CATEGORÍAS: En esta sección encontrarás las publicaciones clasificadas según su género.

jueves, 18 de abril de 2013

22. [Ph.] Disertación sobre el Bien

Ph



Prólogo

Hace algunos años escribí la siguiente disertación sobre el bien en Santo Tomás de Aquino. En su exposición recibí dos preguntas que recuerdo claramente.

Una de ellas fue presentada por mi maestro de estética Ramón Díaz Olguín.  Más que pregunta se trataba de una fuerte objeción contra la propuesta que yo llevaba. Él me decía que fenomenológicamente no veía la posibilidad de equiparar el amor humano con cualquier tipo de inclinación o movimiento de carácter más amplio en un sentido metafísico. Con esta objeción se resistía a aceptar la definición de Tomás: Bonum es quod omnia appetunt. Al paso de los años puedo decir que en cierto sentido estoy de acuerdo con él. Estoy de acuerdo en que hay un abismo de distancia entre el amor humano y la inclinación de los apetitos naturales en el ente. Sin embargo, puedo afirmar, sin miedo, que también hay una semejanza, aunque sea mayor la desemejanza. Esta semejanza la he desarrollado previamente en uno de mis artículos sobre la belleza.

De modo que en este caso, como en general en la metafísica, las nociones de amor y de bien, ni me parecen equívocas, ni únivocas, sino análogas, con toda la flexibilidad que la analogía permite pero también con su adecuación conveniente desde la perspectiva semántica unitaria, y, realista, en el orden ontológico. 


De otro tipo, pero no menos provocadora fue la pregunta de mi maestro Jorge Luis Navarro Campos. Él me pregunto simplemente: ¿por qué te preguntas sobre el bien? ¿qué te dicen estos conceptos y estas nociones filosóficas que son en cierto sentido áridas y muy técnicas? Al paso de los años, quisiera responder brevemente. Si me pregunto por el bien es porque me he preguntado por la verdad: la verdad de la vida humana, la verdad de la libertad. Si me pregunto por el bien es porque intento encontrar un λόγος en la acción y en el dinamismo de la vida. Si me pregunto por el bien es porque estoy vivo. Y  mi vitalidad, se expresa en una operación intelectual que brota de mi espíritu  suscitando un movimiento apetitivo. Frente a este movimiento espiritual busco respuestas globales, principios firmes, primeros principios, razones profundas. No sólo por motivos estrictamente teóricos sino también por motivos sumamente prácticos y existenciales. Cuando me pregunto por el bien me pregunto sobre el λόγος de mi vida, sobre su razón, sentido, su origen, su fin. Si me pregunto por el bien es porque la realidad me impacta y me afecta y más que respuestas busco dar mi propia respuesta a la realidad, busco entender hacia dónde dirigirme.

Es decir, si me he preguntado por el bien y lo sigo haciendo es, en cierto sentido, porque estoy hecho para la verdad, y, más aún, porque estoy hecho para el amor verdadero, para el amor en la verdad, para amar el bien verdadero. Y no puedo ni existir auténticamente ni actuar humanamente, sin detenerme a buscar respuestas. La pregunta sobre el bien no puede responderse sin recurrir a las nociones de verdad y de amor, de algún modo están condenadas a presentarse y a responderse siempre juntas. Y en medio de ellas aparece también la belleza, como esplendor del ser conocido con verdad, realizado con verdad y contemplado con amor... ¿Cuál belleza? La belleza del cosmos y de la vida, la belleza del hombre y de la persona, aquella belleza que es también un camino de ascenso hacia el Bien en sí, fuente de toda belleza y Verdad primera.

¿Qué me dicen estas nociones áridas y técnicas? Por más áridas y técnicas que parezcan me dicen mucho: me aportan una mirada nueva, profunda, aguda y amplia sobre la realidad, sobre mi propia realidad, sobre mis circunstancias y circunstantes. En cierto sentido me hacen ser más libre y más humano.

A continuación presento el texto original. Podría someterlo a algunas correciones y precisiones. He decidido, sin embargo, dejar el artículo tal cual fue hecho público bajo la forma de disertación en la Facultad de Filosofía de mi Alma Mater, la UPAEP.
 ________________________


EL BIEN 
(2008)


Primo qui cadit in intelectu est ens. Todo lo que el intelecto conoce lo conoce porque es y desde su condición más fundamental, la de ente. No quiere esto decir que el intelecto conozca en primer lugar la noción de ente, sino que todo lo que conoce es conocido por que es. Lo que no es, no puede ser conocido directamente sino sólo en cuanto a una negación en el ámbito de la privación del ente que es.

Así lo que no es se conoce en relación con aquello que es. En de ente et essentia, Santo Tomás enseña: ens per se dicitur dupliciter: uno modo quod dividitur per decem genera; alio modo, quod significat popositionum veritatem. Ahora bien, como el intelecto conoce primero a través del entendimiento que conoce lo que algo es y después a través del entendimiento que compone y divide según afirmaciones y negaciones, todo lo que el hombre conoce, sea aquello que algo es o sea aquello a lo que llega el juicio, es ente.

El primero se refiere a los modos particulares de ser que tienen que ver con el entendimiento que aprehende el particular tomado de la realidad en la que se encuentra in diversis, (el ente) y dice lo que es a modo universal. Así, todo lo que es in re, es según uno de los diez géneros o categorías.

El segundo modo quod significat popositionum veritatem, corresponde a las proposiciones que se hacen de los entes que son, y aquí se considerarían los juicios y las intentiones lógicas, scilicet genus, speciem et diferentiam. Ahora bien, si todo lo que conocemos es ente ya sea in re o in intelecto, el bien tiene que ser un ente o ente.

Pero ¿cómo podría ser un ente si lo encontramos en los entes? El bien no puede ser distinto del ente, luego, entonces, ¿el bien añade algo sobre el ente? ¿Cómo podría añadir algo sobre el ente si todo lo que es, es ente? ¿de qué modo el bien añade algo a la noción de ente? Santo Tomás responde: el bien no añade algo al ente, ya que el bien, como el ente, está igualmente presente en los diez géneros, como se demuestra en Ethic.

El ente en el primer sentido está constituido según los géneros (o categorías) en modos particulares y tanto el ente como el bien están presentes en estos. Es decir los diez géneros en sus distintos individuales son entes y son bienes. Parece ser que, al menos, el bien no añade nada extrínseco al ente, o algo ajeno.

¿Son, entonces, sinónimos ente y bien? Cabe la posibilidad de que añada sólo algo de razón en cuanto a la noción de ente y no en cuanto a la realidad que significa el ente. Pero no hay ningún nombre que señale una cosa real que no sea ente. Así no se trata de la res que es un ente sino de lo que la palabra ente significa. Pero como la razón de ser es lo primero que se capta en el concepto del entendimiento, como dice Avicena, es obligado que cualquier otro nombre, o sea sinónimo de ente, lo cual no se aplica al bien, pues cuando decimos ente bueno no decimos una tautología, o le añade algo distinto al menos según la razón. Tenemos, por tanto, que el bien, al no ser limitación del ente a un género, le añade algo distinto por la razón.

Si es distinto, entonces, sólo por razón, habría que decir de qué modo y lo que esto implica. Santo Tomás dice: Lo que es distinto sólo por la razón, lo es de doble modo: o es negación o es relación. Este es el núcleo fundamental de la deducción de los trascendentales. Hemos dicho que el ente y el bien no son sinónimos, son distintos, pero sólo por la razón, es decir significan la misma realidad (id quod est) pero señalando a la misma realidad explicita uno algo que no explicita el otro. Ente y bien se refieren a lo mismo que señalan pero en el caso del bien además de implicar su ser (que sería el caso de ente) se hace explícita una relación de razón del tipo de lo perfectivo (de lo que perfecciona).

¿De qué modo puede el ente ser perfectivo de otro ente? Santo Tomás señala dos modos en los que el ente puede ser perfectivo de otro ente. Del primero se deduce el trascendental verum: Un ente puede ser perfectivo de doble modo: de un primer modo bajo la razón de su especie y, en este caso, el ente perfecciona el entendimiento al captar la razón de ente, pero sin que el ente se haga presente en sí mismo al entendimiento [Sólo lo hará formalmente]. Según este modo de perfeccionar, la verdad añade algo al ente, pues la verdad está en el entendimiento y  el ser se dice verdadero en tanto cuanto se adecua o es adecuable al entendimiento. Del segundo modo en el que el ente es perfectivo se deduce el trascendental bonum: … El ente es perfectivo de otro no sólo según la razón de especie, sino también según la existencia que tiene en la realidad.

Este es el modo como el bien es perfectivo, pues el bien está en las cosas o mejor aún, las cosas son bienes. Mientras que por un lado en el caso del intelecto se trata de que lo perfecto (el ente en acto) perfecciona lo perfectible (la inteligencia en potencia) a través de la comunicación de su especie inteligible que se hace presente formalmente en el entendimiento,  por otro lado, en el caso del bien es la existencia y no la forma del ente lo que está en relación con el ente que perfecciona.

¿De qué modo la existencia de un ente puede estar en relación con otro ente de modo que este segundo sea perfeccionado por el acto del primero? Santo Tomás responde: El aspecto de que un ente es perfectivo y consumativo de otro, tiene razón de fin respecto de aquello que perfecciona. Luego entonces el Bien tiene que añadir una relación de razón al ente según es perfectivo y consumativo de otro siendo fin respecto de aquello que perfecciona.

Para que haya un fin tiene que haber un movimiento o una tendencia hacia este por parte de un agente. Luego, entonces, el bien tiene que estar relacionado con aquello a lo que los entes que son perfectibles tienden para perfeccionarse y esto es su apetito. De todo esto se llega a una primera definición: bonum est quod omnia appetunt.

Algunas cosas pueden ser apetecidas en sí mismas o en relación a otra cosa. Se dice bueno principalmente el ente perfectivo de otro a modo de fin suyo; y secundariamente se dice bueno lo que conduce al fin. Así, el fin del obrar es el bien propiamente dicho, mientras que los medios en cuanto son fines intermedios se dicen buenos secundariamente pues no son perfectivos en sí mismos (propiamente) sino en relación a otro fin que los implica como medios para sí.

En el bonum, el ente es perfeccionado por la relación de fin de lo que es bueno con aquello perfectible que apetece lo bueno y lo alcanza. La noción de ente, significa la misma realidad a la que se señala con la noción de bonum (y de verum), por lo tanto, todo lo que es ente es bueno y de esto se sigue que el bonum es no un modo particular de ser del ente (como lo serían los diez géneros supremos) ni tampoco una especificación lógica de los entes, sino un modo general de ser del ente (Modo trascendental).

El ente es bueno y todo lo que es, es bueno. Lo que la palabra bueno expresa sobre la realidad que significa el ente no es expresado explícitamente por la palabra ente. Así, encontramos que lo que es, es bueno, y señalamos una relación necesaria entre el ser del ente y la bondad que de él se sigue, de tal modo que en cuanto a que el ente es fin y hay fines que perfeccionan más según su perfección y la perfección del fin depende de la perfección que posee el ente en acto, según su acto, cada cosa es buena según su propio acto. Finalmente, la bondad añade a ente la conveniencia a un apetito sobre el cual actúa como lo perfectivo respecto a lo perfectible en razón de fin y que brota de su perfección, de su acto, del actus essendi.

La razón de bien es posible por el acto del ente, que no es otra cosa que su perfección, su actus essendi. El ser de cada creatura es su perfección primera y en cuanto conviene a perfeccionar a otros entes a modo de fin se le considera bueno. Santo Tomás dice: La razón de bien consiste en que una cosa es perfectiva de otra a modo de fin, todo aquello que posee razón de fin, tiene también razón de bien.

Y de la razón de fin son dos cosas, a saber, que sea apetecido o deseado por quienes todavía no han alcanzado el fin y que sea amado y deleitable por quienes están en el fin, porque es de la misma razón tender a un fin y descansar en él… lo que todavía no participa de ser, tiende al mismo por apetito natural, lo que ya posee el ser, naturalmente lo ama. Y de ahí que el primer bien al cual tienden las creaturas señalado por Aristóteles en el libro de la Metafísica es el permanecer en el ser, pues el ser es su primera perfección y el fundamento de todas las demás perfecciones. De todo esto, se muestra que la relación entre bien y ser es esencial: Unde Sicut impossibile est quod sit aliquid ens quod non habeat esse, ita necesse est ut omne ens sit bonum ex hoc ipso quod esse habet.

El bien y el ente son convertibles, ambos se refieren a la misma realidad y todo lo que significa ente lo significa bien añadiendo sólo una relación de razón de fin que perfecciona. ¿qué tipo de relación habría entre la noción de ente y la de bien? Tanto la noción de ente cómo la de bien están relacionadas no como una parte y un todo, ni como dos todos distintos, ni como dos partes, sino refiriéndose a la misma cosa añadiendo uno una conveniencia pero siendo igual de consistente que la otra y estando presente en todo lo que es tanto en los modos particulares de ser como en el ente según corresponde a proposiciones de verdad.

Si el fundamento del bien es el actus essendi, y este es un acto participado, no se causa a sí mismo, entonces el fundamento ultimo del bien esta en El Ser, en el Acto puro que participa el acto de ser a los entes. Santo Tomás dice: Del bien no puede derivar más que el bien. Como todo ente procede de la bondad divina, todo ente es bueno. El ente es en cuanto a que participa del ser de Dios según un modo de ser limitado, la esencia. El bien es bien en cuanto a que participa de la bondad de Dios según un modo de ser limitado en su esencia. Pero lo bueno es bueno en cuanto a que es y todo lo que es por ser es bueno, de tal manera que la participación en el ser es la participación en la perfección que es el fundamento de la razón de bien en cuanto a que es perfectible y alcanza la razón de fin, y por tanto es también la participación en el bien divino.

El ser participado implica mucho más que la sola existencia contingente y según una esencia, sino que implica que lo que es, es bueno en razón de su ser que es perfecto y perfectible y que conviene con el apetito que busca lo perfecto. Si el ser es lo que indica la noción de ente, y este ser se refiere al ser de un aliquid que es, es claro que el bien también se refiere en todo caso y necesariamente a un aliquid que es añadiendo sólo la relación de razón de fin al ente. Y se trata del acto de ser propio de cada ente y según su naturaleza que lo limita en el ser. De esta forma, decimos que para cada ente su bien consiste en ser según su naturaleza y el mal, sería aquella privación (que no es in re sino in intelectu secundum veritatem propositiones) que se opone a la perfección natural.

Se podría deducir de esto el principio de finalidad: Omne agens agen propter  finem. Todo agente obra por un fin, pues obra en razón de fin según la consideración del ente como perfecto y perfectible sabiendo que en tanto que es bien est quod omnia appetunt. Este será un tema importante en la metafísica de la causalidad. Por ahora basta señalar lo siguiente tomado de la Suma contra los gentiles: En las cosas que más manifiestamente obran por un fin, llamamos fin a aquello a lo que tiende la inclinación del agente; si alcanza ese término, decimos que ha logrado su fin, y si no lo obtiene, afirmamos que se aparta de su objetivo, como es notorio en el caso del médico que pretende dirigirse a una meta concreta. Y no importa a este respecto que quien se encamina a su fin lo conozca o no, pues como el blanco es el fin propuesto por el arquero, del mismo modo es el fin del movimiento de la flecha: pues toda orientación o tendencia del agente se encamina a un fin preciso.

Finalmente habría que decir que actuar por un fin no significa percibirlo como tal fin; implica solamente una dirección precisa en las operaciones de un ente que busca la perfección según su naturaleza. De esta manera, también los seres que no tienen inteligencia y aún aquellos que carecen en absoluto de conocimiento en cuanto a que obran actúan por un fin, es decir se mueven hacia algo determinado, perfecto, aunque sin saberlo.

Ahora bien, se ha presentado la razón de bien en cuanto a razón de fin. El fin conviene necesariamente con un apetito. El apetito puede estar determinado por la esencia del ente o puede ser libre e indeterminado en ciertos aspectos (Como es el caso de la libertad humana que estando determinada al bonum ut naturam esta indeterminada frente a la enorme cantidad de bienes de la realidad).

Pero la razón de fin es la primera en la intención y en el caso de la totalidad de los entes es el fundamento no sólo de su bondad sino primeramente de su existir. El ente es por participar del ser divino en cuanto a que Dios libremente ha dado parte de ser a los entes. Así mismo la razón de fin del ente refiere en último término a la voluntad divina que ha querido participar el ser a la creatura. Dios participando el ser según una medida a cada una de las creaturas (la esencia) lo hace como causa final y al crearlo le da al ente razón de fin (quiere crear) y así le da en el ser, la bondad de su propio modo de ser según la perfección que le corresponda a su esencia. Luego entonces, el fundamento del bien del ente y del ser del ente es el acto creador y conservador (providente), eficiente (ex nihilo) y final (libre) de Dios.

Todo ente es bueno porque coincide con la voluntad divina que la hace ser de un modo participándole el ser según un ser así, una esencia que es buena según participa del ser que en cuanto a perfección es la bondad misma. El querer divino es el fundamento de la bondad del ente.

Dios es el Ser y también el Sumo Bien. ¿De qué manera y de dónde se deduce? Si decimos, que algo es bueno en cuanto a que es, a que tiene ser, según un modo de ser, el bien será del mismo grado que el ser en el mismo ente. A ser accidental corresponde bien accidental. Así, a Dios le correspondería, considerado en sí mismo, la Suma Bondad. Dios es Bueno por esencia, pues su esencia se identifica con el Ser.

Ahora bien, considerado como fin para los demás entes que ha creado Santo Tomás responde en la Summa: Ser bueno le corresponde señaladamente a Dios. Pues algo es bueno en cuanto es apetecible. Cada uno apetece su perfección. En el efecto la perfección y la forma tienen cierta semejanza con el agente, ya que el que obra hace algo semejante a él. Por eso, el agente es apetecible y tiene razón de bien, pues lo que de él se apetece es la participación de su semejanza. Dios es la primera causa eficiente de todo, resulta evidente que la razón de bien y de apetecible le corresponde.

Así, Dios no sólo es su bien pues no hay otro bien fuera de él que él pudiera apetecer y mientras que su bien se identifica a su ser en esencia junto con todas sus demás perfecciones que son en él ilimitadas, él es el sumo Bien no sólo para sí mismo, sino que lo es también para todo ente que se perfecciona pues él es la Suma Perfección de las perfecciones. De aquí se desprende el fundamento de la ética tomista que encuentra un descanso no en la eudaemonía sino en el Sumo Bien, en Dios mismo, y por consecuencia se desprende toda la reflexión sobre la bienaventuranza del hombre. Dios es el fin de la creatura y particularmente del hombre. Dios es el Bien último del hombre y el acto libre será bueno en cuanto a que se dirija a su fin según la razón que actúa como orden del actuar dando así lugar a una verdadera vida virtuosa: Aquella que lleva al hombre hacia su fin hacia Dios mismo. La bienaventuranza será descansar en él.

Algunas consideraciones pertinentes para la ética

Lo que en la realidad se da por participación requiere de uno que tenga en grado sumo y de otros que tengan en parte la perfección de la que participa uno y que es participada por otro. Al ser conocida la estructura de la realidad que implica participación en distintas perfecciones se conoce lógicamente a modo de analogía señalando la conveniencia de dos entes que tienen alguna perfección que es en parte igual y en parte diferente según un mayor o un menor grado.

Cuando se predica de dos entes esto no tiene ninguna complicación. Cuando se predica de Dios habría que detenerse, pues no sólo se trata de señalar una analogía, porque si bien la semejanza es real, es mayor la des- semejanza por ser las perfecciones divinas infinitas y esto constituye la vía de la eminencia: Todo lo tiene Dios por la unidad simple de su ser, ya que su esencia es su sabiduría, justicia y fortaleza y demás similares, que en nosotros son algo sobreañadido a la esencia. En otras palabras, lo que al ipsum esse subsistens le compete esencialmente, al ente creado le compete como algo sobreañadido a su esencia.

¿De qué modo? Por participar de la forma creada recibe las perfecciones propias de su especie y una cierta bondad secundum quid habet esse, y no sólo porque tiene ser, sino porque tiene ser según la medida de su forma. En relación a su causa final y causa efectiva de su esse el ente creado es bueno por participación en el ser según la forma ejemplar que reside en el entendimiento divino constituyéndose éste ente en un ente cuya esencia que tiene ciertas perfecciones secundum quid en acto pero que en potencia es perfectible.

Finalmente, lo bueno en los entes no es bueno por esencia (pues no tiene el ser por esencia de ser así sería un ser necesario) sino por participación en un primer sentido (en cuanto a que es bonum secundum quid esse habet) y por algo sobreañadido a la esencia, en un segundo sentido, (la perfección a la que accede la sustancia por la determinación de los accidentes, bonum simpliciter).

De lo perfectible que busca lo perfecto, y de lo perfecto que alcanza el ente al obrar para perfeccionarse así mismo y determinarse según una bondad total y completa a la que es capaz de llegar por medio de su ser potencial y de los accidentes que se adhieren en la sustancia determinándola, nos referimos con el bonum simpliciter.

En este sentido la consideración respecto al ente es distinta a la que es respecto al bien, pues el ens simpliciter se refiere a la ousia, mientras que el ens secundum quid se refiere a los accidentes que perfeccionan a la sustancia.

En cambio en el bonum, por ser el ente considerado como perfectivo y no en sí mismo, es secundum quid la sustancia, según que tiene el ser, y también secundum quid es algún accidente tomado por separado según un algo (se puede ser bueno según un algo), pero el bonum simpliciter, se refiere no a la sustancia, sino a la sustancia en cuanto a que está perfeccionada por los accidentes propios de la especie a la que pertenece.

De tal manera que el ens simpliciter será bonum simpliciter en la medida en que alcance su fin y las potencias accidentales que tiene se actualicen en sus respectivas perfecciones a las que aspiran. Por eso se dice que un hombre es hombre (ens simpliciter) y que es mexicano (secundum quid), pero es distinto decir que es un buen hombre (bonum simpliciter) a que es un buen universitario (bonum secundum quid es universitario), más aún, es distinto decir que es un buen universitario (bonum secundum quid es universitario), a que es un universitario bueno (Bonum simpliciter, aunque hace explícito que siendo un universitario es un hombre bueno).

En la creatura, la bondad accidental (bonum secundum quid) que en el ente creado determina y perfecciona a la sustancia y por tanto es algo añadido a su esencia admite grados de bondad en los distintos entes que sean de la misma especie, y la creatura alcanzará su bonum simpliciter en la medida en que alcance las perfecciones de su naturaleza según su fin.

Estos grados de bondad en el caso de la creatura libre son un resultado de la virtud de tal manera que el bonum simpliciter del hombre será el ser virtuoso según que esto lo lleve a alcanzar su fin: la bienaventuranza en Dios. Cada virtud en cuanto a que perfecciona al hombre según algo, lo acerca a una bondad completa en cuanto a su naturaleza de hombre en la medida en que lo lleva a su fin.

Así se dice que un hombre virtuoso tendrá más bondad que un hombre vicioso, mientras que un hombre que alcanza su fin y dispone todas sus potencias a él según las virtudes será bueno absolutamente o simpliciter. En este sentido, el bonum simpliciter supone un acabamiento interior, que el ente creado pueda alcanzar la dimensión y vigor operativo según su naturaleza: quantitas continua, quantitas virtutis.

Santo Tomás señala: La bondad tiene razón de causa final. Desde esta perspectiva la teoría de la acción implica una interpretación significativa. Es decir, la acción humana debe ser interpretada desde su significado, no sólo como un acto realizado sino como un signo en la tendencia natural del hombre como creatura libre hacia su fin que es El Bien. El acto no sera un suceso ontológico y estático, sino será un suceso metafísico y moral en el dinámismo del acto de ser y de la esencia del hombre en una existencia temporal en la que a través de decisiones y discernimientos se auto-determina de una u otra manera.

Epílogo

Este texto, por algún motivo desconocido para el autor, en el cambio de formato de un blog en donde estuvo publicado previamente hacia este, perdió su aparato crítico, es decir las referencias a los textos citados. Solicitamos comprensión del lector y el privilegio de la confianza. Por otro lado, he  de decir que este texto puede servir en gran medida como una referencia técnica para la hermenéutica de gran parte de los artículos anteriores. Finalmente, acompaña este artículo el concierto para violín # 4 de Paganini. La razón: porque me fascina. Espero lo disfruten.