según aquella verdad que con rigor y profundización intelectual buscan servir. La formación permanente no puede entenderse solamente en el ámbito intelectual y hay que recordar que esta formación sigue teniendo la misma finalidad en el enseñante que la que tiene la educación misma, en los alumnos a los que pretende servir una comunidad educativa: la promoción del estado de virtud en todos los aspectos de la persona según su sentido unitario e integral. Esta formación continua e integral que se realiza en la persona puede ser tomada análogamente en relación a la comunidad humana en el servicio a la cultura. Formación que surge del don de la sabiduría y que pretende la promoción de un nuevo  estado de cosas conforme a ella. Esto mismo señalaba Benedicto XVI con las siguientes palabras:

La sociedad necesita con urgencia el servicio a la sabiduría que la comunidad universitaria proporciona. Este servicio se extiende también a los aspectos prácticos de orientar la investigación y la actividad a la promoción de la dignidad humana y a la ardua tarea de construir la civilización del amor.[5]

Es preciso, por tanto, pasar de la contemplación al servicio primero en el ministerio mismo de la enseñanza que se da siempre en el encuentro personal y en consecuencia a este primer servicio realizar su extensión natural al ámbito de lo propiamente comunitario y de la cultura que requiere también del don de la palabra razonable para poder producir frutos auténticamente culturales.

Esta reflexión nos conduce a la palabra divina que se nos ha dado como don y que se ha encarnado en Jesucristo como a su mismo desenlace e inspiración inicial: al mismo λόγος que ha dado origen y consistencia al ser y del que participa la inteligencia del hombre, al mismo λόγος que es fuente de la sabiduría más alta y del amor que de ella se deriva. A esta misma palabra y a esta sabiduría se pone al servicio la universidad católica y la educación católica. Pero este esfuerzo propiamente evangélico, no debemos entenderlo como aislado del primero.

Sólo quien ha sido testigo de la búsqueda profunda del λόγος, de la ardua tarea de la promoción de la verdad sobre el hombre, sobre el mundo y sobre la realidad puede ser un auténtico testigo del λόγος encarnado que responde profundamente a los interrogantes de quien ha recorrido el camino humano con verdadera humanidad. Y esto no sólo aplica para la persona que se dedica a la búsqueda científica sino para cualquiera que aspira a la verdad  en condiciones de recibir el don de la sabiduría y salir de la necedad a la que hemos señalado. Grandes testigos fueron Pedro, Andrés, Santiago y Juan, hombres que buscaban al mesías y pudieron dar razón de su esperanza al haberlo encontrado. El encuentro con Cristo es, entonces, el impulso educativo más significativo, por cuanto él es el camino la verdad y la vida: El corazón de la educación católica es siempre la persona de Jesucristo. Todo lo que sucede en la escuela católica y en la universidad católica debería conducir al encuentro del Cristo vivo.[6]

Como camino, no significa que el encuentro por sí mismo realice los ideales de la educación católica, sino que estos ideales se desprenden de este mismo encuentro. Si en un ámbito general hemos dicho que a finalidad de la educación es la promoción del estado de virtud conforme al λόγος de la verdad, en el orden de la gracia y de la fe encontramos la elevación y perfección de este mismo dinamismo, la educación católica es la promoción del estado de virtud conforme al orden del Verbo encarnado, conforme a la verdad plena del hombre que Cristo revela y a la que Cristo eleva. La educación católica es “crecer en todo hasta alcanzar la plenitud de la madurez de Cristo”. Alcanzar su estatura. Y precisamente en esto consiste no sólo la misión profética que la Iglesia realiza en su ministerio de la enseñanza sino también el necesario camino del profeta también para nuestros días. Mostrar el rostro de Cristo, y su belleza sólo puede ser logrado por quien ha asumido ese rostro en la profundidad de su corazón, se ha dejado transformar por Él y actúa por el amor que de él se espira. Esta tarea tan delicada, la educación católica, siguiendo este razonamiento, alcanza su meta no siguiendo unos métodos o unos lineamientos, sino siendo fieles a la gracia de Dios que cristifica y hace presente el rostro de Dios en medio del mundo. En esta dirección concluyo, con unas palabras del mismo discurso de Benedicto XVI que he citado ya varias veces durante esta conferencia:

"si no conocemos a Dios en Cristo y con Cristo, toda la realidad se convierte en un enigma indescifrable" (Discurso en la inauguración de la V Conferencia general del Episcopado latinoamericano, 13 de mayo de 2007, n. 3: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 25 de mayo de 2007, p. 9). El conocimiento no puede limitarse nunca al ámbito puramente intelectual; también incluye una renovada habilidad para ver las cosas sin prejuicios e ideas preconcebidas, y para poder "asombrarnos" también nosotros ante la realidad, cuya verdad puede descubrirse uniendo comprensión y amor. Sólo el Dios que tiene un rostro humano, revelado en Jesucristo, puede impedirnos limitar la realidad en el mismo momento en que exige niveles de comprensión siempre nuevos y más complejos. La Iglesia es consciente de su responsabilidad de dar esta contribución a la cultura contemporánea.[7]





[1] Benedicto XVI, Discurso a los participantes en el encuentro europeo de profesores universitarios, 23 de Junio de 2007, p. 2.
[2] II, IIae, q. 46
[3] Benedicto XVI, Discurso a los participantes en el encuentro europeo de profesores universitarios, 23 de Junio de 2007, p.3
[4] Cfr. CONGREGACIÓN PARA LA EDUCACIÓN CATÓLICA, Educar Hoy y mañana, una Pasión que se renueva-
[5] Benedicto XVI, Discurso a los participantes en el encuentro europeo de profesores universitarios, 23 de Junio de 2007, p. 4
[6] CONGREGACIÓN PARA LA EDUCACIÓN CATÓLICA, Educar Hoy y mañana, una Pasión que se renueva, p.10
[7] Benedicto XVI, Discurso a los participantes en el encuentro europeo de profesores universitarios, 23 de Junio de 2007, p. 5

lunes, 23 de septiembre de 2013

34. [Ph.] [S.Th.] El desafío de la visión cristiana del hombre en la cultura contemporánea



PRIMERA PARTE: LA SOCIEDAD ACTUAL

La crisis de la cultura contemporánea
1. Entre los pocos consensos que se pueden establecer entre pensamientos claramente distantes y opuestos parece haber un relativo común acuerdo sobre la crisis que atraviesa la civilización occidental. Esta crisis es, ante todo, una crisis de la cultura moderna, o de la cultura que ha devenido como parte del proyecto social que ha implicado la modernidad desde sus orígenes. De ahí que algunos pensadores importantes hablen del fin de la modernidad e inauguren una nueva etapa histórica que al ser llamada pos-modernidad es definida negativamente en razón de su oposición al periodo crítico. Mientras que las explicaciones difieren en el análisis causal y en las predicciones referentes al porvenir, hay una relativa convergencia en hablar de la crisis. Las descripciones y categorizaciones, sin embargo, varían de autor en autor.

La pluri-dimensionalidad de la crisis
2. La crisis que atraviesa la civilización occidental tiene como una de sus características más representativas su carácter radical. Son los mismos principios sobre los que se ha fundado la cultura moderna los que habiendo sido puestos en entredicho han provocado un desmoronamiento que ha afectado la amplia diversidad de dimensiones antropológicas y sociales que constituyen en unidad la cultura en sentido amplio.

La crisis de la razón teórica: el problema de la verdad
3. La crisis de la razón, al presentar la misma pretensión de verdad como superflua, ha devenido en la pérdida no sólo del sentido del quehacer intelectual sino de todo obrar humano y por lo tanto de la opción personal y comunitaria por el bien. En este sentido, se padece una crisis teórica profunda y una crisis práctica concomitante sumamente alarmantes, ambas abarcando no sólo los ámbitos propios de las ciencias del espíritu sino también aquellos ámbitos constitutivos de la vida humana globalmente considerada.

La crisis de la razón práctica: el problema del bien
4. La pérdida de objetividad de la verdad como norma del obrar humano, y, por lo tanto, como criterio regulador de lo justo para el hombre, en razón de su dignidad y de su naturaleza trascendente, ha provocado una crisis moral profunda que ha afectado las mismas condiciones en las que se ejerce la libertad. De modo que no sólo aparece un problema cuyo “opositum per diametrum” sea la restauración de las costumbres en la promoción de la moralización, sino que implica, de suyo, volver a presentar los mismos fundamentos que hacen posible el discurso teórico y ético objetivo.

La crisis de la razón práctica: el sentido de la libertad
5. La pérdida de objetividad de la norma moral se ha establecido en la cultura desde la base de los principios del liberalismo, según los cuales el principio único y constitutivo del hombre es la libertad, y, una libertad que se niega a someterse a cualquier restricción, entre ellas especialmente a los contenidos propios de la ley moral. En este sentido la cultura ha experimentado una sobre-valoración de la libertad que ha sido puesta como el único principio absoluto sobre el cual han de tenerse por relativos el resto de los bienes humanos y sociales. Así el hombre moderno, desvinculando la libertad de la verdad sobre el hombre, de su existencia trascendente, de su dignidad intrínseca y de la ley moral natural que constituye la vía para su propia realización, lejos de alcanzar la liberación querida, se ha hecho esclavo de los reduccionismos, de las modas y de los impulsos más elementales.

La crisis de la razón política: el problema del bien común
6. La separación radical, en el orden del obrar humano, entre el sentido moral de la acción y su sentido político, entendido uno como el carácter moralizante de la acción humana en razón del fin trascendente del hombre y por lo tanto del bien moral objetivo, y el otro como el carácter social de la misma acción en razón de la promoción del bien común objetivo, ha provocado una conciencia falsa en donde se piensa que el orden ético es irrelevante para el orden político. De modo que las mismas acciones humanas, en su carácter ético, han quedado reducidas a los juicios subjetivos frecuentemente asociados a los sentimientos y el orden político al establecimiento de las normas del consenso que permita la regulación del poder y de las luchas de intereses aledañas a su ejercicio y posesión.

La crisis de la razón política: el problema de la autoridad
7. La crisis política afecta no sólo la concepción misma del ejercicio de la política, sino que ignorando el carácter político que de suyo implica la acción humana en razón de su sociabilidad constitutiva ha perdido el sentido tanto de la esencia de la política, como del arte y de la técnica propia, ignorando teórica y prácticamente el sentido propio del ejercicio de la autoridad, principio auténtico de unidad y orden de las acciones humanas para la promoción del bien común.

8. Desvinculado el acto humano de su carácter moral en razón del bien, y de su carácter político en razón del bien común, la acción humana en su carácter político se ha reducido a ser un arte de instrumentalización, y, por lo tanto, de dominación sin una finalidad objetiva en perjuicio de la persona y de su dignidad. Así la autoridad reducida al ejercicio del poder ha quedado subyugada a las leyes de su adquisición, preservación y aumento.

La crisis de la razón jurídica: el problema de la justicia
9. La crisis política que implica la desvinculación del orden moral con el orden social y político ha provocado una consecuente crisis jurídica. Separados el orden moral del orden jurídico, la ley positiva de la ley natural, el único criterio que puede fundar la legalidad no será ya ni la recta razón ni el principio de autoridad, que apelan necesariamente al bien y al bien común con pretensión de verdad, sino el consenso, que dadas las condiciones en las que normalmente se establecen los diálogos deriva en la voluntad del más fuerte. La noción de justicia en la cultura del pensamiento débil no tiene cabida.

La crisis de la razón económica: el problema del individualismo y de la justicia social pendiente
10. La crisis se manifiesta también en el orden económico. La crisis económica global no es sólo un dato descriptible, que exija una explicación desde la economía positiva, en razón de la multiplicidad de factores que han provocado uno de los pronósticos más negativos en los indicadores globales de desarrollo y crecimiento sino que siendo mucho más profunda implica una nueva visión de la economía, que trascienda sus limites positivos hasta poder establecer una economía normativa. Sin embargo, el surgimiento de la ciencia económica, uno de sus presupuestos fue la separación, en el análisis, del carácter moral de la acción de su contenido puramente económico. Su carácter ético, del mismo modo que en la teoría política, se confinó al orden de las emociones, y su carácter económico al orden de las preferencias que implicarían las decisiones en cuanto a la procuración de bienes escasos. Separando la noción moral de bien de la noción económica de bien y de la necesaria repercusión política y social que tiene de suyo cualquier acto humano en cuanto económico, se impuso una cultura utilitarista en la cual el ejercicio de la libertad económica no tiene ninguna referencia objetiva ni al orden moral ni al bien común, ni a la comunidad, a no ser en cuanto a instrumento del individuo. De este modo las instituciones económicas, han excluido a-priori la justicia social.

La crisis del matrimonio y de la Familia en la cultura hedonista
11. La crisis misma de la verdad y del bien ha afectado el núcleo del desarrollo social de las personas: la familia. Una de las dimensiones que más ha sido afectada es la dimensión familiar de la existencia humana. La familia como institución natural y base de la sociedad experimenta una crisis que supera cualquier otro reto precedente pues afecta a su misma comprensión. La noción misma de familia ha pasado a formar parte de las nociones líquidas, que se desvanecen en el relativismo teórico, antropológico y moral. El matrimonio, institución natural fundada en el amor y en la entrega mutua definitiva de un hombre y una mujer, que constituye el inicio de la familia en cuanto a que está ordenada a la generación de la vida y a la educación de los hijos, ha quedado reducido a un contrato soluble e inestable que en el mejor de los casos preserva el orden natural de la sexualidad humana y en muchos otros, cada vez más frecuentes, se disuelve en uniones antinaturales e infecundas.

12. La crisis de la familia y del matrimonio manifiesta una crisis de la sexualidad concomitante que por un lado aparece en el dato de un cierto erotismo transversal que se constituye en todos los niveles de una cultura que podemos definir como pansexual y por otro lado que dificulta gravemente la realización de la persona en el amor. Al no ser capaz de presentar el sentido real de la dimensión sexual de la persona humana ha dejado en crisis a la juventud, a la familia, al matrimonio, especialmente en el ámbito propio de la fidelidad conyugal, e incluso a la vida religiosa, generando a la vez un gran vacío afectivo con graves obstáculos para la realización de la persona en el amor auténtico, en razón de su dignidad, del bien moral y de su dimensión trascendente.

La crisis de la razón religiosa: relativismo
13. Una de las dimensiones más afectadas por la crisis que lleva de suyo el momento histórico que denominamos pos-modernidad es la dimensión religiosa del hombre en, al menos, un doble sentido. En primer lugar el pluralismo de expresiones religiosas ha logrado una relativización de los discursos religiosos que conlleva en una gran parte de ellos, al menos en su carácter público, a la renuncia a su pretensión de verdad. En la cultura occidental se observa cada vez más la influencia de las religiones orientales, que no exigen la renuncia a las demás profesiones religiosas sino que parecen poder subsistir conjuntamente sin ningún inconveniente.

La crisis de la razón religiosa: libertad religiosa
14. En segundo lugar, enfrentamos una cultura en donde en mayor o menor medida la religión parece no tener nada que aportar a la comunidad política y por lo tanto o queda subordinada y absorbida por el sistema político afectando severamente a la libertad religiosa o queda simplemente tolerada, ignorando gravemente el carácter constitutivo de la dimensión religiosa del hombre y su relación intrínseca con el orden moral y por lo tanto con las bases de viabilidad y desarrollo sano del mismo estado en relación al bien común objetivo. Los efectos nocivos del secularismo no sólo se dejan ver en las represiones o persecuciones históricas y concretas sino en la constitución deficiente de la misma comunidad política que intenta regir e instituir la convivencia de la comunidad política en un estado sin referentes morales ni religiosos. La cual, al ser edificada sobre una visión reducida del hombre, no es capaz ni de crear ni de desarrollar los vínculos más profundos de fraternidad y solidaridad, ni de procurar el amor y el respeto a las leyes justas. Este estado, tampoco ha sido capaz ni de procurar la justicia, ni de cumplir adecuadamente sus fines temporales legítimos ni mucho menos de fomentar la vida moral necesaria para la estabilidad mínima de la sociedad. La renuncia a los referentes religiosos y morales en su necesaria aportación al bien común atenta gravemente contra la misma comunidad generando o bien un estado totalitario o un estado políticamente inestable.

La crisis de la razón religiosa: el problema del ateísmo
15. La cultura moderna, habiendo renunciado a la reflexión profunda sobre el ser y a la verdad última de las cosas, se ha hecho incapaz, al menos como sociedad, de conocer por los efectos a la causa primera e incausada, a Dios como primer principio de la realidad y fin último de todas las cosas. De este modo, sin ejercer rectamente su inteligencia elevándose desde el ente finito hasta el ser eterno, no ha podido reconocer ni a Dios, ni al deber que la misma razón le impone de buscarlo y rendirle culto. La crisis de la verdad en la racionalidad moderna, ha suscitado el ateísmo que por estas razones teóricas, pero sobre todo por afirmar la libertad absoluta en la vida práctica, no sólo ha negado la existencia de Dios sino que ha intentado edificar la cultura humana y la vida de las personas al margen de su existencia.

La crisis de la razón elemental: los atentados contra la vida.
16. La crisis ha llegado a oscurecer los principios más básicos de la convivencia social como el respeto al derecho a la vida. Una cultura que no sólo es capaz de promover sistemáticamente la eliminación de los más indefensos no sólo se hace culpable de un gran crimen sino que manifiesta su mismo estado de incapacidad para reconocer las verdades más elementales. Así, los atentados contra la vida humana de los inocentes en nuestro tiempo, son un signo de la decadencia profunda de la cultura y del estado frustrado en el que el espíritu humano despliega su libertad.

La crisis de la razón formativa: la pérdida del sentido de la educación
17. La crisis también ha afectado la concepción misma de la educación. Una razón débil produce una educación débil, que no capacita a la persona ni para el bien en la virtud ni para la verdad. Los modelos educativos recientes han sustituido las perspectivas de formación integral en donde el cultivo de las virtudes y de la totalidad de las potencialidades humanas se había promovido conforme a la regla de la recta razón, por una serie de praxis que ahora tienen por única finalidad la simple capacitación para la productividad. Así la educación en muchos casos se ha constituido únicamente como capacitación técnica para la inserción instrumental de la persona en el sistema de producción económica.

La crisis de la belleza y de las artes
18. La crisis ha alcanzado, también, el ámbito propio de la estética y de las artes, haciendo no sólo la noción de belleza una noción inalcanzable sino reduciendo también el carácter bello de la realidad a las preferencias y a las emociones subjetivas más diversas. Las bellas artes en muchos casos han perdido su carácter de belleza, el cual, ha sido sustituido por la capacidad técnica que tienen de suscitar emociones pasajeras y fugaces, desvinculándose así, de la misma dignidad humana que están llamadas a ensalzar y de su relación constitutiva con el ser en cuanto bello.

Crisis de la comunicación y lenguaje
19. La crisis se ha extendido hasta el punto en el que los mismos términos que se utilizan para significar la realidad han perdido cada vez más su sentido realista y significativo, quedando sujetos a la dinámica pragmática y a ser utilizados en sentidos diversos, incluso contradictorios, de acuerdo únicamente a la intención práctica del sujeto, que no en pocas ocasiones, ha vaciado de significado un término para imponer un pensamiento específico. En este sentido, las palabras significan cada vez menos a la realidad y significan más las intenciones de quienes son capaces de impactar la cultura y modificar el lenguaje para imponer un pensamiento dominante. En este sentido, no es poca la influencia que ha tenido la industria del entretenimiento global para dejar no sólo al hombre incapacitado para el bien, la verdad y la belleza sino también para comunicarse adecuadamente.

La razón fundamental: una crisis antropológica
20. Podemos decir que toda la crisis descrita es una crisis de la cultura en sentido amplio, o bien una crisis antropológica en diversos sentidos. Primero lo es en el nivel de la auto-comprensión que el hombre tiene de sí mismo, de su dignidad, de su trascendencia y de su orientación real al bien y a la verdad. Segundo lo es en el nivel de la acción en sentido amplio que se constituye en la fuente de la cultura. La acción humana que se hace cultura, en este sentido, no ha tenido como principio de orden la verdad ni mucho menos ha buscado el bien integral de la persona, por lo que se ha hecho incapaz de promover el bien común auténtico y se ha limitado a fomentar el desarrollo parcial de la comunidad humana dejando los aspectos fundamentales a veces no sólo sin desarrollo sino en circunstancias cada vez peores.

SEGUNDA PARTE: DE LA CRISIS CONSTATADA REFERIDA A SUS CAUSAS

De las causas diversas a la búsqueda de un principio teórico
21. La crisis constatada es el resultado de la ínter-relación de una gran diversidad de causas históricas, filosóficas, sociales, políticas, económicas y religiosas en un proceso largo y tortuoso. Aunque pareciera una tarea imposible establecer los principios que han originado la crisis de la sociedad pos-moderna, no podemos renunciar al estudio profundo de, al menos, aquellas generalidades que la han promovido.

PRIMERA TESIS
Relación entre el orden práctico y el orden especulativo
22. Como primer principio teórico establecemos que dado que la cultura es la obra humana en sentido general y estricto, y el obrar humano se funda siempre en una intención conocida, hay una precedencia del orden especulativo al orden práctico en la dinámica social que ha derivado en la cultura actual. Dicho de otro modo, ha sido una cierta comprensión del hombre y de la sociedad la que ha promovido el desarrollo de una cultura que ha devenido en la crítica sociedad pos-moderna.

La interacción de visiones teóricas en el pluralismo de la sociedad actual
23. La relación entre el orden especulativo y el orden práctico implica el hecho de que el hombre ha de actuar necesariamente de acuerdo al conocimiento que tiene de sí mismo y del mundo. Dicho de otro modo, dado que es imposible actuar sin razón, sino que a todo acto humano le acompaña no sólo una razón intrínseca al acto mismo sino una comprensión general de la propia vida, la cultura no es el resultado de actos ciegos, sino la expresión y edificación práctica de las visiones teóricas dominantes y sus interacciones.

La importancia del poder político en la promoción de una visión teórica
24. Las conductas individuales y sociales siguen, entonces, un orden teórico dominante, explícito o implícito en los modelos educativos y culturales promovidos que a su vez son el resultado del desarrollo práctico e histórico precedente que ha implicado también su necesaria correspondencia teórico-práctica en el devenir histórico y se ha impuesto como rector de la vida social regularmente, aunque no sólo, a través del poder político.

25. Una cultura producida por los actos humanos que son personales, sociales y comunitarios, será el resultado de la interacción práctica de una una serie de comprensiones teóricas que promoviendo ciertas conductas individuales y sociales, interactúan entre sí desde distintos niveles de influencia que tienen en cuanto agentes culturales, bajo la rectoría de quien detenta el poder político de la comunidad. Así en el dinamismo cultural se establecen relaciones complejas y continuas entre todos aquellos que en mayor o menor medida tienen la capacidad de promover una cierta visión antropológica. En este sentido, no sólo es importante considerar la promoción de una cierta visión teórica dominante que de suyo hace el poder político jurídicamente constituido, sino que, concomitantemente aparecen también otras instancias como el poder económico y los medios de comunicación. Al mismo tiempo se ha de pensar que dado que los actos humanos son siempre actos de la persona, luego entonces,  la familia, los individuos, y las instituciones que propiamente conforman la sociedad civil, tiene una función fundamental en el dinamismo descrito, a veces en armonía con las instituciones que tienen mayor capacidad e influencia, a veces en abierto desafío u oposición.

SEGUNDA TESIS
La cultura auténtica se funda en la verdad y el bien
26. Una acción humana fundada en un conocimiento verdadero promoverá una cultura verdadera que promueva el desarrollo integral de la persona. Una acción humana fundada en una comprensión errónea sobre el hombre no podrá promover una cultura verdadera porque en muchos casos no sólo no promovería el desarrollo integral y el perfeccionamiento pleno de la persona sino que atentaría contra ella. Dada la necesaria conexión entre el orden especulativo y el orden práctico, una cultura que se funda en la verdad sobre el hombre promoverá auténticamente su bien, y no sólo en algún aspecto, “secundum quid” sino en su sentido pleno e integral “simpliciter”.

El error agente
27. El error en cuanto a que puede ser principio de alguna acción defectuosa (en la acción de "alguien") se hace agente de degeneración de la cultura. Los errores de los individuos al comunicarse propagan su eficacia degenerativa y en pocos casos lo hacen con tanta fuerza como cuando lo hacen con la fuerza del estado en el ejercicio del poder político. Una cultura fundada en ciertos errores antropológicos, podrá promover ciertos bienes para el hombre, como los bienes económicos, pero serán siempre bienes particulares “secundum quid” siendo mayores los males en cuanto a que no sólo pueden no promover el desarrollo integral de la persona que implica las dimensiones morales y religiosas sino que puede obstaculizarlo e incluso impedirlo.

Los errores de nuestro tiempo
28. Dada la correspondencia entre el orden teórico y el orden práctico es necesario identificar con precisión los errores de nuestro tiempo, que han promovido la crisis de la cultura actual en sentido amplio. Es necesario, no sólo reconocerlos como tales sino retomar sus posibles preocupaciones u aportaciones legítimas en la búsqueda de la promoción de la persona e integrarlos en una visión integral de la persona.

Los bienes de la modernidad
29. De modo que junto con el examen de los errores de nuestro tiempo es necesario, también, sabiendo que el error nunca se da en estado puro, sino que se presenta siempre sustentándose en verdades parciales, reconocer aquellos bienes parciales, particulares y específicos que el mismo proceso histórico y cultural de la modernidad ha desarrollado y que hemos llamados los bienes secundum quid de la modernidad. Sin olvidar que lo que se busca es el bien integral de la persona y la realización última de su vocación, es posible integrar aquellos logros en una acción conjunta, inteligente y eficaz, que debe ser precedida por un examen minucioso que sepa distinguir la verdad del error y el bien del mal.

TERCERA PARTE: LA RESPUESTA CRISTIANA

La pluralidad y el cristianismo
30. En la edificación de la cultura encontramos una pluralidad de actores que promoviendo distintas concepciones teóricas del hombre actúan e interactúan. Entre los distintos actores existen algunos que promueven gravísimos errores que degeneran la cultura y otros que aunque con visiones menos completas promueven también con verdad ciertos aspectos positivos para la cultura.  
31. En medio de estas interacciones los cristianos sabedores de haber recibido el auxilio de la divina revelación están llamados a proponer el esplendor de la Verdad, de formas siempre nuevas y diversas de modo que pueda adquirir un papel rector en la composición de la sociedad y en el desarrollo de la cultura. En este sentido, podemos decir que aunque el sujeto de la evangelización es siempre la persona, la misión acuciante de la Iglesia para nuestro tiempo es la evangelización de la cultura, que implica no sólo la evangelización de las personas y de los pueblos sino las transformación de la vida misma de la comunidad desde los principios del evangelio.

La Verdad y los niveles de diálogo
32. La visión cristiana del hombre tiene un contenido teológico que ha sido conocido por el hombre a través de la divina revelación y del asentimiento de la fe. Este nivel sobrenatural de la Verdad exige un compromiso bautismal en el anuncio, que invita a los cristianos a proponer a todos los hombres el mensaje divino de la salvación. Sin embargo, dado que la fe implica un acto de la voluntad aunque deba ser procurado por los cristianos no puede forzar la libertad de asentimiento de los sujetos que reciben el anuncio. De modo que el mensaje evangélico ha de ser propuesto en la dinámica interacción de los agentes de la cultura y a todos los hombres con toda su fuerza.

33. Pero, este no es el único nivel en el que los cristianos se pueden comprometer con la edificación de la cultura. Dado que la verdad revelada y la verdad natural tienen una unidad, es posible proponer en el ámbito público las verdades humanas que la razón por sí misma puede descubrir y que se imponen por la fuerza misma de los argumentos, por la validez de las demostraciones y por la evidencia que proporcionan.

El nivel filosófico de la visión cristiana del hombre
34. Gravísimas verdades sobre el hombre pueden ser conocidas por él en el ejercicio recto de su inteligencia. Estas verdades tienen que constituirse en los principios sólidos de la acción que se ha de promover en la cultura plural en el ordenamiento propio de la comunidad política. Es necesario, entonces, no sólo conocer los errores que degeneran la cultura y han provocado la crisis sino, sobre todo, conocer las verdades que la visión cristiana del hombre propone al ámbito universal de la razón y sus razones.

35. Especialmente los agentes de la cultura que pretendan implicarse en el ámbito de la vida pública a través de la acción social y política y promover una acción fundada en las verdades del cristianismo, han de conocer y distinguir con claridad los órdenes del discurso, teológico y filosófico, y de modo particular profundizar en las razones por las cuales se afirma la verdad misma de la concepción antropológica que promueven.

36. En este sentido es preciso reconocer que la autonomía de los asuntos temporales no los exime de la universalidad del evangelio, por el contrario los constituye en su orden natural propio según el cual han de desarrollarse conforme a la ley eterna expresada en la ley natural y sólo así, podrán ser aquellas realidades auténticas depositarias como terreno fecundo de la acción divina de la gracia.

Relaciones entre orden natural y orden sobrenatural: el peligro del naturalismo

37. Todo lo que constituye el orden temporal, a saber, los bienes de la vida y de la familia, la cultura, la economía, las artes y profesiones, las instituciones de la comunidad política, las relaciones internacionales, y todo lo semejante (AA), ha de ser desarrollado en sí mismo en cuanto a que posee un estatuto propio que pertenece al orden natural, sin olvidar que está en sí mismo, también, ordenado al fin último del hombre, por el que se específica su sentido en la perspectiva global de la vocación del hombre.

38. En este sentido, la distinción de los órdenes conviene para diversificar y especificar la acción en una sociedad plural, pero, de ninguna manera para diluir el contenido sobrenatural del evangelio al orden puramente natural en el así llamado “humanismo liberal”, lo que ha constituido el error del naturalismo que subyace al secularismo. Al contrario, recordando que, aunque las realidades temporales tienen un orden y un estatuto propio, ha querido Dios instaurar todas las cosas en Cristo: se ha de promover una acción integral basada en la firme resolución de transformar las realidades temporales no sólo según su estatuto propio, sino sobre todo según los principios del evangelio. Sabedores de que si el ordenamiento de las realidades temporales conforme a la ley natural implica graves exigencias en un programa de acción muy serio, su transformación según los principios evangélicos implica, en muchos casos, el testimonio heroico de la entrega de la propia vida por la causa del reino.

La nueva evangelización y la esperanza cristiana
39. Con la convicción segura de fe en que Dios dirige la historia a través de las causas segundas y de la gracia que misteriosamente distribuye a sus siervos y de intervenciones directas, creemos que la crisis de la cultura occidental es una oportunidad para edificar una sociedad mejor, en la que los cristianos hemos de tener un papel rector para la edificación de una nueva sociedad, firmemente arraigada en una cultura de la vida, distinguible por constituirse como una auténtica civilización del amor, edificada sobre los principios sólidos del evangelio en un auténtico respeto de la libertad religiosa de la persona, de su dignidad y de su altísima vocación.

40. El desmoronamiento de la modernidad nos hace reafirmar que sólo aquello que se edifica sobre la roca de la Verdad puede permanecer y que aunque lleva mucho tiempo a la verdad sanar el error, estamos en tiempo providente de promover una acción que tenga por finalidad la transformación de la cultura y de toda las realidades temporales conforme a la Verdad Plena, Jesucristo Rey del Universo y Señor de la Historia.

Epílogo
El presente documento fue desarrollado para ser comentado y profundizado en el congreso internacional de FUNDICE- CULTURA HUMANÍSTICA, realizado en la UPAEP, en el mes de Agoto de 2013.  Por lo tanto, no pretende ni ser un texto definitivo ni tampoco exhaustivo, sino únicamente señalar algunos aspectos que se consideran relevantes sobre la crisis que enfrentamos y que deben de ser desarrollados con más detalle para una visión más completa. Sirve por tanto, únicamente, como presentación de un amplio panorama aunque de modo superficial, acompañada de una propuesta etiológica provisional  y de una propuesta teórico-práctica sobre la respuesta cristiana a la crisis. En este sentido, la única finalidad del texto es promover una reflexión con seriedad de las circunstancias actuales y del necesario compromiso cristiano con el mundo, en la Iglesia y en el contexto de la Nueva Evangelización.