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domingo, 18 de enero de 2015

44. [Homilía] El Cordero de Dios



Queridos hermanos: en este domingo, el Evangelio de San Juan, nos presenta uno de los momentos fundacionales de nuestra amada Iglesia: el llamado de los primeros discípulos. El evangelista ha recorrido previamente un itinerario profundo y sobrenatural, que nos ha mostrado a Jesús como la Palabra eterna del Padre que se ha encarnado para habitar entre nosotros y ser luz en nuestro camino. Él nos ha hablado del Bautista, quien fue enviado por el Espíritu Santo a preparar el camino del Señor, predicar la conversión y anunciar la inminente llegada del Mesías. 

El testimonio de San Juan Bautista que hoy hemos escuchado es muy importante: Él mismo, en su ministerio y predicación había fundado una comunidad significativa de personas que reconocían la gran necesidad que tenía Israel y la humanidad de redención, del perdón de los pecados y que esperaban junto con Él al Mesías. Él mismo había dicho: «Yo no soy el Mesías» (Jn 1, 20), pero al mismo tiempo prometió mostrarles al Cristo (Jn 1, 33), al elegido de Dios. Así, después del Bautismo del Señor, en el que se reveló el misterio de Dios en Jesús, como Hijo amado del Padre y ungido por el Espíritu Santo, Juan dio un testimonio definitivo a sus discípulos: «Este es el Cordero de Dios» (Jn 1, 36). 

Con estas palabras Juan entrega a sus discípulos al auténtico Maestro, y entrega la comunidad que preparó en el desierto a su Señor. Además, les señala claramente el misterio de su unción singular: Jesús, viene del Padre como ungido por el Espíritu Santo, para ser Cordero de Dios, y quitar el pecado del mundo (Jn 1, 29). Él es el Mesías esperado, el Cristo que para reinar sobre todas las cosas se hace Cordero, sacrificio inmaculado y santo, venido de Dios, para reconciliar a los hombres con el Padre limpiando el pecado con su propia sangre. Juan señala, entonces, al Rey que entregaría su vida como expiación para congregar el reino de la humanidad redimida y entregarla a su Padre, para que fuera tomada como familia suya e hijos suyos.

Ante los ojos de Juan el Mesías es un condenado a muerte, pero a una muerte fecunda, que cumpliría las figuras del cordero pascual (Ex 12, 1-8), del sacrificio del gran día de la expiación (Lv 16) y la del siervo sufriente (Is 53). Jesús, a los ojos del Bautista, llevaba ya una cruz sobre los hombros, y era ya una víctima señalada, que como templo santísimo y sin pecado sería destruido para recrear a la humanidad herida por el pecado y ser culto perfecto de adoración a nuestro Padre celestial y fundar así el reino esperado. 

El Bautista, entregó sus discípulos a Jesús sabiendo que la vocación del Mesías era un altar sacrificial, y, al hacerlo, Jesús inicia su comunidad, inicia la gran convocación, la gran congregación de las naciones y de los pueblos en torno a sí mismo y al sacrificio que ofrecería: nuestra amada Iglesia. El amigo del novio, escolta a la novia y la entrega al novio para desposarla, y cumpliendo su llamado cede todo derecho, honor y gloria al Esposo y se retira con humildad.

Ante este testimonio los discípulos de Juan siguieron a Jesús por el camino y le veían las espaldas intrigados, como Moisés que vio las espaldas de Dios pero que anhelaba ver su rostro. Entonces, sucedió algo nuevo: Dios mismo, Jesús, el Hijo de Dios los miró, les mostró su rostro y les habló. «¿Qué buscan?» dice Jesús, ellos responden «¿Dónde vives?». Es significativo que si «el Hijo del hombre no tenía lugar donde posar la cabeza» (Mt 8, 20), sin embargo, les diga: «vengan y lo verán». Y es que Jesús no quería mostrarles ni un lugar ni una habitación, quería mostrarles su verdadera casa, quería mostrarles al Padre y darle su Don, pues esta fue siempre su más sólida morada: el amor del Padre. 

Con estas palabras misteriosas, Jesús inaugura una nueva casa, que ya no son muros ni techos, sino que se funda en Él mismo, la piedra viva y que consiste en habitar en el Amor del Padre, haciéndose Él mismo nuestro camino hacia Él y llamándonos a ser parte de esta morada. Por eso también le dice a Pedro: «Tu te llamarás Cefas, que quiere decir piedra» para señalar una morada definitiva, en dónde él habitaría para siempre: la Iglesia congregada en torno al Cordero, su Esposo, animada por el Espíritu Santo y dirigida siempre al Padre con amor filial.

Queridos hermanos: hagamos oración al Señor Jesús, para que nos muestre su rostro, como lo hizo a sus primeros llamados, nos dirija su Palabra, y nos mantenga siempre en su casa que es el Amor del Padre que reina en la Iglesia por su sacrificio redentor. Que sepamos reconocer siempre la invitación que nos hace en el secreto de nuestro corazón como lo hizo en otro tiempo con Samuel y responder generosamente como lo hizo el apóstol San Andrés, anunciando a todos que hemos encontrado el tesoro escondido, por el cual vale la pena dejarlo todo: Jesús, el Cordero de Dios que quita el Pecado del mundo quien nos llama a entrar en su morada y quedarnos con Él, a vivir en Él.


II DOMINGO TIEMPO ORDINARIO, CICLO B, 18 DE ENERO 2015