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domingo, 4 de enero de 2015

43. [Homilía] Solemnidad de la Epifanía, 4 Enero 2015



Queridos hermanos en Cristo Jesús: en este tiempo de Navidad, la Iglesia se alegra al contemplar la manifestación del misterio de Dios a los hombres. La oscuridad que cubría la mente y el corazón de la humanidad herida por el pecado vio el amanecer, el resplandor de la luz imperecedera.

En efecto, el hombre pecador había sometido su existencia a una vida en tinieblas, una vida sin Dios y sin esperanza que significaba no sólo la pérdida de la bienaventuranza eterna, sino también la frustración de la vida temporal, de su bondad y de la belleza que le es propia en el plan de Dios.

Pero Dios no abandonó a los hombres a la oscuridad del pecado sino que hizo brillar su Palabra como una luz, inspirando por obra del Espíritu Santo a los profetas un mensaje de salvación. Y llegada la plenitud de los tiempos, habló Dios una Palabra definitiva, una Palabra Eterna que puso su morada entre nosotros, como luz inextinguible y completa, dándonos a conocer el misterio divino y el misterio humano: Dios es nuestro Padre, un Padre rico en Misericordia y su Hijo Único, Jesucristo, se ha hecho hombre como nosotros, para hacernos en Él Hijos del Padre  y derramar sobre nuestra carne el Don del Espíritu Santo, el Amor Divino.

Así, hemos visto una gran luz que no se apagará nunca: Jesús. Jesucristo es la manifestación de Dios, su Palabra, su revelación: Él nos ha revelado al Padre y nos ha dado el Espíritu. Él es la “epifanía” de Dios y la “epifanía” del hombre, porque sólo en Él hemos llegado a conocer el misterio del hombre y de su altísima vocación. En Él que es la verdad conocemos a Dios y andamos el camino para llegar a la Vida, y mientras caminamos al encuentro definitivo con el Padre, nos enseña a vivir en paz, justicia, misericordia, amor y bienaventuranza.

Su luz, nos muestra a Dios, nos conduce a Él y nos enseña a vivir. Pero, pongamos atención que esta luz no sólo está afuera de nosotros como algo ajeno a nuestro ser y vocación. ¡En Él hemos sido “iluminados”! Queridos hermanos todos hemos sido “hechos luz” el día de nuestro Bautismo, hemos recibido la “luz de Cristo” para ser también nosotros “luz del mundo” y manifestar al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.

Hoy contemplamos a la humanidad inmersa en grandes tinieblas y sufrimos las consecuencias del abandono de Dios. También en nuestro país experimentamos épocas de confusión, de violencia, de injusticia y de muerte. Encontramos también en nuestros días personas que quieren apagar y sofocar la luz del Señor Jesús, que ha confiado humildemente a su Iglesia, que somos todos nosotros.

Sigamos el ejemplo de los reyes de oriente, venerados como santos. Ellos supieron buscar a Dios, estar atentos a las manifestaciones de su presencia y ponerse a la escucha de los profetas, es decir de la Palabra, para descubrir los planes de Dios. Ellos se acercaron presurosos, haciendo uso de ciencia y sabiduría, al misterio que se manifestaba y sin titubeos se presentaron diciendo: ¡Hemos venido a adorarlo!


Así, ellos nos dan también testimonio con su ejemplo: en medio de las tinieblas de nuestra historia, tenemos que elevar la mirada y ver la estrella que ya no es un astro, es el amor de Dios que ilumina nuestro camino. Esa estrella era signo de Jesús, nuestra luz, que se hace siempre presente en nuestras vidas. Debemos llenarnos con ellos de una inmensa alegría, entrar en la casa de Dios, que es cada corazón humano, nuestro interior, para contemplar a Jesús con María y caer de rodillas en profunda adoración. Solamente desde la adoración de Jesucristo, podremos quedar también nosotros radiantes y renovar el mundo con su luz. Que la Virgen María que nos presenta a Jesús para adorarlo y sus oraciones, nos alcancen renovar la luz bautismal y luchar contra las tinieblas del pecado, en nuestras vidas y en nuestra sociedad.