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miércoles, 14 de marzo de 2012

8. [Ph.] Las tentaciones del filósofo: individualismo; reflexiones en torno al personalismo


Las palabras primordiales no significan cosas, sino que indican relaciones. Las palabras primordiales no expresan algo que pudiera existir independientemente de ellas, sino que, una vez dichas, dan lugar a la existencia. Esas palabras primordiales son pronunciadas desde el Ser. Cuando se dice Tú, se dice al mismo tiempo el Yo del par verbal Yo- Tú. Cuando se dice Ello, se dice al mismo tiempo el Yo del par verbal Yo- Ello. La palabra primordial Yo-Tú sólo puede ser pronunciada por el Ser entero. La palabra primordial Yo-Ello jamás puede ser pronunciada por el Ser entero. (BUBER, M, Yo y tu)

 Existen distintos modos de concebir la filosofía. Generalmente están vinculados a una determinada forma de concebir la realidad y al hombre. Las opciones filosóficas fundamentales no son sólo maneras de comprender la realidad sino formas de situarse en el mundo, de existir en él, y de actuar en él. En el camino filosófico se desarrolla una compleja relación entre pensamiento y vida, en donde la vida orienta el pensamiento y la vida es transformada por el pensamiento. Este camino es ciertamente mi camino, pero eso no significa que [Yo] camine solo. 

En primer lugar me encuentro en la existencia, histórica y psicológicamente siempre en comunidad. La experiencia del otro es tan significativa como la experiencia del Yo. Es fácilmente sostenible que la experiencia del yo sea indescifrable sin la experiencia del tu a pesar de las dificultades cartesianas del tu. Y no sólo del tu que constituye ciertamente la relación primordial, sino también del nosotros histórico, cultural, social en el que hemos recibido el ser y desarrollado la personalidad. Este nosotros es siempre un nosotros personal, jamás es un colectivo cosificante, aunque la comunión a veces se esfume y se imponga la dinámica de la masa. Lamentable es hablar del "imaginario colectivo" como si fuera un hecho disolvente del yo y del tu que además permitiría atribuir una cierta personalidad a la masa

Bien decía mi buen amigo Carlos Díaz que sería más afortunado decir "Yo soy yo y mis circunstantes" que "yo soy yo y mis circunstancias" (Ortega). Todavía mejor si terminamos la "corrección" "yo soy yo y mis circunstantes y si no lo salvo a ellos no me salvo a mí". Esta actitud fue hecha vida por Mounier y por muchos otros que han asumido su existencia personal, en relación responsable "ad invicem" con el prójimo.


Desde el punto de vista metafísico
Primera premisa: el ser es una realidad simple conocida de modo complejo. Y esto no sólo aplica sobre la substancia simple, sino que análogamente lo podemos decir de todo ente, en cuanto a que en su realización concreta están unidos todos los elementos que en la dinámica cognoscitiva tendemos a separar en el análisis. Podemos conocer su estructura, pero no dejará de ser en su predicación sólo estructura, ontológica y trascendental, que aunque se verifique en el ente en cuanto que es, es una forma reducida de acceder a la riqueza del ser que se nos da en la experiencia.

Aún así, es un acceso válido, valioso, y justo. De renunciar a él nos quedaríamos en silencio frente al ser en sí como lo hizo Kant. Pero hay que asumir la metafísica con precisión. Es una ascensión al sentido del ser, pero el ser no es el discurso sobre el ser. El ente es siempre algo más en cuanto a su riqueza y además es siempre "uno", goza de unidad en su dimensión trascendental, de ahí que las divisiones sean desafortunadas y las distinciones aunque sean necesarias deben de hacerse en conciencia de ser sólo lógicas aunque se funden in re.  El ejemplo antropológico es muy elocuente: el hombre no es cuerpo y alma, es el compuesto, la unidad sustancial de cuerpo y alma, pero tal unidad en su realidad nos es oscura si no la racionamos. Pero al racionarla corremos el riesgo de dividir y pensar que el hombre es un cierto contacto entre res cogitans y res extensa.

Aunque después del análisis se procediera cuidadosamente mediante enumeración, hasta llegar a la síntesis, el proceso seguiría siendo lógico, seguiría siendo más bien un aspecto formal a-priori de nuestro modo de conocer que del ente en sí mismo. Y esto no establece una crítica que anule la metafísica, es simplemente asumir el conocer en conciencia de los modos de conocer, que aunque acceden realmente al ser, lo conocen según un modo limitado. Esto lo expuso magistralmente Santo Tomás en distintas partes de su obra y citamos sólo una: [1] Lo conocido está en quien lo conoce según la forma de éste. Pues bien, la manera propia de conocer del entendimiento humano es conocer la verdad por composición y división, según lo expuesto en otro lugar (1 q.85 a.5). Por eso, lo que es de suyo simple lo conoce el entendimiento humano con cierta complejidad... (II,IIae, q.1, a.2 )

Segunda premisa: la metafísica no es matemática. Sus nociones, relaciones, y estructuras, no admiten un tratamiento formal convertible al de las matemáticas, y esto para el pesar de Leibniz y todos los que han querido hacer de las matemáticas la prima philosophia

Primero porque se trata de un nivel de abstracción distinto. Mientras que las matemáticas se reducen a la predicación formal sobre la cantidad en cuanto a su representatividad lógica, la metafísica nunca deja de hablar sobre la realidad en sí, con sus complejas relaciones materiales-formales y modos de ser. Su abstracción consiste en elevar la predicación de modo que pueda juzgar con precisión la estructura de todo cuanto es.  Pero su predicación se refiere siempre al ente que es siempre algo con toda su riqueza específica y existencial.

Segundo porque mientras que las matemáticas son unívocas, la metafísica es análoga.  La cantidad es unívoca, el ser es análogo. La cantidad es racionable, el ser es aprehensible, predicable, contemplable y afectante,  de ahí que para situarse frente a él sea necesario algo más que el logos... que bien lo intuía Pascal. La univocidad a la que tendió la filosofía moderna sigue queriendo imponerse en algunos de los representantes del giro lingüístico, pero hay que decir junto con Maurico Beuchot que la posmodernidad ha tendido más bien a la equivocidad. La filosofía analítica en cuanto a su búsqueda de univocidad puede ser mejor comprendida como un hipermodernismo. La filosofía posmoderna, que podemos representar con Derridá y su hincapié en la différance intentando resaltar la riqueza de la realidad frente al discurso, hace equivoco todo discurso.  Sin embargo el discurso metafísico no es ni unívoco ni equívoco sino análogo, pues en cada ente se realiza de distinto modo.

La relación
La relación desde el punto de vista metafísico es análoga. Hay distintos tipos de relaciones según su realización en cada ente. Tienen una estructura común que implica los mismos elementos en distintos modos: 1. Un ente que sostiene la relación siendo afectado por ella, otro ente que es afectado por la relación y el objeto de la relación.  2. Dos entes que sostienen una relación recíproca aunque distinta en cada uno de ellos y el objeto de la relación. 3. Un ente que sostiene la relación sin ser afectado por ella, otro ente que es afectado por la relación, el objeto de la relación.

Tomando esta tipología podemos decir que lo esencial de la relación es el de referir un ente ad alio. Y en esto también acertaba Carlos Diaz parafraseando a Buber al decir que lo esencial de la relación interpersonal no es ni siquiera el yo o el tu sino el inter, que es la cualidad relacional que afecta a ambos en el entre fundamental. Y ciertamente, aunque metafísicamente sea difícil decir que el estar referido a otro sea la esencia de la persona, podemos decir que es una nota esencial y más aún trascendental.

La relación trascendental
La predicación predicamental abarca los modos de ser en los que se realiza la existencia. La predicación trascendental se dirige a los aspectos estructurales del ser, independientemente de su modo de ser. En la estructura trascendental del ente aparece su triple constitución ya vista por Agustín y formulada magistralmente por Santo Tomás: ser, esencia, fin. Y mientras que la esencia del ente no es el ser, y sin embargo es,  se impone la noción de participación como explicación causal del ente e incluso del ser ahí con todo y su tendencia a la disolución en la conciencia

El ser es un acontecimiento en el ente según su modo de ser, es su acto primordial, y sin embargo no encuentra razón suficiente en sí mismo debido a su contingencia. Es un acto que le sucede al ente, extrínseco a su propia razón aunque intrínseco una vez que es. Sólo por él es y está, y no siendo la causa de su ser es más propio decir que el ente tiene ser, más que decir que el ente es, aunque una vez que tiene el ser sea válido decir que es o mejor que está siendo.  

Esto, visto por Spinoza fue razón suficiente para afirmar una única substancia, la univocidad del ser. Afirmando algo verdadero, la contingencia del ente, negó falsamente la estabilidad metafísica del ente, al no atribuirle desde el punto de vista metafísico el ser por participación de otro, del Otro "ab Alio", que es por sí, "ab se", y redujo la predicación real a la unívoca, mientras que la multiplicidad fenoménica sería sólo apariencia. Pero esto lejos de resolver el problema lo complicó pues por salvar la necesidad disolvió la contingencia que le había hecho pensar que el devenir fenoménico no era. Y ciertamente no es en sentido fuerte, sino que tiene ser que le viene de otro. 

En la estructura del ente, encontramos una profunda dependencia ab alio, del ente con el Ser necesario. Ésta es una relación de participación, y como es previa a la existencia del mismo ser, incluso es su condición de posibilidad en el sentido más estricto, es una relación trascendental. De este modo afirmamos la primacía de la relación en toda metafísica. Esto no quiere decir que la relación sea substancial, sino que existe una relación, la trascendental, que es fundante de todo ente en cualquier predicamentalidad, ya sea sustancia, ya sea accidente. Y esto es mucho más que ser sólo substancia o sólo accidente, pues tanto la substancia como el accidente son por definición modos de ser limitados a su especificidad. 

Podríamos decir que más allá de las nociones de substancia y accidente, está la noción de relación no sólo como un accidente, sino como noción trascendental que refiere y establece por tanto una cierta unidad, sin univocidad entre el ente y el Ser necesario, y en esta relación trascendental se funda toda posibilidad de predicación analógica. Sin embargo respeta también la distinción, la diferencia, y la primacía del ser necesario en la relación fundante.

La relación trascendental tiene la siguiente forma: El ser necesario sostiene la relación sin ser afectado por ella, todo ente es afectado radicalmente por la relación, el objeto de la relación es la donación del ser. El ser necesario,  no es afectado porque es plenitud de perfección, pero esto no quiere decir que la participación en cuanto a operación no tenga ningún contenido semántico para el ser necesario. Aquí se fundaría la noción de creador - desde el punto de vista racional - y tendría su explicación en que el ser en cuanto bueno no sólo es plenitud de perfección, sino difusión ilimitada de perfección, que al realizarse en plenitud es también libre, pues es más perfecto el actuar libre que el actuar necesario. 

Y para no excluir el nuevo pensamiento que ha optado por Jerusalén intentando renunciar a Atenas podemos decir que tal relación se puede entender así: La firmeza de la Roca, que es el Señor, su estabilidad, su permanencia no sólo está referida a sí misma, sino que todo lo que es estable se funda en él. La relación trascendental no se establece en su agente fundante desde una inmutabilidad deísta, sino desde la comprensión dinámica-relacional del bonum de la que se puede decir parafraseando a un auténtico jerosolimitano y ateniense: por el Ser necesario, nos movemos, existimos y somos.


El problema de la relación sustancia accidente y de la relación como accidente
En el caso de la relación predicamental, no por tratarse de un accidente significa menos. La substancia no es lo que es sin los accidentes, y de hecho los propios humanos son accidentes lo que no es en demerito de su ser notas esenciales. La substancia ciertamente le da el ser a los accidentes pero los accidentes le dan su modo de ser en específico a la substancia primera.  

Desde el punto de vista aristotélico la realización concreta de la universalidad de la esencia se da siempre a través de los accidentes o mejor dicho en los accidentes con su prioridad en el caso de los entes corpóreos en la materia quantitate signata. Pero de ahí todas las demás cualidades y demás atributos que constituyen la especificidad del ente concreto son igualmente relevantes. 

En la persona humana, la personalidad en su mismidad, que por un lado es irreducible a cualquier discurso está fuertemente afectada en sus notas singulares por los accidentes. Y eso no sólo del propio cuerpo que es en sí esencial en la comprensión del yo, con sus cualidades, sino también de los actos humanos y de las relaciones humanas que no son sólo fundamentales desde el punto de vista psicológico sino que son también determinantes de la personalidad, en el propio ser en su unicidad. 

La relación interpersonal
De todos los accidentes el que más nos interesa ahora es la relación. Y esto dado que el hombre desarrolla su personalidad en relación no sólo por razón de su indigencia que le hace vivir en sociedad para garantizar la consecución de los bienes necesarios y útiles para la subsistencia sino porque los bienes típicamente humanos que son los honestos se realizan en la amistad y desde la amistad que es siempre relación. Por un lado están las relaciones fundantes de la personalidad que son las familiares porque en ellas se descubre el yo en relación al tu del padre y de la madre que constituye también el nosotros primordial.  En ésta está naturalmente la relación fraternal con sus necesarias fricciones entre hermanos que son también forja de la personalidad. El siguiente nivel es el de la ciudad en sentido amplio y reducido. En la πόλις se encuentran las relaciones que más afectan la vida familiar en su mismidad y aquí se introduce también la patria como relación histórica y cultural pero ante todo personal, del yo con la comunidad en la que se ha establecido la propia vida.

Siendo, entonces, la relación una noción fundamental para la comprensión de la estructura trascendental del ente, de la personalidad en su mismidad y dada la sociabilidad como principio antropológico fundamental, la concepción individualista como fundamento antropológico de las ciencias sociales como actitud filosófica se funda sobre un reduccionismo metafísico que no hace justicia al ser del hombre.

El individualismo: una aproximación
En individualismo es, entonces, una postura filosófica que postula que todo discurso antropológico se debe limitar al análisis del individuo como a su unidad objetiva. El análisis social,  no sería sino la sumatoria de los universos individuales. La sociedad sería el conjunto de individuos tipificados en sus condiciones habituales y el bienestar sería la sumatoria de las satisfacción de las preferencias individuales. "Individuo" en este universo semántico se establece como un término unívoco predicable de todos y cada uno de los integrantes del colectivo humano local o global en el mismo sentido esencial que permite su análisis cuantitativo. Se trata de una racionalización abstractiva  precisamente de las notas individuantes que hacen que la humanidad se realice en cada individuo de modo único. Y esto no es de extrañar pues para poder cuantificar es necesario que los elementos del conjunto sean del mismo tipo y en el individualismo, lo que permanece es simplemente la individualidad sin la individuación, dejando fuera, por lo tanto, la personalidad junto con las notas personalistas. 

Por otro lado se establece en la tipificación del individuo, que así abstraído sería racionalidad pura y libertad pura,  el único principio moral en cuanto fuente de la acción para cualquier comprensión del devenir social. He aquí los presupuestos no sólo de Weber y Durkheim en el ámbito de la sociología sino de la teoría económica-política liberal contemporánea. Bajo esta perspectiva el individuo sin individuación se establece como único existente antropológico. 

Podríamos decir en favor de este tipo de aproximaciones que se tratan de un experimento mental, de un modelo racional, que la reducción se asume a-priori y que es la condición del tratamiento científico.Es cierto, sin embargo, serían válidas este tipo de aproximaciones que privilegian la cuantificación siempre y cuando no exijan para sí las prerrogativas de ser el único discurso antropológico posible ni mucho menos la única fuente de las políticas públicas y traten de armonizar sus resultados con las demás áreas del saber, especialmente con la filosofía moral, la antropología filosófica y los principios personalistas que protegen a la persona de cualquier abuso científico y reduccionista. 

Por otro lado, frente a esta concepción se sitúa el colectivismo. Podemos decir que teniendo su fuente en el socialismo es una reacción natural de contrapeso frente al individualismo. Es una reivindicación del todo frente a la parte, que parece disolver los derechos del todo. Tiene razón en que la comunidad tiene su dinámica propia y además reacciona no sin razón frente al individualismo que no pocas veces promueve la injusticia en razón de dogmatizar el egoísmo como motivación radical de la dinámica social. Es una cierta regulación de las desviaciones del individualismo, pero tiene un problema. En un aspecto material, que admitiría cuantificación el individuo es una parte, pero, en un aspecto formal, ontológico, la persona no es nunca una parte, es siempre un todo, un fin en sí mismo, que no puede estar sometida en razón de su dignidad  a las dinámicas del todo que lo mediatizarían, tal como ha pasado en los totalitarismos colectivistas. Esta enseñanza de Maritain nos da luz para encontrar en medio de las afirmaciones verdaderas del individualismo y del colectivismo, con precaución respecto a sus negaciones falsas, el contraste con el personalismo que toma lo mejor de cada uno de ellos mientras que los integra bajo la regla personalista según la cual la persona es principio, fin y causa de la sociedad y jamás debe de ser tratada como medio.


Conclusión
La filosofía en su afán de racionalización de la realidad no pocas veces se ha visto en la penosa situación de reducir a la persona a su aspecto material en cuanto un individuo abstracto cuantificable, o bien en cuanto a una parte del todo que sería la sociedad o el estado. Ni el individualismo, ni el colectivismo hacen justicia a la realidad humana. El problema más grave es que bajo estas perspectivas no pocas veces la filosofía ha colaborado a la instrumentalización de la persona. El giro personalista es todavía una tarea pendiente independientemente de los logros en materia de derechos humanos. 

Es necesaria hoy más que nunca la fundamentación metafísica de la persona, no sólo en el ámbito de la filosofía sino también como punto de partida de las ciencias humanas y sociales, principalmente la ciencia jurídica, la economía y la política. Esto no significa una intromisión de la filosofía a las ciencias en concreto. Ante todo ha de respetar la autonomía de método y objeto de cada ciencia, pero quién piense que detrás de las ciencias sociales modernas no hay una ontología-gnoseología-antropología fundamental es demasiado iluso. En  el ámbito gnoseológico en algunos casos será el empirismo, en otros el racionalismo, en otros el pragmatismo. En el ámbito ontológico-antropológico será el materialismo en la mayoría de los casos y en el ámbito ético el emotivismo que ha fundado el utilitarismo que acompaña a la mayor parte de ellas. Esta última reducción, la ética, junto con la antropológica que pone en riesgo a la persona han sido las más perjudiciales. Y es justo este nivel en donde es necesario deconstruir los presupuestos filosóficos dogmatizados por las ciencias sociales al menos en sus paradigmas "ortodoxos" y reconstruirlos sobre los principios personalistas. De este modo tendríamos no sólo quizá una mejor teoría sino sobre todo una sociedad más justa y más humana.

Esta fundamentación metafísica de la persona no puede quedarse en la discusión "en casa" entre los que defienden la filosofía judía frente a la alemana, la francesa o la escolástica, y viceversa, tiene que ser capaz de entresacar lo mejor de todas ellas en favor de la persona. Y en los puntos en donde parece difícil establecer un puente (como puede ser la metafísica de la relación a la que le dedique un breve comentario) hay que detenerse teóricamente en una consideración pausada, dialógica y analógica. Tampoco puede quedarse ad intra en las facultades de filosofía. Tiene que llegar no sólo del corazón de la universidad a las demás ramas del saber sino que está llamada a hacerse cultura, a transformar las relaciones sociales, las instituciones y las leyes.



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[1] ...cognita sunt in cognoscente secundum modum cognoscentis. Est autem modus proprius humani intellectus ut componendo et dividendo veritatem cognoscat, sicut in primo dictum est. Et ideo ea quae sunt secundum se simplicia intellectus humanus cognoscit secundum quandam complexionem, sicut e converso intellectus divinus incomplexe cognoscit ea quae sunt secundum se complexa. [38750] IIª-IIae q. 1 a. 2 co.