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sábado, 7 de noviembre de 2015

53. [S.Th.] [Reflexión] El Evangelio: principio de diagnóstico, estrategia y acción de los cristianos en el mundo.

ENCUENTRO DE LÍDERES SOCIALES
"Participación en la Política a favor de la familia, de los niños y adolescentes y de la educación."
7 de noviembre de 2015
IMDOSOC, Instituto Mexicano de Doctrina Social Cristiana


La acción humana, en su unidad integral está precedida por el conocimiento. La interioridad del sujeto moral se expresa en el mundo a través de su acción, que tiene como principio a la persona que conoce el mundo, a la comunidad y a Dios. De su propia reflexión surge su acción y se estructura según ella. La capacidad transformadora del mundo, de las personas y de las comunidades, surge de la contemplación de la realidad con una mirada atenta que impacta  el corazón humano moviendo sus fuerzas hacia lo mejor, lo mas perfecto, lo mas justo.

La reflexión que ilumina la acción es un conocimiento práctico que se ordena conforme a las posibilidades de la razón. La razón que piensa al hombre, al mundo, a la comunidad y a Dios se estructura como idea práctica. Y un primer criterio para el actuar humano es el actuar razonable, conforme a la recta razón que ilumina con la fuerza de la verdad el bien humano procurado en su actividad integral.

Actuar conforme a la razón significa descubrir en el juicio práctico, un principio extrínseco normativo, de lo justo, lo razonable, lo bueno, lo que debe hacerse y lo que debe evitarse: la ley natural. Es extrínseco porque lo precede, lo descubre inherente a su humanidad, no lo crea. Lo precede como le precede el cosmos, su propia naturaleza, la misma comunidad humana y Dios. Pero siendo extrínseco se hace próximo al juicio, interior a su subjetividad en la idea práctica que sustenta su acción y la cualifica.

Obrar conforme a la razón implica la apertura trascendente hacia Dios y no su exclusión. Cuando esta apertura se hace escucha razonable de la Palabra y promueve su aceptación, la fe ilumina la razón y engrandece inmensamente sus posibilidades. La aceptación de la revelación en la historia significa reconocer que el Creador quien puede ser conocido a través del cosmos, al menos como su principio, no es ajeno al orden humano sino su guardián y su custodio.

La Palabra, entonces, aparece como iluminación definitiva para conocer el misterio divino y el misterio humano hasta llegar a la plenitud. Esta plenitud la afirmamos en el misterio de Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre para nuestra salvación quien revela plenamente al hombre al hombre mismo, mostrándole su más auténtica dignidad y vocación trascendente. Esta convicción está a la base del reconocimiento creyente que afirma que la fe, y el Evangelio de Jesucristo, tienen una palabra de vida, plenitud y justicia respecto al hombre como persona y respecto a su vida social.

La DSI tiene en esta convicción su fundamento: es la luz divina que resplandece en la realidad humana de Cristo, la idea verdaderamente práctica de promoción humana.  Por tanto, el principio integral de diagnóstico no sólo es la acción razonable sino que es el discernimiento evangélico tanto para el análisis de la realidad como para el análisis  estratégico, es decir, de consejo y elección de las mejores opciones reales y posibles en el orden prudencial. Y también lo es en la acción misma que se constituye plena cuando es desde su origen acción razonable iluminada por la fe. Sólo esta integralidad de la acción cristiana en el mundo puede verdaderamente transformar con la fuerza de la verdad divina y el impulso de la gracia, toda la realidad.

A este momento podemos establecer un segundo principio que integra el primero y lo perfecciona : el principio de la acción de los cristianos en la vida pública es el actuar razonable iluminado por la fe. La acción de los cristianos en el mundo, y, particularmente en las realidades humanas y temporales, no puede reducirse a la acción razonable clausurada al sentido religioso más profundo de la fe. Es decir, la acción de los cristianos o es cristiana, o se traiciona a si misma, agraviando la fe, y, por tanto, cayendo no sólo en incongruencia sino disminuyendo gravemente su capacidad activa de transformación más profunda.

El tercer principio que les presento se deriva de un razonamiento diverso que omito y simplemente enuncio: la mutua responsabilidad respecto al bien personal y social, que exige la participación de todos en la acción para el bien común. Somos mutuamente responsables, los unos de los otros, y, todos juntos de la comunidad entera. En esta perspectiva la acción personal del sujeto moral es siempre social e impacta la comunidad. Sobre la base de este principio se edifica la justicia.

Esta común responsabilidad nos debe llevar a orientar la acción común para el desarrollo integral respecto a las prioridades mismas de la comunidad que aunque son diversas requieren un ordenamiento conforme a la vulnerabilidad de sus miembros. Los miembros más vulnerables, aquellos que no pueden fácilmente promover su propio desarrollo deben de ser protegidos por la acción común, las leyes y las instituciones.  Concomitántemente a la vulnerabilidad es importante considerar para ordenar rectamente el obrar personal y comunitario la estructura misma de la sociedad, y conforme a ella establecer las prioridades prácticas.

En este sentido, respecto a los miembros vulnerables de nuestra comunidad nacional, es necesario dirigir los esfuerzos hacia la protección del no-nacido, de los niños y adolescentes, y de los más empobrecidos a través de acciones diversas. Respecto a la estructura misma de la sociedad, la prioridad debe de ser su forma originaria y más fundamental: la familia. Y respecto a la vía para la renovación moral, religiosa y social la prioridad sin duda es la educación.