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lunes, 22 de abril de 2013

23. [S. Th.] Santo Tomás de Aquino y la fe (1): el origen de la Fe




Preámbulo
La Iglesia Católica reconoce ante todo ser depositaria de un mensaje que no ha sido pensado ni creado por mente humana alguna sino que, por el contrario, ha sido recibido como un don de parte de Dios mismo, primer principio y fin último de toda la realidad.

En este sentido, la Iglesia, es una comunidad que se sabe convocada por Dios y conformada por una Palabra que excede las capacidades naturales de la razón humana: la Palabra de Dios. De modo que la doctrina católica nunca ha pretendido ni ser una doctrina estrictamente humana ni tener su origen en la sabiduría natural sino que encuentra radicalmente su origen no en sí misma sino en el mismo Creador, no sólo en cuanto Creador y dador del ser sino en cuanto a que en el transcurso de la historia se ha revelado dando a conocer un designio hasta entonces escondido e incognoscible para el hombre sin la condescendencia divina de la revelación.




Por este motivo, el primer momento constituye el paso decisivo de la identidad cristiana y no es un momento creativo en el sentido de que proceda del ingenio de un hombre sino que, por el contrario, es un momento receptivo. La Iglesia antes de ser signo y testimonio de salvación es testigo de un Verbo de vida al que ha escuchado, al que ha visto y oído, del que se ha alimentado y al que ha aceptado con humildad y adoración. Es precisamente en razón de que la Iglesia está a la escucha de la Palabra, de que la recibe con veneración y devoción, que puede dar testimonio ante el mundo de un anuncio de salvación, del Evangelio.

Origen de la Fe
El origen de la fe lo podemos presentar en distintos niveles. En primer lugar hay que afirmar un preámbulo necesario: la inteligencia del hombre y su búsqueda incansable de la Verdad última de la realidad humana y de la vida en general, es el presupuesto indispensable para que nazca la fe. De ahí que haya una relación intrínseca entre lo que llamamos fe y la razón no como si se tratase de facultades contrapuestas, sino que, al contrario, sabiendo que se trata de dos actos de la misma facultad que relacionan al mismo hombre con la misma realidad aunque en distintos niveles: la verdad.

En este primer nivel, que es sólo un preámbulo, lo que se afirma es que el hombre busca la verdad y después de discursos altísimos y correctos también reconoce que no ha llegado sino a tocar como en gran oscuridad el misterio del hombre y de la vida. Pero en aquella oscuridad, también encuentra motivos reales y seguros para que en el momento en que Dios parezca hablarle pueda aceptar razonablemente su revelación: es capaz de demostrar la existencia de un Dios personal, infinitamente bueno, fuente de toda verdad y de toda belleza, fin último del hombre y fundamento de su bienaventuranza.

Los
preámbulos de la Fe no son sólo proposiciones y verdades que pueden explicitarse como juicios que den un sustento racional a la revelación sino que, también, representan una actitud fundamental de búsqueda y apertura. Y este es el punto en donde es necesario, para alcanzar la fe, un corazón en búsqueda como el del gran Agustín. Pero este corazón animoso e incansable no sólo le compete a Agustín como icono espléndido del amante de la sabiduría, sino que constituye también el ímpetu de la misma comunidad que llamamos Iglesia.

La Iglesia no es una comunidad que viva de costumbres, “
non consuetudinis”, sino que es, más bien, una comunidad que se reúne alrededor de la Verdad, “sed Veritas”, y para andar en la Fe, es necesario andar en búsqueda de la verdad. Y en este nivel es necesario señalar un elemento más: quien busca la verdad con magnanimidad no puede sino reconocer con humildad la limitación de sus recursos intelectuales y abrirse a la escucha del otro. Este momento constituye junto con la búsqueda de la verdad, un preámbulo indispensable para andar en la Fe. Así tenemos un preámbulo más: la humildad.

Antes de andar en los caminos de la fe, hay que aspirar magnanimamente a la búsqueda de la verdad  y reconocer humildemente las dificultades y limitaciones de la búsqueda. Un corazón inquieto, que busca, sabe que no puede realizar la obra solo y abre sus oídos a la escucha del prójimo. Un corazón individualista no puede andar en los caminos de la fe porque no es capaz de fiarse en el testimonio del otro. Así, la escucha en sí misma, es una condición necesaria para que nazca la fe, pero para que esta se de, son necesarias ciertas condiciones morales en la persona. Por eso lo primero es aprender a escuchar, y a confiar esperando  poder caminar junto con el otro hacia la verdad.

¿Pero cómo caminar junto con el otro a la verdad si no estamos dispuestos a fiarnos de nadie? ¿Cómo puede alguien aceptar el testimonio de otro, cómo puede fiarse de algo de lo que no tiene evidencia directa? Santo Tomás apela a la fe humana para afirmar la razonabilidad de la fe  en Dios. Se trata, en cierto sentido, de una afirmación positiva de la aceptación de la evidencia indirecta como acceso válido y razonable a la verdad:
...si el hombre no quisiera creer sino lo que conoce, ciertamente no podría vivir en este mundo. En efecto, ¿cómo se podría vivir sin creerle a nadie? ¿Cómo creer ni siquiera que tal persona es tu padre? Por lo cual es necesario que el hombre le crea a alguien sobre las cosas que él no puede conocer perfectamente por sí mismo. Pero a nadie hay que creerle como a Dios, de modo que aquellos que no creen las enseñanzas de la fe, no son sabios sino necios y soberbios, como dice el Apóstol en la Epístola a Timoteo 6,4: “Soberbio es y no sabe nada” Por lo cual dice San Pablo en la 2a. Epístola a Timoteo, 1, 12: “ Yo sé bien en quién creí y estoy cierto”

Y esta condición de escucha y de confianza, aplica, en cierto sentido no sólo para aquellos que no han recibido el anuncio, sino también para los que profesan la fe y tienen ya la fe teologal. En cierto sentido hay que renovar la oración que se expresa con el signo del efetá: pedir a Dios que abra nuestros oídos para escuchar su Palabra y nuestra boca para anunciarla. ¿Pero si esto aplica para los bautizados con cuanta más razón no aplica para todos aquellos que jamás han oído el mensaje? Hay que educar para la escucha y pedir a Dios el milagro del efetá para todos.
 
Esto mismo  decía el salmista: Ojalá escuchéis hoy su Voz, no endurezcáis el corazón. Bien sabía el salmista y lo retoma el autor de Hebreos que las condiciones preambulatorias para andar en la fe son la escucha y el corazón manso y humilde.

Ahora, estas condiciones, son el terreno firme para que nazca la fe, pero no son suficientes para suscitarla por si sola. Es necesario que llegue el sembrador a sembrar la semilla. Y la semilla se siembra por la predicación de la Palabra de Vida. El predicador es el que anuncia el Evangelio, y el gran sembrador es el mismo Cristo que vino a anunciar la liberación a los cautivos y a invitar a la conversión.  Así, el único origen de la Fe es Dios: El Padre que envía al Hijo a suscitar la fe y el Espíritu Santo que mueve los corazones a creer.

"Salió el sembrador a sembrar la semilla". En cierto sentido ya había preparado la cosecha por la palabra de los profetas pero la semilla de incorruptibilidad fue sembrada por el mismo Jesucristo en nuestros corazones. Más aún, ha sido él mismo quien puesto en tierra ha muerto para dar fruto abundante de Vida Nueva. Él mismo es la Palabra que pide ser aceptada y creída.

Recapitulando, después de los preámbulos es necesario un principio activo: la predicación de la Palabra. Y la Palabra de Dios, en sí misma, es un don sobrenatural y lo es, también, su aceptación. Por eso pedimos a Dios que prepare nuestros corazones y los de los demás para aceptar su Palabra. Que abra los oídos. Que sane las cegueras.

Fides ex auditu. La fe proviene de la escucha y la escucha supone la Palabra pronunciada del mensajero que lleve la noticia. La aceptación del testimonio del enviado es voluntaria, no necesaria, es libre y de modo misterioso, es motivada por el Espíritu Santo quien abre los ojos a los que viven en tinieblas. El hecho de que sea voluntaria no quiere decir que sea arbitraria o irracional. El asentimiento de la fe es un acto de la voluntad guiada por la razón, que somete a juicio el testimonio.

El testimonio ha de ser razonable, ha de ser creíble. Primero por la calidad de los  testigos: si el testigo no es veraz, el acto de fe es irracional e inhumano.  La voluntad se fía del testigo, asiente a aceptar como verdadero aquello que no conoce con visión, movido por el Espíritu Santo y en virtud del juicio que realiza del testigo y del testimonio mismo.

Así, por medio de signos maravillosos, acreditó Dios a los profetas como enviados suyos haciendo razonable para los destinatarios de los mensajes el asentimiento de la fe y de todo esto nos dan testimonios los textos sagrados.

A Jesucristo, el Padre lo acreditó como su Hijo (si no creen en mi, crean en mis obras) por medio de los milagros y de su sabiduría extraordinaria, pero sobre todo por el gran signo de la Resurrección. Este signo, sigue siendo hoy el hecho que funda radicalmente la razonabilidad del testimonio cristiano y también el primer anuncio de la salvación. Los apóstoles dieron testimonio de la resurrección del Señor y de como en él se habían cumplido las escrituras, es decir, las profecías, dando así un argumento más de la razonabilidad del mensaje que predicaba: Ayer y Hoy, la Iglesia sigue presentando
en todo momento el testimonio veraz de los apóstoles sobre la Resurrección, en los Evangelios, y el cumplimiento de las escrituras, en Cristo. Aunque lo hace siempre y en todo lugar, lo hace solemnemente en la Liturgia.

Así, el acto de fe, que requiere de la escucha y de la humildad tiene dos elementos integrantes que se complementan: la razonabilidad (cogitatione) y el asentimiento (cum asensione). Dice Santo Tomás:

En efecto, de los actos de la inteligencia, algunos incluyen asentimiento firme sin tal cogitación, pues esa consideración está ya hecha. Otros actos del entendimiento, en cambio, tienen cogitación, aunque informe, sin asentimiento firme, sea que no se inclinen a ninguna de las partes, como es el caso de quien duda; sea que se inclinen a una parte más que a otra (inducidos) por ligeros indicios, y es el caso de quien sospecha; sea, finalmente, porque se inclinan hacia una parte, pero con temor de que la contraria sea verdadera, y estamos con ello en la opinión. El acto de fe entraña adhesión firme a una sola parte, y en esto conviene el que cree, el que conoce y el que entiende. Pero su conocimiento no ha llegado al estado perfecto, efecto de la visión clara del objeto, y en esto coincide con el que duda, sospecha y opina. Por eso, lo propio del que cree es pensar con asentimiento, y de esta manera se distingue el acto de creer de los demás actos del entendimiento, que versan sobre lo verdadero o lo falso.

De modo que Tomás siguiendo la definición de Agustín dice que la fe es: cogitatione cum asensione. Pensar con asentimiento. El momento del pensar corresponde al juicio de las condiciones de credibilidad del mensaje y el momento del asentir corresponde al fiarse, o confiarse en el testigo. En este caso podemos decir que los apóstoles se fiaron de la enseñanza de Jesucristo y confiaron en él porque habían experimentado su sabiduría extraordinaria, su poder extraordinario expresado en los milagros, la extraordinaria coherencia entre su enseñanza y su vida, palabras y obras, y, finalmente, en su dominio sobre la muerte.

En sentido estricto nunca vieron la divinidad de Jesús, porque la divinidad no es algo que se pueda ver con ojos humanos, la creyeron. Y esto se puede decir incluso de las grandes teofanías: el bautismo y la transfiguración, en donde los testigos vieron signos de la divinidad, pero no la divinidad en sí misma. Así, cuando contemplaban el rostro de Cristo veían verdaderamente el rostro de Dios, del Verbo encarnado, pero lo veían en un rostro humano, de carne y huesoVeían a un hombre que era Dios, y la confesión de fe en su divinidad no nacía de la carne ni de la sangre sino de la bondad del Padre que movía los corazones a aceptar el testimonio de su Hijo.
Creyeron por obra del Espíritu Santo, como Pedro cuando confesó ¡Tu eres el Cristo, el Hijo de Dios! por los signos externos que promovieron el acto interior de la fe.

I
ncluso en el encuentro misterioso con el Resucitado son los signos de la victoria los que mueven a la fe cristológica como Tomás Apóstol que viendo las huellas de la pasión en el cuerpo vivo del Señor afirmó solemnemente su divinidad: ¡Señor mío y Dios mío!  Y podríamos pensar que a Tomás se le dijo "Dichoso tu porque has visto" y, ciertamente, vio mucho más de lo que muchos creyentes vemos en el "cogitatione", pero aún así, no lo vio todo, no tuvo "visión beatífica" sino que por los signos contundentes creyó en todo lo que había dicho el Señor.

Por eso dice Santo Tomás que en algo se parece la fe a la opinión, en el hecho de que no tiene visión perfecta de su objeto y en algo se parece a la ciencia, en la certeza, teniendo una certeza mayor cuanto que se fía de un testigo que ni puede mentir ni errar: la Verdad primera. Así, en los estados del hombre frente a la verdad, el acto de fe tiene una mayor certeza que la de a ciencia pero coincide con la opinión en el hecho de que no tiene evidencia estricta.

En esto reside su imperfección, en su falta de evidencia directa, en que es en cierto sentido "oscura", pero no irracional, porque mientras que no tiene evidencia directa, tiene evidencia indirecta por la razonabilidad del testimonio y el juicio de veracidad del testigo.Y Santo Tomás se pregunta explícitamente si le es conveniente al hombre, de acuerdo a su naturaleza intelectual y dignidad "el acto de fe" a lo que responde:

 ... la imperfección de nuestro entendimiento resuelve esta dificultad: porque si el hombre pudiese perfectamente conocer por sí mismo todas las realidades visibles e invisibles, necio sería creer en lo que no vemos. Pero nuestro conocimiento es tan débil que ningún filósofo pudo jamás descubrir a la perfección la naturaleza de un solo insecto... Por lo tanto, si nuestro entendimiento es tan débil ¿acaso no es insensato no creerle a Dios sino sólo aquello que el hombre puede conocer por sí mismo?

Y respecto a la certeza del acto de fe Santo Tomás dice no sólo que es razonable creer sino que lo irracional sería no creer puesto que mientras que el entendimiento humano es falible  la revelación proviene de la ciencia divina que es de suyo infalible.

En segundo lugar se puede responder que si un maestro enseñase algo de su ciencia y cualquier rústico dijese que eso no es tal como el maestro lo afirma por no entenderlo a él, por gran necio tendríamos a ese rústico. Pues bien, es un hecho que el entendimiento de los ángeles excede al entendimiento del mejor filósofo más que el entendimiento de éste al del rústico. Por lo cual necio es el filósofo si no quiere creer lo que dicen los ángeles, y con mayor razón si no quiere creer lo que Dios enseña. Sobre esto se dice en Ecl 3, 25 “Muchas cosas que sobrepujan la humana inteligencia se te han enseñado”

Los sellos del Rey
¿Cómo saber que Dios ha hablado? Esta es la pregunta más radical de la Teología Fundamental. Ya hemos aventurado una respuesta a ella para hacer explícitos los elementos de la definición de la Fe en Santo Tomás. Ahora veamos que es lo que dice Santo Tomás:

Dios prueba la verdad de las enseñanzas de la fe. En efecto, si un rey enviase cartas selladas con su sello, nadie osaría decir que esas cartas no proceden de la voluntad del rey. Pues bien, consta que todo aquello que los santos creyeron y nos transmitieron acerca de la fe de Cristo marcado está con el sello de Dios: ese sello lo muestran aquellas obras que ninguna pura criatura puede hacer: son los milagros con los que Cristo confirmó las enseñanzas de los Apóstoles y de los santos.

De modo que si hemos aludido a los principios de credibilidad que movieron a los apóstoles a fiarse de Jesús y a profesar incluso antes de la Resurrección ¡Tu eres el Santo de Dios! estos mismos principios se siguen cumpliendo en el ministerio apostólico de la Iglesia: La altura de la enseñanza; Los testimonios de las obras y los milagros de Dios en la historia en la historia humana.

Pero aquí hay más elementos que considerar. Lo primero es que la Iglesia y los bautizados han de ser tenidos por testigos veraces. Para ello, siguiendo el ejemplo del Maestro, el primer supuesto es la coherencia entre palabras y obras. Por este motivo la primera condición para la credibilidad de la Iglesia ante el mundo es la coherencia de vida de sus miembros, sin la cual su mensaje será estéril en cuanto a que rayaría en la irracionalidad.

Sólo así la Iglesia puede hablar con la autoridad de su Maestro y cumplir fielmente su misión de ser
sacramento universal de salvación. La autoridad del Evangelio, reside en su origen divino, pero si el origen divino no es presentado con toda transparencia por el defecto de los testigos, el testimonio quedará sin fruto y su autoridad no podrá ser presentada con toda transparencia.

De hecho, se puede decir que este es el
"sello" del que habla Santo Tomás, el milagro que acompaña a los apóstoles, no sólo se trata de la intervención divina que supera momentáneamente las leyes de naturaleza (auxilio que nunca ha faltado a la Iglesia, basta visitar un santuario mariano o consultar los archivos clínicos de la Congregación para la causa de los Santos), sino la fe misma, y la caridad sobrenatural que hace de la comunidad eclesial  el instrumento de la misericordia divina, para todos.

Y tal caridad se ve lacerada cuando no se hace real y sensible frente al hermano desamparado, pero también cuando  se atenta contra la Unidad de la Iglesia. ¿Quién puede dudar de que el testimonio de caridad de la madre Teresa de Calcuta no interpela a todos como argumento en favor de la credibilidad del mensaje mismo de la Iglesia? Pero, al mismo tiempo, tendríamos que preguntarnos si las divisiones y los cismas no son también obstáculos para la credibilidad del testimonio.

Es significativo que el apóstol Santiago le de tanta importancia a las obras y se refiera en concreto a las obras de piedad, a las obras de misericordia. Es significativo que Santo Tomás hable de una
fe muerta que no llega a expresarse, ni está animada por la caridad, como de una fe semejante a la de los demonios. Es significativo que el apóstol Juan nos interpele diciéndonos que no es posible amar a Dios a quien no vemos si no amamos al pjimo a quien si vemos. De modo que si los creyentes somos las cartas del Rey enviadas a todos los hombres y queremos acreditarnos como sus enviados debemos llevar el "sello", el sello de la caridad y de la misericordia. Así el mundo creerá y seremos también nosotros, en cierto sentido, origen de la fe del otro, causa de su salvación.